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Túnes. Cinco años de la "primavera árabe"
¿Retorno a la "normalidad"?
25/01/2016 | Santiago Alba Rico

[Cuando se cumplen cinco años tras la revolución del 14 de enero en Túnez, traemos a nuestras páginas dos artículos de Santiago Alba Rico, para situar el punto en el que se encuentra el proceso, tunecino y regional. Redacción]

Cinco años después de que el 14 de enero de 2011 el pueblo tunecino derrocase al dictador Ben Ali, la contagiosa y multitudinaria intifada regional que, desde Marruecos a Arabia Saudí, tumbó o amenazó las tiranías árabes en nombre de la libertad política y la justicia social ha dejado paso a una versión extrema de la “normalidad” anterior: se mantienen o regresan las dictaduras, se multiplican los frentes de guerra y las intervenciones extranjeras y el malestar generalizado es reconducido hacia el sectarismo religioso y el yihadismo radical. Sólo Túnez parece resistir, como “excepción democrática”, gracias a un extravagante acuerdo entre el antiguo régimen y el islamismo moderado que, si estabiliza las instituciones, limita los logros revolucionarios y las libertades constitucionales y deja fuera a los sectores más desfavorecidos.

El contexto

Para explicar este violento retroceso a la “normalidad” es necesario citar rápidamente tres factores. El primero es, sin duda, la política errática e hipócrita de Europa y EE UU. Interviniendo militarmente en Libia, abandonando a los sirios, dejando a sus aliados más reaccionarios en la zona imponer sus propias agendas, abrieron la caja de los truenos del sectarismo religioso que, no lo olvidemos, tiene su origen en la invasión criminal de Iraq en 2003 y en la nefasta gestión del gobierno tutelado (chií y proiraní) de Al-Maliki. La coalición actual de 64 países contra el ISIS y los bombardeos sobre Siria e Iraq expresan la impotencia occidental y su desprecio geotáctico por la democracia y el desarrollo de la región.

Tenemos luego un doble conflicto regional entre subpotencias imperialistas. Por un lado, el que enfrenta a Arabia Saudí (junto a Emiratos y Egipto) con Qatar y Turquía. Este conflicto entre países de religión suní demuestra, como explica bien Olga Rodríguez, que el sectarismo inducido ni es la causa ni sirve para entender todo lo que ocurre en la zona. En todo caso, este enfrentamiento, que paralizó y secuestró a la oposición oficial siria, que determinó el golpe de Estado de Sisi contra los Hermanos Musulmanes y que sigue impidiendo la “reconciliación” en Libia entre los gobiernos de Toubrouk y Trípoli, ha quedado más o menos difuminado en el marco del otro conflicto, en este caso entre Arabia Saudí e Irán, cuyos campos de batalla son Bahrein, Yemen, Líbano y Siria y en el que, de forma indirecta, juega también un papel importante Israel. La política belicosa, represiva y sectaria del rey Salmán, que trata de impedir el acercamiento de EE UU a Teherán, tiene como objetivo la formación de un frente suní y como consecuencia el debilitamiento de las posibilidades de un acuerdo en Siria. El perdedor del primer conflicto es Turquía, lo que explica la deriva autoritaria del gobierno de Erdogan, cuyas primeras víctimas son los kurdos. El perdedor del segundo conflicto es EE UU, cada vez más fuera de juego, y sus víctimas son los civiles yemeníes y sirios, atrapados en una guerra sin fin.

El tercer factor tiene que ver con el reordenamiento del (des)orden global. La “retirada” relativa de EE UU del Próximo Oriente, más atento a China en el Pacífico, ha propiciado la entrada catastrófica de la Rusia de Putin, sin cuyo apoyo, venta de armas e intervención militar directa, la criminal dictadura siria habría caído hace ya años. Si en Libia, con la intervención occidental, se torció la “primavera árabe”, en Siria, con la intervención rusa (e iraní) quedó varada y luego enterrada. Las decenas de víctimas civiles de sus bombardeos en zonas rebeldes debe recordarnos que, al igual que en el caso de EE UU, la UE, Arabia Saudí o Turquía, Rusia no tiene el menor interés real en combatir el yihadismo.

En este sentido el ISIS, reverso tenebroso de una revolución popular derrotada y comodín de todas las fuerzas enfrentadas sobre el terreno, no ha hecho más que aprovechar el caos inducido por los factores y conflictos arriba señalados. Será muy difícil acabar con el yihadismo sin el concurso de la ciudadanía de la región, los únicos que realmente se oponen a ellos (pensemos en los kurdos o en el ELS); y será muy difícil poner de acuerdo a la población local si todas las potencias están de acuerdo en alimentar el sectarismo e impedir la democratización del ”mundo árabe”. En 2011 se perdió una gran oportunidad, pero tiene razón el analista libanés Gilbert Achcar cuando recuerda que todas las causas económicas, políticas y sociales que levantaron a los pueblos hace cinco años siguen vivas y agravadas. Falta el sujeto colectivo que, sólo embrionario y enseguida abortado, estuvo a punto de acabar al mismo tiempo con las dictaduras, las intervenciones neocoloniales y el islamismo radical wahabí. Y que, además, fecundó el movimiento global por la democracia y contra el capitalismo. No los olvidemos, no los despreciemos, rindamos homenaje a sus héroes y sus víctimas y ayudémoslos, sin bombardeos ni islamofobia, a recobrar el aliento.

17/01/2016

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=207943

Fuente original: http://www.berria.eus/paperekoa/2010/005/001/2016-01-17/normaltasuna_itzuli_al_da.htm

La ‘excepción’ tunecina

Si queremos entender la situación de Túnez cinco años después de la revolución del 14 de enero, conviene orillar la celebración oficial en el palacio de Cartago, donde el presidente más viejo del planeta arremetió contra sus oponentes políticos, muchos de los cuales habían boicoteado la gala, y retroceder unos días, al fin de semana del 9 y 10 de este mes, cuando el partido Nidé Tunis, cabeza del Gobierno, celebró su congreso fundacional tantas veces aplazado. Nidé Tunis, partido apañado a toda prisa en 2013 para desalojar a Ennahda del poder, se ha fundado oficialmente al mismo tiempo que se ha hecho pedazos.

Un poquito antes del congreso, el ala “izquierda” de una organización concebida para reciclar al antiguo régimen abandonaba las siglas con la intención de formar un nuevo partido; inmediatamente después algunos dirigentes descontentos con el resultado dimi­tían y constituían una corriente disidente. ¿La causa? La insistencia de Beji Caid Essebsi, presidente de la República, en imponer a su hijo Hafedh como secretario general. ¿El resultado? El grupo parlamentario de Nidé Tunis pierde la mayoría en favor de Ennahda, siempre compacto y disciplinado, mientras que el partido de Essebsi, abandonado incluso por los intelectuales que lo apoyaron contra Marzouki en las últimas elecciones, se parece cada vez más, en composición y espíritu, al RCD del dictador Ben Ali.

La ‘excepción’ tunecina tiene muchas excepciones por las que se cuela la vieja normalidad de la dictadura. Si empezamos por la economía, nada ha cambiado respecto de la época de Ben Ali, con una dependencia estricta de la inversión extranjera y del turismo barato y un presupuesto atornillado en torno al pago de la deuda. Según el Comité por la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo (CADTM), el 82 % de los nuevos créditos concedidos por el Banco Mundial y el FMI se han destinado a pagar los intereses de la deuda contraída por Ben Ali, ilegítima u odiosa, de manera que en los últimos cinco años la deuda externa tunecina se ha duplicado, pasando de 11 500 millones de euros a más de 22 000 millones.

En medio de la crisis global, con el sector turístico paralizado por la amenaza terrorista y la industria del fosfato varada en el marasmo, el sector informal representa el 54 % de la economía, el 50 % de la misma sigue en poder de un puñado de familias y no han dejado de aumentar la inflación y el paro, que en algunas regiones alcanza el 40 % de la población y afecta sobre todo a los más jóvenes. Con estos datos, no puede extrañar que, según el Foro por los Derechos Económicos y Sociales, en 2015 hubiera 4 288 protestas sociales y 498 suicidios o tentativas de suicidio. Ni que, según la organización Homeland, 6 000 jóvenes tunecinos se hayan incorporado a las filas del Estado Islámico en Siria.

Pero es que, en relación con las libertades civiles, se retrocede más que se avanza. La lista es larga: presiones a periodistas, detenciones arbitrarias, retorno de la tortura, excesos en la aplicación y en la gestión del estado de emergencia, uso del artículo 52 del viejo Código Penal para procesar a activistas por consumo de hachís o de la Ley 230 para meter en la cárcel a jóvenes acusados de homosexualidad. Todos estos abusos han sido denunciados por el Observatorio de la Libertad de Prensa, la Liga Tunecina de Derechos Humanos e incluso Amnistía Internacional.

A esto se suma el abandono de los mártires y heridos de la revolución, el desprecio por la Justicia Transicional y sus precarias instituciones, la rehabilitación discreta u oficial (pensemos en el proyecto de ley en favor de la “reconciliación”) de políticos y empresarios del antiguo régimen y, en general, la suspensión de hecho de una Constitución, la más laica y liberal del mundo árabe, que nunca ha llegado a entrar en vigor. La permanente alerta antiterrorista sirve de pretexto para “congelar” las reivindicaciones de 2011 en nombre de la seguridad, tal y como la presidenta de la UTICA (la patronal tunecina), flamante premio Nobel de la Paz, justificaba hace unos días: “Si es necesario ser más severos desde el punto de vista de las libertades para garantizar la seguridad, creo que es necesario escoger esta opción”.

En plena crisis política y económica, con las causas sociales y políticas de la intifada de 2011 aún vivas y a menudo agudizadas, ¿se puede hablar de una “excepción tunecina”? Sí y por tres motivos. El primero, por contraste, tiene que ver con la situación regional, dominada por el caos, la guerra civil y el retorno desnudo de las tiranías y del yihadismo terrorista. Si uno piensa en Libia o en Egipto, o incluso en la Argelia represiva y en transición, y en la fragilidad explosiva de las fronteras, es casi un milagro que Túnez conserve un mínimo de estabilidad y –aún más– una institucionalidad formalmente democrática.

El segundo motivo atañe precisamente a esa institucionalidad. Como bien recuerda Gilbert Naccache, el conocido intelectual de izquierdas encarcelado bajo Bourguiba, la revolución no ha alcanzado sus objetivos pero sí ha introducido dos rupturas en Túnez: una con la lógica del partido único, la otra –inseparable– con la lógica del pensamiento único.

Ruptura histórica

La tercera excepción es, a mi juicio, la más importante, pues marca una ruptura histórica y regional decisiva. Volvamos al principio. En el congreso fundacional de Nidé Tunis hubo muchos indicios de restauración: entre otros la presencia de Caid Essebsi, presidente de la República, al que la Constitución prohíbe cualquier alineamiento partidista. Pero hubo también una presencia “escandalosa”: la de Rachid Ghannouchi, invitado al encuentro, cuyo partido, el islamista Ennahda, mantiene dos ministros en el Gobierno.

Esta alianza entre la derecha laica y la derecha islamista, para muchos contra natura, deja fuera de juego a los sectores más desfavorecidos y a los jóvenes revolucionarios de 2011, pero marca una excepción radical respecto de la lógica de las dictaduras árabes, todas las cuales habían basado y basan su legitimidad (pensemos en Egipto) en la persecución del islam político. Esta coalición (entre los fulul del ancien régime y los islamistas perseguidos por él) es sin duda el modelo que la UE y EE UU querían para la región y el que apoyan en Túnez. Podrá no gustarnos, pero es en realidad una buena noticia. Sin la integración política del islamismo nunca los pueblos de la región podrán liberarse de las dictaduras que dicen combatirlo ni del propio islamismo que se legitima contra ellas. Combatamos la “normalidad” tunecina; cuidemos su “excepción”.

20/01/2016

http://www.diagonalperiodico.net/global/29098-tunez-normalidad-y-excepcion.html



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