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Francia
Por qué François Hollande se ha convertido en el mejor aliado de Marine Le Pen
03/03/2016 | Pablo Castaño Tierno

“Solo podemos comenzar a entender el fascismo si lo vemos como una de las posibilidades internas inherentes a nuestras sociedades, no como algo que está fuera de toda explicación racional”, Ernesto Laclau.

Este es un análisis del ascenso del Frente Nacional (FN) francés a través del concepto de Populismo de Laclau

El vertiginoso ascenso electoral del Frente Nacional en Francia volvió a quedar demostrado con su victoria en las elecciones regionales de diciembre, las terceras que el partido de Marine Le Pen gana en número de votos (después de las europeas de 2014 y las departamentales de 2015). Aunque el partido ultraderechista no consiguió ningún gobierno regional debido al sistema de elección a dos vueltas, un miedo cada vez más intenso se ha apoderado de buena parte de la sociedad francesa, que asiste estupefacta a cómo una fuerza política xenófoba y racista, considerada marginal hace pocos años, se acerca peligrosamente al poder.

La izquierda alternativa francesa ha cometido a menudo dos errores -que en realidad están conectados- en sus análisis del éxito del FN. El primero es establecer paralelismos excesivamente mecánicos entre la situación sociopolítica actual y la de los años 30, cuando la depresión económica que siguió al crash del 29 favoreció el triunfo del fascismo en varios países de Europa. La idea sería que, igual que en aquel momento, la disputa política se acabaría resumiendo, ahora, en un enfrentamiento entre el fascismo (el FN) y la izquierda radical (en Francia, el Front de Gauche), lo que llevó a la coalición de izquierdas liderada hasta 2014 por Jean-Luc Mélénchon a la estrategia del enfrentamiento directo con el partido de Le Pen. Un buen ejemplo del fracaso de esta estrategia se produjo en 2012, cuando Mélénchon se presentó a unas elecciones en el distrito de Hénin-Beaumont (Pas-de-Calais) para enfrentarse a Marine Le Pen, que obtuvo el doble de votos que el candidato izquierdista. El segundo error de la izquierda francesa en sus análisis del FN es centrarse en las condiciones materiales que favorecen el ascenso de la extrema derecha, es decir, limitarse a denunciar cómo las políticas de austeridad aplicadas con igual entusiasmo por el Partido Socialista y la derecha (antes Union pour un Mouvement Populaire –UMP-, ahora Les Républicans) han provocado una crisis social que favorece el desencanto dicho ascenso. Por supuesto, la denuncia está plenamente justificada, pero el éxito del FN no puede explicarse sólo por las políticas de austeridad, ya que en países con una situación social mucho más grave que en Francia (Grecia, Portugal, España…) ha sido la izquierda la que ha crecido en los últimos años. Además, si bien siguen siendo los obreros los que más votan al partido ultraderechista, desde 2012 este ha progresado en todos los sectores socioeconómicos, incluidos aquellos que menos sufren la crisis.

Como en otras ocasiones, los análisis de importantes sectores de la izquierda (francesa, en este caso) se ven cegados por un exceso de materialismo, que olvida la importancia de la política en su sentido más estricto. Es decir, que olvida que el éxito del FN se debe en buena medida a la habilidad política de sus dirigentes y a las limitaciones de las estrategias de sus adversarios. En las siguientes líneas voy a explorar cómo algunas de las ideas manejadas por el teórico posmarxista argentino Ernesto Laclau pueden enriquecer los análisis del ascenso del Frente Nacional en Francia. La principal referencia será su libro de 2005 La razón populista, que por cierto constituye una de las más importantes bases teóricas de la estrategia de Podemos.

Populismo y hegemonía

Una de las principales novedades teóricas de La razón populista es la construcción de un concepto no peyorativo de “populismo”, que sea útil para el análisis político. Frente al uso frecuente del término “populismo” como sinónimo de demagogia o incluso autoritarismo, Laclau propone definirlo como una lógica política que incluye entre otros los siguientes elementos: la unificación de una pluralidad de demandas sociales en una cadena equivalencial (es decir, que varias demandas distintas son percibidas como equivalentes entre sí) y la división discursiva de la sociedad en dos campos (Laclau 2005: 102).

Veamos cómo estos dos elementos están presentes en la exitosa estrategia del Frente Nacional. Primero, Marine Le Pen y los suyos han conseguido detectar en la sociedad francesa una serie de demandas muy distintas y agruparlas en un mismo proyecto político -entendiendo “demandas” en un sentido amplio, que no se refiere solo a reivindicaciones de actuaciones del poder político (como podría ser la demanda de un mejor sistema público de salud) sino también a ciertos consensos sociales sobre cuestiones más abstractas que son cada vez más amplios en la sociedad francesa. El Frente Nacional ha conseguido agrupar en un mismo proyecto político demandas sociales como la reducción de la edad de jubilación a los 60 años, la lucha contra la pobreza, la defensa de los servicios públicos o la protección de derechos sociales como el acceso a la vivienda con el creciente sentimiento de que la cultura y la nación francesa están en decadencia, amenazadas por una supuesta invasión de migrantes y refugiados musulmanes que son presentados como violentos.

El liderazgo es un elemento muy importante en la construcción de un proyecto populista como el del FN, ya que contrarresta la tendencia de las demandas particulares a la disgregación (Laclau 2005: 130). Por lo tanto, Marine Le Pen no solo es una inteligente política y una gran comunicadora, sino que ella misma es un símbolo que mantiene unidos a laicos y católicos, votantes de clases populares y empresarios.

La construcción de una cadena equivalencial entre demandas tan opuestas como las señaladas entes queda patente con discursos como este, en el que Marine Le Pen compara el supuestamente gran esfuerzo que hace el Estado francés para acoger a refugiados/1 con el abandono sufrido por la población francesa: “Ponemos a disposición 77300 plazas de urgencia, así, de un día para otro [para los refugiados] mientras que hay un millón y medio de hogares franceses que esperan un alojamiento social, a veces desde hace años, que hay según la Fundación Abée Pierre millones de franceses con viviendas inadecuadas o sin vivienda. Pues bien, yo soy la responsable política que dice que los franceses no deben ser los últimos en ser servidos” (Marine Le Pen, citada en Halimi 2016: 13).

Esta exitosa cadena de equivalencias se corresponde con la división discursiva de la sociedad en dos campos: por un lado, el pueblo francés, entendido como la mayoría blanca y cristiana, atea o agnóstica (Francia es uno de los países europeos con mayor porcentaje de población no religiosa); por otro, la élite político-económica que impone las políticas de austeridad y dedica todos sus esfuerzos a garantizar el bienestar de migrantes y minorías étnicas, olvidando las necesidades del “verdadero” pueblo francés. Esta construcción está completamente alejada de la realidad, ya que son precisamente los migrantes y las minorías étnicas quienes sufren la peor situación social en Francia, pero funciona. La división social establecida por el FN tiene el siniestro mérito de que expulsa de la noción de “pueblo francés” no solo a los migrantes, sino también a los millones de franceses de nacimiento de cultura musulmana (y en la mayoría de los casos, árabes), que son presentados como asistidos que abusan de las ayudas públicas/2. Por eso el proyecto político de Le Pen no es solo xenófobo (basado en el rechazo a los extranjeros) sino también racista, ya que asimila a una parte de la población francesa, en función de su etnia, a esos recién llegados percibidos como una amenaza.

Como explica René Monzat, experto en la extrema derecha francesa, la islamofobia cumple un papel fundamental en esta construcción, ya que permite dos cosas. Primero, borrar las grandes diferencias étnicas y culturales que existen dentro de los musulmanes franceses y migrantes, considerándolos a todos solo como musulmanes: “La islamofobia se convierte en un factor unificador del racismo y la xenofobia” (Contretemps 2016: 9). Además, “la islamofobia permite ampliar la base social del apoyo a las discriminaciones o al apartheid: se extiende a sectores que no se sienten racistas y creen mostrar su feminismo/3 y espíritu cívico al apoyar las discriminaciones este es un aspecto particularmente marcado en Francia” (Contretemps 2016: 9). En la siguiente parte voy a tratar de explicar cómo la noción de laicismo dominante en Francia ha favorecido un inédito avance de la islamofobia, hasta el punto de que me atrevería a decir que ya forma parte del sentido común mayoritario en el país vecino.

Laicismo e islamofobia en Francia

El laicismo es uno de los elementos fundacionales de la República Francesa y tiene una importancia política mayor que en otros países de Europa occidental. La separación entre Iglesia y Estado es un proceso común a todas las democracias liberales occidentales pero en el caso francés esta separación se produjo muy pronto, con la ley de 1905, que protege la libertad de culto y prohíbe que el Estado financie ninguna institución religiosa. Como en el resto de Europa, la laicidad se ha construido históricamente como una oposición entre los poderes públicos democráticos y la Iglesia católica, que sigue siendo la religión mayoritaria a pesar de su acentuado declive a lo largo del siglo XX.

Hasta aquí no parece haber ningún problema. Sin embargo, la laicidad francesa ha evolucionado hasta una concepción muy individualista, ya que se respeta la libertad de los individuos de pertenecer a cualquier grupo cultural o religioso pero se espera que en el espacio público hagan abstracción de esta pertenencia. Esta idea explica por ejemplo la ley que prohíbe a las alumnas musulmanas llevar pañuelo en los centros educativos públicos, aprobada durante el gobierno de Sarkozy y mantenida por los socialistas. La norma se aplica a todos los símbolos religiosos y se justifica con el argumento supuestamente feminista de que el pañuelo islámico es siempre y solamente una forma de opresión machista. Por supuesto, no hay ninguna ley que prohíba llevar minifalda o pintarse los labios, manifestaciones culturales que tienen un origen sexista pero que pueden ser infinitamente reinterpretadas y reapropiadas por las mujeres. Exactamente como el pañuelo islámico. El feminismo es invocado aquí como una excusa para justificar una prohibición dirigida directamente contra las jóvenes musulmanas. Legislar sobre el aspecto físico de las mujeres no es ninguna novedad, lo han hecho muy diversos poderes patriarcales a lo largo de la historia, lo original es hacerlo en nombre de los derechos de las mujeres. El verdadero objetivo de la ley no tiene nada que ver con el feminismo; se trata de enviar a la población de cultura musulmana (muchas y muchos ni siquiera son religiosos) el mensaje de que la República no ve con buenos ojos que manifiesten su pertenencia cultural en la escuela.

La obsesión con el tema del pañuelo islámico y la violencia que sufren las mujeres que lo llevan quedó patente hace poco en la Asamblea Nacional. Latifa Ibn-Ziaten, madre de una de las víctimas del terrorista Mohamed Merah, fue abucheada por asistentes a un acto sobre laicidad, por llevar pañuelo. Una norma como la prohibición de llevar pañuelo islámico sería inimaginable en países como Reino Unido o Canadá, en los que está completamente normalizado desde hace décadas la idea de que las personas no son solo ciudadanos individuales sino que además pertenecen a una infinidad de colectivos culturales, religiosos o de otro tipo y tienen derecho a manifestar su pertenencia en cualquier espacio.

Esta concepción agresiva y represiva de la laicidad está relacionada con la omnipresencia en el discurso político francés de la supuesta “amenaza comunitarista”. Para una parte importante de la élite política francesa la República está amenazada por una tendencia de los individuos a encerrarse en sus comunidades culturales, en una referencia clara a la población árabe y musulmana. El líder derechista Jean-François Copé escribió en su “Manifiesto por una derecha sin complejos” que la izquierda favorece la inmigración para “reemplazar el voto popular por un voto comunitario” (Copé 2012, citado en Halimi 2016: 13). La única realidad que se parece algo a la amenaza comunitarista es la segregación de las minorías étnicas (árabes, negros, etcétera) en barrios degradados por décadas de pobreza y abandono por parte del Estado. Es decir, mediante el recurso discursivo del comunitarismo, las mismas élites responsables de la pobreza de los barrios de las afueras de las ciudades consiguen culpar a las víctimas de una falta de lealtad a la República y de encerrarse en sus comunidades, evitando el incómodo tema del racismo y la xenofobia estructurales que la sociedad francesa. Así, la respuesta del Estado no es la aplicación de políticas públicas para mejorar la situación social de estos sectores sino repetir como un mantra los principios republicanos de libertad, igualdad, fraternidad y laicidad. La paranoia acerca del comunitarismo se ha visto reforzada por pseudointelectuales como Michel Houllebecq, que en su última novela, Sumisión, presentó una Francia con dos partidos: el Frente Nacional y un partido musulmán. Este es precisamente el escenario perseguido por los de Marine Le Pen; presentarse como el único partido que representa a los verdaderos franceses frente a la amenaza musulmana.

La conexión entre la islamofobia y concepción agresiva de la laicidad queda patente en el discurso del primer ministro Manuel Valls, que acusó al presidente del Observatorio de la Laicidad, Jean-Louis Bianco, de haber firmado un manifiesto contra el terrorismo con organizaciones responsables de un “clima nauseabundo” en Francia, refiriéndose a miembros de asociaciones musulmanas y contra la islamofobia. Sin embargo, el valor del manifiesto –publicado justo después del atentado de noviembre- era precisamente que personalidades de distintos ámbitos (incluidos líderes religiosos musulmanes y judíos) manifestaban su condena unitaria del ataque terrorista. Parece que para Valls, la laicidad equivale a la marginación de los musulmanes de la vida pública.

La islamofobia no es una novedad en Francia pero los dos ataques terroristas cometidos el año pasado por seguidores de Daesh han favorecido este tipo de racismo aceptable, como lo define el sociólogo Marwan Mohamed. Los actos islamófobos se triplicaron en Francia el año pasado, incluyendo agresiones contra musulmanes, profanaciones de mezquitas, insultos a mujeres por llevar pañuelo e incluso manifestaciones violentas que invadieron un barrio popular de la ciudad de Ajaccio (Córcega) al grito de “árabes fuera”. Sin embargo, quizá lo más preocupante de la islamofobia en Francia es que está siendo practicada por el Estado.

Por qué la política del gobierno Hollande-Valls favorece al FN

El atentado de noviembre en París, que acabó con la vida de 130 personas, ha sido utilizado por el presidente François Hollande y su primer ministro Manuel Valls para imponer un estado de emergencia que dura ya más de dos meses, justificándolo con la necesidad de reforzar la lucha antiterrorista. En el primer mes tras el atentado la policía realizó 2700 registros domiciliarios, puso a 360 personas en arresto domiciliario y detuvo a 334, todo ello sin orden judicial alguna. Frente a estas cifras destaca el número de investigaciones antiterroristas iniciadas: dos. Para lo que sí ha servido el estado de emergencia ha sido para que la policía ponga en arresto domiciliario a un imam y registre mezquitas y casas de musulmanes, aunque sea “gente que no está implicada en procesos judiciales”, como reconoció un alto cargo de una Prefectura (equivalente a la Delegación del Gobierno). Esta persecución indiscriminada de la población musulmana se suma a los controles policiales injustificados que sufren cotidianamente árabes y personas pertenecientes otras minorías étnicas, práctica racista que el Partido Socialista se había comprometido a combatir cuando llegase al poder. Además, el estado de emergencia ha sido usado por el gobierno para reprimir a los movimientos sociales, prohibiendo las manifestaciones alegando razones de seguridad (incluidas las convocadas ante la Cumbre del Clima COP 21) mientras permitía eventos igual de masivos y expuestos a atentados como competiciones deportivas o mercadillos de navidad.

El giro autoritario del gobierno francés tras el atentado de noviembre puede interpretarse como un intento desesperado de dar imagen de fortaleza ante las elecciones regionales de diciembre. Ya sabemos que la jugada no le salió bien al dúo Hollande-Valls pero el fracaso electoral no les ha hecho cambiar de opinión. Al contrario, el gobierno ha anunciado su intención de reformar la Constitución para quitar la nacionalidad a los franceses con doble nacionalidad condenados por terrorismo. La ex ministra de Justicia –que dimitió por su oposición a la norma- cree que su eficacia es absolutamente irrisoria. El Frente Nacional tenía esta propuesta en su programa hace años, lo que le ha servido a Marine Le Pen para decir que “El FN tiene un programa realista y serio que es incluso fuente de inspiración para François Hollande” (citado por Halimi 2016: 12). No hay mejor ejemplo de cómo la política autoritaria y racista del gobierno favorece al Frente Nacional al normalizar ideas y políticas que hasta hace poco el sentido común dominante consideraba antidemocráticas. Este trabajo de banalización de las ideas del FN ya había sido comenzado por Nicolas Sarkozy durante su presidencia. Además, todo esto constituye una buena distracción de las políticas de austeridad que el Partido Socialista sigue aplicando.

Pero la complicidad de hecho del gobierno de Hollande con el FN no queda ahí. Los sucesivos triunfos electorales de Marine Le Pen han producido en los dos grandes partidos frecuentes llamamientos a construir una “barrera republicana” frente al FN. En las regionales, esta estrategia se tradujo en la retirada de varios candidatos socialistas (que habían quedado terceros en la primera vuelta, tras el Frente Nacional y Les Républicains de Sarkozy) de la segunda vuelta, llamando a sus electores a votar a la derecha para evitar la victoria del FN.

La “barrera republicana” se corresponde perfectamente con la definición que hace Laclau de la reacción típica de las fuerzas políticas tradicionales ante la irrupción de un proyecto populista: “Las fuerzas que han construido su antagonismo sobre un determinado terreno muestra su solidaridad secreta cuando ese terreno mismo es puesto en cuestión. Es como la reacción de dos jugadores de ajedrez hacia alguien que patea el tablero” (Laclau 2005: 177). Siguiendo el análisis de Serge Halimi (Halimi 2016: 13), podríamos explicar la actual deriva del PS como la confluencia entre la ideología autoritaria y xenófoba de Valls/4 con “el cálculo electoral del presidente de la República, deseoso de barrer toda herencia de izquierda para disputarle el año que viene a los dirigentes de la derecha el rol de candidato de una gran nebulosa ‘moderada’, ‘republicana’. Que sería automáticamente elegido en la segunda vuelta de la elección presidencial, ya que sería el único rival del FN” (Halimi 2016: 13).

La estrategia de Hollande tiene al menos tres problemas. Primero, es el presidente más impopular de la V República y nunca le ganará unas elecciones a un candidato potente de derechas, que seguramente será Nicolas Sarkozy. Segundo, Hollande y Valls están haciendo exactamente lo que quiere Le Pen, presentar un panorama político en el que hay dos opciones: el frente republicano compuesto por el centro-izquierda y el centro-derecha, y el Frente Nacional. El hecho de que Hollande aplique exactamente la misma política económica que la derecha no hace sino reforzar esta construcción dicotómica, que se corresponde perfectamente con la división élite-pueblo en la que el FN lleva tanto tiempo trabajando con éxito. El tercer defecto de la estrategia de Hollande es que nada le asegura una victoria electoral si se enfrentase a Marine Le Pen en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2017, teniendo en cuenta la tendencia ascendente de la extrema derecha y la imparable caída de la popularidad de Hollande y su partido.

Motivos para la esperanza

Laclau es útil para entender algunos importantes aspectos del éxito del Frente Nacional pero también ofrece algunos elementos que invitan a la esperanza. El primero es la idea de que cuando en una sociedad se da una situación de “anomia radical, la necesidad de alguna clase de orden se vuelve más importante que el orden óntico que permita superarla” (Laclau 2005: 116). Esto significa, en palabras más sencillas, que en épocas como la que está atravesando Francia, en las que las instituciones políticas y los partidos tradicionales están deslegitimados, la sociedad está sumida en un ambiente de miedo y depresión por el terrorismo y el continuo empeoramiento de las condiciones de vida, mucha gente está tan deseosa de encontrar un proyecto político que le ofrezca un nuevo orden social, que es más importante la existencia de este nuevo proyecto que su contenido.

Por lo tanto, no todos los votantes del Frente Nacional creen profundamente en las tesis racistas y autoritarias del partido, sino que este ha sabido situarse como la única fuerza política que ofrece alguna alternativa a la desesperanzadora situación actual.

Paradójicamente, podría decirse que este partido ultraconservador es percibido como el más progresista del escenario político francés. La buena noticia es que muchos de los que ahora votan al Frente Nacional (y por supuesto, el 50% que se abstuvo en las últimas elecciones regionales) podrían sentirse atraídos por un nuevo proyecto político que ofreciese una alternativa a la vez al callejón sin salida de la austeridad y a la distopía ultranacionalista de Marine Le Pen. El propio Laclau afirma que en periodos de crisis como el actual “las conversiones radicales y los cambios repentinos en el ánimo público son (…) sumamente usuales” (Laclau 2005: 167).

Sin embargo, no creo que cualquier cambio sea posible; no encuentro ninguna razón para imaginar un próximo renacimiento de los partidos tradicionales del sistema político francés que acabe con la amenaza del FN sin que haya ningún cambio en sus políticas y sus estrategias, y esto no parece probable. La única esperanza de detener el catastrófico viaje de Francia de la austeridad al autoritarismo xenófobo sería el surgimiento de un nuevo proyecto político que no se limitase a repetir lo malo que es el FN y llenarse la boca con principios republicanos que ya no emocionan a casi nadie. Al contrario, se trataría de proponerle al conjunto de la sociedad francesa (y no solo a los que se consideran de izquierdas) un programa político inequívocamente rupturista y progresista, con una estrategia inteligente que rompa con las tradicionales inercias de la izquierda que hasta ahora le han impedido aprovechar el espacio político que se ha abierto con la traición del gobierno de Hollande a sus electores. En otro artículo intentaré aportar algunas ideas al respeto.

Notas:

1/ Lo cierto es que Francia es uno de los países de Europa occidental que menos refugiados acoge (http://www.20minutes.fr/monde/1691635-20150921-crise-migrants-pourquoi-refugies-boudent-france).

2/ Un estudio con entrevistas a votantes del FN mostró que “la figura del falso pobre [el que falsea sus condiciones para acceder a prestaciones sociales a las que no tiene derecho] es una figura omnipresente en las entrevistas” (http://www.lemonde.fr/elections-departementales-2015/article/2015/03/25/la-sympathie-pour-marine-le-pen-croit-avec-le-niveau-de-precarite_4600927_4572524.html).

3/ El término “purplewashing” se refiere al uso del feminismo para justificar políticas racistas. Sobre el tema, ver este artículo de Brigitte Vasallo: http://www.pikaramagazine.com/2016/01/vienen-a-violar-a-nuestras-mujeres/.

4/ Si al alguien le queda alguna duda sobre la ideología del primer ministro, recordemos cuando dijo que “los rom tienen vocación de volver a Rumanía o Bulgaria”, refiriéndose no solo a los migrantes de esos países sino a todos los romaníes, franceses incluidos. También dijo que “no hay otra solución desmantelar progresivamente esos campamentos y llevar a esa población a la frontera” (http://www.liberation.fr/societe/2013/09/24/pour-valls-seule-une-minorite-de-roms-veulent-s-integrer-en-france_934265).

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