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Libia
Cuando la “guerra contra el terrorismo” impide la reconciliación nacional
06/05/2016 | Patrick Haimzadeh

Tras haber reconocido al Parlamento de Tobruk como único representante del pueblo libio en agosto de 2014, los occidentales quieren poner en marcha los acuerdos de Skhirat del 17 de diciembre de 2015 que prevén un gobierno de unión nacional en Trípoli, susceptible de apelar a la comunidad internacional para conducir la guerra contra el terrorismo y la organización del Estado Islámico en Syrte. Numerosos observadores temen que estos acuerdos profundicen las diferencias entre Cirenaica y Tripolitania, con el riesgo de abrir la caja de Pandora de una nueva guerra civil.

Hay un dicho en Libia que afirma que Cirenaica ha estado siempre en el origen de los acontecimientos políticos y militares decisivos en la historia del país. En efecto, fue en esta región donde se afirmó con más fuerza la resistencia contra la potencia ocupante italiana bajo la influencia de la cofradía sanusí de la que provendrá el fundador de la monarquía libia en 1951. También allí el coronel Muamar el Gadafi y sus compañeros proclamaron la revolución del 1 de septiembre de 1969 y allí se inició el proceso insurreccional que iba a poner fin a su régimen tras ocho meses de guerra civil.

La historia parece una vez más repetirse en 2016. A partir de esa región se perfilan los acontecimientos que, en las próximas semanas, podrían venir a cambiar de nuevo los planes de las Naciones Unidas y los Estados occidentales que prevén la instalación en Trípoli de un gobierno de unión nacional producto de los citados acuerdos de Skhirat.

Sin embargo, todo parecía haber comenzado bien, con la llegada en barco a Trípoli, el amanecer del 31 de marzo, de Faiez Sarraj /1, acompañado por seis de los ocho miembros de su consejo presidencial /2. Al haber aceptado una mayoría de las grandes milicias de Trípoli y de Misrata, al término de negociaciones secretas previas, la vuelta de Sarraj, éste ha podido gozar de su protección. De hecho, los grupos armados opuestos a su vuelta, reagrupados en un frente de rechazo bajo la autoridad del Misrati Salah Bedi, han evitado el enfrentamiento y se han acantonado en sus cuarteles del sur de la capital. Esta vuelta, saludada inmediatamente por los Estados europeos (visitas de los ministros de asuntos exteriores italiano, británico, francés y español en menos de una semana) y por la ONU ha permitido la puesta en pie de un comienzo de círculo virtuoso en Tripolitania.

En algunos días, las dos únicas instituciones que han sobrevivido a la caída del régimen de Gadafi, el Banco Central de Libia y la Compañía Nacional de Petróleo (National Oil Company), han reconocido la autoridad de Sarraj, igual que un gran número de municipios de Tripolitania. La población de la capital, agotada y cansada de cinco años de rivalidades y de bloqueos y de una situación económica cada vez más difícil, ha acogido esta nueva dinámica con entusiasmo.

El Parlamento de Tobruk, desconfiado

Una parte de los miembros del antiguo Congreso General del Pueblo, elegido en 2012, ha optado por cooptar al nuevo gobierno más que por oponerse a él y ha procedido a la puesta en pie del Consejo de Estado, organismo consultivo previsto por los acuerdos de Skhirat. Según los términos de estos acuerdos, este organismo no debía sin embargo ser designado más que después de la ratificación del nuevo gobierno de unión nacional por el Parlamento de Tobruk, única instancia elegida oficialmente reconocida por la comunidad internacional. Además de este nombramiento precipitado, la identidad de quien se ha puesto a su cabeza, Abderrahman Sewehli -personalidad de Misrata que había estado de forma destacada en el origen de la expedición militar de represalias contra la ciudad de Bani Walid (mucho tiempo apoyo del antiguo régimen durante la guerra de 2011 y rival histórico de Misrata) y de la ley de exclusión de 2013 contra todos los antiguos cuadros del régimen de Gadafi -ha legítimamente reforzado las sospechas del Parlamento de Tobruk hacia el proceso político en curso.

La situación podía por tanto parecer prometedora desde algunos puntos de vista. Desgraciadamente, esta dinámica emprendida en el oeste ha contribuido inevitablemente a aumentar la fractura con el este del país. La llegada de Faiez Sarraj y de su Consejo Presidencial, en el que la personalidad de Ahmed Maetig, originario de Misrata y primer adjunto de Sarraj, resulta cada vez más predominante, ha tenido por efecto directo el reforzamiento de la posición de los más radicales del lado del Parlamento de Tobruk en su rechazo al gobierno de unión nacional. Más allá de la negativa de ver al general Khalifa Haftar eliminado de su puesto de comandante en jefe del ejército por no ratificar la nominación del gobierno de unión nacional, el bloqueo actual refleja una fractura mucho más profunda entre las dos regiones.

Como ocurre a menudo, una focalización excesiva sobre las personas -que se ha traducido en particular en la evocación por la Unión Europea de sanciones contra el Presidente del Parlamento de Tobruk, Aguila Salah Issa- desvía la atención de causas más estructurales. Los dirigentes del este y los medios que les apoyan en Egipto y en los Emiratos Árabes Unidos han instrumentalizado el resentimiento de las tribus de Cirenaica hacia el oeste, acusado de apoyar a los yihadistas de Bengasi y de Derna; lo que ha contribuido a reforzar el sectarismo regional de Cirenaica. En Tripolitania, se ha visto la vuelta (muy mediatizada en Cirenaica) de responsables de alto nivel del antiguo régimen /3, la invitación a la viuda del coronel Gadafi de volver a la ciudad (comunicado del 27 de abril) por el consejo municipal y las tribus de Al-Baida, y el reclutamiento de cuadros y de soldados de los batallones de seguridad del antiguo régimen -entre ellos la poderosa Brigada 32 mandada por Khamis Gadafi- para las filas del “ejército nacional libio”. Esto ha dado argumentos a las élites tripolitanas mayoritariamente postrevolucionarias para plantear el carácter “contrarrevolucionario” de las autoridades de Tobruk.

¿Recuperar Syrte?

Reforzado por sus recientes éxitos militares en los frentes de Bengasi y Ajdabiya, el “ejército nacional libio” del general Haftar debería, con el apoyo logístico masivo de Egipto y de los Emiratos /4, lanzarse en los próximos días al asalto de la Organización del Estado Islámico (OEI) atrincherada en Sirte. Esta operación, que lleva ya el nombre clave de “Gardabiya 2” intentaría, más allá del objetivo proclamado de liberar Syrte, la toma del control de los centros petroleros actualmente en manos de los guardias de las instalaciones petroleras, aliados hasta el presente al gobierno de unión nacional. Este riesgo no ha escapado a Faiez Sarraj que ha recordado el 28 de abril en una conferencia de prensa que una operación militar “prematura” contra Sirte por quienquiera que sea no era deseable. Por su parte, las milicias de Misrata también han lanzado los preparativos de una ofensiva contra Syrte posicionando tropas al oeste y al sur de Syrte.

La liberación de Sirte, abandonada desde hace más de un año, se convierte por tanto en un asunto esencial para los dos campos rivales que pretenden así, mediante una victoria militar, aumentar sus posibilidades de ganar políticamente a su adversario. Un enfrentamiento directo entre los dos campos, además del final del proceso actual apadrinado por las Naciones Unidas, sería portador de serios riesgos para el futuro. La presencia de numerosos oficiales del antiguo régimen originarios de Sirte y de Bani Walid en el ejército del general Haftar y el deseo de revancha -en particular de Bani Walid que no ha olvidado la ocupación y los castigos infligidos en 2012 por las milicias de Misrata- podrían reabrir las heridas de la guerra de 2011. En efecto, son muchos los que, tanto en el este como en el oeste, desearían hacer pagar a Misrata el precio de su dominación política y militar de estos últimos años.

Nueva guerra civil en perspectiva

Así, una vez más, en Libia nada ocurre como estaba previsto. Tras haber reconocido al Parlamento de Tobruk como único representante del pueblo libio desde su toma de funciones en agosto de 2014, los occidentales han impuesto en diciembre de 2015 la firma de acuerdos portadores de los gérmenes de la situación actual a actores recalcitrantes y no representativos de todas las fuerzas en presencia. La misma prioridad concedida a la “guerra contra el terrorismo” sobre la reconstrucción nacional que había suscitado el apoyo prematuro exclusivo al Parlamento de Tobruk en 2014 ha guiado las decisiones occidentales en diciembre de 2015. Se trataba esta vez de disponer lo más rápidamente posible de un gobierno de unión que apelaría a la “comunidad internacional” para conducir la guerra contra el OEI.

Como habían anunciado numerosos observadores de la situación libia, estos acuerdos no han hecho por tanto más que fijar y reforzar las diferencias y complicar aún más la salida de la crisis /5. Por otra parte, la intervención directa de actores exteriores como Egipto y los Emiratos que no han ocultado nunca su apoyo a las autoridades de Tobruk no ha sido jamás evocada, ni por las Naciones Unidas ni por las potencias occidentales. Más inquietante aún, si las informaciones divulgadas recientemente por el diario Le Monde señalando la presencia de fuerzas especiales francesas al lado del general Haftar en el este libio se confirmaran /6, esto significaría que en el preciso momento en que Francia afirmaba apoyar al gobierno de unión nacional de Trípoli, soldados franceses estaban presentes para apoyar a su adversario, contribuyendo a reforzarle en su decisión de abandonar la solución política en beneficio de la guerra.

Si la correlación de fuerzas en Sirte deja entrever una derrota a medio plazo de la Organización del Estado Islámico en esta ciudad, la batalla de Sirte puede, en cambio, abrir la caja de Pandora de una nueva guerra civil entre facciones libias que atrasaría las perspectivas de reconstrucción nacional a un plazo difícilmente previsible.

3/05/2016

http://orientxxi.info/magazine/libye-quand-la-guerre-contre-le-terrorisme-empeche-la-reconciliation-nationale,1316,1316

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR

Patrick Haimzadeh es un antiguo diplomático francés en Trípoli (2001-2004), autor del libro Au cœur de la Libye de Kadhafi, Jean-Claude Lattès, 2011.

Notas

1/ NDLR. En virtud de los acuerdos de Skhirat, es designado en diciembre de 2015 presidente del Consejo presidencial y Primer Ministro del gobierno de unión nacional.

2/ Dos miembros del consejo presidencial boicotean oficialmente a éste. Se trata de Ali Al-Gatrani, originario de Cirenaica y fiel al general Haftar y Oumar Al-Aswad, originario de la ciudad de Zintan que es el principal feudo aliado al general Haftar en Tripolitania.

3/ El 1 de mayo, Tayyib Al-Safi, antiguo miembro de los comités y de los tribunales revolucionarios, a cargo de la seguridad interior de la ciudad de Bengasi en los años 1980 y de numerosas funciones de seguridad y ministeriales hasta la caída del régimen en 2011 ha sido recibido triunfalmente en Tobruk por los jefes de su tribu de los Menaffa en compañía del general Mohammed Miloud Al-Oujeili, antiguo miembro también de los comités revolucionarios y comandante de una unidad de voluntarios gadafistas durante la guerra de 2011.

4/ El 24 de abril, más de mil vehículos todoterreno, entre ellos más de cuatrocientos blindados Panthera 6 de fabricación en los emiratos han sido entregados al ejército del general Haftar.

5/ Patrick Haimzadeh, “ Vers une nouvelle intervention en Libye?”, Le Monde diplomatique, février 2016.

6/ Nathalie Guibert, “La guerre secrète de la France en Libye”, Le Monde, 24/02/2016.



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