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Rusia
Agonía de un imperio petrolero
01/04/2016 | Ilya Boudraitskis

Hoy está claro para todo el mundo que el año que comienza estará marcado en Rusia por una fuerte agravación de la crisis económica, que arrastrará forzosamente detrás de ella una crisis social y política.

Hace aún un año, Vladimir Putin afirmaba, en el marco de su ejercicio televisual preferido que consiste en “discutir directamente con el pueblo”, que las dificultades eran temporales y serían superadas en unos dos o tres años. Estas afirmaciones no solo son producto de una ilusión propagandística; son reflejo de elementos profundos del razonamiento de las élites rusas, que tienen por costumbre sustituir a la estrategia por la táctica y reaccionar ante las dificultades a medida que aparecen.

Este razonamiento es el resultado de un decenio de aumentos del precio del petróleo durante el cual toda la economía del país estaba, funestamente, ligada a las exportaciones de los recursos naturales. Las sobreganancias daban la impresión de una potencia creciente en política exterior y garantizaban también el crecimiento permanente de los gastos del Estado. Estos gastos estaban principalmente dirigidos al ejército, al aparato burocrático y a un sistema poco transparente de compras efectuadas por el Estado. Por otra parte, el aumento de los gastos en la esfera social se hacía más bien de forma residual, siendo la enseñanza y la salud los primeros terrenos en los que se podía ahorrar.

Los años de prosperidad petrolera han dado a luz un sistema social monstruoso, en el que la degradación de la producción, el nivel brutal de las desigualdades sociales, la corrupción convertida en sistema y la política autoritaria del poder en defensa de los intereses de las élites, estaban compensadas por un crecimiento espectacular del precio de los hidrocarburos. Sobre este crecimiento se apoyaba la fuerte popularidad de Vladimir Putin (y continúa apoyándose por el momento). Uno de los elementos claves de esta popularidad es igualmente la convicción ampliamente extendida de que es precisamente Putin, por su brutalidad, quien puede garantizar la “estabilidad”: un desarrollo progresivo del país sin fallos.

La moraleja que debe ahora comprender la mayoría de los ciudadanos rusos es que la “estabilidad putiniana” forma definitivamente parte del pasado y que las élites rusas no tienen “plan B” para salir de la situación.

Brutal austeridad

Ya se había hecho evidente el año pasado que la política llevada a cabo por el gobierno para luchar contra la crisis equivalía a aplicar una austeridad “a la rusa” que, por su brutalidad, supera incluso la de los gobiernos de la Unión Europea. Sus componentes son: una disminución draconiana de los gastos sociales, una reforma de las pensiones arrancada con esfuerzos (que prevé retrasar la edad de jubilación a los 65 años), una negativa de indexar los salarios en un contexto de inflación galopante ( 12,9% el año pasado), un aumento de los precios así como un aumento de diferentes impuestos e ingresos sobre las espaldas de la población.

El debilitamiento de la cotización del rublo, moderado gracias a la puesta sobre el mercado de reservas de cambio y el aumento de la tasa de descuento del banco central, ha llevado a la imposibilidad para las pequeñas y medianas empresas de obtener créditos y ha reforzado la recesión.

El presupuesto del Estado para el año 2016, calculado según esta cotización, ha sido adoptado contando con un precio medio del petróleo de 50 dólares el barril cuando ya ha caído por debajo de los 30 dólares. Aunque el gobierno no contemple públicamente revisar este presupuesto, el Ministro de Finanzas ha recomendado reducir el 10% de los gastos de todos los departamentos.

La situación empeora a causa del sistema actual de reparto de las finanzas entre Moscú y las regiones, según el cual todos los ingresos van al presupuesto federal para luego ser redirigidos hacia los presupuestos locales. Resulta, de ello, una tensión creciente entre el gobierno y los poderes regionales que deben asumir la responsabilidad política de la austeridad frente a la población. Al mismo tiempo, intentando mantener su popularidad, el presidente exige de ellos públicamente que respondan a las “obligaciones sociales” y los coloca en una situación sin salida.

La bajada brutal de los ingresos del Estado pone al desnudo la vulnerabilidad de la “vertical del poder” creada por Putin, que consiste en combinar una total dependencia de los poderes locales en relación al centro con su “autonomía” económica (es decir la responsabilidad de las obligaciones presupuestarias). Son el gobierno federal (con Dimitri Medvedev a la cabeza) o los gobernadores locales quienes deben soportar los costes políticos de la austeridad, pero ciertamente no el presidente cuya cota de popularidad no debe, en ningún caso, sufrir a causa de la caída del nivel de vida del pueblo que le apoya.

La figura de Putin como “líder nacional” es la principal fuente de legitimidad, a los ojos de la mayoría del poder actual. La paradoja está en que la gente cree en su presidente pero no en el Estado que éste representa. En estas catastróficas condiciones se prepara la máquina política putiniana para las elecciones parlamentarias que deben tener lugar en septiembre de 2016. Como las elecciones precedentes, deben seguir el guión escrito en el Kremlin. Por el momento parecería que Rusia Unida, el partido de la mayoría parlamentaria y del Primer Ministro Medvedev, debe sufrir por el descontento pasivo pero creciente. Los candidatos “independientes” y la oposición fantoche (incluyendo a los comunistas y al partido de Jirinovski) van a atacar al gobierno por su política antisocial mientras que el presidente sin partido permanecerá fuera del alcance de la crítica.

Sin embargo, este guión previsto puede terminar escapando a todo control. Y puede provocar una ola de protestas en la calle (como tuvo lugar ya en diciembre de 2011 tras las elecciones parlamentarias). La diferencia fundamental hoy podría ser la fusión de la protesta política contra el sistema antidemocrático y de la protesta social contra la pauperización y la política neoliberal de las autoridades.

Así, el balance del año 2015 indica un serio aumento de las protestas locales ligadas al impago de salarios, a la destrucción de empleos o a nuevos impuestos injustificados. En diciembre, en cerca de la mitad de las regiones hubo acciones de los chóferes de camiones pesados descontentos por las nuevas y exorbitantes tarifas de las autopistas. En una serie de ciudades, hubo acciones contra los recortes en la atención sanitaria pública. En conjunto, según las estimaciones de los expertos, el año pasado se produjeron 409 acciones de protesta en relación con violaciones de los derechos laborales (168 bajo forma de huelgas). Es un 76% más que el indicador medio para este tipo de protestas para el período 2008-2013.

Tensiones en el seno de la élite

La crisis económica, que coincide con un nuevo ciclo político (las elecciones parlamentarias en 2016 y la presidencial en 2018), exacerbará sin duda alguna las tensiones en el seno de la élite. Se pueden distinguir ya algunas de las líneas de esos conflictos: entre Moscú y los poderes regionales; entre los miembros económicos del gobierno y los lobbies del ejército que van a insistir en el aumento del presupuesto de guerra frente a la “amenaza exterior”; entre las corporaciones del Estado que exigen nuevas dotaciones del presupuesto para la refinanciación de sus enormes deudas.

Para intentar mantener la correlación de fuerzas existente, el régimen en el poder deberá, imperativamente, revisar su política exterior de los dos últimos años, en particular la guerra realizada en Ucrania, el conflicto con Occidente y la creciente presencia militar en Siria (este artículo se escribió a finales de febrero 2016, ndt).

En Moscú se está comenzando a tomar iniciativas que pueden llevar a la suspensión de las sanciones de los Estados Unidos y de la Unión Europea. Así, en enero, por primera vez desde la anexión de Crimea por Rusia, han tenido lugar, en Kiev, negociaciones directas sobre la suerte del Donbass entre el presidente ucraniano Porochenko y el representante ruso Gryzlov (que forma parte del primer círculo de amigos de Putin). Al calor de este encuentro se han producido amplias consultas del principal “curador” del Kremlin de la orientación ucraniana con la secretaria de Estado asistente para Europa y Eurasia, la estadounidense Victoria Nuland. El gobierno ruso tiene necesidad del levantamiento de las sanciones, en particular para poder conseguir préstamos exteriores masivos cuando los recursos financieros nacionales disminuyen. La dependencia del precio del petróleo podría muy bien ser reemplazada por una nueva, pero esta vez de los créditos extranjeros.

Todo esto indica que Rusia se encuentra en vísperas de cambios importantes, que a corto plazo llevarán al final del sistema Putin, en cualquier caso tal como lo hemos conocido durante los años de las vacas gordas.

2/03/2016

https://npa2009.org/idees/international/russie-agonie-dun-empire-petrolier

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR



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