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Entrevista a Mike Davis
“Luchar con esperanza, o sin ella, pero en todo caso, luchar”
04/04/2016 | Maria Christina Vogkli y George Souvlis

[Cuando a finales de abril del año pasado Bernie Sanders anunció que se postularía en las primarias del Partido Demócrata, el senador independiente de Vermont, un socialista demócrata, pero no un Demócrata en el sentido del nombre del partido, nadie podía imaginarse el gran apoyo popular que concitaría su campaña. Si Bernie Sanders consigue la aprobación de los Demócratas, el resultado será el más sorprendente e inesperado de la era moderna de las primarias. Puesto que el conservadurismo blanco sintoniza mucho más con la actual política estadounidense que cualquier versión del socialismo democrático, hasta la nominación de Trump sería menos sorprendente. En sus trabajos, Mike Davis, escritor marxista estadounidense, activista político, teórico del urbanismo e historiador, ha estudiado, entre otros muchos temas, la política de EE UU del último siglo, prestando especial atención a la formación (o mejor dicho, la deformación) de la clase trabajadora norteamericana.

En esta entrevista, Maria Christina Vogkli, graduada por la London School of Economics, y George Souvlis, doctorando en historia en la Universidad Europea de Florencia y escritor freelance en varios blogs y revistas progresistas (Jacobin, ROAR, Enthemata Avgis), conversan con Mike Davis, que explica cómo se formó su identidad política y expone sus opiniones sobre la política del “extremo centro” estadounidense y sobre el potencialidades y limitaciones de la candidatura de Bernie Sanders.]

¿Podría hablarnos de su entorno familiar?

El único rasgo particular de mi historia familiar es el de ser absolutamente normal. Mi padre venía de una familia protestante de Ohio y era un Demócrata ferviente admirador del New Deal. Mi madre era irlandesa católica, afiliada al Partido Republicano, aunque en dos ocasiones votó al candidato socialista Norman Thomas. También adoraba al presidente Eisenhower y a Liberace. Ambos habían acabado el bachillerato. Aparte de la Biblia, en casa no había ningún otro libro, pero mi padre era un gran lector de periódicos (deportivos y de política) y mi madre devoraba cada número del Reader’s Digest. Mi padre trabajaba en la venta de carne al por mayor, en un puesto híbrido entre oficinista y obrero. Su jornada se repartía entre llamadas, preparación de pedidos y el transporte y la entrega de la carne. Los ingresos de mi familia, la hipoteca de la casa, el coche, las horas frente a la televisión y toda esa serie de cosas, coincidían con el promedio nacional durante los años cincuenta (he investigado sobre esto). Crecí en una casa entre huertas de naranjos y aguacates al este del condado de San Diego.

¿Cómo cree que influyó el contexto familiar en su formación política?

Ahora mismo estoy escribiendo un libro sobre los años sesenta, centrado sobre todo en los activistas de ámbitos “corrientes”, como el mío propio, sin heroicas historias de la izquierda. En mi caso, había tres predisposiciones a disentir en mi genealogía: una, la gran dedicación de mi padre al sindicato de cortadores de carne (de cuya agrupación local fue miembro fundador); otra, tener primos negros y de origen asiático a través de mi mujer; y la última, la conciencia de clase de irlandés de chabola de mi madre oficialmente Republicana (despreciaba a los Kennedy como católicos cursis de castillo). Hasta que en los años setenta no rebusqué en el origen de mi familia en el corazón de Ohio, la pequeña población de Venedocia (actualmente 140 habitantes), no entendí el asombroso antirracismo de mi padre y mi hermano. Provenía sin duda de los antepasados de mi padre, fundadores del pueblo, en el que el galés fue el idioma predominante hasta bien entrado el siglo XX. Me di cuenta cuando pasé una tarde en el pequeño cementerio del pueblo, observando las lápidas de los Jones, Davis, Evans, Howell, etc. Estos antepasados galeses, que figuraban entre los pioneros en Ohio, eran feroces abolicionistas. Todo este ADN se me activó a los 16 años, en 1962, alcohólico y delincuente, cuando mi prima, que se había casado con un hombre que sería más tarde uno de los fundadores de Black Studies en San Diego, me invitó a una manifestación organizada por CORE (Congreso por la Igualdad Racial). Este fue el momento crucial que recondujo mi vida. Como muchos otros atrapados por la fuerza y la belleza del movimiento por los derechos civiles, viví la transición, paso a paso, de CORE a SDS (Estudiantes por una Sociedad Democrática, donde milité a tiempo completo durante tres años), y luego hacia la izquierda marxista (en mi caso, la sección herética pro-Dubcek del Partido Comunista en el sur de California). Si mi mente tiende a lo heterodoxo y excéntrico, y mi temperamento a la melancolía celta, mis valores en cambio se mantienen incondicionalmente socialistas.

¿Cómo describiría el contexto amplio del sur de California durante ese periodo?

Como muchos de nuestros vecinos, mis padres eran refugiados de la depresión, que emigraron al sur de California desde Ohio en 1938. La “etnicidad” dominante en todas nuestras ciudades blancas era del sudoeste (Oklahoma y Texas), y los grupos religiosos más numerosos eran los baptistas, pentecostales, mormones y metodistas, por ese orden. Main Street [la calle principal] dividía la ciudad entre la clase popular y los ricos. Nuestro lado era más pobre, y fuertemente sureño, con un rodeo y un popular salón de baile. El otro lado, al sur, era más de clase media, metodista y de cultura playera. Nos encantaba considerarnos “westeners” (del oeste) y sentíamos gran antipatía por los surferos. En la zona cundían el racismo y el anticomunismo, pero debido al gran número de trabajadores sindicados de la industria aeronáutica y de la construcción que vivían por allí, nuestro barrio elegía a representantes Demócratas. El sindicato de obreros de la industria aeronáutica era el más influyente.

Un tema que usted introduce en su estudio sobre la clase trabajadora estadounidense es que el Partido Demócrata jamás será la organización política que traiga un cambio social significativo para los intereses de las clases subalternas. ¿Sigue pensando así? ¿Fue Obama realmente diferente de otros líderes del partido, o simplemente uno más?

El mal del neoliberalismo al estilo de Clinton resuena en todos los mítines de Trump. Las emocionantes campañas de Jessie Jackson en los años ochenta probaron que era plenamente posible aliar las antiguas zonas industriales con el gueto, pero sus oponentes de centro derecha en el partido demócrata –el comité por la elección de Bill Clinton a la dirección del partido– hizo saltar todos los puentes de unidad progresista entre los trabajadores blancos empobrecidos del sector industrial y la clase trabajadora pobre de los barrios y guetos. Defendiendo firmemente el libre comercio internacional, las élites de la información y la financiarización de la producción, los Clinton, y después los Obama, han presidido la muerte de las industrias y los sindicatos industriales, que habían sido la columna vertebral del New Deal. Obama ha continuado los ataques y recortes de las políticas de Bush, haciendo que los sindicatos del sector público se encuentren ahora en un declive similar.

Tal vez lo más sorprendente ha sido la pasividad de la administración y de la dirección demócrata frente a la ofensiva lanzada y financiada por los hermanos Koch para destruir los sindicatos y recortar los presupuestos públicos de Wisconsin, Michigan y Ohio. Menos dramática, pero no con menos consecuencias, ha sido la ausencia de iniciativas para hacer frente a la grave pérdida de empleos y la desintegración de los cinturones industriales del sur, incluyendo el otrora bastión demócrata de West Virginia. (En cierto modo, se trata de la “Alemania del este” de EE UU.) El programa religioso conservador ha ganado tanta relevancia electoral en estas regiones precisamente porque los demócratas no ofrecen ningún contrapeso serio en forma de política económica alternativa.

¿Qué piensa del fenómeno Trump?

Teniendo en cuenta lo que he dicho anteriormente, el fenómeno Trump no debería sorprendernos. Durante años, el ex demagogo nixoniano Pat Buchanan ha abogado por una política económica nacionalista combinada con una política exterior de primacía de EE UU. Como candidato a la presidencia, Buchanan consiguió algunas victorias, pero sin el apoyo de las grandes iglesias y de los multimillonarios, su brillo se apagó rápidamente. Trump, con una gran fortuna personal y un astuto uso del escándalo mediático para estar en lo más destacado de todas las portadas, se mantiene independiente del establishment de la derecha y de sus postulados ideológicos tradicionales. Su éxito responde en parte a la famosa pregunta que se planteaba en el libro de Tom Frank de 2004: “¿Qué pasa con Kansas?”: ¿por qué los trabajadores blancos apoyan causas conservadoras cuya política económica se opone diametralmente a sus intereses de clase? La campaña de Trump, con su énfasis demagógico en el empleo, demuestra claramente que la falsa conciencia tiene sus límites y que los trabajadores blancos ya no son automáticamente seguidores de la Fundación por la herencia de la izquierda cristiana. Si Trump, como el satánico George Wallace, moviliza el lado oscuro, se expone a cierto grado de enemistad entre los antiguos “Demócratas de Reagan”, y eso podría destruir el Partido Republicano post-Reagan, que llegó al poder con Newt Gingrich en 1994.

¿Cree que la campaña de Bernie Sanders tiene potencial para marcar la diferencia?

Sanders, o su base, son sin duda el fenómeno más inesperado de los últimos tiempos. Como alguien que fue escéptico ante el movimiento Occupy (demasiado liderado por niños de la élite y el seudoanarquismo), creo que la actual revuelta generacional es increíble, por su escala, pasión y nivel de inclusividad. A pesar de que los cien campus de más prestigio aportan casi todos los cuadros que trabajan a tiempo completo en la campaña, el alma del movimiento de Sanders está en otro sitio: institutos agrícolas, escuelas de secundaria, raperos y las innumerables categorías diferentes de jóvenes precarios con estudios. También los hijos de los nuevos inmigrantes se están haciendo especialmente visibles en la campaña, según se desplaza al oeste y a las grandes ciudades. Aunque cualquier comparación personal entre Al Smith y Bernie Sanders sería absurda, las primarias de 2016 evocan fuertemente recuerdos de las elecciones presidenciales de 1928. Aunque el demócrata conservador Smith (el primer católico que llegó a la Casa Blanca) perdió frente a Herbert Hoover, las elecciones abrieron la era Roosevelt, puesto que los chicos de Ellis Island, católicos urbanos y judíos, fueron por primera vez en masa a las urnas. Del mismo modo, la campaña de Sanders, incluso más que el milagro de Obama en 2008, es la prueba de un realineamiento fundamental conducido por un nuevo electorado y una nueva mayoría con un programa propio.

¿Podría desarrollar un poco más eso del “realineamiento político” que está teniendo lugar en el Partido Demócrata?

“Realinamiento” en teoría política moderna estadounidense es un concepto controvertido, y menos popular de lo que fue en su auge interpretativo de finales de los sesenta a finales de los ochenta. Son demasiados pequeños terremotos los que han sido calificados de “gran terremoto”, pero sea como fuere, no puedo pensar en otro término mejor para definir lo que está pasando en el Partido Demócrata. A diferencia de los Republicanos, que experimentan una auténtica implosión, los Demócratas se encuentran en los estertores de una transición generacional que apunta hacia una coherente dirección de izquierdas. ¿Una afirmación hiperbólica? No parece, según lo que se desprende de los datos de las votaciones, en las que el apoyo a Sanders entre votantes de menos de treinta no tiene precedentes (equiparable a la falta de apoyo de Hillary Clinton en la misma franja de edad). Igual de llamativa es la “moda” del socialismo entre los millenials. Las encuestas nacionales desde 2011 han demostrado que muchos menores de treinta eligen socialismo frente a capitalismo, un increíble cambio de opinión, aunque los respectivos niveles de estudios no estén bien definidos.

Sanders puede ser caricaturizado por su supuesto deseo de convertir Estados Unidos en Dinamarca, pero el referente real de su campaña, como él mismo se ha encargado de destacar, es la propuesta de Franklyn D. Roosevelt de una Carta de Derechos Económicos y Sociales, el programa de su campaña de 1944 y el punto culminante del liberalismo moderno. En nuestro sistema postliberal, el derecho a la atención sanitaria y a la formación universitaria gratuita, se podría considerar hoy demandas “socialistas” (o demandas de transición, en palabras de Trotsky).

¿Cuáles son las principales limitaciones que observa en la campaña de Sanders?

La campaña de Sanders ha sido tachada a menudo de unidimensional: sus posiciones sobre política internacional, por ejemplo, son decepcionantes por difusas, y en muchos aspectos no muy diferentes de las de Clinton. Sus reformas económicas son también menos radicales de lo que parecen. Romper con los grandes bancos, por ejemplo, es parte del “progresivismo” de La Follette y George Norris (dos importantes Republicanos liberales de los años treinta); los socialistas propondrían por su parte nacionalizarlos para convertirlos en un servicio público. Propone, por ejemplo, crear impuestos sobre las grandes fortunas de la misma cuantía que en la época de Lyndon B. Johnson, pero menos que en la de Eisenhower. Por otra parte, ha eludido cuidadosamente algunas de las demandas tradicionales de la izquierda en cuestiones como la reducción del gasto militar y la abolición del estado de vigilancia generalizado. Su estrategia para combatir el desempleo (el derecho a un empleo decente era la piedra angular del programa de Roosevelt) es vaga y poco original: todos los Demócratas de los últimos tiempos han propuesto sin mucha convicción la creación de empleo a través de la inversión en infraestructuras. Ni siquiera un parco remedio para la estanflación imperante.

A pesar de todo esto, Sanders ofrece un modelo parcial, en parte inspirado en las políticas de la era del New Deal, para una nueva política que se ajuste tanto a los valores de la igualdad de oportunidades como a las necesidades económicas mínimas para la nueva mayoría. El eslabón perdido es, aparte de una política exterior claramente crítica, su reticencia a reconocer la persistencia estructural del racismo tras la catástrofe del encarcelamiento masivo. La resegregación en la educación pública y la descomposición de las ciudades de mayoría no blanca son dos temas sobre los que hay que hablar.

La gente joven confía en que Sanders defenderá a los “Dreamers”/1 y a sus padres, pero no parece probable que su campaña lleve a una política ni remotamente tan radical como la petición del Papa Francisco de dar prioridad los derechos humanos sobre la soberanía nacional. En cualquier caso, la vieja cara de granito ha conseguido mucho más de lo que nadie hubiera considerado posible, y ha iniciado un movimiento embrionario que puede empezar la gran labor de organizar campañas en el mundo del trabajo, campañas por los derechos e insurgencia electoral.

Una vez, el crítico cultural socialista Raymond Williams dijo que “ser genuinamente radical es hacer la esperanza posible, en lugar de hacer convincente la desesperanza”. ¿Qué opina de esto?

La “esperanza” no es una categoría científica. Ni es una obligación en la escritura crítica. Por otra parte, la honestidad intelectual lo es, y yo al menos trato de aplicarla en mis análisis, por muy errados que estos puedan ser. Creo firmemente que nos encontramos ante un “conflicto final” que decidirá la supervivencia de gran parte de la humanidad a lo largo de la próxima mitad del siglo. Contra este futuro debemos luchar como el Ejército Rojo en las ruinas de Stalingrado. Luchar con esperanza, o sin ella, pero en todo caso, luchar.

1/03/2016

http://blogs.lse.ac.uk/researchingsociology/2016/03/01/fight-with-hope-fight-without-hope-but-fight-absolutely-an-interview-with-mike-davis/

Nota:

1/ “Dreamers” son los jóvenes inmigrantes que, de conformidad con el proyecto de ley DREAM (acrónimo de Development, Relief and Education for Alien Minors), podrían obtener un permiso de residencia temporal en EE UU y después, si cumplen determinados requisitos, un permiso de residencia permanente.



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