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Tribuna VIENTO SUR

Feministok prest!
02/04/2016 | Begoña Zabala

Para el día 9 de abril se está montando en Gasteiz la gran manifestación nacional contra las violencias machistas y las agresiones. El lema ya es significativo y resume un tanto lo que se quiere transmitir: “11 eraso, 12 erantzun. Feministok prest! (11 agresiones, 12 respuestas. ¡Feministas dispuestas, listas, preparadas, alertas!) Vuestras violencias tendrán respuesta”. Convocada la manifestación por el movimiento feminista de Euskal Herria, ya tiene cientos de adhesiones, más de doscientas de colectivos, que no son sólo de nuestro pueblo, sino de muchos puntos del Estado y de cualquier parte del mundo. La manifestación se contempla dentro una jornada completa con variedad de actividades, donde además de la propia manifestación, que es el evento principal, habrá un buen número de acciones que sirvan para denunciar las agresiones machistas y visibilizar al movimiento feminista organizado. Será una respuesta contundente del movimiento. Como ya sabe todo el mundo la martxa y la borroka (lucha) suelen estar muy unidas. Así que gran parte de la movida será festiva, bailada, zumbada, animada, cantada, conversada, reida,...

Se puede decir que esta manifestación nace de la necesidad de mostrar el hartazgo que sentimos ante el incremento creciente de las agresiones contra las mujeres. No se trata de un asunto meramente numérico. No es solo contar las denuncias y ver que este mes son más que el mes pasado, o que año tras año los números oscilan alrededor de las mismas cifras. Es más cualitativa la percepción. Se multiplican la diferentes formas de violencia, aparecen nuevas demostraciones que agreden a las mujeres. Manifestaciones verbales agresivas, acosos en la calle, fiestas masculinizadas con presencias masculinas agresivas, abroncamientos machistas en las tertulias a mujeres representativas de los espacios públicos, prohibición de transitar en espacios determinados,... Y ante esta situación, cuando el movimiento feminista actúa, denuncia, contesta, critica, se posiciona u osa violentar la situación de asimetría que padecemos millones de mujeres, aparece la “criminalización” y la marginalización. Poniendo en cuestión, incluso, si de lo que estamos hablando es de violencia, de agresión, de acoso, o simplemente son buenas o malas maneras. En este país, tan necesitado de unos nuevos códigos de convivencia, resulta que lo que era de forma diáfana una agresión, pasa a ser una costumbre o una forma de ser, que debe ser “tolerada”.

Así que, una vez más, estamos en ello: tomamos la palabra para resignificar la violencia machista. Nos ponemos en acción para responder a las agresiones. Lo hacemos desde el movimiento feminista organizado, con todo el derecho y con toda la historia de lucha que llevamos a cuestas y que vamos a seguir protagonizando.

Qué violencias, qué agresiones.

Por ello, estamos perfilando, en todo lo que se puede, el concepto de violencia machista a cada momento. Se trata de identificar las prácticas violentas machistas para combatirlas. Esta es una tarea que no nos la ponen fácil. El movimiento feminista dio pasos de gigante en los años 80 para obligar a los aparatos institucionales a codificar correctamente lo que era y es la violencia machista y lo que es la violencia sexual. Una tarea ingente de denuncia acuñó nuevos conceptos y sobre todo les dio contenido más exacto para el relato, por encima de lo que decían aquellas leyes fascistas, franquistas, de las JONS y del nacional-catolicismo. Recordemos los delitos que se llamaban “contra la honestidad”, y el vuelco radical que en el año 1989 –desde el 1982 estaba el PSOE en el Gobierno de Madrid- se dio a esta normativa. Entonces una prostituta no era violada, porque no era honesta; una mujer casada no era violada ni agredida sexualmente por su marido, pues tenía el débito conyugal como obligación; un detenido por violación podía ser perdonado después de haber sido condenado, incluso estando en la cárcel; estos delitos eran privados, por los que sólo la afectada los podía denunciar; la provocación o los celos podían ser atenuantes para el asesinato de la mujer; el adulterio era castigado para la mujer de forma mucho más agravada que para el hombre...

Asesinatos de mujeres por parte de sus parejas o exparejas o en estado de separación, pusieron en la palestra la violencia machista en la familia. En el sacrosanto hogar no existían agresiones contra las mujeres. O era el deber, o era el amor, o era el poder de corrección de los maridos. Fue en esa década donde se empezó a aprobar una legislación sobre el matrimonio y el divorcio que permitiera a las mujeres vivir más autónomas, y alejarse de las violencias cotidianas. Con retardos y con parcialidades, se empezó a visibilizar la agresión machista dentro del matrimonio.

Sin embargo, la brecha que separa, en líneas generales, los análisis del feminismo institucional y oficial y los que realizamos desde el movimiento feminista, cada vez se agranda más. La línea oficial ha decidido hacer pintadas en brocha gorda. La elección ha sido poner el foco en lo más repulsivo para la sociedad bienpensante de las violencias machistas. Y así, todo una ley orgánica, con el rimbonbante nombre de “Medidas de protección integral contra la violencia de género”, ha decidido únicamente señalar como violencia digna de esta protección integral, a la que ejecuta un hombre frente a su mujer o exmujer. Tiene que existir un vínculo de “amor” o cosa similar, que se presume en el matrimonio, para que la violencia sea calificada como tal.

Como tantas veces hemos denunciado, nos quieren negar el relato. Quieren decir que el asesinato de Nagore Lafagge que fue asesinada por un hombre con el que no tenía vínculo de afecto, amor o matrimonio, al que le negó su relación íntima y sexual, no es un caso de violencia machista. O que aquella joven vasca -Beatriz Etxebarria- detenida, torturada y agredida sexualmente por la guardia civil, en el año 2011, cuyo caso fue objeto de condena para el Reino de España, por parte de Estrasburgo, no sufrió agresión ni violencia machista por parte de miembros del instituto armado, pues no mantuvo relación de afecto con ellos. Curiosa ley que exige la relación de lo que se denomina amor para el crimen machista, en lugar de la relación de odio que es lo que supuran estos casos.

Pero las discrepancias, además, están en la base de la explicación y en las diferentes manifestaciones. Digamos que el movimiento feminista hila más fino, y quiere poner el foco, no en el resultado brutal de la agresión machista –el asesinato, la violación, la lesión física, la agresión sicológica con secuelas de enfermedad- sino en el continuum de la violencia, en el camino que permite la agresión y crea la indefensión, en el estancamiento de roles que inferioriza a las mujeres y les arranca a golpes la autoestima, en el sistema de impunidad masculina que enseñorea su prepotencia y hace gala de ella. Entra también lo que se denomina la violencia simbólica, el imaginario de violencia, que permite y publicita unos roles estereotipados en donde la agresión machista hacia la mujer inferiorizada es la consecuencia natural del ejercicio de la masculinidad.

La última agresión machista, vejación y humillación realizada a mujeres inmigrantes en Madrid, en la plaza mayor, todavía hiere nuestras retinas. Hooligans de algún club de fútbol holandés, en el peor estadio de humanidad de hincha futbolero previo al gran partido de su equipo, agreden a unas mujeres, calificadas de mendigas por los medios, mediante vejaciones y humillaciones varias, durante horas, según dicen, sin que nada se pueda hacer, ni casi nadie pueda reaccionar en su defensa. El exceso de masculinismo y machismo, retratado en una banda de hinchas, provoca estas agresiones contra las mujeres. Recuerdan los gritos en el campo del Betis, apoyando a un jugador agresor de su expareja –Rubén, no fue tu culpa, era una puta, lo hiciste bien-; o en el campo del Español, en este caso en contra de Piqué del Barcelona, –Shakira es de todos-.

Estas conductas sí son agresiones, sí son violencias machistas, sí son conductas masculinas contra las mujeres que van a ser respondidas por nosotras con toda contundencia. Veremos cómo.

Y lo decimos alto y claro: no necesitamos una ley que nos refrende. El movimiento ha definido la violencia machista. No estamos hablando de policías “buenos” que nos “salvan” de los agresores. Hablamos de respuestas feministas que contestan y protestan frente a esta conductas que constituyen violencia. Para ello no necesitamos que se codifiquen. Nosotras las nombramos como violencia

Las respuestas

En esta manifestación que vamos a celebrar cobra una importancia muy relevante la respuesta del movimiento feminista. Y el respeto y la consideración que se debe tener a las respuestas del movimiento organizado.

Nuestra respuesta, en general, no pasa por acudir a los tribunales, a las policías, a las instituciones, para que ejerciten en nuestro nombre nuestra acción. Una ley que no recoge lo que durante años ha aportado el movimiento feminista a la conceptualización de las violencias machistas, malamente se va a aplicar con un grado de satisfacción por unos tribunales y juzgados limitados por su mal hacer. Si se trata de una acción delictiva, ni pongo ni quito rey, que actúen los tribunales a como dé lugar. Este es un marco, que tendrá sus críticas y las haremos, pero ahora mismo no estamos en este debate.

Cuando se producen estas violencias, digamos que más invisibles, menos escandalosas, no constitutivas de delito o de violencia de género, al amparo de la ley, y por tanto exentas de protección integral, nosotras preparamos la respuesta. Cuando se van a producir fenómenos, acontecimientos, aglomeraciones, festejos, episodios, sucesos... que usualmente conllevan violencias a montón, en diversas manifestaciones, nosotras preparamos de antemano la respuesta y la prevención. Cuando mujeres, chicas, niñas, van a compartir espacios, convivencias, experiencias, aulas, hogares, con hombres, chicos y niños, donde muy probablemente –estadística dixit- se van a producir agresiones y violencias machistas, desde el movimiento feminista trabajamos en la prevención y en la respuesta, para cuando se produzca la agresión.

Esta ha sido y es una práctica muy frecuente. Ya hemos dado cuenta, desde Euskal Herria, de las manifestaciones previas a sanfermines y a otras fiestas populares, donde se producen agresiones. De las campañas de carteles, avisos, pegatas, para estas concentraciones, que inundan calles, balcones y bares, para que no se tolere ninguna agresión. De las sesiones de autodefensa feminista –más que ejercer de pegapatadas- especialmente dirigida a mozas jóvenes, para que la contestación, individual y colectiva, y el apoyo solidario, sea inmediato y eficaz.

Lo que no ha sido tan frecuente, y ahora empieza a mosquearnos un poco, es la puesta en cuestión y la criminalización de nuestras respuestas, por parte de plumillas varios y opiniones públicas interesadas. A través de esto que llaman redes, y que cada vez se parecen más a sogas que nos maniatan, se está produciendo un auténtico ataque machista masivo a nuestras respuestas antiagresiones. Sólo por analizar una actuación y dar una respuesta ante lo que pensamos y definimos como ataques machistas, se producen descalificaciones, amenazas e insultos. Por esto también salimos el día 9 de abril: el movimiento feminista está legitimado para responder. Y no nos van a callar.

1/04/2016



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