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Francia. Estado de excepción
¿Los "huérfanos" de la izquierda en estado de shock?
09/01/2016 | Olivier Besancenot - François Sabado

En el paquete-regalo de la reforma constitucional, cuyo objetivo consiste en habituarnos a vivir en unas condiciones de estado de excepción permanente, el presidente Hollande no ha olvidado incluir la privación de la nacionalidad a los binacionales nacidos en Francia que sean considerados culpables de actos terroristas.

Este regalo envenenado exige una reacción masiva y unitaria por parte de todas las personas que se oponen al mismo. Hay líneas políticas y morales que, cuando se traspasan o se extralimitan, provocan una profunda desaprobación que, aquí y ahora, es necesario traducir en movilización para influir en el debate público y hacer retroceder al gobierno.

La privación de la nacionalidad forma parte, precisamente, de esta categoría de líneas rojas que no se pueden traspasar. Tan es así, que cuando en 2010 Sarkozy, antiguo presidente, la propuso para las personas de origen extranjero que atentasen de forma voluntaria contra la vida de policías y gendarmes, toda la izquierda se manifestó en contra de esa aberración; incluido François Hollande. En esa época, Hollande veía en ello un acto "que atenta contra la tradición republicana". En cuanto al Partido Socialista, su secretario nacional, David Assouline, denunció la propuesta como una medida que "no disuade", "que no favorece para nada la seguridad de los franceses" y que "instala la idea de que existen dos categorías de franceses". El Senado se opuso al proyecto con los mismos argumentos.

Durante aquel debate, fueron numerosas las voces que recordaron la historia de aquel siniestro proyecto político: el proyecto había sido propuesto por la extrema derecha francesa en los años treinta y la privación de la nacionalidad fue aplicada por el régimen colaboracionista del mariscal Pétain durante la ocupación nazi. Una medida que la Liberación abolió casi por completo.

Efectivamente, la privación de la nacionalidad establece la idea según la cual existirían "dos categorías de franceses". Ahora bien, cualquiera que sea la atrocidad de los actos cometidos, cuando se autoriza esta selección se sabe cuándo comienza, pero jamás cuándo ni cómo va a terminar. La Convención Europea de Derechos Humanos de 1948, al igual que la de la ONU de 1961, se opone a las medidas nacionales susceptibles de multiplicar el número de apátridas en el mundo. Ahora bien, parece que esto no le preocupa al Sr. Hollande ni a su gobierno.

En cuando a la pretendida eficacia de la medida en la lucha contra el denominado Estado islámico (EI), ¿quién se la puede creer? Una persona que haya cometido tales actos, ¿no debería (de entrada) rendir cuentas a la justicia del país al que pertenece, en lugar de hacerlo en otra parte o, incluso, en ninguna parte? Mientras no se demuestre lo contrario, el terrorismo no es una nacionalidad. Entre los franceses que se reivindican del EI, parece que una cuarta parte (puede que un tercio) son conversos, nacidos en Francia y que, por tanto, no poseen más que una nacionalidad: la francesa. Esta es una prueba suplementaria que muestra lo absurdo de esta medida, que disimula mal un contenido ideológico nauseabundo, que hasta hace poco solo abanderaba la extrema derecha: establecer una relación improbable y escandalosa entre terrorismo e inmigración. Este corolario nocivo, que legitima en la opinión publica la idea de que nuestra inseguridad y la inmigración son dos fenómenos gemelos, esta línea roja era infranqueable en 2010; y lo sigue siendo en 2015.

Los recién convertidos a esta medida lo justifican afirmando que ahora estamos en guerra. Un argumento que ya se oyó la primavera pasada tras los atentados de enero [Charlie Hebdo…], para hacer más presentable la controvertida ley sobre los servicios de inteligencia [aprobada el 24 de julio de 2015, que les otorga poderes especiales]. Sin embargo, ese proyecto de ley, como los inquietantes llamamientos a una "Patriot Act a la francesa", se remontan a fechas anteriores a los atentados. En su libro "La doctrina del shock", Edit. Paidós], la militante altermundialista Naomi Klein ya hacía referencia a la forma en que los poderes instrumentalizan la emoción de la opinión pública, cuando esta se encuentra impactada por graves acontecimientos sociales, económicos, ecológicos o militares, tales como revueltas, revoluciones, guerras, atentados o catástrofes naturales. Así es como muchos gobiernos aprovechan la oportunidad para hacer pasar reformas liberales y represivas tramadas desde hace mucho tiempo.

Fue la estrategia introducida subrepticiamente el 26 de octubre de 2001 en EE UU, cuando George W. Bush presentó un largo texto de 132 páginas para restringir las libertades fundamentales y otorgar un poder excepcional a las agencias y oficinas gubernamentales. Estrategia que se aplicó durante la guerra en Irak de 2003.

En esa época, no faltaron las críticas de la clase política francesa a la misma. Críticas redobladas al deplorar el balance de un episodio "belicista y arbitrario". Cuando en 2013, un informático estadounidense llamado Edward Snowden decidió hacer pública la embarazosa información acumulada por la NSA (National Security Agency - Agencia de Seguridad Nacional) en EE UU, esas críticas fueron unánimes. Desde entonces solo han pasado dos años. Y ahora es François Hollande, preso tanto de sus cálculos políticos de cara al 2017 [elecciones presidenciales], como de la crisis política que le aleja cada vez más de la realidad, quien se sirve de los mismos miedos, del mismo shock, para justificar sus guerras, su estado de excepción, las medidas represivas y la privación de la nacionalidad. Y, como de costumbre, todo el mundo puede constatar que el refuerzo del Estado penal va acompañado del desmantelamiento del Estado social.

En realidad, lo que parece darse actualmente es más bien la orfandad de la izquierda. A menos que todos los "huérfanos" de esta izquierda en el poder levanten la cabeza, salgan de su propio estado de aturdimiento y hablen con una sola voz, más allá de las diferencias entre unos y otros, para bloquear este infame proyecto. ¿Por qué no organizar una manifestación nacional contra esta modificación antes de que sea votada? ¿Por qué no organizar un frente común, un comité nacional contra la privación de la nacionalidad, basada en un objetivo aglutinador, que respete nuestra diversidad y nuestras posiciones políticas? Tenemos que debatirlo y pensarlo juntos. Pero con urgencia, porque somos muchos los que queremos dar un aldabonazo civil, social y político que ponga a raya este sempiterno deslizamiento a la derecha de la clase política.

4/01/2015

https://blogs.mediapart.fr/edition/les-invites-de-mediapart/article/040116/etat-d-urgence-les-dechus-de-la-gauche-en-etat-de-choc-0

Olivier Besancenot y François Sabado son militantes del NPA.

Traducción: VIENTO SUR



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