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Entevista a Julien Salingue
Las ONG palestinas entre resistencia y colaboración
19/01/2016 | Thomas Vescovi

[Thomas Vescovi, miembro del Consejo Nacional de la AFPS (Association France Palestine Solidarité), ha entrevistado a Julien Salingue con motivo de su última obra La Palestina de las ONG, que plantea al movimiento de solidaridad con Palestina una serie de cuestiones que no se pueden esquivar.]

T. Vescovi: El título puede dar a entender que estudias la relación de las organizaciones del movimiento de solidaridad con Palestina, pero de hecho hablas de las ONG presentes en Palestina. ¿Es así? ¿Puedes explicarnos lo que entiendes por “la Palestina de las ONG”?

J. Salingue: El título La Palestina de las ONG es voluntariamente ambiguo. Podría pensarse que trata de estudiar la manera como las ONG, y en particular las grandes ONG internacionales, “ven” a Palestina, o cómo la abordan. Pero se trata en realidad de estudiar el propio terreno palestino a la luz de las mutaciones ocurridas en estos últimos 25 años en el seno de las ONG palestinas. Estas ONG son así el centro de la obra, pero son ante todo consideradas como un ejemplo, o como un síntoma, de las dinámicas en marcha en los territorios ocupados y en el campo político palestino desde el giro de los años 1990 y la entrada en el “proceso de paz”.

Retomo por mi cuenta la idea desarrollada por varios investigadores, sobre todo palestinos, de que hemos asistido a una “ONGización” de la vida política palestina, entendida como un proceso por el cual cuestiones de interés colectivo, “nacional”, han sido transformadas poco a poco en “proyectos”, locales y dirigidos, que necesitan financiación internacional. En otras palabras, se trata de cuestionar la forma en que los palestinos han ido pasando de la situación de “pueblo con derechos” al de “individuos con necesidades”.

Para hacer eso el estudio de la trayectoria de las ONG palestinas me parece muy ilustrativo. A final de los años 1970 y comienzo de los 1980 se desarrollaron las estructuras que, tras los Acuerdos de Oslo, se convertirían en las ONG. En aquella época no se definían como tales, y con razón: ¡no había gobierno palestino! En el ámbito médico, en el terreno agrario o incluso en las cuestiones femeninas y feministas, se desarrollaron “comités” y “asociaciones”, sobre todo por iniciativa de las fuerzas de izquierdas, con un doble objetivo: paliar las dificultades en ámbitos específicos y construir la liberación nacional.

Hay por tanto una dialéctica entre lo local y lo global, entre las necesidades específicas y los derechos nacionales. Por ejemplo, las asociaciones de mujeres impulsaron el desarrollo de estructuras colectivas de cuidado de niños, con la idea de que no se trataba sólo de “ir en ayuda” de las mujeres sobrecargadas por las tareas domésticas, sino también de permitirles salir de su domicilio y tener tiempo para consagrarlo a la lucha nacionalista. En el ámbito médico, no se consideraba a la medicina como simplemente curativa, sino como un instrumento de lucha contra la ocupación: se multiplicó la formación en primeros auxilios, se distribuyeron kits de primeros auxilios, destinados sobre todo a reforzar los mecanismos de solidaridad colectiva frente a la represión israelí.

Dominaba entonces una lógica de empoderamiento (reforzamiento del poder de actuar): no simplemente proponer ayudas o servicios a la población, sino desarrollar estructuras y dinámicas por la base, que favorecieran la actividad autoorganizada contra la ocupación. Estas estructuras van a jugar un papel esencial en la Intifada de 1987, ya se tratase de organizar la autosuficiencia alimenticia o médica, o de desarrollar una red de educación y de instrucción paralela tras el cierre de muchos centros escolares por las autoridades israelíes.

Con la entrada en el “proceso de paz” se produce un cambio: la percepción dominante es que ya no estamos en una fase de conflicto, sino en una fase “postconflicto”. No se trata por tanto de construir la conciencia y la resistencia colectivas, sino de “preparar la paz y la independencia”. Ahora bien, preparar la paz es muy diferente, cualitativamente, de la lucha contra la ocupación. Se multiplican los proyectos en torno a la ciudadanía, los proyectos de “desarrollo económico” o incluso los proyectos “conjuntos” israelo-palestinos. Estos proyectos tienen el favor de los donantes de fondos que se imponen con la entrada en el “proceso de paz”, la Unión Europea y los Estados Unidos, que financian ampliamente a las ONG a condición de que sus actividades se inscriban en el espíritu de Oslo. Esta cuestión de la financiación no es anodina, los padrinos de Oslo no son filántropos, tienen objetivos políticos: en el caso de las ONG, se trata de imponer poco a poco una separación entre lo social y lo político, una desconexión entre el corto y el largo plazo, en otras palabras, una bifurcación entre proyectos dirigidos y sectorializados y el objetivo de la liberación colectiva. No es sorprendente que en los años 1990 y 2000 emergieran centenares de “nuevas” ONG, sin pasado militante, especializadas en los proyectos valorizados por el “proceso de paz” y sus padrinos: hoy día representan alrededor de 2/3 de las ONG en Palestina.

Después de haber estudiado el proceso de paz iniciado en Oslo, vuelves con este nuevo estudio. ¿Cuál es la relación con tus antiguos trabajos?

Mi trabajo sobre las ONG es una nueva etapa en el estudio del “proceso de paz”. Ya había aludido a las ONG en mi anterior libro (La Palestina de Oslo, 2014), pero más bien desde el ángulo de sus relaciones con la Autoridad Palestina (AP). Se trata ahora de prolongar este trabajo, pero modificando el punto de vista que, como decía Bourdieu, no es otra cosa que el punto desde el que se ve. “Mirando” a las ONG se observa al movimiento nacional palestino, que ellas mismas reivindicaban en los años 1970 y 1980. Como decía, las ONG son un síntoma de las profundas mutaciones de la cuestión palestina: de estructuras militantes, inscritas en el campo de la liberación, se han transformado poco a poco en prestatarias de servicios integrados en la nueva arquitectura de la ocupación.

Pues se trata de observar las mutaciones de la ocupación y sus consecuencias en la escena palestina. Oslo no ha sido una etapa hacia el fin de la ocupación, sino una reconfiguración de la ocupación, con la “reestructuración” (y no la retirada) del ejército israelí y le puesta en pie de una estructura político-administrativa autóctona, la AP, integrada (económica y territorialmente) en el dispositivo de la ocupación. Y durante este tiempo, la ocupación y la colonización se han extendido y reforzado, con un Estado de Israel que podía pretender que avanzaba hacia la paz, porque había un “proceso” en curso. En este contexto, se consideraba la lucha contra la ocupación como una lucha contra la paz, y los padrinos de Oslo han querido imponer esta elección a los palestinos.

Con cierto éxito, por desgracia. En las ONG hubo resistencias, y todavía las hay en algunas estructuras. Pero la lógica de conjunto es una adaptación a la “nueva realidad”, y por tanto un abandono de las políticas de empoderamiento y de construcción de la relación de fuerzas colectiva contra la ocupación. Parafraseando a Mao (¡sí!), se dan peces a quienes antes se enseñaba a pescar. Varias grandes ONG se han convertido en cuasi-ministerios, algunos dirigentes de ONG han llegado a ser ministros, muchas ONG han servido para paliar las deficiencias estructurales de la AP: una confusión de géneros que ha provocado rivalidades, pero que es reveladora de un fenómeno global, la sustitución de la lucha contra la ocupación por la prestación de servicio a pesar de la ocupación.

Esto es el centro del libro: la cooptación progresiva, a veces a su pesar, de sectores enteros del movimiento de liberación en un dispositivo global estructuralmente contradictorio con la liberación. Algunas ONG palestinas muy conocidas continúan teniendo un discurso en apariencia muy radical contra Israel: pero cuando se miran de cerca sus proyectos y su financiación, se puede ver que están perfectamente adaptadas, y por tanto integradas, en la “nueva ocupación” post-Oslo. En este sentido, la desconexión con la liberación nacional es completa: es difícil imaginar que se pueda luchar contra la ocupación aceptando las imposiciones fijadas por la potencia ocupante y sus aliados…

Se puede constatar sin demasiada sorpresa un cambio sociológico en el seno de las ONG, que forma parte de la adaptación a la nueva realidad. Mientras en los años 1970 y 1980 se valoraba el capital militante, ahora es la “profesionalización”, la “tecnicización”, la “transparencia”, el “buen gobierno”, etc. El trabajo asalariado sustituye al voluntariado (se estima que hoy día hay más de 20.000 asalariados en las ONG, ¡diez veces más que hace 30 años!) y las ONG han sido ocupadas progresivamente por actores palestinos deseosos ante todo de revalorizar sus competencias individuales: dominio de lenguas extranjeras y de la comunicación, capacidad de conseguir fondos en el extranjero presentando “proyectos” que atraen la atención de los donantes, adquisición de métodos de “management”, etc.

Se constatan los mismos fenómenos en el seno de la Autoridad Palestina, con un ascenso exponencial de los tecnócratas y de los gestores en detrimento de los cuadros políticos, con el caso emblemático de Salam Fayyad, antiguo alto funcionario del Banco Mundial y del FMI, y Primer Ministro en Ramallah durante siete años. En las ONG, como en otros sitios, la profesionalización ha ido a la par de una despolitización de los equipos dirigentes y personales, y por tanto de una marginalización de los militantes. Aunque algunos de ellos siguen ocupados en el sector de las ONG, no tienen ninguna ilusión sobre su utilidad para la lucha de liberación: salvo excepción, es casi cero.

Empleas el término ”colaboración” y ya sabemos a qué puede hacer referencia en nuestros imaginarios colectivos. ¿Qué entiendes por ello?

Sí, sigue siendo un término de “choque”. Pero atención, el subtítulo de mi libro es explícito: “Entre resistencia y colaboración”. He optado por utilizar esta palabra por dos razones principales. La primera, como lo explico en la introducción del libro, es que hay una visión novelesca, incluso romántica, del “pueblo palestino”, sobre todo en algunos sectores del movimiento de solidaridad: el pueblo palestino sería un pueblo unido, incluso homogéneo, en su lucha contra la ocupación. Pero las cosas son evidentemente mucho más complejas. En Palestina no todo el mundo resiste, ¡ni mucho menos! Y hay auténticos colaboradores, ya se trate de quienes están sujetos a presiones o chantajes del ejército israelí, o de quienes, y esto en mi opinión es más importante, mantienen excelentes relaciones con el ocupante que les ofrece a cambio algunas ventajas materiales y simbólicas.

Y la segunda razón, que afecta más directamente al objeto de este libro (estoy pensando en una próxima obra sobre la colaboración) es que la tendencia dominante, una vez admitido que existen colaboradores, es considerar que todos los que no colaboran son resistentes. Y una vez más, eso está lejos de la realidad. En Palestina, como en cualquier otro sitio, y eso ya debería saberse en Francia, existe una variedad de actitudes frente a la ocupación, que se sitúan “entre resistencia y colaboración”. En otras palabras, se puede actuar contra la ocupación, al servicio de la ocupación, pero también (y sobre todo) a pesar de la ocupación. Este “a pesar de”, yo la denomino la “zona gris”. Es un ángulo muerto en las lecturas dominantes de la situación en Palestina, aunque sea la gran mayoría de los palestinos. Por decirlo sencillamente, cuando uno se levanta por la mañana en Palestina, la primero que se plantea no es “¿Qué voy a hacer hoy contra la ocupación?”, sino “¿Cómo voy a intentar arreglarme hoy a pesar de la ocupación?”

Insisto en este punto porque pienso que es esencial y que se tiene tendencia, sobre todo en el movimiento de solidaridad, a desviar la mirada y taparse los oídos cuando se habla de estos temas. Ahora bien, adaptarse a la ocupación no equivale a considerarla legítima. Es sencillamente vivir en condiciones concretas, tener conciencia de las relaciones de fuerzas, e intentar vivir a pesar de todo. Pongo un ejemplo sencillo aunque muy significativo: cuando pasas todos los días por el checkpoint para ir a trabajar, no te dedicas a insultar a los soldados tratándoles de ocupantes: porque en este caso sabes que te vas a pasar dos horas en el control, eso si no vas a prisión. ¿Y con qué resultado? ¡Nada! La gran mayoría de los palestinos, salvo en momentos excepcionales como la Intifada de 1987, viven la ocupación como una rutina: ciertamente, habrá que librarse de ella, pero mientras tanto hay que vivir con ella.

Y lo repito: decir esto no equivale a decir que la ocupación sea normal. Es sólo decir que Palestina está ocupada y que la ocupación forma parte de la vida. Como me dijo un compañero del FPLP citado en el libro: “No se puede ser resistente todos los días, sobre todo cuando la gran mayoría de la gente no resiste!” Y esto es muy comprensible… Pero las cosas empeoran, volviendo a las ONG, cuando se integra esta zona gris (“a pesar de” la ocupación) pretendiendo que se lucha por la liberación. Ahora bien, para decirlo sencillamente, las grandes ONG palestinas están hoy en la zona gris, ofreciendo servicios a los palestinos a pesar de la ocupación, y pretendiendo ante algunos actores de la solidaridad internacional que siguen siendo un instrumento de la liberación. Pero eso es falso, y lo saben bien, como me lo han reconocido en entrevistas.

En los años 1970 y 1980, la razón de ser de estas estructuras era la liberación nacional; ¡hoy día, la razón de ser de estas estructuras es la estructura misma! Hay que encontrar financiación para pagar a los asalariados, no hay que “perder terreno” frente a las ONG concurrentes, hay que “innovar”, etc. Se repite, desde mi punto de vista, lo que el economista marxista Ernest Mandel llamaba la “dialéctica de las conquistas parciales”, hablando de la burocratización de las organizaciones obreras, citando a quienes “se comportan como si cualquier nueva conquista del movimiento obrero debiera estar subordinada de manera absoluta e imperativa a la defensa de lo que existe”. Una estudiante de Bir Zeit que trabaja en una ONG me dijo en diciembre pasado: “Hoy, cuando se hace un proyecto, al menos la mitad del presupuesto se va en gastos de funcionamiento. Y vamos a ayudar a tal pueblo durante seis meses o un año, y después desaparecemos y hacemos otro proyecto en otro pueblo, sin ninguna continuidad”. Esto muestra trágicamente la ruptura que explicaba antes.

Un último ejemplo para ilustrar esta desplazamiento hacia la zona gris y el camino recorrido desde los años 1970 y 1980: en estos mismos momentos, la principal red de ONG palestinas, la Palestinian NGO Network (PNGO) cuelga en su página de internet su último proyecto. ¿De qué se trata? Es un proyecto que denominado “Reforzar el papel de las organizaciones de la sociedad civil palestina en el desarrollo” (¡reforzar por tanto la PNGO!), está financiado por la Unión Europea y ha sido lanzado con gran pompa en un hotel de cinco estrellas de Ramallah (Grand Park Hotel), en presencia de representantes de las cancillerías y de las instituciones europeas. Tiene el mérito de ser claro. Pero al mismo tiempo (y en la misma web), la PNGO explica que su “primer objetivo” es “contribuir a la resistencia nacional para acabar con la ocupación y para defender los legítimos derechos nacionales del pueblo palestino”. Para ser ecuánime, me contentaré con decir que hay un problema…

¿Qué relación debería mantener, en tu opinión, el movimiento de solidaridad con Palestina, en este complejo esquema post-Oslo?

No quiero dar lecciones al movimiento de solidaridad, ni tampoco a las ONG palestinas. Porque no hay que malinterpretar mi intención: no se trata de estigmatizar nada y de hacer a las ONG responsables de la tragedia de Oslo y de la degradación de las relaciones de fuerzas. Se trata de describir y de analizar un proceso y constatar que, por voluntad o por tener atadas las manos al “proceso de paz” (y a sus tesoreros), las grandes ONG palestinas han roto poco a poco con su propia herencia y han abandonado el terreno de la construcción de la lucha colectiva contra la ocupación. Esto se verificó en la segunda Intifada, desencadenada en setiembre de 2000, durante la cual las ONG pudieron jugar un papel de suministrador de servicios y de ayuda de urgencia a la población, pero no de estructuración, de reforzamiento o de coordinación del levantamiento (al contrario que durante la Intifada de 1987). Esto se verifica también hoy cuando estas ONG están mudas y externas respecto a los acontecimientos en curso desde comienzos del mes de octubre.

En lo que se refiere al movimiento de solidaridad, creo que es esencial librarse de la visión romántica de la sociedad palestina que citaba antes. Como explico en el libro, en los años 2000 nació una “Palestina imaginaria” como una especie de “daño colateral” de las delegaciones y misiones en territorios palestinos:

“[Estas delegaciones] han tenido una utilidad real, ya se trate de participar en acciones in situ (protección física, obras de construcción, recogida de olivas, etc.) o de testimoniar, a la vuelta, los efectos de la ocupación israelí. Pero (…) los encuentros organizados en los territorios ocupados con militantes palestinos o con “grandes testigos” (familias de prisioneros o de mártires, refugiados de primera generación, etc.) han moldeado la percepción de las “realidades palestinas” para los cientos, o incluso miles, de internacionalistas venidos a los territorios ocupados durante los quince últimos años, contribuyendo a extender una imagen muy falseada de dichas realidades. En efecto, la multiplicación de este tipo de encuentros en períodos relativamente cortos (“misiones” de una o dos semanas) conduce a una sobrevaloración del peso de las dinámicas de resistencia directa a la ocupación y a una invisibilización de las otras actitudes, incluidas las que son ampliamente mayoritarias en la población”.

Hay que romper a cualquier precio con esta Palestina imaginaria, sin denigrar, sino todo lo contrario, el trabajo concienzudo y admirable de esos militantes palestinos que continúan, contra viento y marea, resistiendo sin ceder a los cantos de sirena del “proceso de paz” y del relativo confort material y simbólico que puede procurar a algunos. No, los palestinos no están sometidos, pero hay que tener conciencia de la degradación de las relaciones de fuerzas y de las mutaciones internas en la sociedad palestina, y sacar todas las conclusiones. Hay que tomar nota de que existe una verdadera “industria del proceso de paz”: franjas enteras de la sociedad palestina, entre ellos los responsables y los asalariados de las ONG, son hoy día tributarios de la supervivencia del dispositivo de Oslo y de la quimera del “proceso de paz”, bajo pena de ver desaparecer las ventajas adquiridas durante estos últimos veinte años. Y no he hablado aquí más que de las ONG que se han transformado con Oslo, no de aquellas que han nacido en (y de) el “proceso de paz”, sin tener siquiera la herencia militante de los años 1970 y 1980. Oslo ha cooptado porque se trata de una construcción de vocación hegemónica, en el sentido en que lo entendía Antonio Gramsci, para quien “el hecho de la hegemonía supone indudablemente que se tiene en cuenta los intereses y tendencias de los grupos sobre los que se ejercerá la hegemonía [y] que se forma un cierto equilibrio de compromisos”.

¿Qué conclusiones sacar? Hay al menos tres, desde mi punto de vista. La primera de ellas es el necesario reexamen de las formas de la solidaridad, y en particular, para quedarnos en el marco del libro, de algunos patrocinios, algunos “proyectos”, con las grandes ONG palestinas. No quiero denunciar a nadie, pero cuando voy a distintas ciudades invitado por comités locales y me doy cuenta de que algunas tienen patrocinios, de buena fé, con ONG que manejan centenares de millares, o incluso millones, de dólares y cuyas actividades in situ están perfectamente integradas en la lógica de Oslo, yo me digo que algo no va bien. Y más aún cuando existen otras estructuras, más pequeñas, comités populares, cooperativas agrícolas, centros culturales, incluso pequeñas asociaciones con título de ONG, que intentan mantener actividades ancladas en el espíritu de resistencia y que no se benefician de ninguna subvención de los países donantes. Por decirlo de otra manera, hay que ser exigente con uno mismo y con sus socios, y no continuar sosteniendo estructuras que, aunque tengan todo el derecho a existir, no son socios “naturales” de los movimientos de solidaridad, porque contribuyen con sus actividades a promover una lógica de necesidades en detrimento de una lógica de derechos.

La segunda conclusión es que el movimiento de solidaridad debe continuar construyendo y amplificando la campaña de boicot a Israel. Se ha dicho muchas veces: solos frente a Israel y sus apoyos, los palestinos no pueden hacer gran cosa. Ahora bien, la campaña BDS permite precisamente pesar en concreto en las relaciones de fuerzas en tanto que actores políticos aquí, haciendo presión real sobre Israel y exigiendo de nuestros propios gobiernos que lo hagan, con el fin de liberar espacios y energías allí. El análisis crítico que propongo de las trayectorias de las ONG incluye evidentemente el hecho de que uno de los principales factores que explica las dinámicas palestinas post-Oslo es la adaptación, voluntaria o no, a una realidad en la que Israel impone sus opiniones a todos los niveles. En otras palabras, la ONGización de la cuestión palestina es, de manera colateral, un fracaso del movimiento de solidaridad. ¿Cómo pretender desafiar a las autoridades de ocupación cuando se sabe que pueden hacer lo que quieran en medio del silencio ensordecedor de la “comunidad internacional”? El final de la impunidad de Israel es una de las dos condiciones necesarias, con la solidaridad concreta, política y material, para el relanzamiento en los territorios palestinos de estructuras que rechacen someterse a las lógicas de Oslo. Se trata por tanto de romper el aislamiento de los palestinos que resisten, y aumentar el aislamiento del Estado de Israel sancionándole en tanto rechace conformarse al derecho internacional.

La última conclusión es que hay que estar atentos a lo que pase en la sociedad palestina y desembarazarse de toda rutina militante. Las formas de la solidaridad no están fijadas y hay que adaptarse a la evolución de la situación en el terreno. Por decirlo claramente: llamar hoy día a una “reanudación de las negociaciones” no tiene ningún sentido, mientras las relaciones de fuerzas sean desfavorables para los palestinos, el liderazgo palestino tradicional (en torno a Mahmoud Abbas) esté deslegitimado, e Israel tenga una lógica de aplastamiento de los palestinos. Hablar de “reanudación de las negociaciones” es mantener la ilusión de que existen hoy día dos interlocutores en situación de negociar, la ilusión de que está en curso un “proceso de paz” ¡Pero es falso! Por otra parte, no tiene más sentido desear una tercera Intifada: la sociedad palestina no está dispuesta a levantarse colectivamente contra la ocupación, a causa sobre todo de la desestructuración del campo político y social y de un pragmatismo sobre las relaciones de fuerzas reales. Se trata de reconstruir, piedra a piedra, la resistencia y la solidaridad, sin ceder a los atajos de la resignación o la exaltación, y decirse que será largo el camino para modificar sustancialmente las relaciones de fuerzas.

http://www.france-palestine.org/Julien-Salingue-Les-ONG-palestiniennes-entre-resistance-et-collaboration

6/01/2016

Traducción: VIENTO SUR



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