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Europa ante los refugiados
Una tragedia que es nuestra, no de “ellos”.
26/04/2016 | Javier de Lucas

[Este artículo plantea al menos dos ideas que me parecen fundamentales. En primer lugar aclara el sentido profundo de la política de la Unión Europea hacia los refugiados: colocar en sus fronteras el mismo terrible mensaje que Dante colocó en las puertas del infierno: “dejad, los que aquí entráis, toda esperanza”. La segunda, que la única posibilidad de hacer retroceder este atentado contra el derecho de asilo y los derechos humanos en Europa es una “marea solidaria”. Estas dos ideas combinadas plantean bien la alternativa actual: o marea solidaria o infierno (otros autores lo han llamado barbarie).

La publicación del artículo de Javier de Lucas tiene también el objetivo de animar a la lectura del informe Derechos Humanos en la Frontera Sur 2016 (el enlace se encuentra al final del artículo) que la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía presentó el pasado 22 de abril. Porque es importante recordar que el problema no está solo en Grecia o Italia. Si en 2015 murieron 3770 en el Mediterráneo central, 195 lo hicieron tratando de llegar a España. La legalización de las devoluciones en caliente y la subcontratación de asilo a Turquía, tiene su precedente en la “ley mordaza” y el acuerdo con Marruecos. Los muros que se levantan en Europa se construyeron antes en Ceuta y Melilla; y las concertinas que allí se probaron se exportan ahora a la Unión Europea. Martí Caussa]

El de los refugiados no es un problema de otros. De él cabe decir, con Horacio, mutato nomine, de te fabula narratur: basta con que sustituyamos los nombres de los protagonistas y veremos que esta historia habla de nosotros mismos. Europeos (españoles) fueron las decenas de miles de personas que al fin de la guerra civil huyeron de España buscando un lugar seguro que no encontraron en la mayoría de los casos en tierras europeas, sino en Chile, Argentina o México; europeos los centenares de miles para cuya protección se creó, tras la II Guerra Mundial, el Convenio de Ginebra de 1951. Más recientemente, europeos fueron los refugiados que llegaron a Austria, Alemania y otros países también europeos huyendo de la espantosa guerra de los Balcanes.

Ahora no son europeos, sino sirios, afganos, iraquíes, quienes, en su huida de la guerra, tratan de alcanzar esa Europa que sueñan como tierra de asilo, si bien la inmensa mayoría de ellos se quedan en los países limítrofes. La respuesta europea ante esta que solemos llamar “crisis de refugiados”, conduce más bien a una crisis tan profunda de la propia Europa que justifica que podamos hablar de “naufragio de Europa”, un Waterloo moral, jurídico y político, parafraseando a Cécile Duflot. Europa ha tratado esta crisis desde la perspectiva unilateral y egoísta de su propia seguridad y beneficio, de la lógica de orden público y defensa y de la minimización de los costes, pues los derechos de los refugiados son analizados en esos términos económicos que llevan a soluciones de copago, como las adoptadas por el Parlamento danés.

Los propios refugiados –los pocos que llegan a conseguir ese status en territorio europeo– han de sufragar el coste que supone un derecho, el de recibir asilo, cuyo reconocimiento y garantía efectiva se les regatea como en un bazar.

En definitiva, Europa parece encaminarse hacia el modelo australiano, que anuncia a refugiados e inmigrantes que pierdan toda esperanza si tratan de llegar a sus puertas. Como consecuencia de esa lógica de cierre, Grecia puede acabar convirtiéndose en una suerte de “pudridero”, peor incluso que un contenedor, ante la obsesión de los gobernantes europeos (y no sólo de los del grupo de Visegrad - Alianza de Hungría, Polonia, la República Checa y Eslovaquia-) por salvar a toda costa las fronteras internas y “detener” a la marea de inmigrantes y refugiados que tratan de llegar a Europa desde las costas turcas. Para terminar de perfilar ese mensaje de emergencia, se ha pedido ayuda a la OTAN que, como es sabido, no es una ONG dedicada al salvamento y rescate de náufragos (como sí lo son MSF y las ONGs y voluntarios que tratan de actuar en esas islas griegas). Su secretario general, Stoltenberg, ha dejado claro que sus barcos y aviones estarán en el Egeo para colaborar con FRONTEX en el control y monitoreo del tráfico “ilegal” y que, si tienen que intervenir ante un naufragio, devolverán a los rescatados a territorio turco. Externalizar, es la palabra: se trata de que los ojos europeos dejen de ver la tragedia en nuestro territorio y así el corazón de los europeos podrá ocuparse de otras cuitas. Y ello aunque sea al precio de 3100 millones de euros, los que le paga la UE al poco fiable Erdogan, para que cumpla como poli malo. O sea que, por si fuera poco riesgo la odisea de huir de sus hogares para ponerse a salvo, los vecinos europeos, en lugar de despejar alguno de los obstáculos para poder siquiera plantear su demanda de reconocimiento de un derecho de asilo, la complicamos hasta lo imposible.

Basta con pensar en dos cifras y una imagen para hacer balance de la política migratoria y de asilo europea. Las cifras, a 30 de diciembre de 2015, son estas dos: 3571 y 272. La primera, menos precisa, es la que manejan tanto Organizaciones internacionales como ONGs, respecto a las personas muertas en el Mediterráneo a lo largo de 2015, en su intento de ganar las costas del sur de Europa. La segunda, es el número de solicitantes de asilo que se ha conseguido reubicar en territorio europeo en esta fecha, después de casi ocho meses de propuestas, agendas, negociaciones y proclamas de los Estados europeos, de la Comisión, del Consejo Europeo. Recordaré que la primera medida urgente que avistó la Comisión Europea era descargar a Italia y Grecia de la presión que vivían y viven estos dos países europeos que, por razones geográficas, son la primera tierra de llegada de los refugiados, sobre todo de los que huyen de Siria, pero también de Afganistán, Eritrea y Mali. De todas esas personas y más concretamente, de los 106.000 que se contaba reubicar desde esos dos Estados de la frontera mediterránea (el caso español es incomparablemente menos grave), hemos realojado a 190 provenientes de Italia y a 82 de Grecia. Un dato más. Nuestro país o, por mejor decir, el Gobierno español del Sr Rajoy, puede presentar un récord para la vergüenza, porque sólo ha creado 50 plazas de las 9360 comprometidas como reubicación y, de hecho, al cerrar 2015, sólo se había realojado a 18 personas, provenientes de Italia. Hablo del mismo Gobierno que no ha encontrado tiempo en cuatro años (tampoco lo tuvo el Gobierno del sr. R. Zapatero en dos) para aprobar un Reglamento para la ley orgánica de asilo de 2009, una tarea que sigue en el congelador, como si no tuviera nada que ver con la tan traída y llevada emergencia de refugiados.

Pero hay un segundo argumento que no quiero dejar de recordar y en el que ha insistido con mucha claridad Sami Naïr. Me refiero a la relativización del significado social y político de la situación de los refugiados.

Para ilustrarlo, apelaré a la imagen que sin duda estará en la retina de cualquiera que lea estas líneas y que significó un punto de inflexión en la opinión pública internacional. No lo habían logrado los informes, recomendaciones y denuncias de ACNUR, ni de las ONG con experiencia y capacidad de propuesta como CEAR, ACCEM, Cruz Roja, SRJ, MSF o Migreurop. Tampoco los informes y recomendaciones de la Agencia Europea de Derechos Fundamentales, ni la elocuente resolución 250/2015, The Human Tragedy in the Mediterranean: inmediate Action needed, de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, ni el propio Parlamento Europeo. No. Fue una foto tomada por la periodista turca Nilufer Demir, la del niño Aylan Kurdi (junto a él perecieron un hermano, su propia madre y al menos 12 personas), cuyo cadáver se recuperó el 2 de septiembre de 2015 en la orilla de la playa turca de Ali Hoca Burnu, en la península de Bodrum, tras haberse ahogado en el intento de alcanzar la isla griega de Kos, como paso intermedio para marchar a Canadá. La imagen de un niño vestido como cualquier niño europeo y que no aparece entre las ruinas de la guerra siria sino en una playa turística de Turquía, distribuida por la agencia DHA, provocó un debate de gran alcance internacional.

Cualquier padre, todos los padres (reconocía el primer ministro Cameron) se sentía directamente interpelado. Ese impacto pareció acelerar la exigencia de la opinión pública europea a sus gobernantes para que hicieran algo concreto y pesó sobre el debate del estado de la UE que presentó el Presidente Juncker el 9 de septiembre. Los ciudadanos tomaban las riendas de la política ante la indignante inanidad de sus gobernantes y se movilizaron para presionar, consiguiendo cierto éxito en los niveles municipales y regionales de las administraciones de algunos Estados miembros, las más próximas a ellos. Así, la iniciativa de ciudades refugio de buen número de ayuntamientos españoles, que arrancó desde Barcelona, o las declaraciones como Comunidades de Acogida por parte de los gobiernos de Uxue Barkos en Navarra y el de la Generalitat Valenciana del PSPV y Compromis en Valencia. Sin duda, el papel de aquellos medios de comunicación que no dejaron nunca de informar sobre la crisis de los refugiados y sacaron a la luz documentos, tomas de posición y críticas de expertos y ONG, fue importante en ese giro.

Ante esa “marea solidaria”, la UE, la Comisión Europea, el Consejo Europeo y los gobernantes de todos los Estados europeos trataron de movilizarse a su vez. Incluso los más reticentes, como Cameron y Rajoy, se prestaron a declaraciones que parecían dar su brazo a torcer, promoviendo así episodios que dejarían en ridículo el hablaescribe de Orwell. Ahí está la “maldita hemeroteca” para recordarnos los disparates que habían sostenido durante muchos meses severos ministros como Teresa May del gobierno Cameron, o los Fernández, García Margallo y Saez de Santamaría, del Gobierno Rajoy, convertidos súbitamente en denodados defensores de todo refugiado que aparezca en el horizonte. Sin embargo, esa primera exigencia en términos de urgencia no ha llegado a concretarse en acuerdos obligatorios para los Estados miembros en términos de cuotas de acogida y reubicación de refugiados en los meses siguientes, hasta esta navidad. Sobre todo, se vivió la frustración de esa ventana de esperanza a la que aluden los versos de Hölderlin que nos anuncian que donde crece el peligro ahí aparece la salvación, de los que se ocupara genialmente Heidegger en su Y para qué poetas, en Caminos del bosque. Para ello, los europeos deberíamos haber sido capaces de sentar las bases de un cambio profundo en las políticas migratorias y de asilo, un cambio que exige repensar de raíz el sistema Schengen y el entramado de Reglamentos de Dublín. Pero, sobre todo, tiene que comenzar por actuar en las raíces de los desplazamientos forzosos de población que ahora denominamos “flujos mixtos”, esto es, en los fenómenos que obligan a refugiados y a la mayoría de los inmigrantes a abandonar sus hogares, sus países.

¿Cómo olvidar la incapacidad de las potencias occidentales para detener la masacre en Siria, mientras sus industrias de armamento obtienen beneficios con las ventas a las partes en conflicto, a través de Arabia Saudí?¿Cómo dejar de evocar la responsabilidad de empresas transnacionales que saquean recursos en África y pagan fuerzas paramilitares? ¿Y el cinismo de los países donantes que incluyen en su capítulo de cooperación al desarrollo la obligación de adquirir armamento de sus empresas nacionales? ¿Cómo olvidar que buena parte de las políticas de ayuda al desarrollo van a parar a las cuentas corrientes de los sátrapas y élites corruptas en paraísos fiscales, con absoluta complicidad de los donantes? ¿Y qué decir del saqueo de cerebros o el mercadeo de mano de obra especializada o no en que consiste en la práctica buena parte de los instrumentos de política migratoria europea? Si no olvidamos eso, podemos tratar de diseñar otras políticas migratorias y de asilo que no incluyan instrumentos de violación de los derechos humanos como los CIE repartidos por toda la UE, las concertinas que ahora exportamos a Hungría, las devoluciones en caliente y demás lindezas en las que se ha empleado a fondo tantos Gobiernos europeos, y no sólo los del “grupo de Visegrado” (Hungría, Polonia, Chequia y Eslovaquia), sino los nuestros, como los Gobiernos Cameron, Hollande y Rajoy.

Lo cierto es que Europa vive un momento crucial. Un periódico tan poco sensacionalista como Le Monde acaba de publicar un dossier sobre la crisis de los refugiados en el que utiliza titulares como “muerte clínica de Europa”: “Europa se desintegra, se disloca, se deconstruye”. Y vaticina que, salvo milagro, los historiadores fecharán en estos meses de 2016 el comienzo de la descomposición del proyecto europeo.

En el mismo sentido se han pronunciado The Guardian o Suddeutsche Zeitung. Los políticos europeos nos transmiten que Europa se encuentra ante un dilema: mantener el espacio de libre circulación y comercio o contener a los refugiados fuera de nuestras fronteras europeas.

Pero eso es un falso dilema. Porque es tanto como decirnos que el precio que hay que pagar por mantener ese espacio de prosperidad privilegiada es no cumplir con nuestras obligaciones internacionales respecto a los derechos de los refugiados que nos hemos comprometido a reconocer y garantizar, al ratificar los Convenios de Derecho internacional de refugiados y de Derecho internacional del mar. En realidad, que se nos plantee esa disyuntiva significa el fin de Europa como proyecto político sujeto al imperio del Estado de Derecho. Como también se ha dicho, el hecho de que los iconos que abundan hoy en los media sean muros/vallas, trenes y campos de internamiento, nos hace retroceder a lo peor de la memoria europea. Frente a eso, todo esfuerzo ciudadano es poco. Ojalá que el que despliegan ciudadanos y organizaciones como la APDHA y que se recoge en el presente informe de 2015 sirva de contagio a todos los europeos.

04/2016

Javier de Lucas, Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política en el Instituto de Derechos Humanos de la Universidad de Valencia.

Informa de la Asociación Por Derechos Humanos de Andalucia (APDHA)



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