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Tribuna VIENTO SUR
Oligarquía vs. Democracia, ¿Empate?
05/03/2016 | José Errejón

El panorama político presenta síntomas de bloqueo que empujan al analista a la utilización del tan manido recurso a su caracterización como empate catastrófico/1[1]. Los síntomas de la descomposición del régimen del 78, otrora señalados solo por algunos, llenan ahora las portadas de los periódicos y se hacen presentes en la vida cotidiana de la gente que busca y, por el momento no encuentra, respuestas solventes para estabilizar una situación social con empleos, bienestar y derechos ciudadanos en un contexto económico global cuyos rasgos adquieren tonos cada vez más sombríos.

Las instituciones del régimen, en primer lugar los partidos pero también aquellas encargadas de aportarle la legitimidad de funcionamiento y resultados precisa/2[2], aparecen como aletargadas a la espera de que la tan ansiada recuperación económica permita la vuelta, siquiera fuera parcial, a la situación de 2007 en cuanto a niveles de empleo, consumo y relativa prosperidad que ocultaba las tremendas diferencias de renta y poder que, ya entonces, caracterizaban la vida colectiva.

Del lado de sus impugnadores, no parece que su fuerza, la claridad de sus intenciones y el apoyo social con el que cuentan sea suficiente para impulsar un proceso constituyente que permita alumbrar un sistema institucional capaz de afrontar con éxito los graves problemas que afectan a la sociedad española.

En esta situación de empate, la lógica de los acontecimientos parecería exigir alguna modalidad de pacto entre las instituciones del régimen y la representación de sus impugnadores. Es el caso, sin embargo, que la ausencia de claridad en las intenciones y los objetivos de estos últimos, impide que se visibilice de forma clara y para la mayoría social, los términos de la disyuntiva. No puede olvidarse el alineamiento absoluto de la totalidad de los medios de comunicación en la defensa del régimen del que forman parte y al que aportan un cemento de cohesión indispensable entre la opinión pública.

El resultado es que, a pesar de la derrota en toda la línea que los partidos dinásticos sufrieron el 20D, han conseguido mantener el control de las iniciativas políticas gracias a las maniobras de diversión de algunas personalidades e instituciones que están contribuyendo a cierta criminalización de los representantes del cambio

Todas las miradas de los casi doce millones de electores que han manifestado su voluntad de terminar con el gobierno de la austeridad y la corrupción, están puestas en la posibilidad de un gobierno para el cambio integrado por los partidos de la izquierda tradicional (PSOE e IU) más Podemos y sus confluencias. Pero la gestión de esa posibilidad se enfrenta a un conjunto de factores adversos que están reduciendo su viabilidad. En lo que sigue/3[3] trataré de analizar algunos de estos factores que resumo en forma sumaria: déficit de claridad en las intenciones y los objetivos impugnadores, inorganicidad social del actor político Podemos, falta de incentivos para bascular al electorado de la izquierda del régimen a favor de su impugnación, ausencia de un cuadro de valores alternativo al de la simple vuelta al 2007 y, como resultado de todo lo anterior, notable pasividad de la sociedad civil ante la gestión de dicha posibilidad, que traduce la generalizada impresión de estar ante uno de los eventos ordinarios en la vida del régimen, con la única novedad de la aparición de un nuevo actor/4[4]que operaría como un factor de renovación del mismo

1.-Falta de claridad de los objetivos impugnadores.- El discurso de Podemos ha variado demasiado entre un propósito constituyente (siempre difuso, es verdad) y un también vago enunciado de reforma constitucional. La intención de maximizar el apoyo electoral le ha hecho pescar en caladeros electorales poco propicios a intenciones constituyentes, sobre todo cuando tales sectores carecían de una preparación política previa. Es verdad que no existen espacios previos a la intervención del enunciado y el proyecto político que son los que de verdad conforman estos espacios, pero ello hace mucho más relevante la acción pedagógica del actor político. Introduciendo problemas nuevos en la agenda, señalando los bloqueos que el régimen político representa para su solución, señalando los sectores beneficiarios y perjudicados por este bloqueo, inventariando los recursos de los perjudicados para mejorar su situación.

La empresa de Podemos se supone que iba mucho más allá de un simple reequilibrio a la izquierda de la relación de fuerzas al interior del régimen. Y la envergadura y el alcance de la misma exigían y exigen el compromiso activo de la mayoría social, empoderada para desempeñar el papel protagonista en esta empresa. Este empoderamiento solo puede hacerse realidad mediante la asunción de todas estas señales; la movilización ciudadana es el ámbito natural para este empoderamiento y la consiguiente asunción de responsabilidades colectivas

2.- Esa empresa de empoderamiento social en los objetivos constituyentes está dificultada por la débil organicidadde Podemos. Si tal fenómeno -la débil organicidad de los partidos políticos en España- es predicable de todos los partidos políticos con la excepción quizás del PNV, afecta en especial al que postula un cambio de naturaleza constituyente como Podemos. Quienes aún no han comprendido el alcance histórico de la empresa constituyente, no perciben el anclaje social de las instituciones del régimen en crisis y, por la misma razón, la importancia de anclar socialmente también la empresa constituyente. En algún momento he llamado a esta tarea la construcción de un bloque histórico alternativo al que ha soportado el régimen del 78. Pero, entiéndase bien, la construcción de ese bloque histórico no puede considerarse premisa o condición para la empresa constituyente, sino que uno y otro fenómeno se interrelacionan o, mejor aún, representan dos caras complementarias de un mismo fenómeno histórico.

En vano se intentará mejorar esta organicidad de Podemos buscando sujeto social con el que poder firmar un acuerdo histórico de asociación, en la forma en la que los partidos de izquierda en el siglo XX lo hicieron con los sindicatos de trabajadores. Esta organicidad hará parte, a su vez, de la misma empresa de empoderamiento, de la autoconstrucción del pueblo contra la oligarquía y su régimen.

Desde su nacimiento, Podemos ha sido una máquina electoral. Sus círculos, estructura básica del partido de nuevo tipo, han tenido escasa o nula actividad, más allá de ser vivero de una estructura de cuadros espectacularmente crecida al calor de los sucesivos éxitos electorales y de hacer de caja de resonancia en las escasas movilizaciones ordenadas desde la dirección estatal. Se trataría ahora de recuperar la vocación inicial con la que nacieron, ser un punto de encuentro y empoderamiento ciudadano, primando su condición de instancia ciudadana sobre la de estructura partidaria. Con este enfoque se percibe con claridad la identidad de los procesos de construcción popular y de construcción de Podemos. En tendencia, Podemos sería, así, una de las manifestaciones o expresiones de construcción de pueblo.

No hay otra forma de superar el fenómeno de la pasividad de la sociedad civil, coetáneo en el tiempo con la emergencia de Podemos. Las razones de esta pasividad en una sociedad, hace poco fuerte aunque parcialmente movilizada, son complejas pero aquí destacaremos dos por su pertinencia a los efectos de este artículo.

La primera tiene que ver con los efectos de la prolongada recesión económica en términos de paro, pobreza y exclusión social acentuados por la aplicación de las políticas austeritarias que han sumido a una parte de la población en un abismo de desolación y pérdida de expectativas que dificultan los movimientos solidarios en pos de reclamaciones de derechos y mejoras en las condiciones de vida.

Estos efectos son especialmente intensos en dos franjas de población: los jóvenes que han accedido (o intentado acceder) al mercado de trabajo después de 2007 y los mayores de 45 años afectados por el interminable proceso de reestructuración y cuyas condiciones de empleabilidad se reducen junto con su renta disponible. Las consecuencias, en términos de comportamientos políticos, pueden ser diversas. La última generación con una socialización política intensa y de rasgos claramente distinguibles fue la del 15M. Quienes eran demasiado jóvenes para participar en ella han visto cómo sus mayores emprendían el acelerado camino de las instituciones y en la calle se ha vuelto a ver la soledad y la policía.

Del lado de los mayores de 45 años sin empleo las perspectivas pueden ser incluso peores, especialmente e para los carentes de una formación que haga posible su empleabilidad. El 41% del total de desempleados, 1 800 000, es mayor de 45 años y el 53 % de ellos lleva más de dos años en paro.

Se han identificado estos dos segmentos poblacionales para poner en evidencia un factor que resulta imprescindible en esta construcción de organicidad. Se trata de evitar la exclusión de estos segmentos y su incorporación a la vida ciudadana y ello puede ser acometido, en mejores condiciones, contando con la acción de gobierno que compense la erosiva acción de las reestructuraciones de la economía que han precipitado el fenómeno de la exclusión social.

3.- Pero esta empresa de construcción frente a la devastación y descomposición social generada por la crisis de la economía capitalista precisa de la dotación de un cuadro alternativo de valores con el que acometer procesos de socialización alternativos a los desarrollados por el mercado y el Estado y orientados a desarrollar procesos de responsabilización individual y colectiva, la base del auténtico empoderamiento ciudadano.

Sin tales procesos, los apoyos sociales terminan resultando frágiles, especialmente cuando los mismos se requieren no para mantener cierta posición institucional sino para acometer transformaciones sociales de calado.

Las esperanzas despertadas por Podemos no tienen una base excesivamente sólida porque no se asientan en un tejido social y cultural que se hubiera consolidado antes o simultáneamente con el camino institucional.

Este déficit de socialización alternativa hace posible que las esperanzas puestas en un actor político puedan abandonarse si los resultados no son los esperados.

Las expectativas generadas por la emergencia de Podemos son muy elevadas. Y, aún más importante desde el punto de vista de su contenido, resultan de una difícil consecución. Conviene no engañarse al respecto, tales expectativas parecen resumirse en la vuelta a la situación anterior al 2007. Y esta vuelta es, sencillamente, imposible. Bien lo saben los amos del capital financiero que contemplan como, a pesar de los esfuerzos y sacrificios hechos por las sociedades para mantenerlos a flote, el saneamiento de los bancos dista mucho de haberse culminado con éxito, a pesar de la lluvia de dinero regalado por la política de Quantitative Easing del BCE que no ha servido para reactivar de forma clara la inversión y el consumo sino para adquirir bonos de la deuda que terminan siendo guardados como depósitos en los propios Bancos Centrales, incluso si para ello deben pagar intereses como ya ha anunciado Draghi.

Y es que el problema no es de demanda, como insisten los neokeynesianos, que pudiera remediarse con inyecciones o creación artificial de dinero por los gobiernos, sino de rentabilidad del capital, que experimenta una tendencia claramente decreciente, como señala el banco JP Morgan citado por Michael Roberts, advirtiendo que las ganancias de las empresas pudieran caer un 10% este año/5[5].

El señalado déficit de socialización alternativa ha impedido la construcción y desarrollo de un esquema de valores y objetivos colectivos desde los cuales hacer posible una salida de la crisis del régimen más allá de la vuelta al 2007.

Los datos de la realidad y sus perspectivas no permiten pensar en la posibilidad, al menos a corto plazo, de una vuelta la “prosperidad” del período 1998-2007, en la que resultaban plenamente funcionales los valores del consumismo creciente basado en el endeudamiento de familias y empresas facilitado por un mercado financiero en expansión y un exceso de capital a la búsqueda de inversiones rentables. Hoy, con un exceso de liquidez que supera los 600 000 millones de euros en la zona euro, los inversores se mantienen en los llamados valores refugio, especialmente la deuda pública, habida cuenta la incertidumbre sobre una recuperación que no termina de consolidarse y unas perspectivas más que dudosas en los países emergentes.

Un escenario en el que no se ven demasiadas posibilidades para el desarrollo de un capitalismo “distributivo” que permitiera soportar una recuperación de las prestaciones y los servicios públicos y un ensanchamiento de los derechos sociales. Todo lo más que es razonable esperar del capital financiero, que dirige los destinos colectivos, es la recuperación del flujo de créditos a las familias, para la recuperación de mayores niveles de consumo, cuando los riesgos del sector bancario disminuyan a niveles “razonables”. Los analistas más perspicaces ya descuentan que estos ansiados incrementos en los niveles de consumo de los hogares solo vendrán por esta vía, quedando los Presupuestos de Gastos para atender las obligaciones de la deuda, las pensiones y los gastos del desempleo, estos dos últimos decrecientes.

4.- Los factores anteriores están relacionados con un cuarto de la mayor importancia a corto plazo: la necesidad de que una parte importante del electorado del PSOE (más importante del acaecido en las elecciones del 20D) bascule hacia Podemos; no solo para mejorar su relación de fuerzas con su antiguo partido sino convencido de que el proceso constituyente es la condición de posibilidad para recuperar los derechos sociales y el bienestar en que fundaban su apoyo al PSOE. ¿Había margen para pensar la posibilidad de que el PSOE se “pasara”, si no al campo constituyente, al de una reforma consistente con la necesidad de cambiar el rumbo de la política de los últimos años?

Personalmente me parece muy difícil. Son múltiples, y algunos muy fuertes, los lazos que atan al PSOE con las instituciones del régimen; de alguna manera está unido a su suerte, más incluso que el PP. El problema para él es que la oligarquía da ya claras muestras de querer pasar la página del régimen, aunque esté dispuesta a conservar alguno de sus elementos ornamentales.

Es la sucesión del régimen y no su imposible reforma lo que la oligarquía exige de los partidos que la sirven. La oligarquía sabe que el régimen está maltrecho, lo comprueba en la debilidad de quienes eran sus interlocutores –los sindicatos- y en los riesgos que amenazan sus privilegios que las instituciones del régimen no son capaces de contrarrestar. Y sabe que el cambio de régimen debe hacerse con rapidez porque las instituciones del antiguo representan ya un lastre para la nueva andadura que el mundo de los negocios precisa para situarse en el escenario de una economía global a punto de entrar en una nueva recesión.

Así que necesita nuevos actores para montar la nueva representación. Pero mientras los encuentra –ya tiene a Cs desempeñando su papel- exige a los viejos un postrer servicio. Al renqueante PSOE le obliga a cargar con la tarea de improvisar un gobierno para la transición entre el régimen del 78 y su heredero. Esa y no otra es la naturaleza del encargo y por ello creo que es muy grande la dificultad para la dirección del PSOE de configurar un espacio de reformas, por moderadas que fueran, si sus contenidos chocan con los designios oligárquicos.

A modo de conclusión

Se han enumerado algunos factores que pudieran contribuir a superar las deficiencias que Podemos, como postulante de la empresa constituyente, ha evidenciado en su corto pero intenso recorrido. Todos ellos se resumen en la necesidad de clarificar de forma inequívoca su intención constituyente. En modo alguno podrán ser interpretados como un giro antiinstitucional alentado por el fracaso del intento de formar gobierno para el cambio. Se trata, por el contrario, de centrar el punto de mira de los propósitos políticos de Podemos. Que no deberían apartarse de las intenciones constituyentes que justificaron su nacimiento.

La disyuntiva entre oligarquía y democracia está planteada, no ganamos nada retrasando su enunciado. La degeneración del régimen favorece por inercia desembocar en un régimen oligárquico del que se haya extirpado toda huella de derechos sociales y en el que el trabajo sea un premio al que demuestre niveles aceptables de docilidad y sumisión.

Es imprescindible agrupar a todas las fuerzas del cambio democrático detrás de un propósito antioligárquico, radicalmente democrático. En el curso de las negociaciones para la investidura se ha evidenciado cómo hasta los propios partidos del régimen se han hecho conscientes de su descomposición; los titubeos de la dirección del PSOE sobre la reforma constitucional solo aportan un respiro a la oligarquía para recomponer su representación política y volver a asentar su hegemonía hoy discutida.

Las fuerzas del cambio están obligadas a señalar una dirección clara a los millones de ciudadanos que las han apoyado. Es posible deshacer el empate, pero debemos afirmar sin vacilaciones nuestra voluntad de hacerlo.

5/03/2016

José Errejón es funcionario

Notas:

1/Dícese de la situación en la que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer.

2/En varios textos he analizado la naturaleza y el desempeño de estas instituciones. A los efectos de este artículo, basta con mencionar aquí a las organizaciones de empresarios y trabajadores, muy desdibujadas en la etapa final del régimen por causa de la desaparición efectiva del “diálogo social”, seguramente una de las fuentes principales de legitimidad del régimen.

3/ Se hace abstracción aquí de los obstáculos y resistencias de las instituciones del régimen, entre los que hay que destacar las presiones del Ibex 35 y de la nomenclatura del PSOE.

4/ O dos, depende del grado de superficialidad del perceptor.

5/ El problema es de rentabilidad del capital, la búsqueda del cual constituye el motor de funcionamiento de la economía capitalista. Ese motor lleva renqueando desde casi cuatro décadas, después de que las excepcionales circunstancias posteriores a la II Guerra Mundial dieran lugar a un período (los 30 dorados) en el que los beneficios de las empresas discurrieron paralelos a la mejora en las condiciones de vida de las clases subalternas. Esta coincidencia ha permitido el asentamiento de un cuadro de valores en el seno de estos sectores perfectamente funcional para el funcionamiento del sistema económico, mientras que los aumentos de la productividad del trabajo eran compatibles con la rentabilidad del capital. Pero he aquí que por efecto de los continuos aumentos de productividad que son consustanciales a la concurrencia capitalista, ha ido disminuyendo el peso del trabajo creador de valor por unidad de producto y, por ende, de la plusvalía generada por dicho trabajo. La solución tradicional a este problema, consustancial al funcionamiento de la economía capitalista, consistía en aumentar la masa de plusvalía para compensar así la disminución de su tasa, lo que ha sido posible gracias a la expansión de los mercados a zonas de la vida social y a regiones geográficas aún no colonizadas por la economía capitalista.

La mercantilización de los cuidados en las metrópolis capitalistas y la expansión en China e India han sido probablemente los dos últimos impulsos del capitalismo para reducir la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Pero su efecto benéfico parece estar agotándose y no aparece ningún sector productivo o región mundial que tome el relevo en la misión de tirar del carro del capitalismo declinante.

Es esa y no la avaricia de los de arriba o su intrínseca crueldad, la explicación acerca de la postración en que se han sumido millones de personas en las sociedades capitalistas. Una situación fuertemente contradictoria con la pervivencia de un cuadro de valores correspondiente a los viejos tiempos del capitalismo del bienestar que el capital, al tiempo que los querría castigar, no puede prescindir de ellos pues son la fuente de realización del valor.

Lo ha resuelto hasta el 2008 por la vía de reducir los salarios aumentando la explotación y potenciando el endeudamiento de las familias para conseguir mantener los niveles agregados de demanda. Pero esta solución también ha hecho crisis, trasladando ahora la deuda de los hogares y las empresas a los Estados, que de pronto se revelan incapaces para mantener las prestaciones sociales de las que obtenían su principal legitimidad. Una austeridad impuesta por métodos autoritarios como en el caso de Grecia parece ser la única solución que se apunta. Encarecer el acceso al consumo de bienes manteniendo el cuadro de valores del consumismo de la época fordista es la peor trampa para los sectores populares porque podría desembocar en modalidades diversas de reacción social fascistizante.



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