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Sobre unas declaraciones de Pablo Iglesias
En defensa del periodismo
22/04/2016 | David G. Marcos

Se formó la gozadera. Estos días, Pablo Iglesias ha vuelto a ser núcleo irradiador de polémica, ríos de tinta y bandada de tuits. El motivo, unas palabras desafortunadas para una reflexión necesaria. Que la calidad de la información ha venido sufriendo un proceso de degradación acelerado a lo largo de los últimos años es un hecho irrefutable. Que este deterioro tiene una consecuencia directa en el vaciamiento de la democracia, también. El trato que numerosos medios de comunicación dedican a Podemos y a las demás fuerzas del cambio es un buen ejemplo de ello. No obstante, focalizar esta crítica en la figura del periodista -en su labor como trabajador de la información- no sólo sería una injusticia, sino también un error político. Habrá casos, que los hay, en los que un periodista ceda fácilmente ante las presiones de una línea editorial impuesta. Los habrá incluso que disfruten jugando ese rol. Sin embargo, los hay, muchos más, que sufren unas condiciones de precariedad, inseguridad e inestabilidad y éstas les impiden mantener su grado independencia. Así lo ha señalado la Asociación de la Prensa de Madrid, denunciando que un 80% de periodistas recibió presiones durante el año 2014.

Éste es el hilo del que se debe tirar si se quiere desenmascarar cómo la máquina del fango convierte la información en un negocio, apartándola del servicio público. La creciente concentración en cuanto a la propiedad de los medios de comunicación tiene consecuencias directas en la falta de pluralismo y libertad de prensa. Es decir, si un número reducido de empresas posee la capacidad de imponer las condiciones laborales de todo un sector, será también su línea editorial la que se termine imponiendo. Por tanto, este control puede tener lugar a través de presiones directas o bien generando un contexto de precariedad e inseguridad en dicho sector. Y, ¿cuál puede ser la línea editorial de un conglomerado de multinacionales? A primera vista, no parece que coincida con el programa de Podemos.

Es cierto lo que apunta la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) en una de sus campañas: “Sin periodistas no hay periodismo. Sin periodismo, no hay democracia”. Y es tan verdad esa afirmación, como lo es también que un periodista deja de serlo cuando se convierte en rehén (o súbdito voluntario) del reino de las multinacionales de la comunicación. Por tanto, hoy en día, la mayor defensa del periodismo pasa unívocamente por denunciar el secuestro de los medios de comunicación por parte del oligopolio económico. Porque cuando se dice que no todo el poder está en las instituciones, también se hace referencia al poder que se aloja detrás de los focos. Y esa relación de dominación tiene que ver, como señala Olga Rodríguez, tanto con la dependencia de cierta prensa del poder económico como con su servilismo ante el poder político.

Pero esta defensa del derecho a la información no puede ser exclusiva de los trabajadores de la comunicación. Cierto es que se debe partir de las condiciones materiales que sobredeterminan su actual situación de dependencia, pero esto debe hacerse superando una visión reduccionista centrada en la reivindicación corporativista, que se ha demostrado funcional -en última instancia- a las clases dominantes.

Por lo tanto, pueden extraerse tres conclusiones de este episodio. En primer lugar, que es correcto y necesario abrir el debate sobre el papel que juegan algunos medios de comunicación en la lucha de clases, así como lo es señalar sus prácticas de manipulación, percutir en el descrédito de sus ataques y hurtarles el monopolio de la verdad. Por otro lado, que se demuestra ineficaz para el avance de esta crítica situar el foco en los trabajadores de la información, por ser más consecuencia que raíz del verdadero problema: la concentración en unas pocas manos del poder comunicativo. En último lugar, que la batalla por la hegemonía no se juega sólo en los platós de televisión o los periódicos de gran tirada; esto es, en el terreno del enemigo. Se tiene la obligación de no abandonar estos espacios para no perder la vocación de masas, pero deben construirse a su vez nuevos canales y herramientas para la comunicación propia. El discurso de negación constante, persecución mediática y campaña de descrédito, es de corto recorrido. Necesario para ganar tiempo, pero insuficiente para implantar un sentido común contra-hegemónico a largo plazo. Tal y como señalaba Miguel Romero, resulta imprescindible emprender la tarea por el apoyo y desarrollo de nuevos medios de comunicación alternativos que, sin carácter de marginalidad, “puedan ser utilizados como fuente prioritaria de información o, en su defecto, como referencia para contrastar la (des)información que se recibe a través de los medios convencionales”.

“Sin una prensa alternativa con influencia social y política no puede haber disenso eficaz.”

Miguel Romero.

David G. Marcos es asesor de comunicación del Ayuntamiento de Cádiz y militante de Anticapitalistas.

22/04/2016



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