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A propósito del film Las sufragistas
Lo personal y lo político del sufragismo
21/01/2016 | Laia Facet

Ha saltado a la gran pantalla uno de los mayores movimientos de los últimos siglos, protagonizado por mujeres: el movimiento sufragista. Entre trama policíaca, drama y film histórico, Las sufragistas no es una película en la que vayamos a encontrar los grandes debates del sufragismo, más allá de que puedan leerse entre líneas. El foco está puesto en las mujeres que conformaban el movimiento y eso es, cualitativamente, distinto. Cuando a Maud (Carey Mulligan) se le pregunta el porqué de su vinculación en la lucha por el sufragio, responde que jamás había pensado en qué significaría para ella el sufragio, que está allí porque debe de haber otra forma de vivir la vida. No es la respuesta que daría una “experta” o una de las líderes del movimiento; es la respuesta que daría una de las tantas mujeres que vieron en el movimiento sufragista un espacio donde intentar dar respuesta a las múltiples situaciones de miseria y opresión que vivían y vivimos las mujeres.

Esa composición del movimiento sufragista puede verse en algunas disputas que mantuvieron Pankhursts, madre e hija, poco después de los años en que se desarrolla la película. Sylvia Punkhurst, hija de la líder inglesa, criticó el carácter restrictivo del primer sufragio conseguido; un sufragio femenino pero sólo para las mujeres mayores de treinta años y de clase alta. Otra de las disputas entre ambas fue al estallar la primera Guerra Mundial, momento en que Emmeline Punkhurst (Meryl Streep en la película) escribe públicamente a favor del apoyo a la guerra y la necesidad de apaciguar las demandas consideradas, en ese contexto, sectoriales de las mujeres. Su hija Sylvia se opone a ello poniendo de relieve la miseria que seguían viviendo las mujeres inglesas de las clases populares.

La protagonista es precisamente una de esas mujeres de las clases populares, trabajadora en una fábrica textil, acosada por su capataz, madre en una situación de pobreza, esposa con un marido incomprensivo, vecina en un barrio obrero. Maud no es una heroína al estilo clásico, tampoco una líder al estilo de Punkhurst, ni el personaje trágico de la obra; de hecho éste estaría encarnado en Emily Davison (Natalie Press). El hecho de focalizar la historia en un personaje de clase trabajadora, escapando de los tópicos en torno al sufragismo, ha tenido una gran aceptación por parte de los sectores militantes y activistas; y es que la trayectoria que hace Maud constituye uno de los grandes logros del film. Un proceso de politización humano, con sus tensiones y contradicciones, que va desde las experiencias concretas que sufre y padece hacia el convencimiento de que es necesario y posible cambiar esa realidad.

Uno de los huesos duros de esas situaciones tensas y llenas de contradicciones que vive Maud es el ser madre y reivindicar como mujer su intervención en la arena pública. Una situación que queda políticamente bastante bien resuelta en la película. Por un lado, no se cae en la frivolidad que podríamos ver en la madre sufragista de Mary Poppins, que genera una mirada moralista para tacharla de mala madre por no cumplir con “su deber” de atender a sus hijos. Por otro lado, tampoco se cae en la criminalización, sino que ésta se visibiliza para reivindicar el derecho a intervenir en lo público.

En cuanto a los espacios públicos y privados aparecen interrelacionados durante toda la película. No hay espacios estancos, sino que aquello que sucede en el hogar, el barrio, el lugar de trabajo o el espacio público ejerce algún tipo de reacción en cualquiera de los otros. El mejor ejemplo de ello es en el modo en que se trata la represión. En el momento en que se reprime una movilización en el espacio público la policía asume que será en el ámbito doméstico donde se terminará de resolver la reprimenda. Un ámbito doméstico -un marido- que se ve presionado por la comunidad barrial para que ejerza sobre Maud “su deber” y la propia comunidad terminará por excluirla de los lazos sociales.

La exclusión social sistemática hace que en la película podamos ver de qué modo el movimiento se hace cargo de las necesidades no sólo sociales, también materiales, ante la situación de marginalización que se encontraban las mujeres activistas. El movimiento apoya materialmente dando alojamiento y comida, y no es algo banal. Una mujer trabajadora que dependa exclusivamente del salario –del suyo y el de su marido– en un entorno hostil y no pueda recibir un apoyo material externo es bastante improbable que pueda dar el paso a defender públicamente sus intereses. Quizás sea una tarea pendiente en el movimiento feminista actual. En línea con esto, la película también enseña algunas de las cuestiones organizativas del movimiento, desde la óptica de las propias mujeres reuniéndose clandestinamente en la farmacia de Edith Ellyn (Helena Bonham Carter) o la organización de las acciones y confección de explosivos. Así como todo el seguimiento policial, mostrando las posiciones y funciones que cumplen las mujeres no visibles, las que llevan a cabo las acciones, las que reclutan a nuevas compañeras, etc.

Hechos, no palabras” es la consigna histórica que recorre toda la película y sintetiza la crítica a las vías formales. Una crítica que de alguna manera se da en dos direcciones: hacia el propio movimiento, que finalmente decide dar el salto a las acciones directas entendiendo que es la única manera de conseguir efectivamente sus demandas; y hacia las instituciones y gobernantes, quienes tras sosegados discursos y declaraciones vacías de intenciones trataban de aletargar las mismas. No obstante, nos sorprende ver en pantalla las acciones directas dirigidas hacia las redes de comunicación o hacia los bienes inmuebles, pero hay un posible juego perverso en ello. El espectador lo comprende y justifica por la pobreza extrema en que vivían esas mujeres. “Vivían”, en pasado. Y es que hay una cierta distancia histórica e incluso una cierta estetización –que no embellecimiento– de la pobreza; una miseria más ligada a una determinación de época que de clase y género. De este modo, simplificando, el mensaje que puede llegar a la espectadora es el... “qué mal estaban, qué bien estamos ahora”. Sin embargo, con el mensaje que me quedo yo es: si hoy estamos algo mejor es porque hubo quienes pusieron sus cuerpos y sus vidas en riesgo, se organizaron y lucharon ante la opresión y la miseria. El mejor homenaje no es sólo un brindis a las mujeres pasadas, es un compromiso con las mujeres presentes.

* Laia Facet militante de Revolta Global



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