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Cuba
Los empresarios de la nueva Cuba
23/01/2016 | Jon Lee Anderson

No hace mucho tiempo, una noche en un nuevo restaurante de La Habana llamado VIP, el dueño, un catalán de pelo blanco llamado Jordi, estaba especulando acerca de lo que podría ser la vida en Cuba tras la reconciliación con Estados Unidos. “Ven, deja que te enseñe”, dijo confiadamente, en lo alto de un gran espacio al aire libre entre la casa de un vecino y la suya propia, una villa del siglo XVIII construida por un marqués español. Gesticulando con las manos, Jordi indicó donde estaba construyendo un bar al aire libre y un restaurante, una bodega de vinos y una “zona de relax” (chill-out area). “Va a ser un club para amigos”, dijo Jordi. “Amigos con dinero”.

En el interior, Hugo Cancio, uno de los amigos de Jordi en la nueva élite transnacional, se sentó a una mesa del rincón. Cancio, un hombre de negocios cubanoamericano, vive en Miami, pero viaja a La Habana con tanta frecuencia que el VIP le ha dado a su plato favorito su nombre: la Paella de don Hugo. Cancio tiene 51 años, es alto, de figura atlética y andar ágil. Estaba acompañado por su hija Christy, que acababa de terminar sus estudios universitarios en EE UU. Su mesa se encontraba en un rincón de un bar con una docena de mesas ocupadas por personas vestidas elegantemente y con una pantalla enorme en la que se proyectaba sin cesar “Tiempos Modernos”, de Chaplin. Cancio me mostró en su iPhone 6 una foto que se habían hecho ese mismo día él y Christy con Conan O’Brien [presentador de la TV NBC], que se encontraba en La Habana para grabar su espectáculo. O’Brien les había invitado a juntarse con él en El Aljibe, un restaurante al aire libre que es popular entre los diplomáticos y la vieja nomenclatura cubana. “¿Qué cree usted?”, me preguntó, sonriendo, Cancio. “Cuba está cambiando, tío.”

En diciembre pasado, tras cinco decenios de enemistad y guerra fría y dieciocho meses de negociaciones secretas, EE UU y Cuba anunciaron que habían llegado a un acuerdo para normalizar las relaciones. Una reconciliación que ha tardado tanto tiempo en llegar que las generaciones más jóvenes, sin mucha memoria de las invasiones, los embargos y la amenaza de destrucción nuclear, apenas conoce las razones de la animadversión tan arraigada en la política de ambos países. Cancio es una víctima, como muchos otros, de todo lo que precedió a este acuerdo. Salió de Cuba con el traumático éxodo de Mariel de 1980, junto a 120 000 cubanos, a Estados Unidos. Treinta y cinco años más tarde se mueve libremente entre Cuba y EE UU, como director ejecutivo de un conglomerado de empresas llamado Fuego Enterprises. Tras pasar años cultivando relaciones en ambos países, se ha convertido en un intermediario solicitado por el creciente número de estadounidenses –inversores, políticos, celebridades– que van a Cuba. Le gusta hablar de sus encuentros privados con Sting o con Paris Hilton. Cuando, recientemente, Google visitó La Habana, acudió a su despacho una delegación para hablar de la situación local. En febrero, Cancio habló en una reunión de políticos conservadores en Washington, y en abril se dirigió en Nueva York a la audiencia en una conferencia sobre Cuba organizada por la Escuela de Negocios Wharton.

Evidentemente, Cancio es cubano, pero también es un hombre de férrea disciplina estadounidense. Cada mañana medita y hace cien flexiones. Últimamente, su libro de cabecera es Hard choices, de Hillary Clinton y un volumen de Deepak Chopra [médico, escritor y conferenciante indio]. En 2012 lanzó OnCuba, una revista bimestral que contiene anuncios, perfiles de artistas y músicos, y artículos sobre destinos turísticos, a la que el año pasado sumó una revista trimestral de arte, dirigida a coleccionistas e inversores, y un suplemento inmobiliario. Cancio tiene ambiciosos planes para expandir Fuego Enterprises. En 2010, después de que Raúl Castro anunciara amplias reformas para abrir la economía de la isla, permitiendo que más cubanos tuvieran sus propios negocios –el llamado cuentapropismo– y pudieran comprar y vender propiedades, Cancio reunió a un equipo para evaluar las posibilidades de inversión. Él y sus socios decidieron centrarse en los medios de comunicación y entretenimiento, y luego pasar a los bienes raíces, el turismo y las telecomunicaciones. “Nuestro objetivo era establecernos rápidamente, así que cuando el mercado se abrió, fuimos de los primeros en establecernos”, dijo.

Hasta el momento, Fuego Enterprises se distingue más por su potencial que por sus activos. Thomas Herzfeld, uno de los principales inversores más grandes de Fuego Enterprises que gestiona el Herzfeld Caribbean Basin Fund, dijo: “Si nos fijamos en los datos financieros de la empresa, se trata de una inversión muy especulativa y no hay mucho para emocionarse. Pero si nos fijamos en Hugo, hay mucho para emocionarse. Es un experto en Cuba, muy respetado allí y se preocupa por Cuba y su pueblo.”

Cancio me dijo que probablemente tomará de tres a cinco años el ver un cambio real en Cuba. Mientras tanto, la isla, al igual que cualquier otro país que se somete a una transformación radical, no es un lugar muy seguro para hacer negocios. En los últimos decenios, empresas de Europa y Canadá han invertido en Cuba con resultados desiguales; muchas ofertas se cancelaron, porque los inversores estaban decepcionados con los resultados o frustrados por las exigencias que comporta con el gobierno de Castro. En unos pocos casos, empresarios extranjeros fueron bruscamente encarcelados con vagas acusaciones de corrupción y sus empresas incautadas. Ariel Machado, socio de Cancio, también cubano, bromea sobre pesadillas que tiene, en las que una difusa sombra rival le llega a cortar la mano con un machete.

Cancio ofrece una visión positiva de toda esta complejidad. Afirma que “ama la incertidumbre”, y tiene fe en el liderazgo de ambos países: “Admiro al presidente Obama. Y siempre he admirado a Fidel Castro. Yo lo utilizo como ejemplo cuando me invade el desaliento, lo que no sucede a menudo, porque se trata de un hombre que tenía una idea y convenció a otras ochenta personas para hacer frente a un ejército de 50 000, y para cruzar un océano para hacerlo. Así que cuando la gente me dice que no se puede abrir un medio de comunicación en Cuba digo, bueno, Fidel hizo su revolución.”

Para el visitante, La Habana se parece mucho a lo que ha sido durante decenios –gente desocupada, viejos edificios–, pero ha habido una explosión de pequeñas empresas privadas y, con ellas, bolsillos que fomentan la prosperidad. Por primera vez desde los años sesenta, cuando Castro declaró la “ofensiva revolucionaria” para “eliminar todas las manifestaciones de comercio privado”, a los cubanos se les permite hacerse cargo de sus vidas materiales. La gente está mejor vestida; hay más coches en la carretera; y en todas partes hay nuevos restaurantes, bares y pensiones, en las que los cubanos alquilan habitaciones a los visitantes extranjeros. A principios de abril, Airbnb [mercado de alquiler de viviendas o habitaciones por Internet] anunció el lanzamiento de las operadoras cubanas; a finales de mes, el gobernador Andrew Cuomo voló en un avión lleno de ejecutivos de negocios de Nueva York para una cumbre comercial, y una delegación de buena voluntad de la NBA [liga de baloncesto estadounidense] estableció campos de entrenamiento para los atletas cubanos. El 5 de mayo, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos levantó las restricciones a los servicios de transbordador de Florida; el mismo día, Jet Blue dijo que proyectaba comenzar a volar entre La Habana y Nueva York.

El turismo ha aumentado casi un 20 % este año, y en los vestíbulos de los hoteles de La Habana cantan “Guantanamera” y odas al Che Guevara; autobuses y viejos Chevys pintados con colores chillones transportan turistas a lo largo y ancho de la ciudad: europeos, canadienses, brasileños…; una mañana vi a un grupo de turistas chinos ancianos vestidos con ropa de safari explorando los terrenos de Finca Vigía, la casa de Hemingway. También hay, cada vez más, estadounidenses; en su mayoría de sesenta y tantos años, de “visita cultural”, pero también estudiantes universitarios y “gente moderna” de Nueva York y Los Ángeles. La gente en La Habana bromea acerca de que el elemento de moda para una salida nocturna es un amigo estadounidense. El puerto de la ciudad está siendo reformado para dar cabida a cruceros de EE UU. La nueva agencia de viajes de Cancio, OnCuba Viajes, ofrece visitas guiadas a los estadounidenses con el lema “¡Sé el primero en presenciar el surgimiento de la libre empresa en Cuba!”

La vida nocturna de La Habana, en tiempos moribunda, ha revivido. En una antigua fábrica de aceite de cacahuete, la Fábrica de Arte Cubano acoge bailarines, cineastas, pintores, fotógrafos y músicos. Al otro lado de la ciudad, el Cabaret Las Vegas cuenta con un espectáculo travestí. La Habana, durante mucho tiempo un páramo culinario al estilo soviético, es ahora un buen lugar para salir y encontrar comida española, italiana, iraní, turca, sueca o china, en restaurantes frecuentados por extranjeros y, también, por los cubanos con dinero, esos que uno de los jóvenes periodistas de Cancio, Carlos Manuel Álvarez, califica de “especímenes que cabalgan a medio camino entre la férrea moral socialista de Cuba y cierto consumismo tras la realineación de la Habana.”

La primavera pasada, un día que circulaba por la ciudad en un taxi, nos adelantó un reluciente BMW negro y en el cruce siguiente, un policía saludó al conductor de forma deferente. Hasta hace poco, los únicos ricos cubanos conocidos eran un puñado de músicos y atletas que, debido a un trato especial del gobierno destinado a disuadirlos de irse, se les permitió mantener sus ganancias en el extranjero. Aun así, eran poco ostentosos. Y si compraban coches, eran Peugeot o Hyundai. El taxista me explicó que el propietario del BMW era probablemente un “artista”. Otro músico cubano, me dijo con tristeza, poseía un Ferrari.

Oficialmente, los cambios de Cuba están destinados a lograr “más socialismo”, pero pocos cubanos parecen creerlo. “No solo estamos haciendo la paz con los estadounidenses”, como me dijo un alto funcionario cubano. “Estamos cambiando todo. Pero ni siquiera los que estamos involucrados en el proceso sabemos todavía lo que eso significa”. Cuba parece destinada a un proceso similar al de Vietnam y China: Estados comunistas híbridos en los que los ciudadanos disfrutan de ciertas libertades políticas y de una libertad económica significativa.

Cubanos como Cancio han comprendido que los sentimientos de animadversión no llevan a ninguna parte. Un día, una imprevista manifestación bloqueó el túnel de la carretera al final del Malecón, cornisa costera de La Habana. Varias docenas de las Damas de Blanco –familiares de presos disidentes– se manifestaban esgrimiendo flores y fotos de sus seres queridos y gritando, “¡Abajo la dictadura!” A los diez minutos, la policía había despejado el lugar trasladando en autobuses a las Damas de Blanco. Todo lo que quedó fue un extraño grupo de civiles, gritando consignas leales, y algunos policías observándolos. Todo en la ciudad, incluso los cambios, arraiga, y hay una aceptación resignada de la persistencia del mundo de la revolución y de sus errores. Cuando le pregunté a Cancio lo que significaba ser un “marielito”, citó un discurso de Castro durante la crisis, en la que repudió a los cubanos que habían optado por abandonar el país: “No les queremos y no les necesitamos.” Cancio se encogió de hombros, sonrió y dijo: “Bueno, aquí estoy.”

La base de Hugo Cancio en La Habana –su oficina y apartamento– ocupa el noveno piso de un edificio de los años cincuenta, de gran altura y con vistas al Malecón. El edificio conserva un ambiente casi oficial, un remanente de los años en que toda empresa cubana estaba dirigida por el gobierno. Este albergó una vez la sala de operaciones para la Batalla de las Ideas de Fidel, una campaña para reavivar el fervor revolucionario, que ha sido reemplazado por los cambios de Raúl. En el vestíbulo vigilan un par de conserjes bruscos, y un ascensorista se sienta todo el día, en silencio, a apretar los botones. La oficina de OnCuba cuenta con un salón elegante, cuyas paredes de color gris y blanco están decoradas con letras del músico cubano Silvio Rodríguez. Una de ellas dice: “Yo he preferido hablar de cosas imposibles porque de lo posible se sabe demasiado” [letra de Resumen de noticias]. En tres despachos, una media docena de jóvenes cubanos se sientan ante blancas mesas de trabajo con grandes ordenadores de Apple.

Aunque las oficinas se encuentran en La Habana, OnCuba no se distribuye oficialmente allí; Cancio está acreditado por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba como representante de prensa extranjera. OnCuba se imprime en EE UU, se distribuye en los vuelos chárter entre Florida y Cuba, y se vende en los supermercados, librerías y quioscos estadounidenses. Hay historias sobre conductores de rickshaw, patinadores, bailarinas y la Bienal de Arte de este verano. La revista evita la política, pero hace propaganda de la floreciente relación entre EE UU y Cuba. El año pasado, Joe García, un congresista cubanoamericano de Florida, generó controversia cuando señaló que podría estar a favor de poner fin al embargo comercial contra Cuba. Cancio le sacó en portada.

Los cubanos siempre han mostrado una gran iniciativa en la búsqueda de alternativas a las noticias patrocinadas por el gobierno anodino. Desde hace años, ingenieros pluriempleados instalan antenas parabólicas en los hogares para ver los programas de televisión prohibidos. La Bola, emisora informal, transmite noticias en la isla mucho antes de que lo haga la prensa estatal. La última innovación es El paquete, un paquete electrónico de noticias y entretenimiento semanal, almacenado en una memoria USB y entregado por mensajeros en motocicletas. Hace unos meses, Cancio dedicó un reportaje al tema, y los reporteros encontraron que El paquete era efectivamente la empresa privada más grande de la isla: emplea a cuarenta y cinco mil cubanos, genera un millón y medio de dólares a la semana y llega a cinco millones de personas, casi la mitad de la población de Cuba. Tras el informe, Cancio negoció con la dirección de El paquete incluir OnCuba en el mismo.

El sitio web de la revista también llega a muchos cubanos, así como a acólitos del gobierno, y es ahí donde de vez en cuando se mete en problemas. Para dirigir el equipo de investigación, Cancio contrató a un periodista uruguayo llamado Fernando Ravsberg, que trabajó para la BBC en Cuba durante dos decenios. El verano pasado, sus reporteros comenzaron cubriendo sectores de la ciudad en que las autoridades no recogían regularmente basura. En un vertedero de las afueras, los periodistas descubrieron un campamento fétido, donde carroñeros rastrillaban en la basura para buscar artículos para vender. En Cuba, donde el gobierno siempre se ha jactado de su sistema de bienestar social, lugares como esos impactan. “Contamos la historia de la basura”, nos dijo Ravsberg, “y después, mira que llega la televisión estatal e informa sobre ello.”

OnCuba informa sobre el malestar social como lo haría cualquier periódico local de propaganda en EE UU: lo suficiente como para irritar a las autoridades, pero no tanto como para ser considerado subversivo. Ravsberg advirtió a sus reporteros que no exageraran las vidas miserables de los carroñeros. “Son jóvenes y, naturalmente, estaban afectados por eso, así que tuve que hacerles entender que había que ponerlo en el contexto adecuado”, explicó. “¿Qué país de América Latina no tiene personas que viven en la basura?” Un día encontré a Cancio en la oficina hablando con un editor sobre una fotografía que quería eliminar del sitio web. Cancio me dijo que la fotografía mostraba a un poeta que una vez había sido censurado por el Partido. “La persona de esa foto ni siquiera es citada en el artículo. Creo que ni siquiera sabían quién era el poeta. Así que mi pregunta fue: ‘¿Cuál es el propósito de la foto, ¿qué aporta?’”. Cuando le pregunté a Cancio por su papel como censor, dio una explicación retorcida: “El objetivo de nuestro proyecto no es herir los sentimientos de nadie. Se trata de unir, encontrar puntos comunes de intercambio, educar, cambiar los corazones y las mentes. Queremos ser fieles a la verdad y un periodismo nuevo y digno para el país, pero, si podemos evitar herir sensibilidades innecesariamente, debemos hacerlo.” Sin embargo, agregó, había contratado a jóvenes que no hubieran sido “contaminados por paradigmas e ideologías que pueden llevar a la incomprensión. Quiero rodearme de personas que aman a su país incondicionalmente, pero que no están vinculados a las ideas viejas y obsoletas”.

Cancio nació en 1964, cinco años después de que Fidel Castro tomase el poder, en una familia de artistas. Su padre, Miguel Cancio, fundó la popular banda de los sesenta Los Zafiros, junto con uno de los siete hermanos de su madre, la mayoría de los cuales eran también cantantes y músicos. Los Zafiros se inspiraban en la doop-wop (armoniosa música de los años cincuenta) de los Platters, pero también incorporaron influencias de la música cubana y la bossa nova. (El éxito de la banda, “He venido”, fue recuperada en Breaking Bad, interpretada de forma encantadora cuando la caravana de Walter White es destruida por una excavadora.) Con sus padres a menudo ausentes, de gira, Cancio estuvo al cuidado de su abuela. Y aunque mostró talento como percusionista, la vida bohemia de su familia le abatió. Recuerda despertarse para ir a la escuela y encontrar la sala de estar llena de músicos borrachos y volver a casa por la tarde para encontrarse aún con algunos de ellos allí, durmiendo. “En ese momento decidí que no quería ser músico”, dijo.

En su lugar, Cancio quería ser médico, como su abuelo, y obtuvo calificaciones suficientes para asistir a un colegio interno en la provincia de Matanzas. Entonces, una noche, cuando tenía dieciséis años, fue atrapado contando un chiste prohibido a otros estudiantes en las literas compartidas. Cancio recuerda que fue uno de los chistes de Pepito, basado en un personaje cubano, un chico arrogante que se burla de todo el mundo: “Un día, Fidel pide a sus guardaespaldas que le lleven a Pepito para contarle chistes; quería reír. Así que sus guardaespaldas van a la casa de Pepito. Pepito se estaba despertando y no quería ir, porque todavía no había desayunado, pero finalmente fue. Cuando llegó a casa de Fidel, Fidel dijo que Pepito podía pedir lo que quisiera. Así que Pepito pide un desayuno opíparo. Mientras comía, Fidel le dice, ‘Pepito, quiero que sepas que pronto todos los hijos de Cuba van a comer un desayuno como el que has tenido hoy.’ Pepito le dice a Fidel, ‘¿Me has traído aquí para que te cuente cuentos o para que me los cuentes tú?’”

Cancio y sus amigos fueron llevados ante las autoridades escolares y obligados a retractarse delante de sus compañeros, y se les dijo que estaban expulsados. “Dijeron que había traicionado la confianza de la revolución”, recordó Cancio. “A partir de ese momento, yo básicamente ya no tenía futuro en el país, y mi madre me dijo que íbamos a tener que partir.” En aquella época, prácticamente no había ninguna forma legal de salir de Cuba. Luego, en abril de 1980, el recinto de la embajada de Perú en La Habana fue invadido por miles de cubanos en busca asilo. Después de un enfrentamiento enconado, Castro anunció que todos los que deseaban dejar podría hacerlo desde el cercano puerto de Mariel, siempre y cuando tuvieran un barco para llevarlos. Como los cubanoamericanos se apresuraron a acudir a Mariel en yates para evacuar parientes, Fidel vio una oportunidad para deshacerse de los indeseables de Cuba: agentes de la Seguridad del Estado transportaron a miles de delincuentes de las cárceles de Cuba y reclusos de manicomios y los cargaron en barcos.

Mariel ofreció una salida inesperada para Cancio, junto con su madre y su hermana menor. Cancio recuerda: “Mi madre me dijo que para poder partir tendría que comparecer ante un tribunal y decir que era homosexual. Así que lo hice. Recuerdo que uno de los miembros me preguntó, ‘¿Es usted homosexual pasivo o activo?’” Riendo, Cancio añadió: “Yo no sabía lo que significaba eso, así que dije: ‘Las dos cosas’”. Cancio fue llevado a un centro de detención en La Habana, y luego a otro cercano a Mariel, un campamento para varones no acompañados, donde los futuros emigrantes esperaban junto con criminales recién liberados. Estaba asustado y preocupado por su madre y su hermana, de quien había sido separado por la fuerza. Después de unas semanas, fue instalado en un lujoso yate estadounidense. A medida que el barco se alejaba del puerto de Mariel, a Cancio le entró el pánico y trató de zambullirse al agua y nadar hasta la orilla, pero el capitán estadounidense lo calmó.

En Miami, Cancio se reunió con su madre y su hermana, que habían llegado en otro barco, y pasó varios días en el Orange Bowl, donde permanecieron los refugiados se mantuvieron hasta que sus familiares o los servicios sociales pudieran proporcionarles una vivienda. Cancio recuerda que vio su nuevo entorno como “un mundo de infinitas posibilidades”, una frase que todavía repite, como un eslogan. Después de unos meses, los Cancio obtuvieron un alojamiento permanente en el sur de Miami Beach, en un edificio de apartamentos art-déco destartalado entre la calle 4ª y la avenida Collins. Debido a los delincuentes que se embarcaron, los “marielitos” adquirieron muy pronto una malísima reputación en EE UU. En el remake de 1983 de “Scarface” [El precio del poder], de Brian de Palma, el vicioso narcotraficante Tony Montana es un “marielito”. Poco tiempo después de que Cancio y su familia se mudaran a Miami, otro “marielito” apuntó con un arma a él y a su hermana fuera del edificio en que vivían. La madre de Cancio, aterrorizada por la delincuencia en el barrio, prohibió salir sola a su hija.

Cancio se graduó en la Miami Beach High School y se puso a trabajar; primero como ayudante de camarero en un restaurante kosher [comida judía], después como guardia de seguridad, y luego vendiendo ropa en el mercadillo. Se tomó un respiro vendiendo coches en un concesionario de Mitsubishi, y al cabo de seis meses ya era el jefe de ventas. Se fue un concesionario de BMW, y de allí pasó a ser pionero de ventas de Hyundai en el sur de Florida. Una noche se encontró con una mujer joven, Marian, de origen portorriqueño. Comenzaron a vivir juntos y tuvieron una hija, Cherie, y luego Christy. A los veinticinco años, me dijo, “me había comprado mi primera casa, con piscina, y viví allí con mi familia.”

Un día, durante un viaje a las Islas Caimán, se encontró con un responsable cubano de turismo, quien le confió que Cuba y EE UU estaban a punto de autorizar “viajes de reunificación familiar”. Cancio regresó a Miami y abrió una agencia de viajes ofreciendo “Viajes a Cuba". También logró una licencia OFAC [Oficina de control de activos extranjeros], una exención del Departamento del Tesoro de EE UU para hacer negocios con Cuba. Cuando las visitas familiares fueron debidamente autorizadas, dice Cancio, su negocio estaba “listo para zarpar.” A pesar de su éxito en EE UU, Cancio estaba abrumado por la nostalgia de Cuba. En diciembre de 1993, él y su hermana volvieron a pasar la Navidad con la familia en Varadero. A Cancio se le llenaron los ojos de lágrimas llamando a las puertas de los familiares para sorprenderlos. En la casa de su familia se le acercaron a saludar amigos de la infancia, a excepción de uno que se había integrado en la Seguridad del Estado cubano. “Fui a su casa, a un par de calles, y le llamé”, dijo Cancio. “Pero él no salió.”

En abril de 1994, con la economía cubana sufriendo la pérdida de los subsidios soviéticos, el gobierno de Castro realizó una conferencia para promover la reconciliación con la comunidad exiliada en Florida. Fue un gran cambio de actitud. Castro había repudiado a los cubanos que salieron como “gusanos” y les había prohibido regresar a sus hogares; se había referido a la comunidad exilada de Florida como la mafia de Miami. Sin embargo, Cancio, que se califica a sí mismo de “ingenuo y políticamente fuera de onda en el tiempo”, se encontró en la lista de los cubanoamericanos que fueron invitados a la conferencia. Allí hizo una serie de contactos, entre ellos varios funcionarios bien situados que se han convertido en amigos.

En el último día, los asistentes hicieron fila, y uno a uno fueron presentados a Fidel Castro para un rápido apretón de manos y una fotografía. Como esperaba Cancio, me dijo, “pensé en toda la gente que quería matarlo, y luego me preocupé de que sus guardaespaldas pudieran leer mi mente. Pero yo no siento ningún odio o animadversión hacia él. Allí estaba: alto, de color rosado, con las manos largas y uñas largas. Lo vi llamar a la gente por su nombre. Cuando llegó mi turno, me preguntó cómo estaba mi padre. Había visto un documental sobre Los Zafiros.” Cancio vio el documental –un retrato de la decadencia de Los Zafiros, cuyos miembros habían sucumbido en su mayoría al alcohol–, y decidió hacer su propia película, centrándose en la época “cumbre del éxito, más que en su desintegración”. Logró el dinero, consiguió permiso para filmar en Cuba y convenció a su padre de que fuera su asesor jefe sobre el terreno. “La película me sumió en el mundo del espectáculo, el mundo de mi familia, pero como productor, no como actor”, dijo Cancio. “Zafiros, locura azul” se estrenó en 1997 en el Cine Payret, en La Habana Vieja, y ganó el Premio del Pueblo en el Festival de Cine de La Habana de ese año.

Sin embargo, cuando se presentó la película en Miami, los miembros anticastristas de la comunidad exiliada organizaron una manifestación enojados, y una mujer escupió en la cara de Cancio. “Me convirtió en un activista por ejercer mi derecho al intercambio cultural”, dijo. Empezó a traer una banda cubana diferente cada mes a Estados Unidos y formó una compañía para producir videos musicales. Fue una táctica sensata: durante décadas, la música había estado entre las exportaciones legales más populares de Cuba. Sin embargo, Cancio perdió mucho dinero en las giras, y sus relaciones con el régimen enfurecieron a los cubanos de Miami; recibió amenazas, y una bomba detonó en un club nocturno reservado para una de sus bandas. Pero la conexión cubana fue lucrativa en otros aspectos. Negoció un acuerdo entre Cayman Airways y la agencia oficial de viajes de Cuba, abriendo una vía para que los cubanoamericanos pudieran eludir la prohibición de viajar desde EE UU. Luego, en febrero de 1996, dos pequeños aviones pilotados por anticastristas exiliados que planeaban lanzar panfletos de propaganda sobre La Habana fueron derribados, matando a cuatro cubanoamericanos. El presidente Clinton firmó un nuevo paquete de sanciones estrictas que para Cancio representó una oportunidad. Mientras que la mayoría de las otras agencias de viajes orientadas a Cuba “dieron la espantada y se tuvieron que reinventar”, Cancio se hizo con sus clientes y los puso en los aviones que volaban a Cuba con escala en las Islas Caimán. “Hice un montón de dinero”, dijo.

Durante los años de Bush, las cosas se pusieron difíciles de nuevo: en 2003, en una ofensiva para que coincidiera con la invasión estadounidense de Irak, Castro arrestó a 75 disidentes, activistas de derechos humanos y periodistas, marcando el comienzo de un período conocido como la Primavera Negra. Después, Cancio escribió un artículo que condenó la represión y no se le permitió volver a Cuba durante un año. Enojado, se quedó fuera cuatro años más. Se concentró en la producción de música y la inversión en bienes raíces en Florida; también creó un grupo de presión, Cambio Cubano, para denunciar el embargo estadounidense.

Después de que Barack Obama asumiera el cargo y se rebajaran las tensiones entre Cuba y EE UU, la Sección de Intereses de Cuba en Washington contactó con Cancio, pidiéndole una copia de “Zafiros.” Fue una apertura. Cuando una hermanastra en Cuba cayó enferma, a Cancio se le concedió un visado de emergencia humanitaria para visitarla. Durante su estancia, cuenta Cancio, fue convocado a una reunión con los miembros del Comité Central del Partido Comunista. “Me dijeron que querían que reanudara mis actividades culturales en nombre de Cuba, y se disculparon” por no permitirme regresar. Cancio dijo que iba a criticar a Castro de nuevo si le parecía justificado. “Al mismo tiempo, les dije que nunca haría nada en contra de mi país.” Para el gobierno, Cancio era una figura atractiva: un capitalista cubanoamericano que también era un patriota, y no reacio a trabajar dentro de las limitaciones impuestas por el Partido, especialmente si su negocio recibía un impulso. Después de regresar a Miami, Cancio comenzó organizar conciertos de grupos cubanos populares en EE UU: Los Van Van, NG La Banda, Pablo Milanés. Contrató a Silvio Rodríguez para su primera gira en EE UU, incluyendo un concierto en el Carnegie Hall, donde se agotaron las entradas. “Hemos vendido entradas por valor de 1,8 millones dólares”, me dijo.

En 2011, el cardenal cubano Jaime Ortega dijo que Cancio había hablado con Raúl Castro y estaba convencido de que se avecinaba una transformación. “Me di cuenta de que mi país estaba cambiando enormemente”, dijo Cancio. “Decidí implicarme mucho más en EE UU para ayudar a buscar un cambio de política hacia Cuba.” También se reunió con funcionarios cubanos, y les dijo que “también necesitan ser más abiertos con los cubanos de Miami y no tratarnos como mierda de emigrantes”. En 2012, Cuba aprobó una nueva ley de inmigración que levantó las restricciones para viajar que venían de lejos; también autorizó a la gente cubana de Miami a visitar la isla sin un estigma manifiesto ni sanciones. “La retórica ha cambiado”, dijo Cancio. “Ya no se oye referirse a nosotros como la mafia de Miami. Empezamos a sentirnos más a gusto en nuestro país.” Y añadió: “Ellos saben que la mayoría de los nuevos negocios que se abren en Cuba se están haciendo con dinero de Miami.”

Gran parte de la inversión que entra en “la nueva Cuba” es opaca, pero en La Habana es fácil ver signos de dinero estadounidense: nuevos bares y restaurantes ostentosos, financiados por inversores de Miami y otros lugares. Desde 2009, Obama ha ido elevando los límites a las remesas, y por lo menos fluyen 2 000 millones de dólares al año hacia el país. Muchas de las viviendas que se compran y restauran en Cuba también se financian con dinero de Miami, ya sea con préstamos de los cubanoamericanos a sus familiares o con inversiones directas. La nueva ley de propiedad permite que solo los ciudadanos cubanos puedan comprar y vender bienes raíces, por lo que es un negocio en auge para los testaferros. Los cubanoamericanos tienen una ventaja, solo necesitan recuperar su nacionalidad cubana. Aparentemente, mucha gente lo hace, y también se aferran a su ciudadanía estadounidense. En La Habana conocí a un propietario de un exitoso club nocturno de Miami que está convirtiendo la antigua casa de su familia en un hotel de lujo. Vuela de regreso a Miami cada dos meses para traer dinero en efectivo de su banco de EE UU para pagar las obras.

El dueño del club me dijo que también hace la mayor parte de sus compras cuando vuelve a casa. A pesar del dinero nuevo, en muchos lugares los bienes de consumo todavía no están disponibles; La Habana sigue siendo un lugar difícil para comprar un destornillador Phillips o un par de zapatillas Nike. En Varadero me encontré con un amigo de Cancio que había salido con él de Mariel, hacía treinta y cinco años. Me explicó que vuela todos los meses a Miami, donde había trabajado durante años como camarero y como taxista, para recoger su cheque de la Seguridad Social. Regresó a La Habana con una bolsa de viaje repleta de artículos de consumo imposibles de encontrar en Cuba, algunos para vender: “Tres teléfonos móviles, diez Lycras, diez tubos de pasta dentífrica, diez vitaminas, diez Omega-8.” Entre los bienes que introduce de contrabando en Cuba y el ron y los cigarros que lleva a Miami, gana un extra de quinientos dólares al mes: lo suficiente para vivir, dijo.

Una tarde en Miami, Cancio me llevó a dar una vuelta en su BMW Serie 7 negro, entre la calle 4ª y la avenida Collins, donde el “marielito” les había apuntado con su arma de fuego a él y a su hermana. El barrio ha cambiado mucho, dijo. En South Point, con vistas a la vía fluvial, desde el océano hasta el puerto de Miami, señaló la torre más alta de apartamentos y me informó de que Tom Herzfeld, su respaldo en Fuego Enterprises, era propietario de un triple ático. Cancio quería una hamburguesa, así que se dirigió a Lincoln Road Mall, una zona comercial peatonal de lujo. Cancio llevaba una camiseta de diseño, pantalones vaqueros ajustados y mocasines Gucci. Llevaba un reloj de oro con letras distintivas góticas. “Es un Cuervo y Sobrinos, explicó, una extinta marca cubana que había sido recuperada por un relojero suizo, que compró la fábrica, en Lugano.” Mientras esperábamos la comida, Cancio jugueteó con su iPhone y atendió a una serie de correos electrónicos, textos y llamadas telefónicas. Un correo era de un prominente empresario cubano-estadounidense con vínculos con Google, que quería consultarle sobre la visita de sus empleados. Los mensajes llegaban de manera constante, siendo anunciado cada uno con un pitido. Cuando terminó sus patatas fritas, señaló una noticia del editor de Billboard.

Cuando los inversores potenciales visitan Cuba, Cancio les presenta a los residentes locales, así como a los empresarios. “Si usted quiere hacer negocios aquí, tiene que conocer a la gente y su cultura”, dijo. Las presentaciones más importantes son de funcionarios del gobierno, algunos de los cuales ejercen una considerable autoridad en la economía. Como intermediario, Cancio sabe que su éxito depende de que logre resultados tanto para EE UU como para Cuba, sin prejuicios. A él le gusta señalar que, con cada paso hacia el restablecimiento de las relaciones diplomáticas, las acciones de Fuego Enterprises se han revalorizado. Una gran empresa de relaciones públicas estadounidense firmó recientemente un contrato con Cancio para representar a clientes que están interesados en hacer negocios en Cuba.

Hasta el momento, los cambios más significativos de la legislación estadounidense relajan las restricciones sobre los viajes y las telecomunicaciones, y Fuego Enterprises se esfuerza por aprovecharlo. Posee MAS celular, una empresa de teléfonos de tarjeta con sede en Miami que ahora opera en Cuba, y Cancio también ha suscrito acuerdos exclusivos con dos empresas de telecomunicaciones de EE UU, de las que solo dijo que eran “de tamaño medio, con ingresos anuales de entre cinco y setecientos millones de dólares”. Dijo que “hemos estado haciendo un estudio sobre las oportunidades potenciales de negocio para ellos en el mercado cubano”.

En la época en que Fuego Enterprises lanzó su revista inmobiliaria, empezó a llevar a los turistas a Cuba, recibiendo visitas en las oficinas de OnCuba. En una de esas sesiones, Cancio habló con 25 estadounidenses en edad de jubilarse. Como los turistas –calzado cómodo, agua embotellada– le planteaban preguntas, les respondió con lo que curiosamente sonaba como un discurso de campaña política. “OnCuba es una forma de demostrar que Cuba está cambiando, un nuevo país, más tolerante, con defectos, sí, pero que está cambiando”, dijo. La nueva Cuba que dibujó ha sido “definida no solo por los hermanos Castro, o sus enemigos, o cualquier grupo en particular, sino por toda la familia cubana”.

Es poco probable que esa nueva Cuba llegue tan rápido como le gustaría a Cancio. Frank Mora, el director del centro de estudios latinoamericanos de la Universidad Internacional de Florida, y un ex secretario adjunto de Defensa del gobierno de Obama, me dijeron que los gobiernos de ambos lados están siendo frenados por la cautela y la resistencia interna. De Cuba, dijo, “el régimen se siente abrumado por el momento, y hay un elemento de improvisación, como siempre con los cubanos, de modo que van a ir muy despacio”. El modelo es Vietnam, no China, dijo. “Tienen miedo de la velocidad de la transición de China, y la plaza de Tiananmen es su pesadilla.” Mora indicó que no había certeza de que más capitalismo conduciría a una mayor democracia. “Creo que Obama está haciendo una apuesta que ayudará a que los cubanos sean los agentes de su propio cambio”, dijo. “Creo que Raúl está haciendo una apuesta que en última instancia fortalezca al Partido. Habrá personas que ganen más dinero, y algunos pueden traducir ese poder económico en un deseo de reforma política. Por otro lado, esas mismas personas pueden ayudar a poner freno [a las reformas] apoyando al régimen con el fin de proteger sus inversiones.”

A pesar del entusiasmo, la inversión estadounidense en Cuba sigue siendo más que nada hipotética. John Kavulich, presidente del Consejo Económico y Comercial Cuba-Estados Unidos, me dijo que “el número es cero”. Aunque Obama ha introducido algunas excepciones al embargo de EE UU, gran parte del mismo sigue en pie. Y su efecto se agrava en Cuba debido a lo que Kavulich califica de “embargo interno”. Como señala, puedes dar dinero a un familiar en Holguín para que abra un salón de belleza, pero tendrás que pedir una licencia a la burocracia local para importar champú.

Luis René Fernández Tabío, un economista que investiga para el gobierno, dijo que Cuba debe ser cautelosa. “Si se permite el mercado libre, no quedaría nada para los cubanos en setenta y dos horas”, dijo. “El desafío para nosotros es asegurarnos de que la población cubana entienda que el socialismo es el camino a conseguir la soberanía nacional de Cuba. Un socialismo próspero y sostenible.” Cuando Obama y Castro aparecieron en televisión para anunciar el restablecimiento de las relaciones, Obama se puso en pie y habló en detalle sobre el futuro que espera fomentar en Cuba. Raúl Castro, vestido con uniforme militar, permaneció sentado y habló de generalidades; una muestra de la ambivalencia que los cubanos no se equivocan al interpretar. Aunque su gobierno ha recibido muchas propuestas de empresas de Estados Unidos, apenas se ha comprometido con ninguna. El gobierno, que controla tres cuartas partes de la economía, está mucho más preocupado por la vigilancia policial que por el crecimiento. El abogado cubanoamericano Pedro Freyre, que representa a empresas interesadas en hacer negocios en Cuba, me dijo: “Si los cubanos fueran capaces de hacer marchar su economía de la misma forma que hacen marchar la Seguridad del Estado, entonces Cuba será el próximo Singapur”. Pero mientras los Castro vivan, todo dependerá de su capacidad para tratar con el gobierno.

Cuando le pregunté a Cancio sobre las dificultades de la negociación con el gobierno, se tomó mucho tiempo para responder: “Es, uh, no es un lugar cómodo para estar.” Unos días antes había sido convocado por los funcionarios para discutir de una queja. La reunión duró tres horas. “Vinieron todos con halagos como ‘nos encanta lo que haces’”, dijo. “‘No somos nosotros, sino un tipo en la burocracia que no entiende nada. Tú no quieres poner en peligro todo lo que has hecho por una nimiedad’”. Cancio explicó que había un grupo de línea dura dentro del Departamento de Orientación Revolucionaria que se le oponía. Su medio para atacarle era un pequeño grupo de periodistas cubanos, que lo llamaban “caballo de Troya de los estadounidenses”. Pero Ravsberg sugirió que Cancio también tenía aliados: “Cancio es atendido –lo que, más o menos, significa protegido– a muy alto nivel, por encima del Departamento Ideológico.” ¿Quién podría ser? “Técnicamente, la siguiente persona más importante es Díaz-Canel”. Miguel Díaz-Canel es el Vicepresidente, elegido para suceder a Raúl Castro cuando cese, en 2018. “Y luego está Raúl.”

Durante el almuerzo, Cancio dijo que si tenía un ángel de la guarda, no sabía quién era. “Siempre he pensado que no tengo ninguna influencia, sino que me están utilizando”, como una prueba de hasta qué punto pueden cambiar las cosas sin amenazar la autoridad del Partido. Cancio me dijo que recientemente un amigo cubano bien relacionado le había llamado para invitarle a su casa. “Me dijo: ‘Tengo algunos chicos aquí que están hablando de ti.’ Llegué allí, y había tres funcionarios que estaban bebiendo Blue Label. Reconocí a uno de ellos. Me había causado problemas años atrás. Cuando me vio, exclamó: ‘Este hombre es un hijo de puta.’ Luego dijo: ‘Beba conmigo.’ Y él dijo a sus amigos: ‘Este hijo de puta ha ganado un espacio en Cuba, mayor tal vez del que tenemos nosotros. Es un cabrón’; un bastardo inteligente.” Lo que el hombre dijo mostraba resentimiento, pero también un reconocimiento, a regañadientes, de un cambio lento pero profundo. “Siguió diciendo: ‘Eres un cabrón, hombre, y te mereces todo lo que has logrado’”.

20/7/2015

http://www.newyorker.com/magazine/2015/07/20/opening-for-business

Jon Lee Anderson es periodista de investigación y corresponsal de guerra.



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