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Entrevista con Rashid Khalidi
Las fronteras del Medio Oriente al rojo vivo
26/03/2016 | Joseph Confavreux (Mediapart)

¿Podría Daesh triunfar donde el panarabismo ha fracasado, contra las “fronteras artificiales” del Medio Oriente, impuestas por las potencias imperiales,
recomponiendo los mapas del mundo árabe?

Justo cien años después de los acuerdos secretos Sykes-Picot, por medio de los cuales las potencias imperiales redibujaron el mapa del Medio Oriente sobre
los escombros del Imperio otomano, la cuestión de las fronteras raramente ha estado candente en la región.

La organización del Estado Islámico pone en escena, en su propaganda, la destrucción de la línea de demarcación entre Irak y Siria, dos Estados que podrían
desaparecer en sus límites y composición actuales. Los kurdos, ya en gran medida autónomos en Irak y en Siria, aspiran cada vez más abiertamente a un
Estado-nación, algo inaceptable para Turquía. Algunos juzgan que la lucha contra Daesh pasará inevitablemente por el reconocimiento de una entidad autónoma
para los sunitas de Irak. Algunos soñadores esperan aún una confederación de los pueblos árabes hoy desunidos, aunque ésta supondría una democratización
profunda de estados marcados por el autoritarismo y el clientelismo. En cuanto a la perspectiva de un Estado palestino viable, pocas veces ha aparecido
como tan lejana…

El historiador americano de origen palestino Rashid Khalidi observa Medio Oriente con el saber del historiador y la inquietud lúcida de un hombre situado
entre varias culturas, en un momento en que los adeptos a una “guerra de civilizaciones” entre Oriente y Occidente no dejan de ganar terreno.

Dirige el departamento de historia de la universidad de Columbia y es titular de la cátedra creada por Edward Said de estudios árabes modernos. Tiene
publicado en español La reafirmación del imperio: Estados Unidos y la aventura occidental en Oriente Próximo, La Catarata, 2004. ISBN
978-84831-9186-6. En francés, Palestine, histoire d’un État introuvable (Actes Sud, 2007), L’Empire aveuglé. Les États-Unis et le Moyen-Orient (Actes Sud, 2004) y L’Identité palestinienne (La Fabrique, 2003).

Estaba el lunes 14 de marzo en el MuCEM (Museo de las civilizaciones de Europa y el Mediterráneo) en Marsella, para un ciclo de conferencias de Pensées du
Monde, consagrado este año al “futuro de las fronteras”, ciclo en el que participa Mediapart.


¿Cuáles son las consecuencias actuales de la forma en que las fronteras del Medio Oriente fueron dibujadas durante la Primera Guerra Mundial, cuando la
organización Estado Islámico ha centrado una parte de su propaganda en la desaparición de esas “fronteras artificiales”?

Daesh ha transformado los acuerdos secretos firmados hace ahora un siglo, en 1916, por el británico Mark Sykes y el francés François Georges-Picot, en una
cuestión política candente y contemporánea, como se ha visto en varios vídeos en los que el Estado Islámico ponía en escena la destrucción de puestos
fronterizos entre Siria e Irak, una demarcación resultado de esos acuerdos.

Pero más allá de la actualidad, ligada a la acción de Daesh, de esta cuestión de las fronteras, el hecho de que los contornos de los países del Medio
Oriente hayan sido creados por decisiones tomadas por potencias imperiales atormenta al mundo árabe desde hace un siglo.

Tanto más en la medida que los ejemplos de Irán o de Turquía, que han logrado construir poderosos Estados-naciones resistiendo a las voluntades
imperialistas de dividir sus territorios -puesto que Gran Bretaña había prometido a los armenios y a los kurdos un Estado autónomo durante la Primera
Guerra Mundial- actúa, por contraste, como un recordatorio constante de la división y de la debilidad de los árabes.

El desprecio por la voluntad de los pueblos presentes en lo que era entonces el Imperio otomano no solo ha alimentado la hostilidad nacionalista respecto a
las potencias imperiales, sino también la desconfianza respecto a las élites árabes seducidas por los modelos británico o francés de democracia liberal, ya
sea en el marco de una República o de una monarquía parlamentaria.

Para la mayoría de los pueblos árabes, la violencia del desmantelamiento del Imperio otomano, realizada en función de los intereses económicos y de las
rivalidades de las potencias imperiales, ha sido considerada como el fracaso de las élites árabes liberales y como una descalificación del modelo
democrático. Esta bancarrota de las ideas liberales, unida a la hipocresía de potencias imperiales que hacen de la divisa “libertad, igualdad, fraternidad”
un símbolo, a la vez que se comportan a la inversa en el mundo árabe, ha alimentado la instalación, tras la Segunda Guerra Mundial, de regímenes militares
y autoritarios en la mayor parte de los países árabes, tras una serie de golpes de estado, en particular con el partido Baas en Siria e Irak.


¿La forma en que Daesh ataca hoy las fronteras “artificiales” e “imperialistas” del Medio oriente es similar a la denuncia de esas mismas fronteras
vehiculizada por los naseristas egipcios, o los baasistas de Irak o Siria, tras la Segunda Guerra Mundial?

La retórica no es idéntica, aunque el carburante de la humillación sea fundamental en los dos casos. Incluso cuando Daesh desarrolla argumentos
antiimperialistas contra las fronteras actuales, éstos no vienen del nacionalismo árabe tal como ha sido desarrollado por los naseristas o los baasistas. A
pesar de la existencia, entre 1958 y 1961, de una República Árabe Unida producto de la unión entre Siria y Egipto, los nacionalistas árabes no han logrado
abolir las fronteras. Entre otras razones porque, si bien la regla de “dividir para reinar” ha sido claramente aplicada por las potencias extranjeras,
algunas divisiones del mundo árabe preexistían, desde hacía mucho, a los acuerdos Sykes-Picot.

Daesh puede fácilmente burlarse de unos nacionalistas que no han logrado unificar al mundo árabe y afirma querer, y poder, borrar las fronteras sobre una
base religiosa. Pero a pesar de este objetivo proclamado, actúa con un pragmatismo inédito que no poseían Al Qaeda o los talibanes. Como historiador, me
impresiona ver hasta qué punto Daesh constituye una alquimia muy extraña entre ideas baasistas e ideas islamistas, o que utilizan el islam.

La gente que dirige la organización Estado Islámico está compuesta de antiguos cuadros del Irak de Saddam Hussein que la idiocia de las decisiones
americanas, tras la intervención de 2003 echó en brazos de los extremistas. Esa gente sabe perfectamente gestionar un Estado, con ferocidad y brutalidad,
pero también con eficacia. Se preocupa por tanto de las fronteras, aunque esté atrapada igualmente en retóricas religiosas, incluso apocalípticas.

Esta convergencia entre la ideología yihadista y el baasismo, un movimiento en su origen secular, data de antes de la aparición de la organización del
Estado Islámico. El régimen baasista iraquí, debilitado por los movimientos de oposición sunitas o chiítas, optó con retraso y como respuesta, por
islamizarse. Simbólicamente, había cambiado su bandera para integrar referencias religiosas, a pesar de su historia laica. Los traumatismo sucesivos de la
guerra con Irán, de la guerra del Golfo, y luego de la ocupación americana tras 2003, han facilitado evoluciones profundas de la sociedad y permitido este
tipo de giros.

Como historiador, constato que, incluso si Daesh pretende volver a un islam de hace varios siglos, sus miembros no dejan de hacer lo que pretenden
rechazar, es decir, “innovaciones”, “herejías”, que se designan en árabe con el término de bid´ah. Nada, en su pretendido “Estado Islámico”, se
parece a lo que ha existido en otros Estados Islámicos a lo largo de la historia. La forma en que decapitan a la gente en nombre del Corán muestra no solo
que son unos ignorantes de ese texto sagrado, sino también que no son solo los hijos de un cierto islamismo o de un cierto baasismo, sino también, incluso
sobre todo, los hijos del siglo XXI, capaces de aliar la modernidad tecnológica de las redes sociales a una propaganda de violencia, horror y brutalidad
que ya se había podido ver bajo el nazismo.

En los Estados Unidos tenemos desde hace mucho personas fascinadas por las imágenes y las declaraciones ultraviolentas. Pero hay también muchos en Medio
Oriente, reclutados en el seno de unas poblaciones maltratadas por años de guerra, que se muestran particularmente receptivas a esta propaganda que no
hacemos sino reforzar cuando nuestros ejércitos bombardean a poblaciones civiles.

Hay que haber sido bombardeado, como me ocurrió en Beirut en 1982, para comprender lo que esto provoca en los espíritus y los cuerpos. Desde 1975 y la
guerra del Líbano, ha habido Irak y ahora Siria. Por supuesto, existen problemas endógenos de las sociedades árabes, pero las diferentes ingerencias y
ocupaciones no han hecho sino agravarlos. Al Qaeda es un producto de la guerra en Afganistán, y Daesh de la guerra de Irak.


Como historiador, ¿juzgas que el Medio Oriente de comienzos del siglo XXI podría jugar el papel de los Balcanes a comienzos del siglo XX y constituir
la chispa de un conflicto mundial generalizado, en particular si Irak y Siria se hundieran aún más?

Es una posibilidad. Un nuevo presidente en la Casa Blanca, los iraníes, los turcos, los saudíes o el Estado Islámico tienen medios como para desencadenar
un conflicto incontrolable. Pero si la chispa de la Primera Guerra Mundial fue prendida en los Balcanes, fueron las grandes potencias las que luego
tuvieron la responsabilidad de hacer la guerra. Hoy, las grandes potencias tienen la responsabilidad de vender armas y de no poner en cuestión jamás a
Arabia Saudita, cuya ideología wahabita se ha extendido gracias al dinero del petróleo y constituye el corazón del problema.

Este odio intolerable hacia los chiítas, y todas las demás minorías, se ha convertido en una forma explosiva de ortodoxia sunita. Más aún porque los
chiítas, en Irán u otras partes, no están desprovistos de poder. Y Arabia saudita, que es una teocracia petrolera, no posee la legitimidad popular que
tiene la República Islámica de Irán, aunque muchos iraníes reivindiquen más libertad y democracia. La guerra por procuración que se hacen los iraníes y los
sauditas, en Yemen, en Libia o en Siria, puede cambiar de escala y de grado si las potencias occidentales dejan a la ideología wahabita crecer más aún,
porque Arabia Saudita es un cliente al que nadie se atreve a decir nada.

¿Piensas que las fronteras del Medio Oriente decididas durante la Primera Guerra Mundial podrían desaparecer o transformarse?

Soy historiador y no futurólogo, pero no estoy seguro de que esas fronteras vayan a borrarse. Esas fronteras están ahí desde hace ya un siglo, y tales
líneas, artificiales en su origen, han cogido consistencia. Irak y Siria se han convertido en Estados-nación, aunque se pueda contemplar también la
posibilidad de su hundimiento y de su desmantelamiento.

Además, fronteras fijadas por las potencias imperiales de la época existen en todo el mundo, en Asia, en Africa, y no solo en el mundo árabe. Sin embargo,
constato que aparte de en Sudán, en los Balcanes y en la antigua Unión Soviética, esas líneas dibujadas tras la Primera Guerra Mundial no han sido
modificadas. Por supuesto, se puede contemplar la posibilidad de cambios en las fronteras del Medio Oriente, en particular debido a las reivindicaciones
kurdas, de las presiones sufridas por ciertas minorías, de las guerras civiles en Irak o en Siria. Pero como historiador, constato que es difícil modificar
fronteras que existen desde hace cien años.


Se ve que los kurdos de Irak podrán difícilmente reintegrarse en un Estado Irakuí centralizado, y que los kurdos de Siria han obtenido una autonomía de
hecho. ¿No pasa el futuro del Medio oriente por entidades territoriales más autónomas y reducidas, quizá más susceptibles de poner un freno a las
espirales de violencia comunitarias o religiosas a las que asistimos, en particular en Irak y Siria?

Me parece efectivamente imposible integrar a los kurdos de Irak en un Estado unitario. Lo mismo para los kurdos de Siria. Pero me parece hoy igualmente
imposible constatar el fin cierto de las entidades Irakuí o siria. Una autonomía creciente de ciertos territorios es sin duda inevitable, pero esto puede
contemplarse sin hundimiento de los países que existen actualmente. Hace un año se estimaba que el régimen de Damasco estaba condenado a una derrota
histórica; hoy, cuando la guerra dura desde hace cinco años, ya no es así. La historia debe dejar su lugar a los cambios coyunturales de configuración.

¿En qué condiciones un proyecto inverso, de una confederación árabe ampliada sería una opción posible?

Esta idea me parece imposible mientras los pueblos árabes tengan gobiernos que no representen sus aspiraciones. Aunque existan algunas excepciones, con
formas de representatividad en Líbano, en Marruecos o, por supuesto, en Túnez, la mayor parte de los regímenes de los países árabes son dictaduras que
pisotean la voluntad de los pueblos y gestionan los bienes de la sociedad en su beneficio personal, familiar o dinástico. Un aumento de la unión del mundo
árabe no podría hacerse sin democratización.

Pero hay que recordar que esta situación beneficia a otros, fuera del mundo árabe. Esas familias reinantes que viven sobre las espaldas de su sociedad
compran en París, Londres o Nueva York bancos, edificios, instituciones, cátedras de universidad, armas… ¿En qué situación quedarían grandes compañías como
Airbus o Boeing sin las compras masivas de las compañías del Golfo? ¿En qué estado quedarían las industrias de armamento americanas o europeas sin los
conflictos del Medio Oriente? Occidente no tiene ningún interés en ver emerger una gran entidad confederal democrática en el mundo árabe.

Teniendo en cuenta lo que ocurre hoy en Medio Oriente, ¿cómo ves la situación de Palestina?

De forma muy penosa y como un símbolo suplementario de la desunión de los árabes. La potencia actual de Israel forma parte del problema, pero la esencia de
éste reside en el hecho de que el movimiento nacional palestino se encuentra en un período de retroceso. Los palestinos y los árabes están en una situación
de debilidad y de división desde la Primera Guerra Mundial, mientras que Israel, respaldado por los Estados Unidos, no ha sido nunca tan poderoso militar y
políticamente y ha absorbido casi completamente Cisjordania.

Sin embargo, el proyecto del Gran Israel al que asistimos, cada vez más racista y expansionista, no existía como tal en 1967. Y ese proyecto es cada vez
más difícil de apoyar, tanto en Europa como en los Estados Unidos. Este giro explica la crispación con la campaña BDS (Boicot-Desinversiones-Sanciones). En
el país en que vivo y enseño, constato que Israel no deja de perder apoyo, entre los jóvenes, en las universidades, entre los sindicatos o las iglesias…
Todo esto no existía hace aún veinte años, y el giro a la derecha tomado por Israel refuerza su aislamiento.


¿Porqué la causa palestina ha retrocedido en el mundo árabe? ¿Se puede imaginar que Palestina sea integrada a un proyecto de mundo árabe remodelado
sobre otras bases y otras fronteras?

Las guerras incesantes explican el retroceso de la causa palestina. Desde 1975, con Líbano, luego con Irak y Siria, la guerra no se se ha apagado jamás en
Medio Oriente. ¿Cómo quieres, con todas esas guerras civiles, que la gente piense en Palestina? Además, si los pueblos árabes han apoyado a los palestinos,
los regímenes árabes no les han apoyado verdaderamente nunca y, desde la declaración Balfour de 1917, siempre se han arreglado con la voluntad de las
grandes potencias que querían un Estado judío en Palestina.

En cuanto a la idea de integrar Palestina en una nueva entidad árabe, me parece lejana. ¿Cómo integrar a los palestinos en el caos sirio o el sistema
confesional que rige en Líbano? La historia muestra sin embargo que todo es posible y que las transformaciones pueden ser rápidas. Durante la Primera
Guerra Mundial, las potencias imperiales ocupaban sobre todo las costas de Medio Oriente, en Líbano o en Palestina y la Asamblea de Damasco representaba
una amplio territorio árabe relativamente unificado que cubría una superficie que iba bastante más allá de la Siria actual. Pero los acuerdos firmados por
Mark Sykes y François Georges-Picot, ligados ellos mismos a la expansión del ferrocarril para la explotación de los recursos de la región, trastocaron todo
ese equilibrio. A pesar de su carácter sorprendentemente duradero, no están grabados en mármol para la eternidad.

23/03/2016

https://www.mediapart.fr/journal/international/230316/rashid-khalidi-les-frontieres-du-moyen-orient-sont-brulantes

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR



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