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Tribuna VIENTO SUR
A pesar de todo, necesitamos un gobierno para el cambio
08/02/2016 | José Errejón

La decisión del rey de encargar a Pedro Sánchez (PS0E) la formación de gobierno desbloquea en apariencia la situación a la que se había llegado entre un PP impedido para hacerlo por la antipatía que despierta entre el resto de los grupos parlamentarios y un PSOE vacilante entre la apuesta de su actual dirección por consolidarse en la misma y los deseos de sus sectores más comprometidos en la defensa del régimen.

Tal parece que con su “echarse a un lado”/1 Rajoy se sitúa en los comienzos de una nueva campaña electoral, convencido como está de la imposibilidad de que la aritmética parlamentaria pueda asegurar al PSOE una mayoría suficiente para formar gobierno estable. Necesita el escenario de una nueva campaña electoral para poner en valor los datos de una recuperación mientras duren, en un contexto de incertidumbres económicas que pudieran transformarlos en números rojos.

Todo con tal de evitar la escenificación de una derrota en el Congreso que diera alas a la oposición interna del aznarismo y allegados que le culpan de no haber sabido rearmar ideológicamente al partido, haciendo posible la sangría de votos hacia Cs.

Seguramente sería prematuro decretar el fin de la carrera política de un político que ha acreditado cierta condición de correoso en su ya larga andadura. Pero no es menos cierto que se terminaron, al parecer, los tiempos en los que la solución de los problemas políticos podía venir por el lado de meterlos en el congelador.

Tampoco parece que sea inmediata la operación de recambio en el apoderado de la derecha a favor de Rivera y Cs. La fotogenia y locuacidad de Rivera no parecen suficientes a los poderosos para encargarle la gestión de sus asuntos, especialmente en momentos en los que la “amenaza” de Podemos se cierne con visos de acrecentarse.

Los miles de páginas escritas y de horas consumidas en las tertulias televisivas (el ámbito en el que, de forma principal, se ha gestionado esta crisis) no han sido capaces de deparar más allá de dos fórmulas de gobierno. De un lado e inspirándose en el ejemplo de Alemania (como no podía ser de otro modo), el gobierno de gran coalición, en cualquiera de sus modalidades (gobierno a tres, a dos con apoyo parlamentario, etc.); del otro, un gobierno para el cambio, fórmula suficientemente ambigua como para dar cobijo a un amplio espectro de intenciones políticas que tienen como denominador común el deseo de cambiar la hoja de ruta seguida por el gobierno del PP los últimos cuatro años.

Con buena intención y ánimo positivo podría traducirse tal disyuntiva como la que opondría el gobierno para la defensa y continuidad del régimen del 78 al gobierno de la ruptura democrática. Pero a estas alturas conviene prevenirse contra la tentación de confundir la realidad con los deseos. Sin aceptar la fórmula del gobierno de perdedores con el que la derecha extrema pretende (des)calificar el proyecto, es evidente que la cohesión de un gobierno de izquierdas PSOE, Podemos, IU dejaría mucho que desear y no podría por menos que reflejar los problemas internos que cada uno aporta al conjunto.

No digamos el que Pedro Sánchez insinúa cuando habla de negociar a su derecha y a su izquierda, desoyendo los rechazos recíprocos que tal hipótesis provoca en Cs y Podemos, respectivamente.

En ambos casos las probabilidades de formar un gobierno con un proyecto mínimamente coherente para torcer el rumbo de las políticas austeritarias de la troika y el PP/2 no son muy elevadas. Si hicieran parte de ese proyecto medidas tan necesarias como moderadas como, a título de ejemplo, la modificación de la ley de Estabilidad Presupuestaria, indispensable para intentar financiar algunas políticas sociales, comprobaríamos la dificultad de avanzar un palmo en ese terreno.

De forma generosa Armando Ginés en Rebelión del 3/2/2016 califica al hipotético gobierno PSOE/Podemos/IU como socialdemócrata. Aunque las intenciones de Podemos e IU lo hicieran pensar, es más que dudoso que el actual PSOE quisiera -y, si se me apura, supiera- poner en marcha una política económica que mereciera tal calificativo. De manera que no queda más remedio que aceptar la realidad como es y apostar lo necesario para conseguir:

a) que no gobierne el PP, sea en la modalidad que sea, porque un gobierno con su presencia no haría sino profundizar los desastrosos efectos que sus políticas han tenido para los sectores populares; y

b) levantar un modelo de recuperación estable, con empleo decente y garante de los derechos sociales y ciudadanos.

El panorama no es precisamente halagüeño para Podemos e IU. La impresión generalizada es que la dirección del PSOE, ahormada por un Comité federal en el que pesan mucho barones y servidores a sueldo de la oligarquía, pretende escenificar una comedia, con el título de “gobierno progresista y reformista” para la que tiene claro tanto el socio buscado (Cs) como la molesta presencia (Podemos) de la que desembarazarse al menor coste posible, medido en términos de apoyos electorales.

Por si había alguna duda después de la exclusión de Podemos de la Mesa del Congreso, de su vergonzosa ubicación en el hemiciclo o del reparto de las Comisiones y la composición de la Comisión negociadora anunciada un día después del encargo al PSOE, muestra de forma expresa la nula voluntad del PSOE de llegar a algún tipo de acuerdo con su izquierda.

La impresión, más allá de las declaraciones del PSOE, es que la gran coalición querida por Felipe González y Susana Díaz, está efectivamente funcionando desde el 21 de diciembre y que hay cierto reparto objetivo de papeles en el interior del PSOE, entre la dirección y los sectores antes mencionados.

Hay un aire de familia en cada una de las decisiones que perjudican a Podemos y que se alimenta retóricamente con las proclamas continuas ya un poco aburridas de Rivera sobre la unidad de España, la defensa de la Constitución y del marco europeo. A lo mejor las caras de estupor de todos ellos ante las rastas de Alberto Rodriguez o ante el niño de Carolina Bescansa expresan mejor que cualquier discurso la dificultad con la que soportan la presencia de los parlamentarios del cambio.

Esa distancia cultural es parecida a la que separa a la clase política del régimen del sector más dinámico de la sociedad civil comprometido con una profundización de la democracia y los derechos sociales frente a su banalización por la deriva oligárquica del régimen. La aceleración del tiempo histórico vivida a partir del 15 de mayo de 2011 y la intensa socialización política experimentada por estos sectores, especialmente los más jóvenes, con la creación de toda una nueva y distinta gramática política ha hecho abismal esta distancia.

Ese es un factor relevante a la hora de calibrar las posibilidades de entendimiento de cara a la formación de un gobierno con el PSOE. Sus jóvenes dirigentes, a pesar de serlo, comparten más la vieja gramática y sufren los enunciados del discurso de los dirigentes de Podemos como una expresión de arrogancia infinita. Si a eso se le añade la desconfianza que entre ellos despierta la posibilidad de que el tan temido sorpasso, siquiera fuera parcial, se materialice en la reducción de las oportunidades de desempeñar cargos relevantes en las administraciones públicas, no será difícil comprender la hostilidad que la proximidad de Podemos despierta entre el personal dirigente del PSOE con aspiraciones de carrera política.

No sostengo que no haya diferencias políticas importantes entre ambas formaciones. Pero creo que, en ocasiones, las mismas se levantan para hacer presentables algunos de estos temores de casta. Por lo demás, las condiciones de formación de estos jóvenes dirigentes del PSOE no han propiciado un excesivo nivel de exigencia teórica y política, como se pone de relieve cada vez que deben enfrentarse con alguno de los portavoces de Podemos.

Este temor a tener que compartir los niveles altos de los aparatos del Estado refleja también la agudización de la crisis del régimen. Un temor a que la entrada de estos “jóvenes bárbaros” desbarate los equilibrios para el reparto de puestos y sinecuras y que el “cociente de reparto” se reduzca, lo que se puede convertir, a su vez, en un factor de retroalimentación de dicha crisis.

Pero basta con lo dicho hasta aquí para deducir, como rasgo esencial de la gestión de este período de interinidad, el protagonismo exclusivo de la clase política y los medios de comunicación en la misma. Si algún actor pretendía impregnar esta gestión de algún “espíritu constituyente”, era imprescindible la presencia de la sociedad civil en la misma, más allá del consumo de información que alimenta la pasividad y el extrañamiento del común de la población.

Se ha comentado de forma recurrente el vaciamiento de la calle y la desmovilización social siguiente a la emergencia de Podemos. Creo, fuera de dudas, que por parte de los sectores movilizados a partir del 15M se ha producido una delegación, primero tácita y luego expresa, a favor de Podemos en cada una de las elecciones habidas desde mayo del 2014. Alcanzada una significativa posición de interlocución en las instituciones, parece que es llegada la hora de dar cuenta de lo actuado a los sectores sociales que lo han apoderado para la defensa de sus intereses y renovar el mandato esclareciendo los términos concretos del proyecto que se pretende abordar.

No es necesario convocar a la ciudadanía todos los días a manifestarse en apoyo de ese proyecto pero sí lo es mantener una relación de información y conocimiento que la mantenga como sujeto activo y protagonista del cambio, al tiempo que contrapesa el desequilibrio de fuerzas que la presión de los aparatos del régimen y los medios de la oligarquía desarrollan de forma continuada en contra de Podemos.

Todos los actores políticos deben sentir esa presencia pero especialmente aquellos que se estén planteando un gobierno para el cambio. De la misma forma que todos los días somos advertidos de las consecuencias que la formación de un gobierno en el que estuviera Podemos tendría en términos de (des)confianza de los mercados financieros, deberían estos actores políticos conocer de las urgencias que tienen los sectores más castigados de la sociedad para encontrar alguna solución siquiera fuera paliativa a su adversa situación.

Es posible liberar las cargas hipotecarias de las familias más humildes, es posible recuperar el flujo de ayudas a los dependientes más desprotegidos, es posible iniciar un plan de choque para crear empleo para los parados de larga duración o mayores de 45 años. Pero para ello necesitamos liberar, o como poco aflojar, el corsé de la ley de Estabilidad Presupuestaria y negociar con Bruselas un aplazamiento de los objetivos de déficit/3.

Ese es el programa de un gobierno para el cambio, un programa que debería cumplir básicamente dos grandes tareas:

1) La primera, remediar lo más posible la adversa situación del sector más castigado de las clases subalternas y acabar con su marginación y exclusión social. Es un deber de justicia y de igualdad sin cumplir el cual no es posible abordar en serio tareas de profundización democrática. Y es una política cautelar que toma nota de las experiencias que se están viviendo en algunos países de Europa en los que la desesperación de estas capas las convierte en candidatas a engrosar las filas de la reacción neofascista.

2) La segunda, a partir de la verificación del principio de que “la lucha retribuye”, infundir en el seno de los sectores populares la esperanza y la ilusión en la posibilidad de un cambio más sustancial en sus condiciones de vida que les permita desempeñar un papel decisivo en la empresa constituyente que exige la aspiración democrática.

Que se trata de un programa para la consolidación de lo adquirido y la acumulación de fuerzas para un postrer empeño en la profundización de la democracia y los derechos sociales parece una declaración innecesaria acerca de los objetivos políticos que debiera tener este gobierno.

No es posible ser indiferente respecto a la constitución de este gobierno. El acuerdo de investidura, si lo hay, no puede consumarse sólo en los despachos o en los pasillos del Congreso. Debe vivir también y sobre todo en la expresión social de la esperanza popular, es preciso imaginar ocasiones, continentes que hagan posible el encuentro de tales esperanzas/3.

A pesar de todo, necesitamos un gobierno para el cambio.

José Errejón es funcionario

Notas:

1/ Para la indagación de los entresijos de la historia queda saber si ha sido la decisión del monarca no hacer un segundo encargo a Rajoy o, por el contario, habría sido este quien hubiera declinado la invitación, sabedor de la imposibilidad de encontrar apoyos para su candidatura y deseoso de concurrir de nuevo a las elecciones para, recuperando un caudal significativo de votos perdidos por su “izquierda”, recuperar la confianza de su electorado y, con ella, las riendas indiscutidas de su partido, poco dado a los liderazgos discutidos.

2/ Y, por consiguiente, obligado a enfrentarse con ambos “actores”

3/ Obsérvese que no se menciona la verdadera llave que podría abrir el paso a una política de recuperación económica: la derogación del actual artículo 135 de la Constitución. El poder de veto del PP en el Senado hace inviable, por el momento, tal pretensión. Incluso la modificación propuesta, en el artículo 15,6 de la citada ley, habrá que pelearla con el equipo negociador del PSOE, cuya composición no permite excesivas alegrías.

4/ Una buena muestra de esa intención la da el Manifiesto “No más PP. Entenderos, queremos respirar”, impulsado por la revista Transversales http://www.trasversales.net



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