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Unión Europea
Con Brexit o sin él, Europa está de capa caída
03/03/2016 | Pierre Khalfa

La Unión Europea se halla en estado penoso. Ahora que se conmemora el centenario de la batalla de Verdun, conviene recordar que uno de los objetivos de la unificación europea consistía en “construir una unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa”, con la ambición de “promover el progreso económico y social”. La Unión Europea debía estar “basada en los valores de respeto de la dignidad humana, de libertad, de democracia, de igualdad, del Estado de derecho, así como el respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas que pertenecen a las minorías”. Una simple ojeada indica hasta qué punto la realidad no guarda ninguna relación con las declaraciones de intención inscritas en los tratados europeos.

En esta Europa de hoy, que ha enfermado por culpa de las políticas neoliberales que generan desesperación social y miedo al desclasamiento, dando lugar a un ascenso de la extrema derecha, de la xenofobia y del repliegue nacional, se han desarrollado las negociaciones con el Reino Unido. Los gobiernos británicos siempre han sido hostiles a la construcción de una Europa política. Recordemos que el Reino Unido estuvo en 1960 en el origen de la creación de la Asociación Europea de Libre Comercio (AELC), cuyo propósito explícito era el de competir con la Comunidad Económica Europea (CEE). Hubo que esperar hasta 1973 a que este país, a la sazón gobernado por los conservadores, se uniera a la CEE. Sin embargo, su adhesión no cambió para nada su orientación, cualquiera que fuera el color de su gobierno: laboristas y conservadores se han mantenido alineados con la política de EE UU y han promovido una Europa librecambista, rechazando toda armonización fiscal y social.

Amenazando regularmente con dar el portazo, el Reino Unido ha logrado, con los años, obtener numerosas derogaciones de las normas europeas. Así, en 1984, su contribución al presupuesto europeo tuvo que revisarse a la baja –se recordará el famoso “I want my money back” (“Quiero que me devuelvan mi dinero”) de Margaret Thatcher– y se benefició de una serie de derogaciones (optout) en la aplicación de los tratados. Por ejemplo, el Reino Unido no aplica la Carta de Derechos Fundamentales, de por sí no muy ambiciosa, que se ha incorporado al Tratado de Lisboa. Al rechazar toda perspectiva de entrar en el euro, no está sometido a los criterios de Maastricht ni a los del pacto de estabilidad, y el Banco de Inglaterra ha podido impulsar, mucho antes que el BCE, una política monetaria expansiva, lo que no ha impedido, por cierto, que el gobierno de David Cameron recortara drásticamente el gasto social.

Amenazado por el crecimiento del Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP), una formación xenófoba, y por la división en el seno de su propio partido, Cameron tuvo que prometer la celebración de un referéndum sobre la pertenencia de su país a la Unión Europea. A base de chantajear con el Brexit, acaba de arrancar nuevas concesiones por parte de las instituciones europeas y de los demás gobiernos europeos. La diferencia de trato entre Grecia y el Reino Unido no sorprende: actitud inflexible frente a Alexis Tsipras, que quería permanecer en el euro, y acomodaticia con respecto a Cameron, que amenazaba con abandonar la Unión. Ocurre que el peso de los dos países es muy distinto y sobre todo que las concesiones hechas a Cameron van en el sentido de un mayor neoliberalismo, mientras que las que reclamaba Tsipras habrían comportado una ruptura con el orden neoliberal europeo.

El único elemento positivo de todo esto es el ligero refuerzo del poder de control de los parlamentos nacionales, que, en determinadas condiciones, podrán obligar al Consejo Europeo a rediscutir un proyecto legislativo europeo. Sin embargo, los debates se han centrado en dos cuestiones principales. Cameron ha obtenido el derecho a intervenir en las decisiones de la zona del euro. Pese a que el Reino Unido se niega siquiera a plantearse la adopción del euro, ahora tiene la posibilidad de proteger la plaza financiera de Londres, la City, frente a cualquier medida que pudiera poner coto a estas actividades e impedir cualquier medida contraria al interés del poder financiero británico.

La medida más simbólica es la que permite privar de ciertas prestaciones sociales a los trabajadores inmigrantes de origen europeo durante cuatro años, en algunos casos incluso siete años. Estos trabajadores, que ya perciben salarios más bajos y además están destinados a los trabajos más penosos, sufrirán de este modo un fuerte descenso de su nivel de vida. Se trata de un retroceso social importante y de un nuevo atentado contra la igualdad de derechos. Protección de la plaza financiera de Londres y recorte de los derechos sociales: al aceptar las demandas británicas, la Unión Europea ha mostrado de nuevo su verdadero rostro. ¿Le servirá esto de tabla de salvación? La campaña del referéndum británico es una operación de alto riesgo. En Gran Bretaña puede dar lugar a una continua sobrepuja xenófoba y, cualquiera que sea el resultado, la perspectiva de una Europa solidaria seguirá quedando muy lejos.

25/02/2016

https://www.ensemble-fdg.org/content/brexit-ou-pas-leurope-est-mal-en-point%20

Traducción: VIENTO SUR



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