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diagonalperiodico.net | Tras las elecciones del 20D
De su inestabilidad y la nuestra
22/02/2016 | Raul Camargo

El significado según el diccionario de la RAE de “ inestabilidad” es “ falta de estabilidad”. El de “estabilidad” cualidad de “ estable” y el de “estable” “que se mantiene sin peligro de cambiar, caer o desaparecer, “que permanece en un lugar durante mucho tiempo” o “ que mantiene o recupera el equilibrio”. La inversión del término (esto es, la inestabilidad) aplicada a la política no parece, precisamente, mala cosa para quienes apostamos por subvertir el actual estado de cosas. Es cierto que el término inestabilidad crea sensación de problema, de duda, de desequilibrio. Y que la inestabilidad es uno de esos mantras que se suelen inyectar para azuzar el miedo entre los sectores acomodados, las élites económicas pero también entre las clases medias.

Sin embargo, la inestabilidad es el paso previo para “hacer que las cosas cambien, caigan o desaparezcan”. La inestabilidad actúa como una dinamo capaz de “mover algo que lleva demasiado tiempo en el mismo sitio” o “remover las aguas estancadas”. La actual inestabilidad política tiene mucho que ver con lo llevamos intentando desde hace cinco años, primero en las plazas y en las calles y luego también en las instituciones. Y es que la dichosa “estabilidad” institucional en las décadas anteriores ha sido la inestabilidad y la inseguridad en nuestras condiciones de vida: el paro, la precariedad, los desahucios, la emigración forzada y el maltrato al inmigrante, la de la destrucción ambiental. Esta estabilidad bendecida por los mercados ha sido la estabilidad de un sistema político bloqueado, con dos grandes partidos que se iban turnando, con acentos sociales distintos y políticas miméticas en lo económico-estructural o en su visión de Europa.

Pero el 15M y las mareas rompieron con la monotonía de una estabilidad que no era sino una ficción que se representaba en parlamentos y medios de comunicación. Hoy, la inestabilidad política que caracteriza a la actual fase política en la que hemos entrado tras las elecciones del 20 de diciembre es ya positiva en sí misma: supone que el muy estable mapa político y la muy estable injusticia social y la piñata de los que construyeron el régimen del 78 puede subvertirse. La tarea, por tanto, parece obvia para quienes apostamos por superar este régimen de amnesia y desposesión: seguir horadando en las brechas que se han abierto y evitar a toda costa el cierre de este ciclo. Un ciclo de oportunidades que solo puede seguir abierto a través del conflicto.

Pero, en el mientras tanto, seguimos instalados en un interregno político que se abre a distintas posibilidades. Y es que las reacciones de los diferentes actores políticos y sociales frente al nuevo mapa político confirman la fórmula gramsciana del “empate catastrófico”. Lo nuevo no acaba de nacer yo lo viejo no acaba de morir, aunque lo viejo puede ser “un servidor de pasado en copa nueva” que cantaba Silvio Rodríguez, como ocurre en el caso de Ciudadanos. Pero miremos más allá de los partidos políticos (convertidos, de nuevo, en el epicentro y monopolistas casi exclusivos de la acción política en el último tiempo). No me resisto a comentar aquí algunas de las palabras, el otro día en una charla, del Secretario General de CC OO Ignacio Fernández Toxo. El actual secretario general de Comisiones, ante la situación política en la que nos encontramos, dedicó una parte importante de su intervención a glosar los trabajos previos que dieron lugar a la Gran Coalición alemana entre el partido de Merkel, la CDU, y el partido socialdemócrata, el SPD, donde hubo (según sus palabras) 200 negociadores por cada parte y muchas horas de reuniones.

La inestabilidad es mala y hace falta un gobierno pronto, decía Toxo, añadiendo que España no se podía permitir el lujo de no tener gobierno. Remataba su intervención con la petición de un “gran pacto de los Estados con las multinacionales”, el motor de la economía en su opinión, para recuperar el valor del trabajo. Y finalizó recordando la necesidad de retomar el espíritu de los Pactos de la Moncloa y del consenso constitucional (“hay que hacer una reforma pero ninguna puede hacerse sin el PP”) para lo que se requeriría, por tanto, que ningún cambio constitucional se puede hacer sin un consenso similar al que hubo en el 78. En resumen: política sin conflicto. O conflicto sin política.

La estabilidad sigue instalada, por desgracia, en algunos actores claves. Y es que CC OO es el sindicato mayoritario con casi un millón de afiliados y más de 120 000 delegados sindicales en todo el Estado. Todo el potencial que CC OO podría tener para llevar el conflicto a las empresas y abrir la posibilidad de cambio y que se rompiera también la “estabilidad económica”, esa que Yayo Herrero considera con muy buen criterio que no se ha tocado en estos dos años, está hipotecada cuando la máxima prioridad de su dirección es que “vuelva rápido la estabilidad política”. Estabilidad, por tanto, de qué, de quién, para qué.

Caminamos, casi con seguridad, a nuevas elecciones. Los viejos (y no tan viejos) próceres del Régimen claman por los grandes acuerdos, anhelando una Segunda Transición. Nada nuevo bajo el sol. Lo que está en disputa ahora es qué dinámica puede salir victoriosa en el medio plazo: aquella que apuesta por recomponer la estabilidad de las clases dominantes o aquella que busca transitar hacia la estabilidad de los y las de abajo. Para los y las anticapitalistas, solo desde el conflicto y agregando cada vez a más sectores capaces de imponer nuestros intereses de clase será posible avanzar hacia una estabilidad real. Esto es: la conquista de nuevos derechos sociales y democráticos.

19/02/2016

Raúl Camargo es, diputado en la Asamblea de Madrid y militante de Anticapitalistas

https://www.diagonalperiodico.net/panorama/29424-su-inestabilidad-y-la-nuestra.html



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