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Ponencia en la Cumbre del Plan B celebrada Madrid
La Unión Europa no es un campo de batalla
03/03/2016 | Cédric Durand

Compañeras y compañeros, estoy muy feliz de estar aquí con ustedes /1. Quiero expresar mi agradecimiento a los organizadores de este evento, porque la discusión que tenemos hoy es vital para la fuerzas de emancipación y el lugar donde la tenemos es el lugar decisivo. De hecho, es en el Estado español donde el movimiento popular es el más innovador,el más articulado y probablemente el más poderoso al nivel político de toda la Europa. Y, por eso, es el lugar donde la cuestión de qué hacer con la Unión Europea la próxima vez que la izquierda vaya a gobernar hay que valorarlo de la manera más concreta posible. Desgraciadamente, lo que hemos aprendido de la infortuna de Syriza es que, en política, los errores teóricos se pagan al contado. No podemos permitirnos el lujo de otro fracaso.

Todos nosotros estamos, aquí, a favor de la justicia social y ecológica, a favor de la democracia real, y detestamos, con todo nuestro corazón, el racismo y la xenofobia. Pero tenemos un punto de desacuerdo estratégico muy importante: ¿Cual es la prioridad de un gobierno de Izquierda que llega el poder en Europa?

· La primera posibilidad es priorizar el objetivo de cambiar la UniónEuropea y, más precisamente, las reglas del Euro. La idea es la de luchar directamente al nivel del continente para crear un espacio para el cambio. Esa opción es la mas ambiciosa. Sin embargo su horizonte temporal de realización es bastante largo y su posibilidad de concretización efectiva es muy débil.

· La segunda opción es usar todas las posibilidades que existen al nivel nacional para terminar con la austeridad, la dictadura de la deuda y las reformas estructurales neoliberales. Eso implica prepararse para una salida de la Moneda Única, que tiene una probabilidad muy alta como resultado de la confrontación con el Banco Central y las otras instituciones europeas. Esta opción es más realista que la primera. No se trata de una transformación sistémica, no es la construcción del socialismo, pero sí de demostrar, simplemente, que sí se puede, que hay alternativas al neo-liberalismo para responder a la urgencia social y ecológica. Sin embargo esta opción implica aceptar un retroceso de la integración Europea, por lo menos en un primero momento.

· Es muy importante tener claro entre nosotros que la cuestión no es si preferimos el nivel nacional o el nivel europeo. No hay que escoger entre un internacionalismo del capital y un nacionalismo post-fascista. Hay que ser pragmático: Lo que consideramos son dos opciones progresistas entre las cuales hay que decidir el camino más efectivo para avanzar en dirección de la emancipación de las clases subalternas, de los de abajo, en Europa y en el mundo.

En este debate el punto crucial es la naturaleza de la Unión Europea:¿En qué medida se puede transformar la Unión Europea ?

Un primer punto es reconocer que los procesos de redefinición del espacio político no son neutrales desde el punto de vista de las relaciones de fuerzas entre los grupos sociales. Como escribe Immanuel Wallerstein: “es posible para grupos sociales específicos de mejorar su posición mientras que se cambian las fronteras del estado”. Es exactamente lo que ha ocurrido con la integración Europea.

Desde el principio, Europa se construyó seduciendo a los poderes económicos. Desde los años 60 la Comisión Europea, por falta de legitimidad, presionó a las empresas y a sus patrones para que se comprometieran a su unión a nivel europeo y dar a conocer de esta forma sus expectativas. Después, las cosas fueron de mal en peor: fue la Mesa Redonda de los Industriales quien impuso las cláusulas del Acta Única y sus condiciones en el lanzamiento del euro. En lo más alto de la crisis griega, ¡los lobbies del International Finance Institute irrumpieron en medio de las reuniones del Eurogrupo! En este tiempo de crisis, se declaró un estado de excepción por el cual se suspendió la normalidad democrática con el objetivo de impedir cualquier influencia de la clases populares. Eso es lo que llamamos con mi amigo Razmig Keucheyan el cesarismo burocrático europeo.

Comercio, competencia, estabilidad monetaria y financiera: los tratados constreñían todo el debate europeo a partir de estos temas decisivos para el capital y no toleraban ni una sola perturbación democrática en estos asuntos. El empleo, el medio ambiente y los derechos sociales quedaban supeditados. Estos temas, totalmente vitales, son las víctimas de una integración negativa, relegados al estatuto de variables de reajuste. Esta asimetría es central. Eso significa que las clases subalternas no tengan dónde agarrarse para luchar a nivel europeo, lo que también explica que la escena política europea esté tan débil: ¿para qué gastar energías en un espacio político que niega cualquier legitimidad a sus preocupaciones?

Para que la Unión Europea sea un campo de batalla necesitaría que las clases subalternas tengan algunas parcelas de poder institucionales, como es el caso de las instituciones de seguridad social o el sistema educativo públicos a nivel nacional, por ejemplo. Pero eso no existe a en Europa. La UE, como maquinaria institucional que es, está unilateralmente con el capital. No cambiarán nada los guiños de la Confederación Europea de Sindicatos, ni los asaltos de gobiernos progresistas, por muy fuertes que sean, ni la determinación de los parlamentarios comprometidos de Estrasburgo. Porque poco a poco, un sinfín de obstáculos agotarán la determinación del más tenaz de los reformadores.

En resumen, la Unión Europea no es un campo de batalla. Es una cárcel. ¿Y qué se hace cuando uno está en una cárcel? Hay que escaparse u organizar un motín.

¿Un Motín? Yo pienso que esa es la idea de muchos de ustedes aquí. No habrá lugar para la Europa social y el buen euro a menos de que el pueblo europeo fuerce ese destino; que vuelva a fundar Europa mediante un acto heroico. Rigurosamente, esta hipótesis no puede ser descartada. Como dice Judith Butler, El “Nosotros del Pueblo es performativo”. Si el “nosotros del pueblo” surge en Europa con motivo de un poderoso movimiento social europeo o de una serie de victorias electorales de la izquierda o, todavía mejor, de una mezcla de las dos, seguramente, la situación podría cambiar de manera radical. Nada puede resistirse al poder popular. Ni siquiera la Comisión de Juncker y el BCE de Draghi.

Desgraciadamente, yo pienso que esta posibilidad es muy poco probable. Sin un presupuesto federal significativo, la zona euro agudiza las especializaciones productivas y sigue recreando una polarización en el continente: cuando los salarios suben en España se estancan en Alemania; y cuando remontan poco a poco en Alemania se sumergen en Atenas. ¡En un contexto así, cómo íbamos a imaginar que la subjetividad política pueda confluir en un momento constituyente! Para conformar un pueblo los ritmos sociales deben sincronizarse. Toda la lógica del euro se opone a esto. En el marco de la Europa del euro no creo que la opción de un motín Europeo sea realista.

Entonces compañeras y compañeros, si la Unión Europea no es un campo de batalla y si un motín europeo parece muy improbable, la elección política que debemos hacer es: o aceptar, como en Grecia, una derrota en nombre de la ilusión de cambiar la Europa o prepararnos para empezar el cambio en los países más avanzados. Para demostrar que para que haya alternativas se necesita la salida de la Moneda Unica o su disolución. La justicia social, la transición ecológica y la democracia real, son realizables. Pero solofuera de la cárcel del Euro.

20/03/2016

Notas:

1/ Gracias a Tom Kurchaz por las correcciones idiomáticas.



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