Grabar en formato PDF
istas.net | Trabajo
Trabajadoras de los cuidados
20/04/2016 | Berta Chulvi

Trabajadoras en residencias: un colectivo expuesto a riesgos importantes

Berta Chulvi

El colectivo de mujeres que trabajan en residencias de personas dependientes presenta un índice muy elevado de accidentes musculoesqueléticos. En este reportaje analizamos algunos datos e incluimos testimonios que apuntan las causas de una situación que actualmente preocupa, y mucho, tanto a los sindicatos como a las Administraciones públicas con competencias en salud laboral.

Irene Álvarez Bonilla, secretaria de Salud Laboral de la Federación de Sanidad y Sectores Sociosanitarios de CCOO, es perfectamente consciente de los importantes riesgos ergonómicos a los que está expuesto el colectivo de personas que trabajan en residencias: “Los sindicatos hace mucho tiempo que estamos hablando de la necesidad de intensificar la acción preventiva en este sector. Ya en el año 2006 –explica Irene Álvarez–, los firmantes del IV Convenio Marco Estatal de Servicios de Atención a las Personas Dependientes y Desarrollo de la Promoción de la Autonomía Personal encargamos al Instituto Valenciano de Biomecánica la redacción de un Manual para la prevención de riesgos ergonómicos y psicosociales en los centros de atención a personas en situación de dependencia, donde se ponía en evidencia la exposición a riesgos ergonómicos que las trabajadoras en residencias de la tercera edad y personas dependientes sufrían como consecuencia de la movilización de personas. Ahora los datos que manejan las Administraciones públicas vienen a justificar nuestra preocupación. Concretamente, el documento Actividades prioritarias en función de la siniestralidad. Año 2014, elaborado por el Instituto Nacional de Seguridad e Higiene en el Trabajo, señala la asistencia en establecimientos residenciales como una de las cinco actividades productivas más vulnerables y que precisarían de una actividad preventiva prioritaria atendiendo al índice de incidencia de accidentes de trabajo que sufren y al número de trabajadores que emplean”.

Este sector profesional es también merecedor de una especial atención, pues sus integrantes parten ya, en muchas ocasiones, de una situación de desigualdad. Como señala Irene Álvarez, “se trata de un sector donde el 90% son mujeres, más del 30% son mayores de 54 años y los contratos temporales rondan el 20% del total de trabajadoras, según datos de la Encuesta de Población Activa”. Una mirada desde la salud laboral apunta que la mayor parte de las IT que sufren las trabajadoras tiene que ver con las lesiones generadas por los sobreesfuerzos y movimientos repetitivos derivados de la exposición a riesgos ergonómicos relacionados, fundamentalmente, con la movilización manual de personas, el manejo manual de cargas, la adopción de posturas forzadas, etc.

Los orígenes de este riesgo suelen darse por la falta de ayudas técnicas o su escaso uso, la falta de adaptación de mobiliario e instrumentos a las necesidades de las trabajadoras, la repetición de muchas de las tareas y el estrés producido por la acumulación de las mismas. Son las cifras de accidentes laborales por lesiones musculoesqueléticas las que han hecho saltar la alarma. Mención aparte, y no menos importante, todo lo relacionado con los riesgos psicosociales, aunque el reconocimiento de estas patologías es prácticamente inexistente.

El testimonio de Toñi, gerocultora y delegada de prevención en una residencia de tercera edad de Marbella, es muy clarificador: “El problema es que no nos dejan participar en la organización del trabajo y el diseño del mismo no tiene para nada en cuenta la salud de las trabajadoras”. “Por poner un ejemplo –explica Toñi–, en mi residencia, el turno de mañana está organizado en 12 tutorías, es decir, hay 12 gerontólogas que han de levantar y asear a unas 17 personas usuarias. Si en esas 17 personas, 15 son personas con exceso de peso y con escasa movilidad, es evidente que las trabajadoras van a tener lesiones”.

“¿Qué proponemos nosotras desde el comité de seguridad y salud? Reorganizar las tutorías para hacer grupos más equilibrados desde el punto de vista de la carga física. Frente a esta propuesta, la empresa todavía no nos ha contestado. También hemos pedido una evaluación de riesgos ergonómicos y la información sobre accidentalidad e IT que tiene el servicio de prevención y aún no nos la han proporcionado. Sabemos que en los últimos dos años se han registrado tres veces más incapacidades temporales que en los anteriores y pensamos que es debido al aumento de la carga física del trabajo. Ha cambiado la tipología de personas usuarias de la residencia, ahora la gran mayoría son plazas concertadas, no plazas privadas, por lo que son personas que llegan con un nivel de dependencia mucho mayor que justifica la concesión de una ayuda pública”, argumenta Toñi.

Un factor clave que agudiza la exposición a estos riesgos es la infradotación de las plantillas. Las trabajadoras del sector de la atención a la dependencia, residencias de mayores, centros de día y centros de noche y ayuda a domicilio tienen una presión asistencial muy alta debido a las ratios de personal mínimas que se exigen en los pliegos de condiciones que publica la Administración.

Alguien que conoce bien la problemática es Juan Carlos Navas, responsable de residencias privadas de la Federación de Sanidad de CCOO de Málaga: “Las ratios tienen un problema grave, pues no distinguen entre turnos y horarios. Solo exigen a la empresa una relación determinada entre número de personas usuarias y altas en la Seguridad Social, ni siquiera tienen en cuenta incapacidades temporales y vacaciones. Por ejemplo, en Andalucía, la ratio general es 50 personas contratadas por cada 100 usuarios, y luego tienes ratios específicas para cada perfil profesional, por ejemplo, el de gerocultoras es de 20 por cada 100 usuarios, pero te puedes encontrar un turno de noche en el que hay solo dos trabajadoras para una residencia con 150 personas usuarias”.

En los últimos años de la crisis, la dependencia, cuarto pilar del Estado de bienestar, ha sido uno de los sectores que más impagos por parte de la Administración ha sufrido y esto ha recaído fundamentalmente en las trabajadoras del sector. Las inaplicaciones de convenio, tanto salariales como de condiciones de trabajo en residencias para personas mayores, han sido continuas con la entrada en vigor de la reforma laboral. Esto conlleva un aumento de estrés laboral asociado a la pérdida de poder adquisitivo y del empleo, en un contexto donde muchas familias dependían de un único salario.

Reducir la carga de trabajo

Irene Álvarez Bonilla explica que “el objetivo sindical en la negociación pasa por un elemento clave para la reducción de la carga de trabajo en el colectivo de gerocultoras: eliminar las tareas de limpieza en esta categoría”. “Las gerocultoras –afirma Irene Álvarez– son personal que, bajo la dependencia de la dirección del centro o persona que se determine, tiene como función principal la de asistir y cuidar a las personas usuarias en las actividades de la vida diaria. Entre las funciones de la gerocultora no estaba la limpieza más que de las personas usuarias y sus utensilios, pero con la eliminación, por parte de la reforma laboral, de las categorías profesionales, la movilidad funcional en el grupo profesional conllevó que las tareas de limpieza pudieran ser asignadas también a las gerocultoras, lo que ha supuesto una importante carga de trabajo para este colectivo, uno de los que más accidentalidad laboral sufre”. En opinión de la Federación de Sanidad y Sectores Sociosanitarios de CCOO, la eliminación de las tareas de limpieza supone una disminución de la presión asistencial, un aumento de las plantillas que ayuda a mejorar la salud de las trabajadoras del sector y un aumento en la calidad del servicio prestado. Como señala Irene Álvarez: “Mejorar las condiciones de trabajo en estos establecimientos es un reto ineludible, tanto desde un punto de vista de la salud laboral como desde un punto de vista humano”.

4/2016

Istas.net


La precariedad y el estigma marcan el trabajo de las cuidadoras

Berta Chulvi

Sara Moreno es socióloga y profesora en la Universitat Autònoma de Barcelona. Además es investigadora del Centro de Estudios Sociológicos sobre la Vida Cotidiana y el Trabajo de dicha universidad. En esta entrevista reflexionamos con ella sobre las condiciones de trabajo de las personas que proporcionan cuidados formales y de los retos que afrontamos como sociedad en este terreno.

El cuidado de los mayores y las personas dependientes está poniendo en jaque nuestro modelo de sociedad, ¿qué análisis se puede hacer?
Cuando se construyó el Estado del bienestar no se pensó que existiría tal necesidad de cuidados como existe en la actualidad, por distintas razones, una de ellas la esperanza de vida, otra la mayor presencia de mujeres en el mercado de trabajo, pero también la transformación de la familia nuclear extensa, que antes tenía un protagonismo mucho mayor. Es decir, en ese momento se pensó en garantizar pensiones, salud y educación, sobre todo para proporcionar mano de obra preparada al mercado de trabajo, y nadie pensó que los cuidados serían una necesidad que se podría convertir en un riesgo social en el futuro. Actualmente nos encontramos con que el problema de los cuidados ha aumentado en volumen e intensidad y lo único que hacemos es poner parches. No nos damos cuenta de que pensar socialmente los cuidados se está convirtiendo en una urgencia social.

¿Qué parches se han puesto?
Se tira de la estructura familiar (cuidados informales) y se impone la desvalorización de los cuidados formales cuando estos se convierten en un sector profesional. Como a los cuidados nunca se les ha dado valor, ni económico ni social, nos encontramos que los trabajadores, básicamente mujeres, que entran a formar parte de esos sectores profesionales, lo hacen desde la lógica de la precariedad, el estigma y la invisibilidad. Para mí, uno de los principales problemas es que se naturalizan las capacidades para el cuidado y se supone que si eres mujer, ya lo sabes hacer. Estamos ante un sector profesional muy precario, muy subestimado y con grandes dificultades de organización por el tipo y la naturaleza del trabajo que están realizando, tanto sea en residencias como en domicilios privados.

¿Qué particularidades tiene este sector en cuanto a la exposición a riesgos psicosociales?
Hay que diferenciar distintos perfiles profesionales, una cosa son las personas que trabajan en residencias, centros de día, etc., y otra las trabajadoras familiares que hacen los servicios de atención domiciliaria. Desde un punto de vista de los riesgos psicosociales, ambas situaciones tienen exposiciones importantes a riesgos psicosociales, pero se acentúan en el caso del domicilio. En el caso del domicilio, a la tensión que supone atender a personas dependientes, se suma el hecho de entrar en un espacio privado que es vivido por la persona usuaria y sus acompañantes como un espacio propio, donde son ellos quienes dicen cómo se han de hacer las cosas, por tanto, cuestionan aún más la profesionalidad de la persona que llega a hacer su trabajo. Esto puede generar sufrimiento en la trabajadora que ve cómo no puede aplicar sus conocimientos profesionales, porque le dicen cómo ha de hacer las cosas. Además, desde el punto de vista de la gestión de los tiempos, los servicios de atención domiciliaria están muy pautados temporalmente –pueden ir desde 20 minutos a dos horas aproximadamente– y cada trabajadora puede tener hasta siete servicios. Esto genera una tensión adicional, porque la trabajadora que llega a un domicilio e intenta conciliar las normas de ese domicilio con sus criterios profesionales lo va a tener que hacer siete veces. Hay una acumulación de exposiciones a riesgos psicosociales: al estigma que soporta el trabajo de cuidado se le suma el hecho de hacerlo en un espacio privado, con unos tiempos de trabajo muy intensos que ellas tienen que gestionar. A esto hay que añadir que trabajan, generalmente, de forma aislada, con lo cual tienen la sensación de estar solas. Es una situación que yo definiría como una olla a presión, que a veces estalla con manifestaciones claras de problemas de salud en las trabajadoras.

Además, hablamos de un colectivo que por su condición de mujer ya parte de una situación de desigualdad, ¿podrías caracterizar a estas trabajadoras?
Son mujeres, muchas de ellas mayores. Mujeres que han estado ausentes del mercado de trabajo, seguramente porque han estado criando a sus hijos, y se han reincorporado al mercado de trabajo con edades comprendidas entre los 45 y los 50 años. Personas que tienen experiencia informal en los cuidados, con sus familiares, y eso les da cierta seguridad. Junto a este perfil está el de las mujeres jóvenes inmigrantes. Es muy importante analizar las consecuencias que ha tenido la Ley de la Dependencia, uno de cuyos objetivos era profesionalizar este sector, precisamente para poder descargar a las familias y fortalecer la profesionalización del mismo. Sin embargo, la misma ley es una contradicción, porque la prestación por cuidado familiar sabemos que lo que ha hecho es reforzar las responsabilidades de la familia o en algunos casos ha servido para contratar mano de obra informal, muchas veces inmigrante. Es un perfil de mujer que quizás se ha pasado diez años fuera del mercado de trabajo y que ahora se incorpora a un sector que tiene unas condiciones muy específicas de precariedad e invisibilidad.

Y en las residencias, ¿qué problemáticas habéis observado en vuestras investigaciones?
Hemos observado que se da una lucha de poder entre las enfermeras y las auxiliares de geriatría. Las mismas enfermeras son las que no reconocen el trabajo de las auxiliares de geriatría, que son las que están asumiendo el 90% del cuidado. Las auxiliares de geriatría que nosotros entrevistamos nos contaron que ellas son vistas como las “lavaculos” de la residencia; el estigma es muy fuerte e influye de muchísimas maneras. Las personas sienten que están en el escalón más bajo de la cadena; de una cadena en las que ellas tienen un papel fundamental, pero que no se les reconoce. Sin ellas, el internaje de la residencia no funciona, pero nadie les reconoce. No se considera nunca su opinión, su experiencia, sus conocimientos, a pesar de que ellas acumulan mucha más información del usuario que los otros perfiles profesionales. Esto tiene claras consecuencias en su salud.

¿Cómo empezar a hacerle frente a esta situación?
Desde el punto de vista de la ciudadanía es imprescindible reconocer la necesidad urgente e imperiosa de organizar socialmente los cuidados. El sistema que ha funcionado hasta ahora para hacernos cargo de las personas dependientes no va a funcionar en el futuro, la población va a envejecer y está claro que estamos en un contexto de crisis que apunta que no todo puede recaer en el Estado, pero tampoco todo puede recaer en la familia y tampoco puede recaer en los individuos y en el hecho de si tienen o no recursos para poder comprar esos servicios de cuidado. Si no hacemos un parón, y nos dedicamos a pensar cómo vamos a organizar esto, está claro que van a aumentar las desigualdades sociales. Sin embargo, si nos paramos a pensar y asumimos que esto es una urgencia prioritaria en nuestro contexto, podemos diseñar medidas de equidad democrática.

Desde tu perspectiva, ¿qué se puede hacer?
Pues, en primer lugar hemos de reconocer el valor económico y social de los cuidados y hemos de darle protagonismo a la comunidad. Estamos teniendo en cuenta el mercado, la familia y el Estado, pero hace falta una cuarta pata, que es la comunidad. Lo que conocíamos como el triángulo del Estado del bienestar se ha de convertir en un cuadrado. La comunidad es algo que va más allá de una asociación en concreto o que va más allá del voluntariado. Hay experiencias interesantes; por ejemplo, en Barcelona hay un proyecto que se llama “Radares”, que se ha ido implementando en distintos barrios y que trata de activar una alerta cuando alguna de las personas mayores no acude a alguno de sus puntos cotidianos como el horno, la carnicería, el quiosco, etc. Se trabaja de manera voluntaria en estos puntos, alertando a servicios sociales si se detecta algo extraño. Este proyecto es un buen ejemplo del papel protagonista que tiene que ir adquiriendo la comunidad en el futuro para pensar en soluciones imaginativas. Hemos de romper el círculo vicioso que estigmatiza e invisibiliza los cuidados, y que afecta tanto a quienes los realizan como a quienes los reciben. Yo siempre digo que hay que conseguir que ese círculo vicioso se convierta en un círculo virtuoso, reconociendo la importancia de los cuidados, de las personas que los realizan de manera informal y formal.

¿Y en los lugares de trabajo?
Ahí hay muchísimas cosas que se pueden hacer. En primer lugar revisar las competencias y habilidades que necesitan estos perfiles profesionales, ya que en la actualidad están pensadas desde una lógica productiva y masculina. Estas mujeres tienen una cantidad de competencias, aptitudes y actitudes que no son reconocidas, que no se les paga por ellas, que simplemente la empresa las aprovecha. Es decir, yo creo que es necesaria una revisión que dignifique y cualifique estos trabajos. También revisar la formación y las relaciones laborales. Por ejemplo, una cosa tan sencilla como que en una residencia, cuando semanalmente se reúne todo el equipo con la presencia de todos los perfiles profesionales, es necesario que también haya una representante de las auxiliares de gerontología. Una cosa tan sencilla supone ya de entrada un efecto positivo en cadena.

4/2016

http://www.istas.net/pe/articulo.asp?num=72&pag=10&titulo=La-precariedad-y-el-estigma-marcan-el-trabajo-de-las-cuidadoras



Facebook Twitter RSS

vientosur.info | Diseño y desarrollo en Spip por Freepress S. Coop. Mad.
 
Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual Los contenidos de texto, audio e imagen de esta web están bajo una licencia de Creative Commons