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Spotlight
Una de curas pederastas gana el Oscar
02/03/2016 | Pepe Gutiérrez- Álvarez</i

La noticia es de la mayor importancia. De entrada nos demuestra que a pesar de que la sombra de los negocios parece haberlo podrido todo, en EE UU en general y en el cine en particular se han conquistado lo que aquí llamábamos “zonas de libertad”. “La película del año” trata del caso iniciado en 2002, cuando un pequeño equipo de reporteros del Boston Globe comenzó a tirar de la manta de una causa judicial por pederastia. La acusación tenía los testimonios de más de 100 niños contra un cura de Massachusetts, en realidad una punta del iceberg.

Lo primero que descubren es que la Archidiócesis de Boston había ocultado el caso. En contra de lo habitual, los reporteros desarrollan una investigación gracias a la cual se destapó que en esa comunidad estadounidense había al menos 86 curas que habían sido acusados alguna vez de abusar sexualmente de niños de la región. El escándalo sacudió a la Iglesia Católica, el arzobispo tuvo que dimitir y sólo en la zona de Boston afloraron poco tiempo después unas 600 denuncias por abusos cometidos por el clero en el pasado. Como se revela a mitad de la película, el número aproximado de miembros del clero que cometen pederastia está estimado, por diferentes organismos, en un 6%.

Esta es la historia, una película sobre un tema casi tabú, que el cine no ha comenzado a tratar abiertamente hasta fechas recientes. Cierto que hubo precedentes, el primero que recuerdo es Los olvidados(1950), de Luis Buñuel, el tema sugerido en The Innocents (1961) titulada aquí Suspense y en Latinoamérica Posesión satánica), obra maestra del cine británico de Jack Clayton con guión de Truman Capote y William Archibald que adaptan la inmortal novela de Henry James. Mucho más explícita fue Sleepers (1996), con guión y dirección de Barry Levinson que se apoyó en la novela de Lorenzo Carcaterra y que realizada con talento e ira, apoyada en actores de relieve (Brad Piit, de Niro, Kevin Bacon), enfoca la respuesta hacia el terreno de la venganza, o sea personalizando la tragedia. Mucho más interesante es Mystic River (2002), quizás la mejor de Clint Eastwood que describe como la vida de un muchacho violado puede convertirse en un infierno.

Aunque el caso de Boston fue motivo de una miniserie de cierto relieve, Our Fathers (Secretos de confesión, 2005), también con un sólido reparto, no fue hasta El club (2014/2015), de Pablo Larraín, un autor que utiliza de manera insólita y rotundamente eficaz los códigos del cine de género (quien no haya visto su film No, que no espere más, lo puede hacer on line), que realiza la crítica más radical en todos los sentidos (la forma en la que está rodada, con la imagen amoldándose a los horrores más profundos, merece estudio) y que se sirve de las herramientas del cine de terror para mostrar la cómoda penitencia de un grupo de curas de repugnante historial. En un film de una dureza insoportable, Larraín muestra los horrores de ese mundo y de historias en la que el “destierro” de esos curas equivale a la ocultación pública del problema. Un juego ese del destierro y la ocultación profusamente utilizado por el franquismo y que se extendió a otros casos e historias, de funcionarios corruptos o policías asesinos (como el que disparó contra Germán Rodríguez en el San Fermín de 1978 en Pamplona).

Esta lista sumaria puede complementarse con trabajos como Els internats de la por (https://www.youtube.com/watch?v=ttAbGa789Hg) , de Montse Armengou y Ricard Belis, un documental irreemplazable que abre de par en par unas puertas que seguían cerradas cuatro décadas después del gran silencio franquista. La historia está cambiando, están sucediendo cosas que antes ni se imaginaban: ¿quién iba a imaginar que en irlanda la Iglesia iba a perder un referéndum sobre el matrimonio gay?. Antes hubo películas como The Magdalene Sisters, (Las hermanas de la Magdalena, 2003), de Peter Mullan. Hace unos días, TV3 emitía un documental sobre “los hijos del pecado”, la fosa de más de 800 criaturas víctimas de esta institución que hacía negocio con las “pecadoras” y que vendía sus hijos, o se deshacían de ellos como si fuesen desecho.

El cine pues crea caminos, se compromete como en el caso Spotlight, que hacesemanas está en nuestras carteleras y en la boca de mucha gente que, al tiempo, no puede por menos que hablar de conexiones que hemos conocido o padecido, historias como la de los Maristas de Sans de Barcelona que ponen en evidencia más lo que se esconde que lo que al final -cuando las víctimas no se ocultan- se dice. Una obra filmada con inteligencia, apostando por una presentación de los datos de forma clara y precisa y sin abusar de lo sentimental. La mayor parte de la película son estos cuatro periodistas, un abogado y algún agente burocrático más debatiendo sobre los procedimientos legales y las operaciones a realizar a la hora de armar el reportaje con rigor, ofreciendo una muestra precisa del poder que tienen las redacciones y, por lo tanto, de la existencia de una trama de complicidad. Porque Spotlight es también una película sobre la lucha en la prensa entre el negocio y la conciencia.

De eso seguro que sabe su afamado guionista Aaron Sorkin, el celebrado autor de varias series de televisión de la mítica HBO como The Newsroom (2102), en cuya segunda temporada Sorkin introduce una cínica apología patriótica. Pero en esta película, su director Thomas McCarthy no se va por las ramas. Se nota que ha vivido en una redacción, que conoce las miserias y grandezas del oficio y que también ha aprendido del mejor cine “liberal” norteamericano, de aquel que en los años sesenta ejemplificó la unión entre John Frankenheimer y Burt Lancaster. Normalmente, el Oscar responde a razones más o menos cuestionables, pero a veces acierta. No sé si Spotlight es la mejor película del año, pero de lo que hay duda es que se trata de una buena película como cine del mejor, pero sobre todo porque amplía de manera muy considerable la brecha de luz sobre las oscuridades de una Iglesia con la que no se puede topar, algo que ya sabía Cervantes. Me trae al recuerdo una pequeña historia que tuvo lugar en mi localidad (La Puebla de Cazalla, Sevilla), gobernada por el PCE y luego por IU, con gente muy valiosa. Pues bien, hace unos pocos años sucedió que el amplio espacio del convento se hundió. A pesar de que pronto se pusieron vallas, algunos pudieron ver cosas extrañas, cuerpos. Pero faltó tiempo para que llegara una brigada de obras y todo quedara tapado y bien tapado. ¿Qué había allí? no sabemos. Pero lo más sospechoso es el silencio. Necesitamos muchas películas como ésta.

Pepe Gutiérrez-Álvarez es escritor y miembro del Consejo Asesor de VIENTO SUR



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