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Canarias
Del presente al pasado: recordando al PUCC-MIRAC
16/03/2016 | Entrevista a Pablo Ródenas Utray

A las compañeras y compañeros del PUCC-MIRAC que han sido consecuentes el resto de sus vidas con el compromiso que adquirieron en sus años juveniles.

El cuestionario inicial de esta entrevista fue preparado por el periodista y amigo Enrique Bethencourt y ampliado por mi heterónimo Jorge Stratós. La
entrevista se refiere en lo esencial a mi actividad política desde 1975 a 1989, que realicé bajo el seudónimo de Jorge o de Jorge Guerra como miembro del
PUCC-MIRAC. Enrique Bethencourt publicó un extracto de aproximadamente un cuarto de la entrevista en el periódico digital
Canarias Ahora (<a
href="http://www.eldiario.es/canariasahora/premium_en_abierto/izquierda-Canarias-PUCC-Podemos-Union_del_Pueblo_Canario-Pablo_Rodenas-entrevista_0_494150691.html">http://www.eldiario.es/canariasahora/premium_en_abierto/izquierda-Canarias-PUCC-Podemos-Union_del_Pueblo_Canario-Pablo_Rodenas-entrevista_0_494150691.html
).

P.—


Quisiera que me hable de la historia del partido político del que fue miembro en los años setenta y ochenta, el Partido de Unificación Comunista de
Canarias (PUCC), que en algún momento de su historia pasó a denominarse Movimiento de Izquierda Revolucionaria del Archipiélago Canario (MIRAC).
Pero me ha dicho que quiere hacer unas precisiones antes de que empecemos con las preguntas. Tiene la palabra.

R.—
Esa historia empezó en 1975. Y terminó hace un cuarto de siglo, en 1991. Además, había terminado para mí un par de años antes, cuando por divergencias
políticas insuperables presenté mi baja simultánea como miembro del partido a la vez que como secretario político. Fue una situación paradójica, que no sé
si se ha llegado a producir alguna vez en algún otro lugar. Desde entonces nunca he querido manifestarme en público sobre aquella experiencia. Fue muy
valiosa para mí, aunque cometí algunos errores de bulto. Y creo que también lo fue para todos los que la vivieron, como otras anteriores y posteriores. Me
comprometí a conciencia durante aquellos intensos tres lustros, en los que fui uno de los máximos responsables de aquel histórico partido. Finalmente me
quedé con una herida abierta que aún no he podido lograr que cicatrice del todo.

P.—
Empieza fuerte.

R.—
Tuvimos un arranque muy potente que duró diez años, del 75 al 85, y al final un progresivo desgaste, que casi termina mal del todo, no lo voy a ocultar.
Iba a añadir que sin embargo vivo en el presente, de forma apasionada, sin nostalgia del pasado. Procuro aprender sin descanso, con mentalidad abierta.
Antes y después de esa experiencia he estado vinculado —en silencio— a proyectos políticos varios, siempre contra las injusticias y a favor de la
transformación social. Al igual que ahora.

P.—
¿Sigue en política?

R.—
No la he dejado nunca. Mi interés por la política democrática es una consecuencia de una actitud ética indeclinable, como saben bien quienes me conocen.
Una ética del respeto y el compromiso. Lo mismo puedo decir de mi vocación filosófica. A finales de 2014 abandoné voluntariamente la docencia en la
Universidad, donde impartí durante más de tres décadas materias muy interesantes —como filosofía de la historia, de la sociedad, de la política, de la
democracia y de la justicia. Y, también de forma paradójica, me vi forzado a dejarla para poder estudiar, investigar y escribir, y para asimismo poder
echar una mano desinteresada a quienes quieren contar conmigo en estas tareas. La crisis de la Universidad es otra historia.

P.—
¡Un largo periplo político el suyo!

R.—
En la pasada primavera se cumplieron cincuenta años del inicio de mi ocupación y preocupación por el quehacer político, tanto práctico como teórico.
Precisamente en la primavera de 1965 era un joven de Escaleritas (Las Palmas), con 16 años recién cumplidos, que estudiaba el bachillerato en el Pérez
Galdós, jugaba al futbol y vivía bajo una dictadura que me producía una indignación cada vez mayor. Aquel año hubo un temporal que arrasó las chabolas del
Confital. La realidad que vi (y la campaña de solidaridad y ayuda que se organizó, no muy distinta de las que ahora se organizan en algunos lugares del
mundo), me quitó para siempre las telarañas que aún me podían quedar en los ojos. Un año después ya colaboraba en la preparación de un 1º de mayo —bastante
aventurero, por lo demás— en el que hubo decenas de detenciones. ¡Casi diez años antes de la muerte de Franco! Escapé por los pelos.

P.—
¿Cómo se ven aquellos años desde el presente?

R.—
El presente es una atalaya para mirar en direcciones diferentes. Hacia lo que ocurre, hacia lo que ha ocurrido, hacia lo que puede ocurrir y hacia lo que
debería ocurrir. Que no es lo mismo. Desde un mismo foco se trata de miradas en distintas direcciones, todas necesarias. Hace poco más de un año que estoy
haciendo balance sistemático de mi trayectoria vital, en la que tanto tiempo ha ocupado —quizá demasiado— la práctica de la política, la teoría de la
política y la docencia de la política. Estoy poniendo al día mis ideas filosóficas al respecto y toda una serie de textos dispersos.

P.—
Dígame cómo ve el nacimiento del PUCC.

R.—
Fundamos el PUCC a finales de 1975, en un momento de aguda crisis del Estado. Era una crisis política muchísimo mayor que la actual. La dictadura estaba
moribunda y se trataba nada menos que de instaurar por fin una democracia. Luego podemos hablar de todo ello. Lo que quiero señalar es que han pasado
muchos años desde entonces y las sociedades actuales son muy distintas. En todo el mundo. Soy consciente de que gran parte de la sociedad canaria desconoce
o ha olvidado casi todo lo que aconteció en los años setenta y ochenta. Pero fue crucial para entender lo que pasó después y lo que está pasando ahora.
Difícilmente un joven de hoy puede hacerse fácilmente una idea cabal de todo aquello. Tan solo imaginarse una sociedad sin Internet, ordenadores y móviles
ya le resultará muy arduo. El ciberfetichismo campa por sus respetos en la actualidad.

P.—
De acuerdo. Me gustaría preguntarle…

R.—
Perdón, quisiera añadir algo más. Lo que estoy queriendo decir es que me pongo en la situación de un lector o lectora de 2016, especialmente si es joven.
Hablar de acontecimientos de hace tres y cuatro décadas en Canarias, y en España, implica traer el pasado al presente. Pero el pasado por definición es lo
opuesto al presente. Fue algo que en algún momento existió, cuando precisamente era presente. Pero se trata de un presente que ya pasó, que se hizo pasado.
Se convirtió en el antes del ahora. Cuando se es joven se tiende a ignorarlo. No sé si me explico. Traer el pasado al presente es volverlo a presentar,
re-presentarlo, algo posible y a la vez imposible. Por definición. Es realizar una operación compleja e inacabable que necesita de voces interpretativas
que hagan ese transporte. Y no de cualquier manera. Hay que protegerse de la mentira consciente y del autoengaño inconsciente. Vivimos en la sociedad de la
desinformación por antonomasia. De entrada quiero llamar la atención sobre estas dificultades. Y sobre el hecho de que para hacerlo se necesitan al menos
dos géneros de voces bien distintas.

P.—
¿Cuáles son esas voces?

R.—
Unas son las voces de los historiadores profesionales, que hablan —con acuerdos y desacuerdos entre ellos, que conste— desde un punto de vista externo a
los acontecimientos. Los investigan y narran. Lo adelanto: no va a ser mi caso, pues no soy un historiador profesional. Otras voces son las de los
testigos, que ofrecen su testimonio y que de alguna manera hablan desde el interior de los hechos. Este será mi caso. Pero dada la distancia temporal que
nos separa de ellos, quiero dejar constancia de que caben otros testimonios de lo acontecido. No hay nunca un único testimonio privilegiado. El mío tampoco
lo será. Quede claro desde el principio. Es más, dado que han pasado veinticinco años desde la voluntaria disolución del PUCC-MIRAC, tendré incluso que
desdoblar mi propia voz en otras dos.

P.—
¿Dos voces más? ¿A qué se refiere?

R.—
Por un lado estará la voz de quien va a intentar narrar los hechos tratando de representar el punto de vista colectivo del PUCC-MIRAC, o al menos el que
era mayoritario. De la forma más objetiva que me sea posible, como lo hice siempre en tanto que uno de sus responsables. Y por otro lado la voz de quien va
a matizar algunos de esos hechos desde el que fue mi punto de vista individual diferenciado. O desde el que ha sido mi punto de vista posterior. Espero que
ambas voces se puedan distinguir bien. Porque aunque fueron pocas, hubo ocasiones en las que no estuve de acuerdo con una parte importante —mayoritaria o
minoritaria— de la dirección nacional del PUCC-MIRAC.

P.—
¿Insinúa que tuvieron importantes desavenencias?

R.—
Todo lo contrario. Lo que tuvimos fue importantes debates para transformar las diferencias en acuerdos. Dentro de lo posible. Los echo de menos hoy. Pero
déjame que antes añada que soy de los que no se han avergonzado nunca de lo principal de aquella experiencia de lucha antifranquista y antioligárquica. La
nuestra fue una lucha democrática y pacífica por las libertades. No hay nada que ocultar. Las políticas de desinformación y de desmemoria del régimen del
78 han tergiversado desde el primer momento la verdad histórica. Pero eso no hace más que reafirmarme en lo valiosa que fue nuestra contribución de
aquellos años. Lo mismo que muchas otras contribuciones protagonizadas por demócratas de diferentes ideologías. Permanezco fiel al núcleo del proyecto
democrático autodeterminista que pusimos en marcha, aunque algunos aspectos instrumentales en los que se apoyaba hayan envejecido. Y no comparto el
posterior maquillaje curricular de algunos…

P.—
¿Tuvieron grandes desacuerdos, insisto? He oído hablar de algunos…

R.—
No, no. En la vida moderna tardía lo habitual es la no coincidencia espontánea. Máxime cuando se es renovador y creativo. El acuerdo sólo se puede
construir desde el desacuerdo previo. La diversidad es un valor a preservar. Pero la vida en sociedad nos exige llegar constantemente a acuerdos básicos, a
acuerdos razonables en lo principal, no por tradición e imposición sino lográndolos mediante el diálogo y la deliberación. Si es que es posible el acuerdo,
porque no siempre lo es, ni lo debe ser. Con un torturador nunca querré estar de acuerdo, por ilustrar una situación en la que el disenso es necesario.
Siempre tuvimos a gala impulsar la formación, el estudio, el debate y el análisis compartido. Pongo un ejemplo: en catorce años hicimos cinco congresos muy
participativos: en el 77, recién legalizados, de ajuste político-ideológico; en el 80, de preocupación estratégica y táctica; en el 81, extraordinario,
referido al golpe de Estado; y en el 84 y 89, centrados en el análisis de los problemas del movimiento nacional popular canario y los movimientos sociales.
Casi todos terminaron en muy mayoritarios acuerdos, con bastante cohesión, aunque hubiese quienes no las tuviesen todas consigo. Los miembros del PUCC o
del MIRAC-PUCC provocaban bastante respeto en ese sentido. Desgraciadamente también en nuestros alrededores algunos rencores sectarios por eso mismo.

P.—


¿Es casual que algunos militantes del PUCC terminaran en puestos de liderazgo de otros partidos? ¿No fueron los desacuerdos políticos los que les
llevaron a ello?

R.—
¡Uf, escarbando en la herida! Creo que por desacuerdos abiertamente explicitados, no. Que yo sepa, la única salida por razones políticas que fue explicada
por escrito de forma extensa fue precisamente la mía, en 1989. Hay que distinguir: no es lo mismo hablar de antes o después de la disolución del MIRAC. Y
no es lo mismo que un compañero se alejase de forma honesta por motivos personales (familiares y laborales, o tal vez por cansancio y desánimo), que
hacerlo de forma deshonesta. Que al cabo de los años, cuando ya se había auto-disuelto el MIRAC, o estaba camino de hacerlo, unos pocos compañeros entre
cientos decidiesen ingresar en partidos ajenos —lo subrayo, ajenos— a nuestro proyecto siempre me ha parecido legítimo, faltaría más. Incluso que alguno
quisiese convertirse en político profesional. Todo el mundo tiene derecho a cambiar de forma de pensar y de actuar a lo largo de su vida.

P.—
Se conocen diversos casos…

R.—
No fue un delito pasarse a un socialismo conformista o a un nacionalismo más o menos conservador y hasta a la derecha reaccionaria. O volverse a suscribir
algunos dogmas de la ideología originaria. En todo caso, fue una exigua minoría, la excepción a la regla. Desgraciadamente ese camino se había abierto
antes con el sonado transfuguismo de uno de los dos más significados políticos canarios de la izquierda estatal, que se pasó con armas y bagajes a las
filas de la derecha nacionalista. Abierta la veda, las imitaciones no se hicieron esperar. En todas las opciones progresistas. También en el MIRAC-PUCC.
Fue un trauma muy dañino del que décadas después las izquierdas canarias aún no se han podido recuperar.

P.—
Se le ve afectado todavía…

R.—
Fue un transfuguismo muy pernicioso que en algunos casos todavía no he podido entender... Se trata del conocido fenómeno del transformismo, que Gramsci
teorizó como el descabezamiento de los movimientos populares mediante la absorción de políticos e intelectuales por las élites de poder para sus
estrategias de dominación a cambio de unos pocos puñados de lentejas. En nuestro caso, lo que no creo que sea lícito, personalmente, es que nadie que se
haya incorporado al establishment pretendiese al tiempo reivindicar el núcleo de nuestro proyecto. Y de hecho en público nadie se ha atrevido a hacerlo,
que yo sepa. Han pasado más bien de perfil. Aunque en alguna ocasión casi se nos llegó a demonizar. Pero lo importante es que la inmensa mayoría siguió y
sigue igualmente comprometida, en actividades políticas similares, o al menos en sus vidas y trabajos cotidianos. Nosotros hacíamos conscientemente lo que
ahora llaman “nueva política”. Estábamos abajo con las demandas de los de abajo, a la izquierda con la unidad de las izquierdas. No nos hemos caracterizado
por la épica, pero sí por la lealtad a lo esencial de unos valores éticos, a unas concepciones ideológicas, a una trayectoria política.

P.—


Antes mencionó la crisis de 1975. ¿Qué diferencias y parecidos encuentra entre la crisis política que estamos viviendo y aquellos años tan
críticos?


R.—
Algunos parecidos y muchas diferencias. A mitad de los años setenta del pasado siglo se abrió un período de transición política y a mitad de los años diez
del presente siglo se ha abierto la posibilidad de una nueva transición. Aquella fue la transición de una dictadura a una democracia y se forjó durante
muchos años. Si la dictadura de Franco duró cuarenta años la transición política se empezó a gestar a partir de hechos indiscutibles al menos quince años
antes, al inicio de los sesenta. Y continuó durante bastantes años más. Se hizo, además, de mala manera en muchos aspectos. Los voceros del nuevo régimen
ocultaron todo lo malo heredado. Por ejemplo, la corrupción. Ahora se discute la corrupción como si fuera algo nuevo cuando en realidad la corrupción no ha
dejado de existir y es uno de los eslabones de la prolongación del régimen del 36 en el del 78. La llamada Transición con mayúsculas fue un pacto entre las
élites de los poderes fácticos de entonces, con la tutela directa de EEUU y Alemania. Pero no ignoro que la historia se hace a partir de materiales
difícilmente moldeables. Y que fue muy difícil. Es una lección que está olvidada, pero que conviene recordar. La transición que se demanda actualmente
deberá ser distinta. Y tal vez un poco menos abrupta (en lo que se refiere a la generalización e impunidad de la represión física y el golpismo, al menos
eso espero), pero más sutil y compleja.

P.—
¿Por qué lo cree así?

R.—
De lo que se trata ahora es de pasar de una democracia de baja calidad y empobrecida a una democracia menos injusta y de más calidad. Nuestro sistema
político surgió de una reforma de la dictadura, incompleta, vigilada y pactada por minorías de poder desalmadas. Y que luego ha sido intencionadamente
arrasada y arruinada durante años y años. Los muy ricos son cada vez más ricos y la desigualdad es cada vez mayor. El proceso que ahora se ha abierto como
posibilidad deberá ser muy diferente, menos turbio, mucho más participativo. Y durará, mucho me temo, años… Hay poderes ocultos que se creen omnipotentes e
impunes, que están dispuestos a bloquearla casi a cualquier precio…

P.—
¿Algún parecido más entre lo que ahora pasa y la situación de entonces?

R.—
Encuentro incluso bastantes similitudes entre lo que defiende ahora Podemos, movimiento y partido en el que participo aun sin compartir todo lo que hace,
sobre todo en su actividad interna en Canarias, y lo que defendía Unión del Pueblo Canario (UPC), que fue una coalición de personas, organizaciones y
partidos que se creó en Canarias con notable éxito electoral en 1979. El PUCC formó parte de UPC desde el primer momento y tuvo muchos acuerdos y algunas
diferencias fundamentales con algunos de sus componentes. Se empeñaron en imponer contra viento y marea decisiones erradas que en poco tiempo hicieron
descarrilar aquella opción, dejando tras de sí un desierto de varias décadas. Esta comparación, claro está, sólo es válida si se me admite la diferencia en
los tiempos y en las escalas políticas. Un Podemos constituido tardíamente a escala estatal y plurinacional en 2014 y una UPC creada anticipatoriamente en
1979 sólo a escala nacional canaria y sin correlato a escala estatal. La comparación tiene una virtud: hay que evitar cometer los mismos errores que
cometió UPC.

P.—


Más adelante podemos hablar de UPC. Porque el PUCC surgió años antes. ¿Cómo nació? ¿Fue un hecho decisivo para constituirse en partido el asesinato
de Antonio González Ramos?

R.—
Vamos por partes. A mi juicio la execrable tortura y asesinato de Antonio —el 30 de octubre de 1975, en Tenerife, a manos de José Matute, un cobarde
karateca que era el comisario-jefe de la represora policía política de la dictadura— fue muy relevante para la formación de la conciencia democrática
antifranquista, en Canarias y en España. Llegó a conmocionar hasta a las minorías democráticas de la judicatura y de la policía, que las había. Y también
fue un impulso importante para ratificarnos en la necesidad de la creación del PUCC. Pero no creo que pueda decirse que fuera el hecho decisivo. Hubo
muchas razones más, que venían de atrás. Porque las personas que lo fundamos teníamos ya una trayectoria de lucha contra la dictadura y la decisión de
constituirnos en partido estaba siendo debatida con anterioridad.

P.—
Cuente, cuente…

R.—
Casi medio centenar de personas —mujeres y hombres, estudiantes y trabajadores, todos jóvenes— fundamos el PUCC en una reunión clandestina en los altos de
La Orotava, en Tenerife, a finales de noviembre del 75. Tenga presente que en aquel entonces era muy difícil que se reuniesen varias decenas de personas
sin ser detectados, denunciados y detenidos. Vivíamos en una criminal dictadura, con bastantes chivatos, sin unas mínimas libertades. Por ejemplo, sin
libertad para expresarse, para reunirse o para asociarse. Todos los demócratas tenían que actuar a diario con discreción o en la clandestinidad, fuese cual
fuese su ideario político, sobre todo si era de izquierdas. So pena de ser arrestados y encarcelados. Por narices, arbitrariamente. La represión seguía
estando al orden del día. En septiembre del 75 fusilaron, después de una pantomima de juicio militar, a cinco jóvenes antifranquistas, para asombro de las
democracias occidentales, que no movieron un dedo. En octubre asesinaron a Antonio González. A primeros de noviembre el rey de Marruecos organizó la
llamada “marcha verde”, que en poco tiempo logró el vergonzante abandono del Sahara por parte del ejército español y la conversión de Canarias en inestable
frontera del Estado. El 20 del mismo mes murió Franco, que agonizaba sedado desde hacía semanas.

P.—
Una gran crisis política, desde luego.

R.—
En efecto. Aprisa y corriendo dos días después, en medio de un gran caos —pues el régimen franquista sólo se sostenía por un ejército desmoralizado y por
la represión y el miedo—, fue proclamado Juan Carlos como Jefe de Estado después de jurar los preceptos fundamentales del Movimiento franquista. Y a la vez
coronado como rey de una monarquía que ni existía ni tenía continuidad dinástica. Su padre vivía en el exilio sin haber sido coronado y sin haber abdicado
de sus supuestos derechos. Así fue. Recuerdo que uno de los invitados al acto fue Pinochet, por ejemplo. Para que sirva de indicativo. El nuevo régimen
empezó a ser construido de forma antidemocrática e ilegítima, con la pretensión de que hubiese una absoluta continuidad del régimen de la dictadura.
Pretendían que todo estuviese “atado y bien atado”.

P.—
Hablábamos de la creación del PUCC. ¿Qué personas fueron claves en la decisión de dar aquel paso fundacional?

R.—
Han pasado muchos años desde entonces y no creo que deba dar nombres sin tener una autorización expresa. Buena parte de los que pasaban de la treintena o
estábamos cerca de cumplirla éramos conocidos o fuimos conocidos después, cuando logramos la legalización, que de forma premeditada se retrasó ¡hasta
octubre de 1977, casualmente después de las primeras elecciones! Además cualquier pequeña lista de nombres que se diese siempre sería incompleta y
arbitraria pues desde el principio había la voluntad de dar ese atrevido paso.

P.—
¿En que consistió aquella primera reunión?

R.—
Acordamos abrir y recorrer un breve período provisional hasta anunciar la fundación del PUCC unas semanas después, a principios de 1976. En concreto,
aprobamos dos ponencias políticas y decidimos elaborar una declaración fundacional que llevó por título “Forjar la unidad popular”. Lo recuerdo para que se
vea que el manido mantra actual de la genérica “unidad popular” viene de muy atrás. Ni siquiera de los setenta, sino como mínimo de los años treinta del
siglo XX. Nos reorganizamos de forma independiente, elegimos una dirección e incrementamos nuestra ya intensa actividad política. Porque debo recordar que
el PUCC no se creó ex novo, a partir de cero, sino que surgió de la transformación de una organización que se llamaba Oposición de Izquierdas del
PCE, que funcionaba en Canarias desde los primeros años setenta con autonomía propia. La gran mayoría de las personas fundadoras provino de la OPI de
Canarias o de sus zonas de influencia, aunque no fuese ese precisamente mi caso.

P.—


Nacía un nuevo partido con el afán de “unificar” a los comunistas canarios. ¿Qué aportaba a la ya fraccionada “izquierda de la izquierda” de
entonces?

R.—
El actual sistema de partidos (el que ahora se está hundiendo) surgió en el período final de la dictadura. Había algunos que, no obstante, tenían una
historia anterior pero que habían sido renovados de arriba abajo (y tal vez involucionado de mejor a peor). La izquierda política era básicamente marxista.
Recuerdo que el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) fue “marxista” (con comillas) incluso mientras pactaba la Constitución. Y que para lograr el
abandono del marxismo, Felipe González tuvo que llegar a realizar, contra la mayoría socialista de entonces, una efectista maniobra dimisionaria, en 1979.
Pero es que además nunca hubo un solo marxismo: antes de su muerte ya Marx se vio obligado a decir que él no era marxista, agobiado por las
tergiversaciones de su pensamiento a las que estaba asistiendo. En la segunda mitad del siglo XX medio mundo era “comunista” (también entre comillas). Y
ese bloque estaba dividido, sobre todo a raíz del enfrentamiento entre China y URSS. Había muchas corrientes ideológico-políticas incluso a la “izquierda
de la izquierda”, es decir, a la izquierda del PSOE y el Partido Comunista de España (PCE). Desde mayo de 1968 había aparecido de forma abierta la
necesidad de crear “nuevas izquierdas”. Fue en ese contexto de bipolarización mundial y de guerras frías, y en medio de la crisis de pudrimiento de la
dictadura franquista, en el que se nos planteó un agudo dilema.

P.—
¿Qué dilema?

R.—
O seguir haciendo aquel particular “entrismo” (así se le llamaba) en el PCE de Santiago Carrillo o crear un partido marxista en sintonía con las nuevas
izquierdas a nivel español y mundial. La opción era casi obvia y de hecho no fue contradicha que yo recuerde. La cuestión fue que nos atrevimos con
audacia. El nuevo nombre era muy sonoro y se hizo conocido de inmediato. La idea era agrupar en el PUCC a todas aquellas personas de la izquierda marxista
canaria que no estaban de acuerdo con las políticas del PSOE y el PCE al final del franquismo. Nuestro marxismo fue de los más heterodoxos de la época. Y
nuestro estilo de trabajo se basó en el respeto a los demás y el juego limpio, cosa que poco a poco nos hizo diferentes.

P.—


Una curiosidad: tengo entendido que primero tuvieron en el nombre del partido la coletilla “en Canarias” y luego la sustituyeron por “de Canarias”.
¿A qué se debió?

R.—
Esa coletilla —aparentemente secundaria— se discutió, en efecto. Y tuvimos que votar entre tres opciones que se propusieron: “de Canarias”, “en Canarias” y
“(Canarias)”. No éramos del todo conscientes de que estábamos en presencia de la punta del iceberg del debate sobre la cuestión nacional canaria. Ganó por
poco la opción intermedia, “en Canarias”. Pero semanas después nos dimos cuenta de que queríamos ser un partido sólo “de” Canarias, sin dependencias del
exterior. Lo discutimos de nuevo y decidimos en consecuencia cambiarlo. El debate sobre lo nacional canario se hizo cada vez más necesario…

P.—
¿Continuó luego ese debate?

R.—
Adelanto que lo ocurrido año y medio después, en las primeras elecciones, el 15 de junio de 1977, nos convenció de que éramos y queríamos ser un partido
nacional canario. Y que debíamos asumir una forma propia de nacionalismo, el nacionalismo democrático-popular autodeterminista, al margen de los
nacionalismos etnicistas y antisocialistas al uso. Dedicamos el año 78 a madurarlo —no sin controversia, he de añadir— y ya en el 79 lo teníamos muy claro.
Por eso participamos de lleno en la creación de UPC. E inmediatamente seguimos profundizando en su comprensión e implicaciones, creo que con bastante
originalidad. Pero fue nuestro segundo gran debate. Porque tuvimos uno previo, el primero, más ideológico, que fue del todo relevante para poder proseguir
en la ruta que nos habíamos fijado.

P.—


Más adelante le pregunto por ese primer debate. Pero, dígame, la decisión de fundar el nuevo partido se tomó en un momento de enorme represión. ¿Se
podía trabajar políticamente en la clandestinidad, me refiero a la acción pública, que seguramente era muy difícil en todos los sentidos? Era un
tipo de militancia muy entregada, creo: reuniones casi diarias, pegada de carteles, manifestaciones, venta de prensa partidaria, doble militancia
en colectivos sociales…

R.—
Se podía (políticamente), pero porque se debía (éticamente) y en consecuencia se quería (existencialmente). Fueron años de entrega generosa. Toda una
escuela de vida. Los demócratas en general, todos, que aún éramos una minoría, sentíamos que nos movíamos en la dirección de la historia, de la justicia y
el bienestar, con el viento en popa y algunos con gran entusiasmo, como los cientos de miembros que llegamos a formar el PUCC. La dictadura había
sacrificado a millones de familias, a nuestros abuelos y padres. Y después de una posguerra durísima se empezaba a ver la salida del túnel, la ansiada
caída de la dictadura, las libertades… Algunos teníamos nuestros hogares, nuestros trabajos o estudios y además una vida clandestina. Salíamos a veces a
más de una reunión diaria. Teníamos normas de seguridad, “nombres de guerra”, etcétera. Y hacíamos constantemente propaganda con multicopistas artesanales,
acciones clandestinas como panfletadas, pintadas y pegadas de carteles, y se hicieron las primeras manifestaciones, por el Sahara, por la amnistía de los
presos, etcétera. Construimos de abajo arriba un partido con nuestros propios medios, sin aceptar ninguna interferencia. Nunca recibimos ayudas de nadie,
ni públicas ni privadas (nos manteníamos con nuestras propias cotizaciones), cosa que no puede decir casi nadie de entonces. Porque sabido es que los
partidos del sistema fueron subvencionados desde las empresas financieras e industriales del interior y por las inyecciones recibidas del exterior: EEUU,
Alemania, URSS, Libia, etcétera. Y seguía habiendo represión y detenciones.

P.—
Sin duda, apasionante. Aunque no parecía un camino de rosas…

R.—
Se ha intentado que la gente olvide. La violencia policial y el terrorismo fascista continuaba (y también el terrorismo etarra). En septiembre de 1976 fue
asesinado Bartolomé García Lorenzo en el barrio de Somosierra, en Tenerife; en diciembre del 77 mataron a Javier Fernández Quesada, a las puertas de la
Universidad de La Laguna. Ese mismo año hubo más de una decena de atentados mortales de ETA y otros tantos atentados ejecutados por grupos de ultraderecha
infiltrados (entre ellos, la matanza en un despacho laboralista de Atocha, con cinco personas muertas ametralladas).

P.—
¿Se abordó suficientemente el problema de la violencia, de la libertad, de la democracia…?

R.—
Las libertades y la democracia se fueron conquistando paso a paso. De forma pacífica y con muchos sacrificios políticos por parte de la ciudadanía. Nunca
coqueteamos, ni siquiera verbalmente, con el ejercicio de la violencia. Pero lo cierto es que no se pudo romper radicalmente con la dictadura e instaurar
una democracia sin grandes residuos del régimen anterior. Muchos años de franquismo, de instituciones abducidas y contaminadas que no fueron ni
investigadas ni depuradas. En la policía, en el ejercito, en la judicatura, etcétera, etcétera. Así, por ejemplo, el derecho de asociación y de acceso a
las instituciones todavía año y medio después de la muerte de Franco era muy restringido. Incluso en las elecciones de junio del 77 —que fueron
preconstitucionales y no se convocaron como constituyentes— se negó la legalización, como antes recordé, a partidos como el nuestro. No nos pudimos
presentar abiertamente ante el electorado. Empezaba a ser claro que se estaba formando un nuevo bloque de poder… dejando una periferia de exclusiones
sociales y políticas. Para comandar una democracia que fuese limitada y manejable desde los poderes que nunca dan la cara. Con los arreones políticos del
presidente Adolfo Suárez y bajo el dictado de esos poderes fácticos, una parte de la izquierda aceptó colaborar casi como convidados de piedra… o de cartón
piedra. La mayoría de la población les creyó, tuvimos que constatarlo y reconocerlo.

P.—
¿Supongo que la reflexión y el debate tampoco eran fáciles en ese tiempo y con esa vida tan intensa?

R.—
Hay que tener en cuenta que ni en Canarias, ni en el resto de España, había entonces una cultura política genuinamente democrática. Ahora no sé si ya la
hay. Entonces, por no haber, no había casi ni libros decentes. Lo que había era una cultura autoritaria y represiva, clasista y machista, gris como ella
sola. Como comenté, éramos muy conscientes de ello, porque sobre todo la gente joven vivía en plena asfixia. Por poner un ejemplo referido a los gustos
musicales juveniles: a la muerte de Franco los Beatles ya habían hecho y acabado completamente su revolución musical. Llevaban ya un lustro separados. Ya
estaba incluso emergiendo el fenómeno punk. Hasta en Portugal había caído la dictadura. Y nosotros, reducidos y sometidos, sin libertad, con dificultades
para el acceso a la cultura mundial del momento, sin horizontes atractivos. Todavía en el 81 hubo un golpe de Estado, y algunas intentonas más en el 82.

P.—
¿Cómo fue aquel primer debate que tuvieron?

¿Era demasiado pesada la mochila de los dogmas?

R.—
En el PUCC teníamos planes de formación y fomentábamos a contracorriente el estudio del pensamiento político que se nos prohibía. Además, la reflexión y el
análisis eran para nosotros un elemento crucial y diferencial. No compartíamos ni el mimetismo ni el dogmatismo que veíamos por doquier. Preferimos ser
cabeza de ratón antes que cola de león. (Entre paréntesis, lo único que se nos ha ofrecido a los canarios en nuestra historia es precisamente eso, como
máximo ser furgón de cola de algún tren). En noviembre de 1977, sólo un mes después de nuestra legalización, hicimos nuestro I Congreso, que fue
espectacular. Nos reunimos en Las Palmas para fijar de forma pública y en debate democrático nuestras concepciones ideológicas, políticas y organizativas.
El resultado fue un alejamiento explícito de la esclerotizada ortodoxia comunista, que entonces era de clara raigambre dogmático-estalinista. Nos quitamos
un gran lastre de encima. Ese fue nuestro primer gran debate. Un ajuste de cuentas por libre en nuestro ideario marxista. Estábamos urgidos por las
necesidades prácticas y por dotarnos de un sentido de la realidad que fuese sensato.

P.—
¿No se produjo una escisión entonces?

R.—
Que yo recuerde, tres o cuatro militantes estuvieron en desacuerdo con lo aprobado y dejaron el partido. Pero no fue una escisión. Seguimos siendo amigos.
Y tres miembros de una de las muchas delegaciones invitadas abandonaron el acto de clausura en aquel inmenso salón abarrotado del Colegio de Medicina. Lo
que ya se sabía entonces del estalinismo y de sus continuadores nos daba completamente la razón. Los acontecimientos posteriores nos ratificaron en nuestro
acierto. ¿Por qué cargar con aquella tan absurda e injusta mochila? En lo que a mí respecta, nunca fui partidario de las identificaciones políticas con
regímenes y Estados concretos, porque se trata siempre de realidades complejas. Al apoyar aspectos que se cree positivos al final se incurre en el error de
favorecer también posibles opresiones, explotaciones y discriminaciones, con cuyas posibles víctimas se es insolidario. ¡Mucho cuidado, diría, con las
identificaciones generales con lo que en el fondo se desconoce! Son malos hábitos políticos. Y lo que valía para la URSS de los señores Brézhnev, Kosygin y
Podgorny también valía para los EEUU de los señores Nixon, Ford y Carter, o para las identificaciones emocionales y acríticas con cualquier otro régimen
político. Nuestro primer gran debate fue autocrítico, como también lo fue el segundo. ¿Cuántas rectificaciones reconocidas de buen grado se conocen en las
empresas, en los partidos, en las instituciones?

P.—
¿Cómo valoraban los primeros años de la Transición?

R.—
Desde luego, nuestra valoración del régimen que se fue instaurando no fue maniquea, pensando como muchos que o todo era bueno o todo era malo. Nuestros
análisis separaban constantemente los elementos que considerábamos negativos e infumables de los que aceptábamos porque nos parecían positivos. Ese fue el
caso de la Constitución del 1978. Y la razón por la que llamamos a la abstención activa en el referéndum, con una campaña muy atractiva que fue bastante
impactante.

P.—

¿Me lo puede explicar? ¿No cree que la Constitución de 1978 fue un serio avance respecto a los Principios del Movimiento franquista?

R.—
Obviamente, lo fue. Pero eso iba de suyo. No se puede hablar de democracia sin un Estado constitucional de derecho como mínimo. La conquista de las
libertades hay que atribuirla a la ciudadanía, a las luchas democrático-populares. La cuestión era —entonces, como ahora— qué democracia, qué derechos, qué
Constitución. La campaña del Sí en el referéndum corrió casi toda a cargo del gobierno, sus medios de comunicación afines (que eran casi todos) y RTVE. Por
nuestra parte, encargamos fuera de Canarias unos carteles espectaculares, de un formato que todavía no se podía conseguir en nuestras imprentas. El lema
fue algo así como “Ningún voto canario para una Constitución centralista”. Una idea muy clara, que creo que caló en algunos sectores de la ciudadanía.

P.—
Llamaron a la abstención…

R.—
No podíamos llamar al voto negativo dado que se trataba de una Constitución democrática en muchos sentidos, especialmente los artículos 14 a 29 del Título
I sobre derechos y libertades, con algunas excepciones. Y también porque la Disposición adicional tercera nos garantizaba a los canarios el derecho a un
régimen fiscal propio, lo que es algo también fundamental para nosotros. Pero tampoco podíamos llamar al voto positivo. Porque esa misma Constitución
imponía normas no democráticas.

P.—
¿Cuáles, por ejemplo?

R.—
Recuerdo las cinco principales: la afirmación de una “nación española” que no existía, como sostén del Estado; la misión del ejército como defensor de “la
integridad territorial y el ordenamiento constitucional”; la forma de Estado de “monarquía parlamentaria” (con “inviolabilidad” y carácter “hereditario”
del Jefe del Estado); la autonomización de las nacionalidades según vías obligadas de primera y segunda división; y —casi de matute— la naturaleza
capitalista del sistema económico. Había más. Por ejemplo, la creación del Senado, concebido como segunda cámara para obstruir lo que se escapara del
control del Congreso. O la no confesionalidad, corregida en beneficio de la Iglesia católica. Todos estos elementos de la Constitución nos parecieron
incluso anticonstitucionales desde el punto de vista del constitucionalismo democrático. ¡Pero no los iban a impugnar precisamente los responsables e
interesados en que estuviesen ahí! Y ahí se quedaron. Para oprobio de los que los apoyaron. Frenando el avance social, favoreciendo a las minorías
oligárquicas. Sin embargo, ahora el clamor favorable al cambio constitucional es admitido muy mayoritariamente. Aunque tengo asumido que ninguno de los
beneficiarios del régimen del 78 levantarán la voz para darnos la razón a quienes advertimos entonces de las consecuencias que iban a tener todas esas
lacras. La mayoría ahora apoya una reforma de mínimos y con la boca chica.

P.—
En 1980 en el II Congreso ahondaron
en la polémica cuestión del nacionalismo.

R.—
Fue sin duda nuestro segundo gran debate, como comenté, el centrado en la cuestión nacional popular canaria. El encaje del marxismo dogmático con la
concepción burguesa del nacionalismo no era viable a principios del siglo XX. Ni por un lado, ni por el otro. En política, y en la vida en general, el
inmovilismo (del rechazo automático) es tan errado como el oportunismo (de las falsas síntesis). Tratábamos de huir de esos extremos. Tanto de los
dinosaurios como de los camaleones. Nuestro II Congreso fue bastante ambicioso y creativo. Hicimos un gran esfuerzo al pensar nuestro proyecto en tres
planos. Primero, la cuestión del suelo político: cómo era realmente la sociedad canaria, más allá de los cantos de sirenas sobre nuestra condición de
“islas afortunadas”. Segundo, la cuestión del techo político: cómo debería ser la sociedad de bienestar que las mayorías sociales canarias necesitaban. Una
sociedad democrática, autocentrada y justa. Que no dependiese del exterior en todo, como siempre ha ocurrido, y que tampoco fuese una ilusoria autarquía,
algo que ni era viable ni deseable. Es decir, en lo económico ni librecambismo depredador ni proteccionismo aislacionista, y en lo político ni
subordinación centralista ni independencia disciplinada. Y tercero, la cuestión de los instrumentos políticos: cómo debería ser el movimiento nacional
popular canario que elevase a la sociedad canaria del suelo en el que estaba al techo que se necesitaba, es decir, a un nuevo suelo más igualitario y menos
injusto. Y cómo debería ser el partido o los partidos que desbrozasen el camino, que marcasen el norte a ese movimiento desde el punto de vista del
pensamiento y de la estrategia política.

P.—
Tres cuestiones muy distintas…

R.—
De las tres, la importante es la segunda. La primera cuestión se refiere al constante estudio y análisis de nuestra realidad, es decir, qué cambia y qué
permanece. Tiene que ser actualizada constantemente con la ayuda de la investigación científica social. Y la tercera se refiere a los instrumentos
políticos para el logro de la transformación social. Nuestra alternativa de entonces, el modelo de partido de vanguardia, se ha quedado desfasada desde
hace mucho y es la cuestión que exige mayor renovación e imaginación creativa. Pero es un problema en todo el mundo y sigue siendo necesario aunque difícil
encontrar alternativas a los partidos tradicionales. Hay experiencias por doquier de mucho interés.

P.—


¿Sirve hoy, cuando está abierto el debate sobre el derecho a decidir en el Estado plurinacional español, la manera en que el PUCC-MIRAC abordó la
cuestión nacional?


R.—
Sin duda. No se puede confundir el concepto de nación, muy vinculado a lo político-social, con el concepto de Estado, más referido a lo político-jurídico.
Uno de mis lemas —que parafrasea al filósofo Manuel Sacristán— dice: “En filosofía política el matiz es concepto y compromiso”. Lo que quiero decir es que
hay muchos matices a tener en cuenta. En los conceptos y en los compromisos. Reivindicábamos con énfasis el derecho de autodeterminación nacional. Lo
entendimos como capacidad permanente del pueblo canario a decidir su destino, esto es, como poder democrático-popular soberano —lo que ahora, en efecto,
treinta y cinco años después se llama derecho a decidir—. Porque ni éramos autonomistas ingenuos ni independentistas rudimentarios. Éramos
autodeterministas. Es decir, partidarios de la constante deliberación pública y de la toma democrática de decisiones razonables evaluando las diferentes
grandes opciones en presencia.

P.—
¿Entonces…? ¿Qué hay de
su concepto de “independencia nacional”?

R.—
No creo que sea difícil aceptar que las sociedades modernas, nacionales y plurinacionales, han de ser co-dependientes, han de tener capacidad —es decir,
poder de decisión— para dialogar y negociar, para acordar y luego autorregularse con amplios consensos. La co-dependencia sólo es posible desde las
soberanías populares compartidas, desde lo que en alguna ocasión también llamamos “independencias nacionales”, pero en el buen entendido de que no
equivalen necesariamente a “independencias estatales”. Y esto no sólo en Cataluña, Euskadi y Galicia, las muy mal llamadas “nacionalidades históricas”.
También en Canarias, que es una nacionalidad como la copa de un pino, geográfica, histórica, económica, cultural, política… En nuestra singular realidad
los canarios tenemos los mismos derechos de ciudadanía y de nacionalidad que las demás en el Estado plurinacional español. Entonces y ahora, claro. Nuestro
programa en su núcleo central sigue del todo vigente. Se trata de que los canarios tomemos conciencia de nuestros derechos en todos los órdenes (civiles,
políticos y económicos, sociales y culturales) y exijamos lo que aún no hemos exigido. No es un programa mínimo, para su realización inmediata. Es el
norte, el horizonte del quehacer político necesario para disminuir, desde la práctica de la democracia, la desigualdad y la infelicidad en nuestro
Archipiélago. Sin capacidad de decidir seguiremos siendo una tierra doblegada. Como se dice ahora, queríamos un pueblo canario empoderado en todos los
sentidos, que confiara en sí mismo y con capacidad de autogobierno, empezando por que nos convirtiésemos en un pueblo culto, que es lo que más temen los
que prefieren mantenernos en la servidumbre.

P.—
En ese II Congreso también cambiaron de nombre y pasaron a denominarse MIRAC.

R.—
Sí, y también aprobamos una declaración llamando a la resistencia nacional popular ante lo que se nos venía encima, aunque pocos querían verlo. Aún
recuerdo a un caracterizado miembro de UPC preguntando con sarcasmo si nos creíamos que estábamos en la Francia ocupada de la Segunda Guerra Mundial. No
habían pasado seis meses y ya teníamos un golpe de estado secuestrando al Congreso y al gobierno en pleno. Pero por nuestra parte no habían pasado tres
meses y ya estábamos haciendo un Congreso extraordinario (el III) para analizar la nueva situación. Volviendo al nuevo nombre, en efecto, pasamos a
llamarnos Movimiento de Izquierda Revolucionaria del Archipiélago Canario. Pero manteniendo por un tiempo las siglas anteriores, para garantizar la
continuidad. Había diferentes motivos para ello. Desde nuestra concepción de las vanguardias, empezábamos a cuestionar la forma tradicional de los
partidos. Además, en 1980 ya no había apenas “unificación” que hacer (habíamos agrupado a más gente incluso de lo que era conveniente). Y por último, se
trató, al menos a mi juicio, de retirar del nombre el término “comunista” como el principal elemento para nuestra identificación, por lo equívoco que
resultaba. Había sido mal utilizado durante más de un siglo, tanto por muchos de los que se lo apropiaron para corromperlo como por los que denigrándolo lo
falsearon. Es una historia compleja, de la que sólo puedo dar mi versión. No sé si te interesa.

P.—
Adelante, adelante…

R.—
El término “comunista” viene de las palabras común y comunidad. Ese debería ser su genuino y sencillo significado. Comunista: el que defiende los comunes,
lo común, lo de todos. Su uso político se inició en el primer tercio del siglo XIX. Marx lo utilizó de forma ambivalente en diversas obras, principalmente
en el Manifiesto del partido comunista, que firmó en 1848 junto a Engels, por encargo de la Liga de los Comunistas. Entonces no había partidos del
estilo de los creados en el siglo XX y XXI. Tres años antes, en La ideología alemana, texto que también escribió Marx y firmó con Engels aunque no
lo pudieron publicar (sólo salió a la luz mucho después, en 1932), Marx, digo, llamaba “comunismo” al movimiento en marcha, y no necesariamente a una
futura e idílica sociedad. Y menos a una ideología particular y dogmática. Tiempo después, cuando los bolcheviques rusos pasaron a autodenominarse
“comunistas” impulsaron a la vez la Internacional Comunista en ruptura con la Internacional Socialista, descontentos con su papel belicista en la Primera
Guerra Mundial. Pero medio siglo más tarde, con una Guerra Mundial más y dos posguerras, el término ya había sido engullido ante la opinión pública mundial
por partidos estalinistas que en muchas ocasiones poco tenían que ver con los idearios de principios del XIX, ni con el pensamiento de Marx. Para que un
joven que prefiera las emociones a los argumentos comprenda de qué hablo sólo le diría que escuche la canción “El comunista” del Niño de Elche.

P.—
¿De ahí que prefiriesen llamarse “revolucionarios”?

R.—
Bueno, ahora —al igual que otras palabras, como “vanguardia”, por cierto— también es un término desgastado. La palabra “revolución” se hizo famosa sin
embargo después de que la usase Copérnico, uno de los fundadores de la astronomía científica moderna. Pero en lo político la reacción ha logrado que suene
a llamamiento a la violencia o cosas así. Y además las autoproclamaciones tampoco sirven de nada. Pero quienes estábamos por avanzar siempre de peor a
mejor, lo que queríamos era algo tan sencillo como transformar y cambiar, es decir, revolucionar y evolucionar. Con urgencia ética y con prudencia
política. Siempre contra la injusticia y a favor de la libertad y la igualdad. Desde la democracia. Nunca hablamos de una “revolución canaria” como si
fuera un golpe de mano que se da un día y ya está. Hablamos de “vía revolucionaria canaria”, entendida como un proceso inacabable de transformación
democrático-popular radical en pos del bienestar en Canarias en el contexto de otras transformaciones similares en el resto de las nacionalidades del
Estado y del área. Y era ese el sentido que le dábamos a la necesidad de que hubiese también una izquierda “revolucionaria” canaria. Precisamente ahora hay
juristas jóvenes que hablan de la necesidad de una “revolución democrática” para que se pueda de verdad elaborar un nueva Constitución más democrática. Y
creo que tienen razón.

P.—
¿El presente pone en evidencia al pasado?

R.—
Visto desde el actual presente incluso se podría pensar que nuestra constante innovación fue de todas formas insuficiente (y yo también lo pensé en algunos
momentos, aunque sé de compañeros que, por el contrario, piensan que innovamos en exceso). Te pongo un ejemplo: en los primeros ochenta reprodujimos en la
revista Banot un texto de Ernesto Laclau, el pensador argentino que tanto ha influido en Pablo Iglesias e Íñigo Errejón y que casi nadie conocía
en la política de entonces. Pero entonces el primero tenía dos años y el segundo no había ni siquiera nacido. Algunos de nosotros ya estábamos en la
necesidad de articular lo popular. Lo que estoy queriendo decir es que no se debe incurrir en anacronismos y ucronías a la hora de mirar hacia atrás.
Porque si difícil es “traer el pasado al presente”, como decía al principio, lo que tampoco se debe hacer es “llevar el presente al pasado”. Y menos de
forma incompetente. No todas las palabras asesinadas mueren realmente: “política”, “democracia”, entre otras, son palabras que desaparecieron durante
siglos. ¡Y fue necesario que reaparecieran y sus significados fuesen reconstruidos! Ahora se vuelve hablar de nuevo de los “comunes” identificándolos con
el pueblo… Tiempo al tiempo.

P.—
Iban ustedes a contracorriente en bastantes cuestiones…

R.—
Sí, como habría que ir ahora. Cuando a mediados de los ochenta fuimos invadidos por la cultura y las modas posmodernas, que pretendían “pasar” de la
política, los marxismos fueron relegados poco a poco a un segundo plano en Occidente, por no decir que al olvido. Tanto en la política, como en las
editoriales y las Universidades el “pasotismo” logró triunfar. ¡Si lo sabré yo, que impartía Filosofía política en la Universidad y vi durante varias
décadas cómo los aspirantes a filósofos torcían el gesto por tener que estudiar y reflexionar sobre lo político! Sin embargo, para horror de los pensadores
más superficiales de la “movida”, no mucho después el mismísimo Marx se convirtió, como debía ser, en un gran clásico vivo del siglo XIX, junto con tantos
otros (como lo eran Hegel, Ricardo o Darwin, que fueron sus maestros en filosofía, economía y ciencia). Así lo reconocieron algunos filósofos de la
corriente posmoderna, por ejemplo, Jacques Derrida en Espectros de Marx. O no hace demasiado Fredric Jameson. Esto es: Marx sigue siendo un autor
respetable, digno de estudio sin necesidad de que se le sacralice, mientras que el posmodernismo realmente ha desaparecido. Es un ejemplo de los vaivenes
en la cultura política. Politización en los setenta, como ahora, despolitización desde mediados de los ochenta hasta avanzados los primeros dos mil…
Generaciones enteras de jóvenes engañados. ¿Qué tienen que decir aquellos “pasotas” del apoliticismo ante la miseria y sufrimientos que ha traído la crisis
económica?

P.—
¿Había en el PUCC lo que se llamaba “culto a la personalidad”? ¿Había “tovaristas” y “pablistas”?

R.—
Bueno, te refieres a Paco Tovar y a mí. Y a la posibilidad de que hubiese grandes diferencias entre él y yo. Y, en consecuencia, dos corrientes internas, o
algo así, tras nosotros. Absurdo, irresponsable. Una tontería. Lo del culto a la personalidad ni por el forro. Me enteré tardíamente de que algunos
estudiantes del partido habían usado esos términos en algunas de sus discusiones de bares, un poco alegremente. Y ni siquiera sé si Paco llegó a saberlo.
Era una imitación de las tradiciones de bautizar corrientes de pensamiento o de acción con “ismos” derivados de nombres propios, a veces con razón, otras
—como en este caso— sin ella. Una desmesura. “Kantismo”, “darwinismo”, “marxismo”… O “leninismo”, “trotskismo”, “estalinismo”, “maoísmo”… O “suarismo”,
“fraguismo”, “felipismo”, “guerrismo”, “carrillismo”, etcétera. En nuestro caso, un mero juego con ribetes divisionistas inconscientes y poco responsables.

P.—
¿Cuál era la relación entre ustedes?

R.—
Paco Tovar es una excelente persona, lo más parecido al líder natural de los inicios del PUCC… si nosotros hubiéramos jugado a los liderazgos. Pero antes
que todo eso era y es un buen amigo. Lo que tal vez muchos no supiesen es que Paco y yo nos conocíamos desde casi una década antes de la fundación del
PUCC, a pesar de proceder de Islas distintas. Te lo cuento como anécdota. En 1966 él empezó a estudiar Económicas y yo Arquitectura en un Madrid de
efervescencia estudiantil. Y, como sabrás, los estudiantes canarios en Madrid nos conocíamos casi todos. ¡Con decirte que en la Semana Santa de ese curso
un pequeño grupo de canarios recorrimos las Hurdes a pie! Y que ese mismo verano dimos la vuelta a Lanzarote, con dos amigos más, un coche prestado y unas
casetas. Hasta te puedo decir el libro que cada uno llevábamos de lectura. Él, Reforma o revolución, de Rosa Luxemburgo, y yo Apocalípticos e integrados, de Umberto Eco. En fin, no te digo más. Porque entonces te tendría que hablar hasta de nuestra mili obligada en
Infantería de Marina. Y no creo que quieras escucharme…

P.—


Vale, vale, no, no, gracias. Tuve y tengo la percepción de que aquella amalgama de formaciones de izquierda revolucionaria actuaba desde un enorme
ombliguismo y sectarismo, tan bien retratado por los Monty Python en La Vida de Brian…

R.—
Bueno, ombliguismo y sectarismo son dos patologías que tienden —al igual que el burocratismo— a adueñarse de todas las organizaciones e instituciones,
sobre todo si no andan con cuidado. En los partidos del sistema en primer lugar. Sólo basta echarles una mirada. En la izquierda revolucionaria de entonces
también. Y lo mismo hay que decir del izquierdismo, aquella vieja “enfermedad infantil”, como la calificó un clásico. Narcisismo interno convertido en
intolerancia en el trato con los demás (nuestra experiencia más negativa a este respecto fue UPC). Sólo puedo decir que por nuestra parte tratamos de ser
críticos tanto con el viejo régimen, rechazándolo de plano, como con el nuevo, y con sus hacedores, aceptando sólo los elementos genuinamente democráticos,
no los heredados de la dictadura. Pero teniendo comportamientos respetuosos y educados con todos los demócratas. Y fuimos autocríticos, cosa que ni
entonces ni ahora se suele ver, insisto. Creo que la mayoría de gente entendida en política de aquellos años nos lo reconocía. Aunque habría que
preguntarle a ellos.

P.—
Cambiemos de tercio.
¿Qué vinculaciones mantenían con el movimiento obrero organizado o con otros movimientos sociales?



¿Eran instrumentales su relaciones o de verdad se creía en el valor de una sociedad organizada en distintos ámbitos y en la autonomía de los
mismos. ¿Cuánto tenía de autoritaria o, al menos, de claro dirigismo, la relación con los movimientos sociales?

R.—
Para poder instaurar el nuevo régimen una precondición obligada era la libertad para asociarse, para crear partidos, sindicatos, asociaciones. Sin
partidos, en particular, no hay democracia. Aunque hay partidos democráticos y partidos autocráticos. Lo hemos visto luego. Se tuvo que conformar a toda
velocidad un nuevo sistema de partidos, de sindicatos de trabajadores y de nuevas organizaciones en los frentes de lucha que se iban abriendo. Porque en
cuanto se reconocieron los mínimos derechos y libertades se gestaron esas realidades. Me refiero a la organización autónoma del feminismo y del
estudiantado, y poco después del movimiento vecinal y del ecologista. En fin, también el anti-militarismo algo más tarde. Qué quieres que te diga,
estuvimos siempre que pudimos en el origen y consolidación de todos esos movimientos, junto con muchísima más gente entusiasta. Y siempre defendimos su
autonomía como una cuestión de principios irrenunciable, negándonos a secundar los intentos de instrumentalización, que ni fueron ni son pocos. Una cosa es
ayudar a dirigir, que es necesario, y otra imponer el dirigismo, o peor aún, fomentar las luchas por el poder y los protagonismos. Entonces y ahora,
repito. Es lo más inaceptable de muchas actitudes políticas.

P.—
Cíteme, por favor, algunas de esas organizaciones.

R.—
Desde el primer conato de las Comisiones Obreras clandestinas (a las que pertenecía Antonio González Ramos) pasando por el SOC hasta la Intersindical
Canaria y el STEC, desde las Coordinadoras Feministas hasta los Comités de Estudiantes y las Asambleas de Profesores Universitarios, desde algunas de las
primeras organizaciones ecologistas (que fueron varias: El Guincho, Aulaga, Magec, Azuaje, MEVO, etcétera) hasta los Comités Anti-OTAN de mitad de los
ochenta, etcétera. Pido perdón si me olvido de algunas de aquellas organizaciones. Estuvimos presentes hasta en la primera asociación ganadera autónoma de
las Islas. Incluso en la actividad periodística y en la teórico-política (desde la artesanal revista Banot, a finales de los setenta, al apoyo a Disenso como revista independiente de análisis y opinión, que fue una esplendida realidad en cuya fundación estuviste tú también junto con Tony
Murphy, Julián Ayala y yo mismo). Eran, y algunas siguen siendo, iniciativas surgidas desde abajo, desde diferentes sectores de la población canaria
auto-constituyéndose en pueblo, en lucha contra los de arriba, los poderosos que han mantenido siempre tan postergada la vida en el Archipiélago.

P.—


Por cierto, conociendo los lideres y direcciones políticas de entonces, las mujeres no lograron papeles de primer nivel, pese a que el feminismo
era una preocupación interna constante…

R.—
Es cierto, así fue. Pese a que siempre tuvimos compañeras en los órganos de dirección. Todo lo que se hizo, como lo que aún se hace hoy, resulta
insuficiente. Pero debo decirte que fuimos uno de los primeros partidos, no ya en Canarias sino de toda España, que se atrevió a crear internamente una
estructura estable y autónoma de mujeres para la formación específica, el debate y la dirección de nuestras actividades feministas. Y eso fue desde casi el
primer momento, en septiembre de 1976: nunca lo olvidaré porque la primera reunión de mujeres coincidió con el día en que asesinaron a Bartolomé García
Lorenzo y la gran manifestación espontánea que esa misma tarde se organizó. De esa estructura de compañeras surgió la idea de crear junto a otras mujeres
la histórica Coordinadora feminista, que impulsó durante años las luchas de las mujeres canarias por sus propias reivindicaciones (desde el derecho al
divorcio al derecho al aborto, etcétera) y muchas otras actividades (empezando por formarse y reeducarnos en cierto modo a los varones del partido: había
macromachismo y micromachismos, como ahora).

P.—
Hablando de relaciones políticas, mantuvieron una
relación privilegiada con un partido estatal, el Movimiento Comunista (MC), pero no llegaron a integrarse orgánicamente.

R.—
Tuvimos relaciones cordiales con todos los partidos en Canarias: desde el PCE hasta el antecesor del Partido Nacionalista Canario (PNC), con Bernardo
Cabrera y Juan Pedro Dávila, dos excelentes personas ya fallecidas, además de los coaligados en UPC, la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), etcétera. Y
con casi todos los partidos estatales de la izquierda radical. De todas nuestras conversaciones en ese plano, sólo fructificaron las que mantuvimos desde
1976 y 1977 con el MC, encabezado por Eugenio del Río. Tuvimos relaciones fraternales entre partidos independientes que se respetaban. Nunca nos llegaron a
hablar de fusión o de integración, porque conocían que nuestra respuesta sería negativa. El MC, en concreto, se comprometió a petición nuestra a no
implantarse en Canarias (lo que no hicieron en ninguna otra nacionalidad, incluyendo a Galicia, Cataluña y, por supuesto, Euskadi), porque comprendieron
las especificidades canarias. No ocurrió lo mismo con el resto de partidos de la izquierda radical, que sí lo intentaron, con escaso éxito, creo. Para el
MC era una garantía nuestra actividad política y nosotros buscábamos referencias paralelas en el resto del Estado.

P.—


Aprendieron mucho, tengo entendido, de su actividad y de las relaciones con muchos de sus miembros, empezando por el mismo Eugenio del Río…

R.—
En efecto. Nos invitábamos a nuestros respectivos Congresos y muchos miembros del PUCC-MIRAC llegamos a establecer incluso buenas amistades con muchos de
sus miembros por toda la Península (Ignasi y Javier Álvarez Dorronsoro, Empar Pineda, Javier Ortiz y muchos más, en Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla,
Bilbao, etcétera). Fue muy interesante. Pero eso no hace que todo fueran coincidencias. Se hicieron bastantes conocidas, por ejemplo, las largas cartas que
cruzamos Eugenio del Rio y yo sobre la cuestión de las nacionalidades, en 1980, a raíz de nuestro II Congreso en Santa Cruz. Él mismo vino invitado, como
vinieron delegaciones de otros partidos. En los noventa, el MC empezó también una larga evolución, después de fracasar su unificación con la LCR, lo que
les llevó hasta la Federación Acción en Red. Se trata de un conjunto de organizaciones no gubernamentales que se dedican fundamentalmente a lo que llaman
acción social en frentes como la emigración, el feminismo, la ecología, etcétera. Y yo mismo seguí colaborando críticamente con ellos hasta no hace mucho a
través de Acción en Red de Las Palmas, que es la organización que surgió de Canarias Alternativa, heredera a su vez del PUCC-MIRAC.

P.—
Parece muy complicado…

R.—
No tanto, es bastante sencillo, porque hablamos de un periodo muy amplio e intenso. A finales del 91 se unificaron el MC y la LCR, unión que para nuestra
sorpresa resultó un completo fracaso casi desde el principio. El MIRAC había aprovechado para hacer lo propio con el pequeño grupo de la LCR canaria, y se
procedió a la unificación incluso antes, sin grandes problemas, porque obviamente era un proceso mucho más sencillo. Como te dije, desde 1989 había dejado
de ser miembro del MIRAC, pero colaboré en lo que pude y con quien pude. Incluso intervine en el acto de unificación en el Puerto de la Cruz. En 1993 el
MIRAC-LCR a su vez acordó auto-disolverse en una plataforma más amplia, la Unión de Nacionalistas de Izquierda, como rápido paso formal para construir una
nueva organización socio-política, Canarias Alternativa, en noviembre de 1993. Aunque parezca complicado, no lo fue. ¿Qué es lo que había detrás? Una sabia
decisión: no caer en el fetichismo de las siglas y no caer en el electoralismo. Dos peligros que han reaparecido en el presente. A mi juicio,
organizaciones como Sí se puede (SSP), Nueva Canarias (NC) e Izquierda Unida (IU) deberían protegerse en la actualidad de los dos, tomando decisiones
valientes. Y Podemos también debería defenderse del segundo de esos peligros, el electoralismo rampante.

P.—
Me lo explica…

R.—
Siempre fui de la opinión, y propugné, que toda organización que dejase de cumplir su misión debía auto-disolverse de forma ordenada, dando paso al
nacimiento de nuevas organizaciones y movimientos más adecuados a las exigencias de cada nueva realidad en la perspectiva de lo nacional popular canario.
El supuesto “amor a las siglas” no es más que una perversión sentimentaloide. Que además se convierte en obstáculo para el surgimiento de lo nuevo. Así, lo
propuse en su momento tanto a OPI como al PUCC. Y también a UPC, que sin embargo prefirió arrastrarse moribunda hasta desaparecer sin dar explicaciones…
pero dificultando una auténtica recuperación del movimiento nacional popular canario. La reducción de la acción política a lo meramente electoral, por muy
vistosa que sea, también es una insuficiencia política desde el punto de vista de las reivindicaciones de los de abajo, de las mayorías sociales. En
realidad, la nueva gran oportunidad electoral no ha surgido hasta varias décadas más tarde, y después también de la indignación que se expresó en el
movimiento del 15 de mayo de 2011. Se retrasó hasta mayo de 2014, y mayo-diciembre de 2015, en las sucesivas elecciones europeas, municipales y
autonómicas, y finalmente estatales. Porque Podemos-Canarias ha obtenido un gran apoyo popular en las Islas. En diciembre pasado obtuvo nada menos que
doscientos treinta y un mil votos. Casi un octavo de la población canaria y casi un cuarto de los votantes. A los que hay que añadir los recogidos por IU y
NC al menos.

P.—
Pero…

R.—
Un momento, permíteme terminar con esto. No soy acrítico al respecto. Ni me hago falsas ilusiones. A mi juicio, los responsables de todas estas formaciones
deberían aprender de los errores de UPC. En primer lugar, Podemos debería resolver su torpe y rudo centralismo con ribetes autoritarios. También el
sectarismo, las rencillas y rivalidades, organizándose de abajo arriba, con coherencia y paciencia. Los escándalos protagonizados por desavenencias
internas en Podemos de Canarias no parecen de recibo. Hay demasiados protagonismos, demasiados “quítate tú para ponerme yo”, demasiadas luchitas por el
poder. Freud hablaba ya a principios del siglo XX del “narcisismo de las pequeñas diferencias”, es decir, de la exageración de las minucias cercanas
anteponiéndolas a lo que, estando un poco más allá, es mucho más importante. Por ejemplo, la situación de emergencia social de un amplio sector de la
población canaria que vive en la precariedad. Si en unos años resulta que Podemos-Canarias, en vez de madurar, crecer y estabilizarse como gran fuerza del
cambio, se estanca y retrocede, se estarán poniendo las bases para nuevas décadas de sequía… En mi opinión, todas aquellas personas que pongan o sigan
poniendo palos en las ruedas de esa esplendida realidad política actual están adquiriendo una grave responsabilidad.

P.—


Volvamos atrás. Su primer paso por las urnas en 1977 fue un fracaso, con Izquierda Canaria Unida (ICU) y un extraño frente electoral que montaron.
¿Se esperaba ese débil apoyo en las urnas? ¿Por qué no se optó por estar en Pueblo Canario Unido (PCU) en aquellos comicios? ¿Era la
autodeterminación el obstáculo?


R.—
Son ejemplos de tres cosas: de errores políticos, de saber perder y a la vez de saber aprender. Ya comenté que en el 77 nos negaron de forma calculada pero
ilegítima la legalización y que pudiésemos presentarnos a las elecciones. En la provincia occidental impulsamos entonces, a marchas forzadas, una
coalición, ICU, nombre por cierto que luego otros se apropiaron. A mi juicio, fue acertado hacerlo en aquellas adversas condiciones. Pero los resultados
fueron pobres, no un fracaso. Lo grave fue aquel absurdo “frentito democrático de izquierdas” en la provincia oriental. Fue una imposición con malas
maneras de un sectario partido estatal que no vale la pena ni recordar. Se debió a que a última hora nos vimos imposibilitados a crear ICU en Las Palmas.

P.—
¿Un error?

R.—
Sí, el error fue del todo nuestro, un error político de incomprensión en aquel momento de la cuestión de las nacionalidades y de no aprecio de ciertas
realidades bastante visibles, por lo demás. Porque desde Tenerife se insistió en el rechazo a entrar en PCU en Las Palmas. Ya expliqué que el debate sobre
el nacionalismo lo hicimos fundamentalmente a partir del año siguiente. El derecho democrático a autodeterminación nacional no fue el problema. Al
contrario, como ahora, era y es la solución. Lo que ocurrió fue que en la superficie de PCU flotaba un independentismo emocional bastante desbocado. Pasaba
de largo del derecho a la autodeterminación. Pero nosotros no comprendimos a tiempo que en cambio reflejaba realidades más profundas. La cuestión nacional
canaria empezaba a conllevar, moldear y expresar también en su interior la cuestión social, que era insoportable. Una lección que aprendimos y que nunca
más olvidamos. Y que Podemos, SSP, NC, IU y el PSOE no deberían ignorar. Hay que dejarse de ambigüedades.

P.—


Ya en el 79 son parte muy importante en la constitución de UPC, esa gran experiencia del nacionalismo canario, muy centrado en las grandes ciudades
de las Islas. Y logran una significativa presencia institucional: buena parte de los cuadros se tienen que dedicar al trabajo institucional, lo que
supongo supuso problemas en una pequeña formación…


R.—
Es cierto. UPC, como ahora Podemos, cambió el panorama político de las Islas con su sola presencia. Fíjate lo que te digo: sin esa experiencia política una
parte de la derecha canaria no se habría espabilado y reconvertido desde la Unión de Centro Democrático (UCD) en lo que luego fue Coalición Canaria (CC).
Con la ayuda, eso sí, de gente progresista de todas las Islas que viró 180 grados (incluida alguna gente de UPC, y algún que otro ex miembro del
MIRAC-PUCC). No digo más. Que algún día intenten justificarlo, si es que realmente se puede justificar. Recuerdo que UPC llegó a obtener un diputado a
Cortes en las generales, el recordado Fernando Sagaseta, y más del 11 % de los votos en las elecciones a Municipios y Cabildos, por delante del PSOE en
varias de las principales ciudades. Se obtuvo nada menos que la alcaldía de Las Palmas (la principal ciudad de Canarias y una de las mayores de España, lo
que ahora se llamaría una “alcaldía del cambio”), con Manuel Bermejo a la cabeza, y en La Laguna se apoyó al PSOE y se participó en el gobierno municipal,
por ejemplo. En el Cabildo de Gran Canaria salieron electos cinco consejeros y en el de Tenerife fuimos tres. Hubo además en varias Islas y Municipios
agrupaciones independientes progresistas de mucho interés.

P.—
¿Por qué triunfó y, más tarde, fracasó UPC?

R.—
El entusiasmo del 79-80 fue enorme en Canarias. Por primera vez en la historia de Canarias se crearon las condiciones para organizar un movimiento nacional
popular, democrático, pacífico, reivindicativo, educador. Recuerdo que la derecha estaba perpleja (tan perpleja como lo vuelve a estar ahora). La sorpresa
era tal que hasta un ínclito capitán general de Canarias se permitía, por ejemplo, hacer reuniones con los directores de los medios de comunicación de la
época para dar instrucciones de censura, que —por cierto— asumían. UPC fue observada, espiada, infiltrada como un queso gruyer, censurada, atacada sobre
todo en las ciudades de Las Palmas y Santa Cruz de Tenerife. Y muy pronto fue reventada desde fuera y desde dentro. Para colmo, el golpe de Estado de
febrero del 81 lo paralizó todo. En la dirección de UPC —de la que tuve que formar parte, para mi desgracia— todo fue mal desde el principio. Aunque nunca
se quiso hacer balance, informar y rendir cuentas.

P.—
¿Cómo va ser eso?

R.—
Estructura de coalición electoral en vez de movimiento socio-político, deslealtad en vez de compañerismo, sectarismo en vez de ecuanimidad. Fueron errores
que minaron rápidamente la posibilidad de organizar un movimiento nacional popular de base. Varios partidos de UPC se negaron desde el primer momento a
cumplir uno de los principales compromisos electorales: crear comités populares y asambleas en cada municipio. Ahí se jugó todo el futuro de las
reivindicaciones democrático-populares en las Islas de los años ochenta y noventa. En realidad, fue el principio del fin, una anticipación de la muerte
retrasada de UPC. Aún me cuesta asumirlo. UPC se convirtió en una carcasa de cargos institucionales, que lo hicieron mejor o peor en cada institución según
sus propias capacidades, dedicación y moralidad. Se les privó de apoyos estables organizados. Y se les exoneró de rendir cuentas políticas. Se puede decir
que no había ni en quien apoyarse ni a quien informar de lo que se hacía. Lo sé bien porque era uno de ellos, junto con Santiago Blancas y José Manuel
Villena. Una gran irresponsabilidad política. Varias décadas de tierra quemada como herencia. La coalición todavía sobrevivió maltrecha a las elecciones
autonómicas de 1983, pero para dar un espectáculo lamentable en el Parlamento canario. Sus dos diputados iban a lo suyo y acabaron como acabaron… Invito a
que se analice cómo evolucionaron a partir de los noventa la mayoría de cabezas de UPC.

P.—
¿Y la posición ante el Estatuto de Autonomía por la vía del 143?

R.—
En ese contexto, la elaboración del Estatuto fue un desastre completo. Viví la primera fase de cerca. En 1980, como consejero del Cabildo de Tenerife y
miembro de la Mancomunidad, asistí a la reunión de las dos Mancomunidades de Cabildos, en Las Palmas, junto con un grupo de parlamentarios. Porque no se
había previsto ni siquiera con precisión quién tenía que aprobar el Estatuto en Canarias, dadas nuestras peculiaridades institucionales. Se presentó sobre
la marcha un borrador hecho desde una plantilla general elaborada en Madrid para todas las comunidades autónomas, pactado luego por la gente de José Miguel
Galván Bello y Lorenzo Olarte, como representantes de los intereses insularistas. En la reunión se pretendió discutir artículo a artículo. Por mi parte fui
impugnando cada uno a medida que se leía, por considerarlos todos nulos de pleno derecho. Al llegar al artículo sexto, referido a la instalación de bases
militares extranjeras en las Islas, tanto el PSOE, por boca de Jerónimo Saavedra, como yo mismo, por UPC, rechazamos de plano esa posibilidad y nos
retiramos de la sala. El resto de artículos fueron aprobados en un santiamén por los consejeros y parlamentarios que quedaban, de UCD. Así se aprobó el
borrador de Estatuto en Canarias. ¿Quién ha sabido o leído algo al respecto? ¿Quién vio y publicó el acta de aquella tomadura de pelo? Pero todavía habrá
quien piense que no se podía hacer otra cosa…

P.—
¡Increíble!

R.—
Pero cierto. El texto se envió al Parlamento español y allí fue aprobado mediante un pacto previo gestado por UCD con el PSOE estatal. Resulta increíble,
pero así fue. Y silencio ante todo esto. Nos impusieron el Estatuto que quisieron por la vía del art. 143 de la Constitución, teniendo en cuenta nada más
que los intereses político-económicos de los grupos cupulares de las burguesías insulares. El error fue tan grande que en 1996 se tuvo que aprobar una
reforma reconociendo que Canarias era una nacionalidad. Pero ya era tarde. Nos impusieron estar en una liga de segunda división desde el principio, cuando
nunca deberíamos haber estado en ella. El problema sigue siendo de gran envergadura.

P.

¿Se refiere a los insularismos?

R.—
En parte sí. Pero quiero ir más lejos. Porque los insularismos, tanto en el pasado como en el presente, tienen un porqué. Un porqué que va más allá de la
determinación geográfica que nos caracteriza (especialmente, por ser un archipiélago y por la lejanía del resto del territorio del Estado). A mi juicio, la
cuestión se resume en la inexistencia de una burguesía nacional canaria con vocación y voluntad de articular nuestra sociedad bajo su hegemonía. Lo que
hemos tenido es una burguesía localista y pazguata, inclinada a depender de poderes económicos y políticos del exterior. Y, por tanto, fraccionada por
territorios insulares y por intereses minoritarios. Sus sectores punteros desde los años setenta del siglo pasado, en las finanzas, el turismo y la
construcción, han sido dirigidos desde fuera y con una mentalidad extractivista, exportadora de capitales y, en definitiva, desposeedora de nuestros
recursos.

P.

Póngame ejemplos.

R.—
Si miramos de forma comparativa, por ejemplo, a Cataluña, salvando las distancias podemos observar la diferencia. La misma corrupción, pero ninguna
capacidad ni voluntad de ponerse al frente de la sociedad. Ahí está la lamentable historia de nuestras Cajas de Ahorro, absorbidas por los poderes
financieros gestionados desde Madrid y Barcelona. El fracaso de CC es el mejor indicador de esta incapacidad, como opción política que dimite de la que
pudo ser su razón de existir: civilizar políticamente a las agrestes burguesías insularistas, “formatearlas” como burguesía nacional canaria. Desde hace
tiempo la mayor parte del empresariado canario apuesta indisimuladamente por un PP que no es más que una sucursal para la dependencia, recepción y reparto
de baratijas. Mientras tanto, los gobiernos y parlamentos de las ocho legislaturas canarias habidas hasta 2015 se arrastran sin pena ni gloria, replegados
en una gestión ineficiente y muy opaca, cargados de corruptelas mayores o menores, prestos a complacer a los poderes económicos que les marcan el camino.
¿Se han enterado de los problemas que tenemos en dependencia, en mayores, en infancia, en sanidad, en educación, en desempleo, en pobreza, en exclusión, en
emigración, en inmigración? Una sociedad como la nuestra que está permitiendo que se genere un paro juvenil de más del 50% es una sociedad descarriada, una
sociedad que está minando su futuro.

P.—


Interesante. Para mí tenía una gran importancia el que ustedes se presentasen como “una” alternativa para Canarias. Lo digo por esa manía de la
gente de izquierdas de pretender tener “la” alternativa verdadera, el “único” proyecto válido, manía que sigue plenamente vigente en buena parte de
las izquierdas.


R.—
Sí, para entonces ya habíamos comprendido el valor de la pluralidad. Y empezábamos a ser pluralistas de forma consecuente. Pluralidad y pluralismo no son
lo mismo. Lo que hay en el mundo es diversidad natural y pluralidad social. Y pluralistas son los que tienen consciencia de que diversidad y pluralidad son
realidades a preservar en la mayoría de las ocasiones. Del mismo modo que anti-pluralistas son aquellos que reconociendo la existencia de la diversidad y
de la pluralidad, tratan de arrasarlas allí donde les interesa. O que consienten que se las aniquile. Sólo hay que preguntar a neoliberales y conservadores
de derecha y de izquierda… Un ejemplo nítido, el bipartidismo (y la poco democrática legislación electoral que lo protege). Esto es, la pretensión de
repartirse la amplia pluralidad de concepciones sociales y políticas entre dos opciones que concentran y gestionan todo el poder. Manipulación e
hipocresía. Nosotros valorábamos la coherencia en la pluralidad. En consecuencia, nuestra propuesta, nuestro proyecto ya no era “el” proyecto, sino “un”
proyecto. La democracia es el valioso instrumento para optar entre proyectos. Hay que saber estar en minoría, aunque se tengan razones morales muy
poderosas, saber “no ganar”. Nosotros supimos “no ganar” casi siempre…

P.—
La desaparición de UPC abrió un panorama aún peor.

R.—
Mediados los ochenta algo empezaba a estar claro: la decepción política se extendía como una mancha irrefrenable. Ni los nuevos gobiernos del PSOE (el del
Estado y el de Canarias) eran lo que la gente había creído, ni UPC había cumplido medianamente con lo que prometió, salvando excepciones. Lo analizamos
detenidamente en nuestro IV Congreso, en primavera de 1984. Empezamos a percibir el desinterés ciudadano y la retirada de la gente joven de la política.
Era la cara oscura de una “movida” que fue impulsada como remedo cultural para embellecer un rampante apoliticismo. Nuestro modelo de activismo político,
de gran intensidad, se iba quedando fuera de juego. Perdía sentido a marchas forzadas, pues tanta exigencia y entrega no encontraba apenas compensación más
allá del fuero interno de cada uno o una. Nos sentíamos con escasa autoridad política para siquiera discutir los motivos personales de muchos compañeros al
retirarse, aunque fueran simplemente el desánimo. Ocurrió de forma generalizada en todas las formaciones de izquierdas. ¡Cuántas habían desaparecido ya!
¡Cuántas vegetaban como zombis!

P.—


A ustedes les llevó a la creación de la Unión de Nacionalistas de Izquierda (UNI), en un momento de profundo retroceso del nacionalismo…


R.—
Con semejante panorama tratamos de parchear la debacle de UPC con nuevas propuestas. Pero no arraigaron suficientemente ni tuvieron demasiado recorrido.
Fue el caso de la creación de UNI. Otros habían creado Iniciativa Canaria Nacionalista (ICAN) y otras plataformas exclusivamente electorales, de lo que
nosotros en principio huíamos (aunque UNI llegó a formar parte al inicio de ICAN). En lo que se refiere al MIRAC-PUCC aguantamos con dificultades gracias
al esforzado compromiso político de los que continuábamos, tirando de nuestras reservas morales y del voluntarismo ideológico. Y allá por el 86-87 apareció
también “el narcisismo de las pequeñas diferencias”, con las tensiones internas que lo suelen acompañar. Las resoluciones del IV Congreso en el 84 estaban
casi olvidadas, según fui comprobando, no se tenían en cuenta y empezamos a caracterizarnos por un pragmatismo hiperactivista bastante atolondrado.

P.—
¿Me cuenta ahora por qué abandonó el PUCC-MIRAC en 1989, dado lo que significaba para usted?

R.—
No sé si a alguien le puede interesar. Para mí fue una decisión muy difícil. Recuerdo muy bien el contexto estatal e internacional en el que nos movíamos,
que fue algo más que anecdótico. El gobierno del derechizado Felipe González adelantó las elecciones a octubre de 1989 en respuesta a la huelga general que
contra su reforma laboral habían convocado los sindicatos en el mes de diciembre anterior. En agosto, de forma virulenta, se desencadenó en la URSS la
crisis política que terminó por provocar en noviembre la caída del Muro de Berlín, y en menos de dos años la desintegración del bloque soviético al
completo. El neoliberalismo de principios de los ochenta se imponía (a partir del luego llamado “consenso de Washington”) sin encontrar apenas oposición,
la democratización retrocedía en todo el planeta. Un nuevo mundo y una nueva era unimultipolar aún más violenta y opresora se iniciaba. Fue en ese momento
de derrota general cuando me vi obligado a desvincularme. En ese momento no me di del todo cuenta del contexto en el que nos encontrábamos, lo comprendí
después, estudiando y reflexionando sobre el nuevo “(des)orden mundial” que había aparecido.

P.— ¿Qué ocurrió?

R.—
Mis desacuerdos ante las inconsecuencias internas venían de atrás. Era la quinta vez que presentaba mi dimisión como secretario político de la dirección.
Las cuatro anteriores las retiré. Pero ésta fue la definitiva, porque dejé también la militancia. Nos corroía ya un pragmatismo ciego que se recubría luego
con un hiperactivismo improvisado, con el que algunos trataban de ocultar ese aturdimiento. Una situación paradójica para mí. Me vi obligado a abandonar el
MIRAC para defender su proyecto político democrático autodeterminista. Un desesperado puñetazo sobre la mesa. Que tuvo su efecto: nadie pudo desviar
abiertamente nuestra trayectoria, nadie pudo provocar escisiones.

P.—
¿Cuáles fueron las causas concretas?

R.—
Me era imposible aceptar la indolente degradación que se estaba produciendo respecto a nuestro proyecto político, a base de mirar para otro lado y esperar
a que el “tiempo resuelva las cosas”. Ni la muy tensa división interna que se introdujo en la dirección y que de forma inaudita llegó a durar más de dos
años. Nadie antes se había atrevido a romper la unidad y mantener unos comportamientos como los que se introdujeron. Tampoco quise ser cómplice de algunas
imposturas muy concretas. La dirección del MIRAC me pidió que explicase la decisión de desvincularme. Y accedí elaborando un amplio documento de 31 puntos
que preparé ese verano y cuyo título lo decía todo, “El MIRAC a la deriva (Las razones de un fracaso político y una desvinculación forzada)”. Luego, claro,
algunos compañeros de aquella dirección se arrepintieron de habérmelo pedido y no lo divulgaron internamente. Se intentó hacer como que nada había pasado.
Pero la suerte del MIRAC-PUCC estaba echada desde mucho antes, desde mitad de los ochenta. Lo comprendí demasiado tarde.

P.—
¿Nunca se arrepintió?

R.—
He reflexionado al respecto durante años. Fue un gran error mío, como máximo responsable del MIRAC-PUCC, y de todos a la postre, el no haber sabido extraer
las consecuencias obvias de lo que estaba ocurriendo desde 1986. Casi al final del escrito de 1989 reconocía que: “En estos dos largos años últimos he
fracasado en el logro del principal objetivo de actuación que me fijé: defender la unidad del Partido alrededor de su proyecto histórico, ayudando a
desarrollarlo más allá de la crisis de dirección y de las diferencias entre sus miembros”. Sólo añadiré que mi salida fue el precio que tuve que pagar para
evitar iniciativas que rompían la unidad y degradaban nuestra línea y nuestra trayectoria. En poco tiempo se evidenció que todo era una cortina de humo
para ocultar la acomodaticia deriva política de algunos compañeros que deseaban trasladarse a opciones más confortables. Y que fue lo que de hecho ocurrió.
Pero al menos no pudieron arrastrar al MIRAC tras ellos.

P.—


El MIRAC, me decía, se fusionó luego con la LCR, en 1991, y luego se disolvieron en UNI, para terminar generando en 1993 una nueva organización,
Canarias Alternativa. Mientras, unos pocos dirigentes se quedaron en ICAN. ¿Fue una decisión sabia?

R.—
Esos cambios personales fueron legítimos, pero como cambios personales. Se hicieron, según creo, para continuar “en” la política, aun cambiando “de”
política. En principio se dijo que se seguiría defendiendo desinteresadamente lo central de nuestro proyecto. Pero por el camino, poco a poco, pasó lo que
pasó… La vieja política se impuso casi por completo en todos los partidos, los más viejos y los menos viejos. Hasta bien entrado el nuevo siglo, como he
comentado. No cabía en 1989 una refundación del MIRAC que no fuese en cierto modo continuista. Eso la hacía indeseable e inviable. El modelo de las
vanguardias al estilo leninista de los tiempos del zarismo ruso no eran adecuadas a finales del siglo XX para satisfacer las demandas del pueblo
trabajador. Pero, a mi juicio, las minorías activas democráticas siguen siendo imprescindibles en todos los espacios sociales, laborales, vecinales,
institucionales… Y al tiempo sigue siendo indispensable que se auto-organice el pueblo en su movimiento de lucha por sus propias demandas, articuladas en
un programa nacional popular. Al contrario de lo que a veces se dice, no es que la comunicación sea importante para la política, es que la política es
comunicación. Y la política democrática comunicación democrática. Es algo que en la teorización de la política se planteó desde los años ochenta.
Pensadores como Luhmann o Habermas lo señalaron. Laclau lo hizo suyo. Algunos de los máximos responsables de Podemos lo han comprendido mejor que nadie.

P.—


De alguna forma, ¿ahogaba la militancia de entonces la vida personal, las amistades, los afectos? ¿No se producía una especie de endogamia
partidaria en el ámbito relacional?


R.—
En parte, sí. Primero fue una educativa aventura vital. Muy importante. Al cabo de los años, mediados los ochenta, creo que es cierto que se gestó una
cierta endogamia política. Bastante asfixiante, a mi juicio. Y retardataria. Aún recuerdo cómo en el Congreso del 89 no pude ganar una enmienda que abogaba
por explicitar textualmente la actitud ética que acompañaba a nuestra política. Habló en contra —para mi decepción— un joven profesor universitario.
También es cierto que había una fusión, por no decir confusión, entre camaradería y amistad. A mí, particularmente, me ocurrió. Creía que todos los
compañeros y compañeras eran, por el hecho de serlo, automáticamente amigos. Un error ingenuo que me costó bastante asimilar.

P.—


¿Cuarenta años después de su nacimiento, a veinticinco de su disolución, qué considera que queda de legado de lo que fue o quiso ser el PUCC-MIRAC?

R.—
No me corresponde a mí decirlo. Por bastantes lugares veo la huella y la presencia de gente del PUCC-MIRAC en la política actual. Desearía que siguiesen
comprometidos con el núcleo de nuestro proyecto, y que transmitiesen a los más jóvenes, un mensaje inequívoco. Necesitamos que la ciudadanía canaria exija
sus derechos como nacionalidad y otorgue la representación mayoritaria a las fuerzas democráticas de un movimiento nacional popular canario reconstruido,
unitario y plural. Con un mandato soberano explícito: lograr que se desarrollen políticas sociales democrático-igualitarias, productivas, distributivas y
asistenciales, más favorables para los menos favorecidos. No es tan difícil.

14/3/2016



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