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Pensamiento crítico
De Joan Fuster al neoregionalismo
14/03/2016 | Francesc Viadel

Se ha criticado, ridiculizado mezquinamente el papel de Joan Fuster en la historia contemporánea de los valencianos. Es la prueba más evidente de cómo Fuster, sus ideas, incomodaban e incomodan todavía. Todo junto, el ensayista y lo que él representa, siempre ha sido una sombra aterradora para el status quo indígena. El grueso de su pensamiento alimentó un proyecto valencianista cuyo diseño, de acuerdo con Toni Mollà, representó una auténtica revolución tranquila. Un valencianismo que se planteaba en primer lugar, recuerda Mollà, erosionar los tópicos provincianos y españolistas de la tradición local y las viejas interpretaciones idealistas sobre el país. Más allá de este difícil objetivo de construcción, también había voluntad de articular un nuevo país en términos económicos, territoriales, medioambientales, sociales, culturales, lingüísticos, políticos que si hubiera sido culminado, habría terminado con la hegemonía del tardofranquismo que, por desgracia, se ha perpetuado durante tantos años en el país a través del PP.

Pero no pudo ser y, entonces, tanto a Fuster como al valencianismo más consecuente, se les imputó la autoría de un país fallido como si las cesiones y los peajes del sucursalismo así como la acción brutal de las fuerzas de la reacción, no hubieran tenido nada a ver. Todo esto sin contar con una población –incluida la clase política y empresarial- con un nivel cultural lamentable. Una lacra que todavía sufrimos y que no parece figurar -lógicamente- en la lista de los problemas y prioridades de nuestras instituciones.

El resultado de ese desbarajuste fue, ciertamente, el nacimiento de una autonomía genuflexa, rehén de la violencia simbólica de la derecha y de sus violentos pelotones anticatalanistas, de un territorio donde las decimonónicas diputaciones han permitido la perpetuación de una desvertebración territorial letal. Unas diputaciones, además, convertidas en auténticos nidos de corrupción, en ‘comederos’ de los partidos políticos sin excepción, escollos reales para un cambio de modelo territorial que acabe con las provincias dando paso a la comarcalización del país.

He aquí cómo en los 90, la denominada ‘tercera vía’, se planteó como una solución tanto teórica como mágica a problemas muy graves como el del anticatalanismo atizado sin complejos por el bloque conservador. Se pensó que el valencianismo democrático y progresista, enterrando sus planteamientos más maximalistas y asumiendo el rancio universo simbólico del blaverismo, facilitaría un entendimiento colectivo que sacaría al país del callejón sin salida. La ‘tercera vía’ representó, finalmente, la aceptación por parte de unos pocos valencianistas en nombre de todos de una derrota, de la incapacidad de vencer al blaverismo. Personajes como María Consuelo Reyna aplaudieron la iniciativa cínicamente sin dejar de practicar su particular inquisición mientras que otros personajes conseguían algún tipo de indulto que les permitió escalar dentro del ámbito del poder autonómico.

La tercera vía fue, también, aprovechada inicialmente por Francisco Camps y su entorno para instituir el relato de un valencianismo conservador menos asilvestrado en un momento, mira tú por dónde, en que ya no le hacía falta el garrote dialéctico para doblegar a la acobardada y acomplejada izquierda que desde los años 70 había sido tildada de traidora y catalanista. El PP incluso colaboró discretamente con algunos sectores del nacionalismo para debilitar a los del PSOE y promovió a algunos tercerviistas hoy situados en cargos de importancia. Una maniobra oscura que encabezó con éxito el ex consejero Rafael Blasco.

Paralelamente, el nacionalismo político, muy debilitado, se aferró en un intento de redimir su pecado original ante los sectores más conservadores para evitar su propia muerte por inanición. Finalmente, la tercera vía, con el único planteamiento visible de esta asunción del universo simbólico del viejo regionalismo, parece que ha terminado por imponerse como ideología oficial del nuevo poder. Un regionalismo renovado acompañado de invocaciones retóricas como la de la paz lingüística o la de la unión de los valencianos, en los relatos tranquilizadores sobre los orígenes de los valencianos… Se trata de invocaciones que en el fondo esconden miedos, incapacidades políticas y, sobre todo, la falta de un proyecto de país inexistente en la acción política del Consell pero también en la de los partidos políticos. Todo parece indicar que asistimos a la implantación titubeante de un neoregionalismo autonómico atentamente vigilado por la derecha españolista que espera su oportunidad para rearticularse nuevamente sobre un anticatalismo rabioso que muchos, erróneamente, quieren dar por muerto como si se hubiera actuado alguna vez durante los últimos años contra los mecanismos que han permitido su reproducción social.

Un regionalismo al fin y al cabo inocuo frente al poder de un Estado que en su nueva dinámica recentralitzadora puede hacer desaparecer el País Valenciano para siempre. El Consell carece de musculatura política, improvisa en exceso, parece a veces que se refugia en la exaltación vacía y festiva de la ‘terreta’. A la postre, hasta ahora las instituciones valencianas han sido incapaces de conseguir movilizar a la sociedad valenciana en un auténtico frente a favor de una financiación. Sin dinero no puede haber autogobierno. Se intentan acuerdos con los representantes de una caverna lingüística que sólo se representa a sí misma dándole un rango que ni tiene ni ha tenido nunca. Ha sido incapaz por ahora de articular una estructura comunicativa propia sin la que los valencianos no podemos reconocernos ni el Govern vender su acción. Todo se ha hecho al final para complacer a los amos de siempre y ni siquiera se ha podido reabrir una radio y una televisión valencianas en condiciones. Se esquiva la cuestión de Cataluña cómo si no tuviera ninguna incidencia o importancia sobre nosotros. En fin, todo remite a un inquietante dejà vu y a menudo el único consuelo es pensar que con el PP nos iría ciertamente mucho peor.

Pero el del neoregionalismo no es el único asunto que puede condicionar el futuro político del país. ¿Cómo acabarán las tensiones en el seno de Compromís entre el podemismo oltrista, el neoregionalismo y el valencianismo? ¿Podrá el PSPV-PSOE evitar una alianza local con Ciutadans que parece prefigurada ya en Madrid? ¿La evolución del proceso catalán reavivará el latente anticatalanismo indígena? ¿Hasta cuándo durarán las miserables condiciones de la financiación valenciana?

Habría sido lógico que después de más de dos décadas de dominio de una de las derechas más cavernícolas y corruptas de Europa, antivalenciana hasta la médula, que el nuevo poder resarciera con todas las precauciones de la política aquel viejo espíritu de ‘hacer país’ como una ideología de repuesto, de sustitución del regionalismo españolista más rancio y que tanto daño ha hecho a los valencianos. No se trata de resucitar viejas polémicas, de levantar antiguas banderas. Sería demasiado fácil y posiblemente suicida. Se trata de tener un proyecto orientado a nuestra plena soberanía como pueblo, dejar atrás las pesadas andrómidas del franquismo residual, liberarse del peso pesado de un Estado anacrónico. Hacerse entender y actuar con inteligencia y decisión contra todos aquellos elementos que nos impiden lograr nuestra mayoría de edad colectiva. Las cosas, sin embargo, no parecen ir por este camino. Como suele pasar, el poder ha preferido adaptarse a la realidad en vez de transformarla, el recambio por el cambio. Nunca como ahora, nos será tan útil aquella frase de Fuster: “Toda política que no hagamos nosotros será hecha contra nosotros”.

6/03/2016

http://opinions.laveupv.com/francesc-viadel/blog/de-joan-fuster-al-neoregionalisme

Traducción: VIENTO SUR



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