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Agresiones feministas en Colonia
Las feministas se dividen
20/02/2016 | Carine Fouteau y Mathieu Magnaudeix

Tras haber sido inicialmente silenciadas, las violencias sufridas por varios centenares de mujeres en Colonia en la noche de fin de año han alcanzado una repercusión mundial a la altura de la gravedad de los hechos. Por encima de las fronteras, las feministas se apropian de este acontecimiento no sólo por su aspecto masivo y multiplicado (se han señalado actos similares en otras ciudades alemanas, en Suecia y en Finlandia), sino porque estas agresiones, en muchos casos de carácter sexual, concentran en un solo objeto las cuestiones de género y de racialización, que está en el origen de las principales divisiones en el campo feminista en estos últimos años.

Violaciones, acoso sexual, dominación masculina, islam, diferencias culturales, migraciones… Están reunidos todos los ingredientes para recrear líneas de fractura de efectos altamente políticos: aunque todavía quedan muchas zonas de sombra sobre lo que ocurrió durante la noche, el origen y el perfil de los hombres implicados, así como su modo de actuar, los comportamientos sexistas de los refugiados, y de los inmigrados en general, han sido rápidamente considerados como un “problema” en el espacio público, con la consecuencia de un endurecimiento, entre otros, del derecho de asilo. Los agresores han sido señalado menos en cuanto hombres, borrachos, actuando como una banda en un momento institucionalizado de desahogo generalizado y aprovechándose de una presencia insuficiente de las fuerzas de orden, que en función de sus orígenes, puesto que, según los testimonios, muchos tenían “apariencia árabe o magrebí”, y entre los sospechosos identificados por los investigadores algunos tenían la condición de “solicitantes de asilo”.

Utilizando esta portada para documentar las agresiones sexistas que tuvieron lugar en Colonia, la revista alemana Focus ha provocado la polémica (ver en el link a la página original).


Las primeras reacciones en Alemania contribuyeron a hacer descarrilar el debate antes de que tuviera lugar. La alcaldesa de Colonia, Henriette Reker, acusada de haber intentado minimizar los hechos, provocó la cólera de muchas feministas al recomendar a las mujeres que se desplazaran en grupo y “mantuvieran un brazo de distancia con cualquier desconocido” para protegerse.

Algunas semanas antes del carnaval de Colonia, otra cita catártica oficial, estas observaciones que hacían recaer una parte de la culpabilidad sobre las propias víctimas, según una retórica frecuente a la hora de abordar los ataques sexistas, ofrecieron un pretexto a la feminista Alice Schwarzer, conocida por sus declaraciones contra el islam, para lanzar el ataque. “Alemania, a causa de su historia reciente, alimenta una concepción errónea de la tolerancia, que le ha llevado a cerrar los ojos ante las segregaciones entre los sexos y las violencias masculinas en la comunidad musulmana”, ha afirmado en Le Monde esta mujer de 73 años, que es considerada una de las iniciadoras del Movimiento de Liberación de las Mujeres (MLM) cuando estudiaba en Francia en la facultad de Vincennes. En una entrevista concedida al diario conservador Die Welt, reclamó un debate sobre el islam “sin corrección política”. Esta mujer que considera que el pañuelo que llevan algunas mujeres musulmanas es un “pabellón de los islamistas”, ha llegado a sugerir un vínculo con el terrorismo: “¡Kalashnikovs, cinturones con explosivos, y ahora la violencia sexual!”

Este rechazo del islam, que se transforma en desconfianza hacia los musulmanes, es compartido por otras feministas de la generación 68, como Barbara Sichtermann que, en la radio Deutschlandfunk, ha interpretado los hechos, aunque todavía están mal esclarecidos, como la muestra de un choque de civilizaciones, como si el sexismo y las violencias sexuales fueran exclusivas del mundo árabe-musulmán. Según ella, los ataques de Colonia representan una “declaración de guerra contra nuestra civilización”. “Esta cultura de obediencia patriarcal, que desgraciadamente nos llega con tantos inmigrantes, debe ser combatida”, ha declarado, citando los trabajos de la socióloga alemana de origen turco Necla Kelek, muy crítica respecto a la acogida de refugiados en Alemania.

Esta visión esencializante suscita críticas en la mayor parte de los medios de comunicación alemanes. La portada de la revista Focus expone el cuerpo de una mujer blanca pintado con huellas de manos negras, pero la cubierta ha suscitado la indignación en las redes sociales. El redactor jefe del semanario Der Freitag, Jakob Augstein, ha condenado públicamente su publicación denunciándola como “puro sexismo y puro racismo”.

Las feministas se han fracturado en torno a la cuestión de la racialización de los ataques. En contra de las declaraciones de Alice Schwarzer y de Barbara Sichtermann, un colectivo de 22 mujeres –compuesto de periodistas, activistas, investigadoras, militantes feministas o queer, escritoras, raperas, de distintos orígenes, algunas con velo, y más bien jóvenes– ha lanzado un llamamiento #ausnahmslos [sin excepción] contra las violencias sexuales y el racismo. Reclamando que la investigación policial aclare toda la verdad sobre lo sucedido, critican la explotación, en este caso la etnicización, por los extremos de estas agresiones, considerando que el combate feminista lo está sufriendo en su conjunto. “Es lamentable, escriben, no aclarar las violencias sexuales más que cuando se suponen hechas por personas que son percibidas como ”otras”: musulmanes, árabes, negros o magrebíes”.

Entrevistada en el Süddeutsche Zeitung, una de las iniciadoras de #ausnahmslos, Stefanie Lohaus, editora de Missy Magazine, afirma que esta retórica del “hombre extranjero que amenaza a las mujeres blancas que los hombres blancos deben defender, es patriarcal y racista”. En Mediapart, Carolin Emcke, periodista, filósofa y escritora, critica el deslizamiento que se produce en el discurso que supuestamente debe defender la causa de las mujeres. “Los populistas de derechas […] sólo han hablado de las víctimas para discutir sobre sus agresores. Han tratado de nuevo a estas mujeres violentadas como un objeto”, afirma. “Es terrible: en estos acontecimientos, el fantasma racista de la extrema derecha atraviesa la experiencia real de las mujeres agredidas”, continúa, rechazando la actual dialéctica xenófoba a la vez que se pregunta por las circunstancias que hicieron posible estos ataques. “Hay que analizar su propia cultura, pero también la de otros mundos, otros contextos, que facilitan los malos tratos y las humillaciones hacia las mujeres”, indica.

Más allá del Rhin, la racialización de las agresiones se ha convertido en una prioridad para los movimientos eurófobos y antiinmigrantes, en primer lugar Pegida y Alternative für Deutschland (AFD) que, recuerda Carolin Emcke, se basan en una ideología “expresamente antifeminista y homófoba”: “forman con otros grupos una alianza claramente reaccionaria y cristiana fundamentalista, que ataca de manera masiva y explícita las posiciones defendidas por las feministas y los movimientos progresistas”.

En Francia, esta instrumentalización la asume, entre otros, el Frente Nacional, que se reivindica feminista para mejor estigmatizar la presencia inmigrante en al país (Marine Le Pen se ha expresado sobre el tema en L’Opinion). Los defensores del “gran cambio”, en cabeza de los cuales se encuentra el escritor Renaud Camus, no se toman la molestia de defender los derechos de las mujeres pero, replicando la movilización de Pegida, intentan aprovechar los acontecimientos para alzarse “contra el cambio de pueblo y de civilización” que se habría manifestado en Colonia.

En el campo feminista, varias personalidades han desarrollado argumentos parecidos a los de Alice Schwarzer y Barbara Sichtermann. Entre ellas, Valérie Toranian, antigua directora de la redacción de Elle, que cuando el affaire DSK (Dominique Strauss-Kahn] declaró que “ser feminista es querer la igualdad de trato entre los hombres y las mujeres, no es querer la guerra de los sexos”. “Las agresiones sexuales contra las mujeres que han tenido lugar en Colonia en la noche de San Silvestre muestran una vez más las contradicciones que minan el movimiento feminista”, señala, antes de poner en cuestión a “todos los humanistas antirracistas prestos a denunciar la islamofobia”.

El islam es señalado como el enemigo, según una retórica que atraviesa –y divide violentamente– tanto a las feministas como al movimiento antirracista y a la reflexión sobre la laicidad. Citando a la filósofa Élisabeth Badinter, que declaró en France Inter no “tener miedo a ser tratada de islamófoba”, Valérie Toranian, en la Revue des deux mondes, denuncia a las feministas que, en su opinión, “se han equivocado” al “haber minimizado durante años el ascenso del islam político y su influencia negativa sobre los derechos de las mujeres”. “El opresor sólo podía ser el hombre blanco, capitalista, heredero del colonialismo. Criticar la cultura islamista que vigila las costumbres y los vestidos de las mujeres te convertía en una aliada de Satán, una neocolonialista, una islamófoba, una racista”, se queja. “Pienso que nuestro status de mujer privilegiada en Occidente nos impone un deber de solidaridad hacia las mujeres que sufren, en todo el mundo, la opresión y la violencia por motivos religiosos, apoyándose y confundiéndose a menudo con culturas patriarcales, escribe. Y, entiéndase bien, cuando esta cultura religiosa/patriarcal /identitaria/anti-mujeres pretende ejercerse entre nosotras, en Francia, debemos estar dispuestas a defender nuestra feliz especificidad”. En el Marianne de este fin de semana, Elisabeth Badinter denuncia de nuevo un “feminismo que se reconoce en la extrema izquierda” y “ha adoptado las prioridades de la extrema izquierda”.

De manera menos caricaturesca, la escritora y socióloga Chahla Chafiq subraya en una tribuna en Le Monde que “la vasta realidad multiforme de las violencias sexuales no es exclusiva de los llamados países islámicos”. Los actos cometidos en Colonia, que le recuerdan los ataques de la plaza Tahir en 2011, testimonian “la imagen que [los agresores] se hacen de las mujeres, de esas mujeres que han tomado la libertad de mezclarse con hombres, en la calle, en plena noche”, observa, antes de avalar también la idea de un peligro específicamente cultural y religioso: “En estas últimas décadas, el llamado mundo musulmán vive, a través de las propagandas islamistas, una sobreexcitación de estos códigos sexuados patriarcales confirmados por la charia. Señalando que la libertad sexual es el punto crucial de la cultura occidental, el islamismo identifica los derechos de las mujeres y de los homosexuales como las peores lacras de una occidentalización que destruiría la identidad islámica. La diversidad y la autonomía de las mujeres son presentadas también como fuentes de corrupción social y de desorden”. Citando la situación francesa, se inquieta por el “auge del velo” que, dice en su blog, “marca al cuerpo como un lugar de pecado”.

No es anodino que, en el recoveco de una frase, reaparezca el tema del pañuelo, que ocupa un lugar omnipresente en las disensiones entre feministas, por lo menos en Francia. Intentando mantenerse a distancia de cualquier “recuperación”, un colectivo de organizaciones feministas ha lanzado un llamamiento a reunirse ante la Fontaine des Innocentes el 18 de enero por la tarde, para combatir a la vez “las violencias hechas a las mujeres, el sexismo y el racismo”. En un comunicado publicado algunos días antes de la manifestación, las estructuras participantes, entre las cuales se encuentran el Colectivo Nacional por los derechos de las mujeres, Les effronté-e-s [Las/los descaradas/os], Mujeres igualdad y Mujeres inmigrantes en pie, exigen en primer lugar –para no ser tachadas de complacencia hacia los culpables, como se les ha reprochado– que se aclaren del todo los crímenes y delitos cometidos en Colonia. Pero, estiman, la defensa de los derechos de las mujeres no debe servir para alimentar los prejuicios. Denuncian también la “utilización” de estos “actos indignantes” por parte de los partidos de derecha y de extrema derecha para desacreditar la política de acogida de refugiados puesta en marcha por la canciller Angela Merkel. Para combatir los argumentos de Marine Le Pen, Les effronté-e-s enumeran las posiciones antifeministas de su partido (sobre el “IVG de confort”, contra los “ABCD de la igualdad”, a favor de un “salario maternal”).

Osez le feminisme [Atreveos con el feminismo] es una de las primeras asociaciones en haber reaccionado lamentando esta “indignación de geometría variable”. “Según cuál sea el origen de los agresores, ¿habría víctimas de violación que merecerían ser apoyadas más que otras?”, se pregunta esta estructura que recuerda que cada año son violadas en Francia unas 84 000 mujeres adultas, o sea 230 al día, en medio de un silencio muy a menudo atronador. Apoyándose en estadísticas, el blog de Crêpe Georgette cita por su parte un estudio de 2004 –anterior por tanto al éxodo masivo de refugiados en Alemania– que considera al 13 % de mujeres víctimas de violencia sexuales en ese país. Al igual que en Francia, la mayor parte de ellas han sido agredidas por personas que conocen: 49,3 % por parejas o exparejas; 53 % por conocidos; 10,1 % por miembros de su familia (ver también los resultados de la encuesta realizada en 2014 por la Agencia de derechos fundamentales de la Unión Europea).

Según estas feministas, no hay que buscar los factores explicativos en el origen o la religión, sino en los dispositivos de dominación masculina que siguen persistiendo incluso en “nuestra feliz especificidad”, por tomar la expresión de Valérie Toranian. Si a ello se añaden las circunstancias propias de unas muchedumbres cargadas de alcohol, el riesgo de agresión se multiplica. El blog de Crêpe Georgette subraya que la Oktoberfest da lugar al menos a una decena de violaciones al año, por no hablar de las fiestas de Bayona (leer el artículo de Slate: “En la fiesta de la cerveza en Munich, se bebe, se canta, se viola”). No hay justificación, según Osez le feminisme, para designar un origen geográfico, étnico o religioso. “Todos los días, de Colonia a París, de Pekín a Nueva York. Del Cairo a Rio de Janeiro, en el hemisferio norte y en el hemisferio sur, hay hombres, de tallas y corpulencias variadas, de distintos oficios, de confesiones religiosas diferentes, y de todo tipo de origen social, que agreden y violan a mujeres”, afirma la asociación, que estima así que la respuesta adaptada a los actos cometidos en Colonia no consiste en preguntarse por las diferencias entre culturas sino hacer que las violencias sexuales sean castigadas en cualquier lugar del mundo. “Las mujeres víctimas deben saber que pueden presentar denuncia, y que la denuncia de las violencias sufridas no quedará sin consecuencias”, indica. Francia está todavía lejos de ello: sólo el 10% de las mujeres llegan a presentar denuncia, las violaciones sólo acaban en condena en el 2% de los casos.

El debate entre feministas hace furor también en el mundo anglosajón, como lo muestran las numerosas tribunas publicadas en periódicos británicos y americanos. Sara Farris, maestro de conferencias en el departamento de sociología de la Universidad Goldsmith de Londres, propone una mirada histórica para analizar los enfrentamientos interpretativos. No es la primera vez, señala en la revista marxista Salvage, que el sexismo es tratado como una especificidad del mundo musulmán. Las potencias coloniales europeas apoyaron en su tiempo esta idea para justificar su ocupación forzosa. La administración Bush también la utilizó, en 2001, para su intervención en Afganistán, “explicando que los bombardeos eran necesarios para liberar a las mujeres afganas de la opresión islámica”. En los años 1980 en Alemania, recuerda la profesora, feministas cristianas, como Gerda Weiler y Christa Mulack, acusaron a los judíos de haber introducido el patriarcado en Occidente.

Esta visión consistente en construir el “problema” como si fuese de tipo religioso o cultural es “muy peligroso”, según Sara Farris, no sólo porque distorsiona los hechos sino también porque impide ver los defectos del sistema legal alemán en materia de derechos de las mujeres. Obtener una condena por violación resulta complicado, hoy día, por la ambigüedad de la formulación del código penal alemán que define este crimen como un acto sexual forzado, sin hacer intervenir la noción de consentimiento. “Racializar el sexismo (…) tiene como efecto debilitar a las mujeres en su conjunto”, concluye.

Las 22 feministas reunidas en torno al llamamiento #ausnhamlos también piensan que hay que dar la prioridad al combate judicial. No se debe tolerar ninguna impunidad en materia de crimen sexual, declaran, exigiendo un endurecimiento de la legislación contra el acoso sexual, que actualmente no constituye una infracción en el derecho alemán.

21/01/2016

https://www.mediapart.fr/journal/international/210116/apres-cologne-les-feministes-se-divisent-sur-l-interpretation-des-agressions?onglet=full

Traducción: VIENTO SUR



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