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En la muerte del director del cine clásico italiano
L’addio a Ettore Scola
22/01/2016 | Pepe Gutiérrez-Álvarez

Con Ettore Scola (Treviño, Avellino, 1931-Roma, 2016) creo que muere el penúltimno componente del “cine clásico” italiano. No hace mucho que falleció Carlo Lizzani y aunque por ahí anda Gillo Pontecorvo, no hace cine desde que Scola y él colaboraron en una película sobre las movilizaciones altermundialista en Génova en el 2001. Quedan solamente los longevos Ermanno Olmi (El árbol de los zuecos), y Marco Bellochio, que todavía nos sorprenden. Los pocos directores italianos de interés que se mantienen pueden contarse con los dedos de la mano, y lejos queda aquella larga fase de la “dopoguerra” que se cerró seguramente con Novecento (19769, que fue algo como un entierro de primera). Los grandes de la época (Pasolini, Visconti, Fellini, Monicelli, Comencini, etc,) fueron falleciendo, la telebasura ocupó el lugar de las salas, los cuadros del Partido Comunista Italiano (PCI) se “colocaron” y pareció que todo lo dicho desde la Resistencia se quedó en el “bunga bunga”, y el apegado vaticanista de Wotyla que congregó un millón de jóvenes cretinos en Roma.

Ettore Scola no fue de los mayores, pero en ocasiones voló tan alto como ellos. Fue durante los ochenta-noventa una de las últimas glorias del cine italiano actual. Militante del PCI desde la juventud, fue ministro de cultura del gobierno alternativo de la oposición comunista con Enrico Berlinguer (suyo fue L’addio a Enrico Berlinguer, de 1984). El que escribe lo recuerda en una manifestación en Roma rodeado de camaradas con los que discutía. Pero Ettore no era lo que se dice “un hombre de partido”, alguien que se atiene a las normas sino alguien con personalidad propia que nunca hizo cine militante, aunque su cine tendió siempre a un diálogo crítico con el espectador. No creía que las cosas se pudieran cambiar desde la pantalla, pero sí creía que podía hacer pensar y (re)pensar a los espectadores. Poseía una visión de la historia en la que el protagonismo es sobre todo para la gente de la calle, que también vivió y protagonizó a su manera los hechos históricos. Educado en la gran literatura europea (su abuelo ciego le hacía leerle novelas desde pequeño), comenzó su andadura en la revista satírica Marco Aurelio, donde tomó contacto con figuras tan destacadas como Federico Fellini, Furio Scarpelli y Steno, y luego trabajó como “negro” en muchos guiones. En los años 50, Ettore comenzó a escribir escenificaciones para cintas como Un americano a Roma (Steno, 1954), pro sobre todo para La grande guerra (Mario Monicelli, 1959), sin duda una de las mejores entregas sobre la Primera Guerra Mundial. En 1964 dio el salto a la dirección con Se permettete parliamo di donne, como protagonista, a las que siguieron otras de aprendizaje: El diablo enamorado (1965), en la que repitió con Vittorio Gassman (y Mickey Rooney haciendo de una suerte de “diablo cojuelo”) y una sátira del machis, El demonio de los celos’ (1970), con Marcello y Monica Vitti.

Su mejores películas llegaron en los setenta, con Brutos, sucios y malos (1974), que venía a ilustrar la reflexión de Buñuel de que los pobres no estaban obligados a ser buenos y limpios, un duro retrato de una embrutecida familia en un suburbio romano que parecía un alegato contra el “realismo socialista”, pero sobre todo con Una jornada particular (1977), sin duda su obra de mayor prestigio con un encuentro entre Marcello y la Loren que bordan sus papeles. Esta obra, que ha sido adaptada para el teatro (se está pasando en Barcelona), está ambientada en el día en que Mussolini recibía en Roma a Adolf Hitler (faltó Franco, quizás porque temía salir al extranjero); un listón que bajó con La terraza (1979).

En los ochenta, aparte de La noche de Varennes, realizó Le bal (1983), peculiar visión de la historia de Francia entre 1936 y 1968, a través de la música popular y el baile; la decepcionante Macarroni (1985), un canto a la amistad localizado en el variopinto mundo de Nápoles; pero luego llega La familia (1987); visión de la Italia del siglo XX de la mano de una familia romana de clase media, todo un ejercicio de cine teatral. A medida que los años pasan, la organización, el sistema perdura entre la continuidad y los sobresaltos La foto familiar del comienzo se repite, la familia es la misma. No han podido dejar de estar constreñidos en sus movimientos y posibilidades, ése es el drama. Decepciona igualmente con Splendor (1988), encuentro con el pasado del cine entre las paredes de una vieja sala de proyección.

Militante del PCI y ministro de cultura del gobierno alternativo de la oposición comunista, Ettore Scola tiene una visión de la historia en la que el protagonismo es sobre todo para la gente de la calle, que también vivió y protagonizó a su manera los hechos históricos. Esta percepción resulta constatable en C’ eravamo tanto amati (1974), que aquí se estrenó con el estúpido título de Tres hombres y una mujer. Scola cuenta una trama en la que tres amigos, Vittorio Gassman, Nino Manfredi y Stefano Satta Flores, todos enamorados de Luciana (Stefania Sandrelli), antiguos “partisanos”, se reencuentran para descubrir que, a fin de cuentas, habían descubierto que, lejos de cambiar el mundo como habían soñado, era el mundo que les había cambiado a ellos, una frase por lo demás que estuvo muy de moda en los universos de Bettino Craxi o de Felipe González. A pesar de todo, Scola muestra sus preferencias con aquel (Manfredi) que sigue luchando contra la injusticia y que defenderá en Génova que otro mundo era posible (y necesario).

Al igual que Pasolini y Fellini, Scola se manifestó siempre que pudo en contra del berlusconismo, reconociendo que ni los políticos ni los intelectuales habían hecho lo suficiente para encararlo, para pararlo; de hecho reconoció que “Italia no mejorará si muere Berlusconi. Su ideología está ya enraizada. Siempre activo –aunque tuvo que superar un cáncer-, de pesimismo lúcido, Scola persistió en sus reivindicaciones: “El interés privado, el egoísmo, siguen por encima del rigor y la solidaridad. Así que las reivindicaciones de los sesenta siguen tan vigentes hoy como entonces”. Fue desde esta óptica que siguió haciendo lo que mejor sabía hacer: películas. Entrañables y humanamente combativas. Títulos como El viaje del capitán Fracassa (1990), nueva adaptación de la novela de Théophile Gautier que ya había realizado Abel Gance; Mario, María y Mario (1993), una distendida aproximación sobre la guerra entre los neocomunistas y los de Refundazione; La novela de un pobre hombre (1995), adaptación de la celebrada novela del escritor francés Octave Feuillet; La cena (1998); Competencia desleal (2001) que fue un éxito…También dirigió documentales muy personales como Gente de Roma (2003), Qué extraño llamarse Federico (2013), así como el cortometraje 1943-1997, un extraño viaje en el que un niño judío que se escapa de la Gestapo metiéndose en un cine ve pasar películas tras películas hasta que, ya anciano, mira hacia atrás y se encuentra con un muchacho negro que acaba de repetir lo que había hecho él.

Mi película es La nuit de Varennes (Francia-Italia, 1982), la única película sobre la revolución francesa que resiste la comparación con La Marsellesa (Francia, 1938)de Jean Renoir. Aún siendo una fantasía, Scola tuvo la genialidad de reunir a media docena de personajes verídicos y excepcionales y meterlos en una “diligencia” a lo John Ford, personajes como Restif de la Bretonne (Jean-Louis Barrault), un radical de lo más pintoresco, conocido como autor de novelas pornográficas en los años anteriores a la Revolución, en parecida línea a las del marqués de Sade. Restif fue testigo presencial de los principales acontecimientos de la Revolución en París que contaría —probablemente con altas dosis de imaginación— en Le Palais Royal (1790) y Les nuits de París (1788-1793). Pudo estar presente en esos acontecimientos gracias a su afición por los paseos nocturnos por las calles de París, que le valdrían el apodo de El Buho. Por ello, a Scola le gusta imaginarse a Restif sospechando la fuga de los reyes del palacio de Las Tullerías y le pondrá tras su pista hacia Varennes.

En cuanto a Casanova, con sus sesenta y seis años, se siente cansado y se da cuenta de que con ese siglo XVIII que está finalizando se va toda su vida y el mundo que ha conocido. Ahora ni siquiera tiene la independencia suficiente para pasar tranquilamente los últimos años de su existencia.

Otro personaje histórico es Thomas Paine (1737-1809), al que da vida Harvey Keitel. Este aventurero inglés apoyó la independencia de las colonias americanas y, de vuelta a Gran Bretaña, se convirtió en uno de los grandes propagandistas de la Revolución Francesa, al replicar a las Reflexiones sobre la Revolución Francesa de Burke con su obra Derechos del Hombre. Exiliado en Francia, Paine recibió el apoyo de los girondinos y llegó a ser elegido miembro de la Convención por el departamento de Pas de Calais, después de haber obtenido la nacionalidad francesa. Sus simpatías por los girondinos le costaron ser encarcelado durante el Terror y no fue puesto en libertad hasta la muerte de Robespierre. Durante el Directorio y el Consulado, Paine se fue distanciando de la actividad política. En definitiva, una película sobre la revolución en movimiento, entre los que conocieron el placer de vivir que hablaba Talleyrand, los que la vivieron con total intensidad y los que se preparaban para la siguiente.

Como se suele decir en estos casos, el autor murió con más glorias que penas y ahí nos dejó una larga lista de películas, algunas pasables aunque significativas, otras de visión inexcusable.

Pepe Gutiérrez-Álvarez es escritor y miembro del Consejo Asesor de VIENTO SUR



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