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Entrevista a Faruk Mardam Bey
"Los demócratas y progresistas sirios no tienen otra opción que continuar resistiendo"
23/12/2015 | Abdallah Amin al-Hallaq

[La extensa entrevista con Faruq Mardam Bey que publicamos a continuación fue realizada en noviembre de 2014. No ha perdido interés. Faruq Mardam Bey repasa en ella temas que siguen estando de actualidad: tanto los referidos a la situación política en Medio Oriente y particularmente en determinados países de la región (Siria, Palestina, Líbano…) como la situación de su izquierda, de la cultura y sus agentes como los referidos a los planteamientos de la izquierda europea respecto a la necesaria solidaridad con los movimientos populares que se dan allí. Dos años antes, en un artículo que publicamos en VIENTO SUR, él mismo preguntaba refiriéndose a esa misma izquierda europea: “¿No provoca ira (…) el hecho de que los luchadores de la izquierda (europeos) no se pregunten ni por las clases ni por los estratos sociales sobre los que cae la fuerza del régimen…?”. Cuando el foco político y mediático se centra en Siria sobre los crímenes de Daesh olvidando los que sigue cometiendo el régimen de Asad o las consecuencias de las intervenciones extranjeras, desde los EEUU hasta Hezbolá pasando por Rusia cada una de ellas con su interesado proyecto, con sus numerosas y olvidadas “víctimas colaterales”, el texto que publicamos a continuación puede servir para resituar determinados debates.]

Faruk Mardam-Bey ocupa un lugar importante en mi memoria. Es, desde hace muchos años, un gran intelectual sirio. Y también un profesor que ha formado a
toda una generación de escritores, de intelectuales y de gentes de cultura comprometidos con la libertad y con una cultura crítica. Para mí, como para
muchas otras personas, comparte este lugar en nuestro espíritu con el economista Samir Amin, entre otros. Este diálogo se inscribe el marco de mi modesto
proyecto de evocar estos grandes nombres que han preferido alejarse de los focos mediáticos y de su consumo de masas, a los que constituyen una excepción
algunos raros apoyos, se publicará en nuestro suplemento (Al-Mulhaq) sobre Siria, Líbano y la Primavera árabe de forma general (sin olvidar, naturalmente,
Palestina), así como sobre la izquierda y los intelectuales que han tomado más o menos distancia en relación a estas cuestiones (de todas en algunos casos,
o de alguna en particular en otros) y también a propósito de Beirut, que no es hoy el mismo que Faruq Mardam-Bey y las personas de su generación pudieron
conocer. Así, este se expresa con voz alta y clara para decirnos que nuestro capital simbólico es lo que nos lleva a reflexionar sobre unas cuestiones cuya
extremada complejidad hace difícil toda reflexión específica de cada una de ellas, salvo, en el límite, en lo que se refiere a algunos detalles. Este
diálogo constituye una advertencia: nos dice que lo que se produce en Siria, en Líbano y en Palestina, así como en los demás países árabes, supera muy de
lejos las respuestas simplificadoras y sin fundamento que derivan de presupuestos y certezas aún dominantes. Y que el combate (principal), hoy, sigue
siendo ante todo y en definitiva el combate por la libertad -esta libertad aún lejana, a pesar de todo lo que se ha producido y de todo lo que está
produciéndose hoy en los países árabes. Pero no voy a extenderme más: dejo la palabra a Faruq Mardam-Bey para hablarnos de todo ello, hablarnos de
nosotros, los árabes. Y también de su país, Siria.

La izquierda. Una izquierda árabe, de la que tenemos necesidad


A usted le gusta definirse y definir su identidad cultural como intelectual sirio y escritor de izquierdas. Permítame comenzar este diálogo con una
pregunta sobre la izquierda: en definitiva, ¿qué es la izquierda?

En el mundo hay varios tipos de izquierda, varios tipos de marxismo. Pero el marxismo leninismo estalinista ha dominado a todas las demás formas de
marxismo haciéndole asumir su terrible peso, y esto tanto antes de su aterrador hundimiento como después de éste. Por ello me parece que cualquiera que
pretenda ser de izquierdas debe precisar a qué izquierda pertenece. No tenemos sitio aquí para una explicación larga. La primera referencia ha sido siempre
(y sigue siéndolo) a mis ojos el pensamiento de Karl Marx, que no es ciertamente una creencia completa que estaría al abrigo de errores que la asaltan por
todas partes en los que encontraría una justificación de tomas de posición contradictorias entre sí, como por ejemplo las que consisten en tomar la defensa
de libertades que han sido errónea y falaciosamente calificadas de “formales” hasta el hecho de defender la dictadura del proletariado (que, en Marx, no
tiene de todas formas estrictamente nada que ver con la dictadura bajo la se doblegaban las “democracias populares” hoy desaparecidas).

Hay, entre los marxistas, quienes creen (tras haber leído superficialmente alguna de sus obras) que Marx era un teórico del determinismo histórico tal como
éste era enseñado en las escuelas de los partidos comunistas, pero que olvidan sus escritos históricos, como por ejemplo, los que ponen en evidencia la
complejidad de lo real y la importancia de los acontecimientos fortuitos en el curso de la historia, que Engels resumió con esta frase lapidaria. “¡La
historia no hace nada (no posee riquezas inmensas, etc)!”.

Añadamos a esto que Marx fue un europeo que vivió en el siglo XIX y que el lugar y la época en que se desarrolló su existencia tuvieron una influencia
manifiesta en su pensamiento.

¿En qué reside, por consiguiente, la importancia única de Marx? En primer lugar en el hecho de que descubrió el “secreto latente”, el secreto del capital,
desde su acumulación primitiva hasta lo que vivimos hoy como mundialización salvaje, destrucción de la naturaleza y dominación absoluta [de lo económico]
sobre las existencias de seres humanos considerados como una mercancía más. Luego, en que Marx demostró, gracias a su análisis del capital, la justeza de
su célebre afirmación, formulada durante su juventud, de la necesidad de “cambiar el mundo”. En tercer lugar [la importancia de Marx] en este contexto
[reside] en el hecho de que este gran filósofo, este gran economista y este gran historiador era también un combatiente revolucionario y que no se puede
separar una de la otra estas características de su existencia, en particular su calidad de sabio que debatió enormemente con los mayores pensadores de su
época y su calidad de combatiente fundador de la primera Internacional. Una y otra de sus cualidades, en él, llamaba a la otra.

Un hombre de izquierdas, según mi concepción de lo que debe ser la izquierda, ve en el mundo un todo coherente. El mundo, hoy, no es lo que los defensores
del liberalismo feliz y del fin de la Historia nos habían anunciado inmediatamente después de la caída del muro de Berlín. Al contrario, nuestro mundo
contemporáneo no deja de volverse cada vez más implacable debido a que el capitalismo se ha dedicado a huir de todo control desde los años 1980. Así, en
los países capitalistas ricos y avanzados, que dibujan el porvenir del conjunto de la humanidad, las clases populares están perdiendo poco a poco las
conquistas sociales que habían logrado arrancar con sus luchas tanto políticas como sindicales (servicios públicos, seguros sociales, legislación
laboral…). La revolución tecnológica y la “racionalización” del trabajo nos han llevado no a lo que se suponía que nos iban a llevar, es decir, a más
tiempo libre útil, sino al aumento de las tasas de paro y a la marginación de amplios sectores de la población. Esto se ha acompañado de un retroceso de
las opciones políticas que se ofrecen a los ciudadanos hasta tal punto que la política ha perdido su sentido. Así, los programas económicos de los partidos
de derechas y socialdemócratas dominantes, que se han vuelto muy parecidos, no difieren más que por su tono y por el talento de sus dirigentes en venderlos
a la opinión pública, acatando todos las órdenes del Fondo Monetario Internacional, de Banco Central Europeo y de la patronal.

Este capitalismo mundializado amenaza a las personas en su humanidad y amenaza su entorno natural, en todo el mundo. Ser de izquierdas es negarse a ver al
mundo convertirse en una mercancía susceptible de ser vendida y comprada, es llamar a una mundialización alternativa, una mundialización que sea
equitativa, es creer en la necesidad de cambiar el mundo y es apostar por la posibilidad de cambiarlo sin apoyarse para esta difícil apuesta ni en la
voluntad divina ni en el progreso científico y tecnológico, ni en lo que ha convenido en llamar el “sentido de la Historia”.

¿Qué queda hoy de la izquierda árabe, de forma general, y de la izquierda siria en particular?

Es indudable que la izquierda árabe, o, digamos, más precisamente, los partidos y los grupos comunistas, con sus diversas orientaciones, atraviesan una
crisis aguda. Sería extremadamente injusto negar los combates que han desarrollado y los sacrificios que han hecho en numerosas etapas de nuestra historia
nacional y conviene recordar igualmente que esos partidos y esos grupos han tenido en sus filas a un número considerable de intelectuales, escritores y
artistas eminentes.

Pero esta izquierda se ha disuelto, se ha evaporado, como otras izquierdas del mundo, como consecuencia de la caída del muro de Berlín, de la disolución
del campo soviético y de la mutación capitalista en la República Popular China. Una parte ha pasado al liberalismo y este liberalismo le ha llevado
generalmente a un encaprichamiento por la democracia occidental con sus buenos y malos aspectos, mientras que, al mismo tiempo, los pensadores liberales
occidentales comenzaban a dudar de la posiblidad de conciliar en un próximo futuro la democracia con el capitalismo en su fase financiera mundializada.
Algunos de ellos se han sumado a la corriente nacionalista e islamista, o tomado a esta última su discurso a base de “irredentismo” (mumana´a),
tras lo cual han errado entre diferentes públicos con estas vestimentas remendadas. Otros grupos, tanto en el Masreq [Oriente árabe] como en el Magreb, han
permanecido tal cual, como si nada hubiera cambiado, sin proceder a la menor introspección crítica seria de su experiencia y sin reflexionar sobre las
causas de esta gran regresión y sus orígenes profundos inherentes a su teoría misma y a su aplicaciones. Pienso que el problema esencial en la praxis de la
mayoría de estos partidos, desde los años 1960, además de su mentalidad estalinista esclerotizada, es su dependencia respecto a regímenes tiránicos
considerados “progresistas” y su autojustificación en nombre de teorías inventadas por los “ulemas” soviéticos del marxismo leninismo, como la teoría del
“desarrollo no capitalista” que afirma (en sustancia) que es posible pasar al socialismo en países como Egipto, Siria o Argelia sin haber pasado por la
etapa del capitalismo democrático. Esto ha tenido como consecuencia, para esos partidos, en Siria, que han participado marginalmente en el poder en una
posición de falsos testigos, que justificaron con su grandilocuencia habitual las atrocidades perpetradas por el régimen en los años 1980 y que han
persistido en este papel, incluso tras la desaparición del campo soviético y hasta nuestros días, con ánimo, ¡e incluso con entusiasmo!.

Muy raros son los comunistas sirios que han sobrevivido política y moralmente a esta situación catastrófica. Quiero mencionar aquí en primer lugar a los
combatientes del Buró Político y del Partido de la Acción Comunista que han pagado un precio exorbitante por su oposición al régimen, habiendo sido durante
años encarcelados y torturados sin piedad. Tras su salida de la cárcel, la mayor parte de ellos han participado en el movimiento democrático y algunos de
ellos se han implicado con entusiasmo en la Revolución siria (de marzo de 2011) desde el comienzo. Estoy de acuerdo con ellos, o al menos con algunos de
ellos, a la vez que puedo no compartir su análisis político o sus tomas de posición pasadas y actuales, pero no olvidaré jamás que son ellos quienes han
defendido nuestro país en las circunstancias más sombrías y que son ellos quienes han salvado, al hacerlo, el honor de la izquierda árabe.

El islam, el reformismo religioso y el laicismo


En las primeras semanas de la revolución siria, usted declaró: “en lo que se refiere a los islamistas y su papel, asistimos a exageraciones, a
generalizaciones y se pone en el mismo saco a fuerzas y corrientes que son extremadamente diferentes entre sí”. ¿Piensa usted lo mismo hoy, con el
islam político y militar ocupando el centro del teatro sirio tras haber fagocitado la revolución?

Lo que me había llevado a hacer esa reflexión era que el régimen de Asad había pretendido desde las manifestaciones (pacíficas) de Deraa que éstas estaban
dirigidas por yihadistas o por salafistas (no ha dejado de emitir esos mensajes desde entonces). Las hice también teniendo presente las exageraciones que
se habían producido en Egipto a propósito del papel jugado por los Hermanos Musulmanes en la revolución en ese país, Hermanos Musulmanes que sabemos
tomaron tardíamente en marcha el tren de la Revolución egipcia tras tentativas tanto por su parte como por parte de Mubarak de repartirse los papeles en
sus tentativas de esquivarla y recuperarla. Pero permítame precisar sucintamente mi posición sobre esta “fiebre islamista” que usted evoca.

Estoy de acuerdo con mis amigos defensores del laicismo en cuanto a la necesidad de separar la religión del Estado y de la política. No me tranquiliza lo
que se ha convenido en llamar el “despertar islamista” (¡bendito!), el movimiento que ha cambiado la orientación de la historia árabe contemporánea desde
los movimientos reformistas del siglo XIX y cuyas consecuencias destructivas constato en nuestra vida política, en nuestra vida social y en nuestra vida
cultural. Este “despertar” se ha manifestado de diferentes formas que van desde la intransigencia en la práctica religiosa al salafismo rigorista y la
resurrección del Islam político tal como es encarnado por el movimiento de los Hermanos Musulmanes, hasta la violencia yihadista, que ha alcanzado su grado
extremo en la barbarie de Daesh.

La desgarradora pregunta que se nos plantea hoy, y no solo en Siria, es saber como debemos comportarnos frente a estos fenómenos múltiples. Los laicistas
fundamentalistas los ponen todos en el mismo cesto, desprecian a las personas apegadas a su práctica religiosa en las que ven un “vivero” natural para el
terrorismo yihadista, lo que significa hoy que están totalmente aislados del pueblo.

Mi apego al laicismo me empuja en primer lugar a decir que son los regímenes tiránicos los que constituyen el verdadero peligro y también que defender sin
ambigüedad la libertad de conciencia frente a todos los islamistas, que expresar una ciudadanía individual igualitaria, adoptar un punto de vista
fundamentalmente crítico sobre la validez intelectual del islam político y sobre sus praxis políticas (sin que ello me lleve a seguir el paso a los
erradicadores), que cooperar con los musulmanes corrientes, incluso con los musulmanes rigoristas que hay entre ellos, que no impide de forma alguna que
sean mis asociados en la conciudadanía, sin prejuzgarles por la conducta que se supone que tienen (pero yo les pido que me traten de la misma manera) son
la actitud que hay que tener.

Quizá usted me diga: “Esos son palabras puramente teóricas, pues musulmanes integristas no te tratarán de la misma forma en que tú les tratas”, y quizá
tenga usted razón al decirlo. Pero, ¿ve usted otra forma de conciliar el laicismo y la democracia?


Ya que hemos evocado a los islamistas, ¿qué futuro tiene el laicismo?¿Tiene el reformismo religioso un porvenir en el mundo árabe, en particular en
Siria? ¿Qué lectura hace usted del islam en tanto que religión y de su lugar, en nuestra época, en nuestra región del mundo?

Formando parte de la generación intermedia que ha vivido antes del “despertar del islam” y después de éste, he conocido dos tipos de musulmanes, he sido
testigo de dos islam diferentes. Por esa razón estoy convencido de que el islam de los musulmanes está a su imagen, que refleja su situación, el estado en
el que se encuentran. En los decenios de 1950 y 1960, los musulmanes (al menos hasta alrededor del año 1965), con excepción de una pequeña minoría, no
estaban obnubilados hasta la obsesión por la aplicación de la sharia o por la definición de las fronteras entre lícito y prohibido (al-hudud). El
velo canónico (hijab) no era la prenda casi obligatoria que es hoy tanto en las escuelas y colegios como en la universidad. Las emisiones
religiosas de radio, luego de televisión, insistían en el hecho de que Dios tenía por característica intrínseca la misericordia (rahma), que
quiere para los humanos una vida feliz y cómoda (al-yusr) y no una vida hecha de pruebas (al-usr) y que la religión es principalmente un
tema de relaciones interpersonales. Las obras religiosas no eran best sellers, y en general llamaban muy mayoritariamente a la moderación.
Ciertamente, la sociedad era conservadora y piadosa, pero sin exageración en los ritos. En ellos se veneraba el pasado, pero no se aspiraba a volver a él.
Al contrario, las sociedades musulmanas del Medio Oriente aspiraban a coger el tren de la civilización moderna.

¿

Por qué razón/es los musulmanes y el propio islam han cambiado? Si los textos religiosos fundamentales, como pienso, autorizan los dos tipos de islam
que evoca usted, ¿porqué y de qué forma uno de ellos ha expulsado al otro? ¿Cómo se ha podido retroceder de un islam del justo medio hacia los grados
más extremos de fanatismo y de violencia y porqué el islam no se ha convertido en un islam contemporáneo aceptando estar separado del estado y de lo
político, puesto que al contrario se fusiona cada vez más con uno y otro?

Estas preguntas requieren un análisis preciso que englobe lo que se ha producido en el curso de dos decenios, entre mediados de los años sesenta y mediados
de los años ochenta (la tiranía política, las derrotas árabes, el auge petrolero, la política americana en la región, la generalización de las economías de
renta, la institucionalización de la corrupción, la crisis mundial del pensamiento de izquierdas…). No hay que contentarse con una respuesta esencialista
que haría de nuestra herencia cultural de alguna forma una segunda naturaleza del hombre musulmán.

De todo esto deduzco que la reforma religiosa a la que aspiramos es imposible si no deriva de un proceso de reforma económica y política radical de
naturaleza tal que devuelva su vitalidad a la sociedad e insufle entre las clases sociales oprimidas la esperanza de una vida mejor. El laicismo es también
imposible si sigue siendo la exigencia de una élite aislada del resto de su sociedad.

Y luego, debemos preguntarnos cuál es esta religión que queremos separar del estado, y de qué estado, precisamente, queremos separarla. Del estudio de las
experiencias vividas por los pueblos europeos, podemos deducir que el laicismo no es una receta completamente acabada. En efecto, las puestas en práctica
del laicismo difieren en función de las tradiciones religiosas (católica, protestante u ortodoxa) del país en el que ha sido adoptado el laicismo. Las
formas de ponerlo en práctica varían también en función de su régimen de gobierno, que puede ser republicano o no. Algunos de los países que han adoptado
el laicismo pueden insistir en hacer de la religión un asunto individual, como Francia que no ofrece en principio ningún espacio a las religiones en su
espacio público. Otros son más flexibles respecto a las religiones porque la Reforma ha imprimido más su marca en su identidad nacional. Lo que es
importante, no es exhibir un cartel con la palabra “laicismo” escrita en él, sino luchar por las libertades de conciencia, de pensamiento y de expresión
que constituyen la esencia del laicismo, y rechazar toda concesión sobre este tema.

Palestina y Líbano


Volvamos a usted, que es uno de los intelectuales sirios que se ha interesado más por la causa palestina. ¿En qué situación se encuentra esta causa
actualmente? ¿Cuál es el lugar del conflicto palestino-israelí en medio de todas las mutaciones que afectan al Medio Oriente, y en particular a los
países fronterizos de Palestina?

Gracias a su valiente combate, el pueblo palestino ha arrancado el reconocimiento internacional de su derecho a la autodeterminación y a establecer un
Estado independiente en Cisjordania y en la banda de Gaza. Pero este reconocimiento tardío se ha quedado en letra muerta. Hasta hoy, los palestinos no han
logrado realizar ni uno solo de sus objetivos nacionales, ni mediante la lucha armada ni mediante las negociaciones con los sucesivos gobiernos israelíes.
Nada en el horizonte anuncia ningún cambio sobre el que apoyarse a corto plazo, ni en la opinión pública israelí ni entre las comunidades judías en el
mundo entero, ni en el seno del Congreso de los Estados Unidos. Al contrario: los israelíes y sus partidarios son cada vez más extremistas y cada vez más
turbulentos, el desmembramiento de Cisjordania prosigue, así como la construcción de colonias, hasta un punto que el proyecto de Estado (palestino)
independiente se vuelve irrealizable. Añade a eso la entrada en crisis de la situación palestina interna, entre una Autoridad impotente en Cisjordania, que
está implicada en vanas negociaciones y no tiene ningún poder real (no tiene siquiera el poder de autodisolverse, pues centenares de miles de palestinos
dependen de ella para su supervivencia) y otro poder, en Gaza, que está asediado tanto por Israel como por los países árabes, y cuyas estrategias política
y militar no han logrado sino reforzar su puño de hierro sobre la banda de Gaza damnificada.

En tales condiciones. y dado que Israel no quiere la paz, ni la “paz de los valientes” esperada por Yasser Arafat, ni la paz de la rendición que promueven
los sucesivos presidentes americanos, y dado que Israel ve en toda paz un peligro existencial, los palestinos, tanto individual como colectivamente, vivan
en Palestina o en el exilio, no tienen otra opción que resistir.

Pero, ¿de qué forma? Optando por una resistencia popular pacífica que recurra a todos los medios disponibles, entre ellos el boicot. En efecto, la
violencia no ha servido nunca para nada (y no será nunca ninguna ayuda) contra un enemigo tan implacable como Israel, que dispone de un arsenal material y
simbólico de violencia suficiente para destruir toda la región. No hay otra opción que la resistencia y la puesta en marcha de un boicot a escala mundial,
apoyándose en los avances jurídicos internacionales, en primer lugar de los cuales está el reconocimiento del derecho (para los palestinos) a establecer su
Estado soberano. Estoy absolutamente convencido, tras haber leído decenas de artículos consagrados a esta cuestión, de que toda exigencia alternativa, como
la evocación de un Estado democrático único abierto a todos sus ciudadanos, o también la de un Estado único para dos pueblos, no hace más que arrastrar al
pueblo palestino a callejones sin salida políticos y diplomáticos y que esos objetivos son aún más inalcanzables que el Estado palestino independiente,
pues esos proyectos implican un derrocamiento total de la estructura del Estado judío y de la mentalidad de sus habitantes judíos, de una parte, y una
mutación no menos radical en la naturaleza del movimiento nacional palestino, de otra, es decir su paso más que improbable de movimiento de liberación
nacional a un movimiento de reivindicación de derechos civiles.

Su segunda pregunta me invita a hacer la distinción entre dos visiones de la causa palestina. La primera considera que la causa palestina es “la causa
sagrada de los árabes”, y sabemos lo que esta afirmación puede tener de falsa y de manipuladora a nivel oficial desde la Promesa Balfour hasta el día de
hoy, y lo que comporta igualmente como “sacralidad” sentimental absolutamente alejada de la política, a nivel popular.

La segunda visión de la causa palestina toma ésta en consideración antes que cualquier otra cosa insistiendo en su especificidad y su carácter central en
el mundo árabe, se trata de alguna forma de la causa nacional (árabe) del pueblo palestino. Esta segunda visión no implica absolutamente ningún
“desenganche” de los árabes, y en particular de los habitantes de los países limítrofes de Palestina, respecto a la causa palestina. En efecto, todos están
concernidos, lo quieran o no, por lo que personalmente llamo “la cuestión israelí”: un estado, en su vecindario, que no se parece a ningún otro estado; un
país a la vez asustado y aterrador, que no tiene fronteras, es un estado nacional-religioso, un estado armado hasta los dientes, que dispone incluso del
arma nuclear y tiene una superioridad en los terrenos científicos y tecnológicos -un país que desafía al mundo entero con sus leyendas bíblicas y su
victimización histórica, que no respeta el derecho internacional, al que apoyan en los cinco continentes lobbies económicos, políticos y mediáticos y que
pretende que su espacio securitario se extiende desde Mongolia a Senegal.

Este país reinventa él mismo día tras día el conflicto árabe-israelí. Pero el carácter perpetuo de este conflicto no congelará, en el futuro, las profundas
contradicciones que existen en el interior de las sociedades de los países árabes y no convencerá a los pueblos árabes de la necesidad de atrasar su
solución y de aceptar los regímenes actuales hasta que exista la semana de cuatro jueves. ¿No es eso, por otra parte, lo que han puesto en evidencia las
insurrecciones árabes, en 2011, en todo el mundo árabe? Si, es exacto: la causa palestina no es ya la “causa sagrada de los árabes”. Es la causa de la
independencia de Palestina, de la libertad y de la dignidad del pueblo palestino. Y, en este sentido, esta causa es mía.


¿Cuál es la posición de Líbano, hoy, frente a la situación en Siria? usted formaba parte de quienes defendían una complementariedad entre los procesos
democráticos y la independencia entre Siria y Líbano ¿Qué representa Beirut hoy para usted?

El lazo entre los dos procesos de emancipación de Líbano y de democratización de Siria no ha significado nunca a mis ojos -ni a los de mi más querido amigo
el añorado Samir Qasir, que el establecimiento de un régimen democrático en Siria fuera una condición esencial de la independencia libanesa. Pensábamos
también que la independencia de Líbano no podría más que servir a la causa de la democracia en Siria, pues pondría fin a las tentativas de arreglar
nuestros problemas internos (de Siria) en nuestro “patio trasero” (Líbano). La complementariedad (talazum) (entre los dos países) era un término
exacto que utilizaba Hafez al-Asad, pero para fines perversos, y esta perversidad aparece hoy bajo sus formas más repugnantes en la política que Hezbolá
pone en práctica hoy en Siria.

Esta política es perversa, pues apoya con su crueldad un régimen que ha puesto a su propio país en la situación espantosa que conocemos, y también porque
ha despertado una guerra religiosa (fitna) cuyas consecuencias no podrá más que soportar Líbano para todos sus componentes confesionales. ¡Que
Dios proteja a Líbano y los libaneses! ¡Y que proteja a los sirios refugiados en Líbano!

¿Qué decir de Beirut? No tengo relación íntima con esa ciudad desde hace mucho. No sabría encontrar mi camino en sus calles como lo hacía en mi primera
juventud, en los años sesenta. Entonces, Beirut era para mí una ventana abierta al mundo, era mi gran biblioteca y mi gran librería donde compraba los
libros, las revistas y los periódicos inencontrables en mi país, tanto en árabe como en francés. Iba allí desde Damasco, luego, desde París, y me
deslumbraba por su vitalidad en todos los terrenos. Le confieso que ignoraba, o que no me preocupaba entonces de esas guerras pequeñas y grandes, de la
violencia que esa ciudad conservaba en sus profundidades, ¿quizá porque las alianzas pasajeras entre sus diversas comunidades “dulcificaban” el
comunitarismo de cada una de ellas tomada individualmente? Su fealdad arquitectónica era seductora. Pero, hoy, es repulsiva. Queda en Beirut un poco de la
Beirut cosmopolita, y también un poco de la Beirut árabe. Todavía tengo en ella maravillosos amigos. Pero Beirut no es ya “mi” Beirut.

Túnez: la revolución exitosa


¿Como percibe usted la experiencia tunecina y el éxito que ha obtenido el pueblo tunecino en su fase transitoria coronada de éxito, y luego en unas
elecciones democráticas que han perdido los islamistas?

No soy especialista en Túnez, pero lo poco que conozco de la historia de ese país puede sin duda explicar en cierta medida su especificidad. En primer
lugar, Túnez es una entidad política estable en sus límites geográficos desde el siglo XIII, desde el reino de los hafsidas. Además, en la época otomana,
hasta su ocupación por Francia en 1881, fue gobernada por una dinastía casi independiente, y ésta permaneció en el poder, a la sombra del protectorado
francés, hasta su independencia. Luego, Túnez adelantó a todos los demás países árabes en las reformas tanto políticas como administrativas, la esclavitud
fue prohibida en 1846 (¡dos años antes que en Francia!). Y un “pacto de paz” (al-´amân) proclamado en 1857 fue seguido de una constitución moderna
proclamada en 1861. El proceso constitucional continuó siendo un factor de movilización política durante el período de la ocupación francesa. Además, en
ese país, el colonialismo (francés) no intentó erradicar la cultura local y no perpetró crímenes contra la humanidad, al contrario de lo que hizo en
Argelia. Tampoco se encuentra en todos los países árabes un movimiento sindical tan enraizado como la Unión General del Trabajo tunecina. En fin, gracias a
todas estas particularidades tunecinas, Burguiba logró reformar el estatuto personal de los tunecinos (instaurando en particular la igualdad entre las
personas de los dos sexos), reducir el analfabetismo y modernizar la enseñanza (ésta es sin duda la mejor del conjunto del mundo árabe).

La armonía del tejido nacional y religioso tunecino es no menos importante. En efecto, en su casi totalidad, tras la salida de la mayor parte de los
judíos, los habitantes de Túnez son árabes musulmanes sunitas. Esto ha ahorrado al país las tensiones étnicas y confesionales que conocemos (en Siria),
aunque no haya puesto a este país al abrigo de ciertas tensiones “regionales” debidas a las desigualdades económicas y sociales entre su capital y el Sahel
(al este), de una parte, y el Sur y el Oeste de la otra.

Francia y el mundo árabe


usted reside en Francia desde hace mucho. ¿Cuál es la posición de la izquierda francesa y de la izquierda europea sobre los acontecimientos pasados y
actuales en Siria?

Cuando la revolución siria comenzó tras la caída de Ben Alí (en Túnez) y de Mubarak (en Egipto), la opinión pública francesa dudaba entre apoyo y
expectativa y el gobierno francés expresó, bajo Hollande igual que bajo Sarkozy, su apoyo a la revolución siria. Este gobierno mantuvo una relación muy
positiva con la oposición siria y solo la extrema derecha tomó abiertamente partido por el régimen de Asad. Si revisais la prensa de izquierdas, por
ejemplo el diario comunista L´Humanité hasta finales del año 2011, al menos teniendo en cuenta las posiciones que defiende ese diario hoy, os
sorprenderíais por su entusiasmo por todas las insurrecciones árabes, entonces, incluyendo la revolución siria, y por los esfuerzos que había desplegado
entonces para asegurar una cobertura fiable de los acontecimientos. Luego el tono cambió, poco a poco. Lo mismo ocurre en las filas del Partido de
Izquierdas y en las del Partido Verde, donde se constata el paso de un apoyo franco y masivo a un apoyo condicional y luego a la puesta cuestión de la
oposición siria, y finalmente a una movilización contra la “intromisión imperialista” en Siria, y esto, en el preciso momento en que los sirios tenían
mayor necesidad de una reacción política y humana en su ayuda tras el crimen de masas cometido contra ellos (por el régimen) por medio de armas químicas.

La izquierda no está ya al lado de la revolución siria sin ambigüedad, dejando aparte dos pequeños grupos de extrema izquierda, tras la mascarada
ruso-americana a propósito del arsenal químico del régimen sirio y después de que el régimen hubiera reconquistado algunas de sus posiciones gracias a la
intervención de Hezbolá. Hoy, Daesh es el único enemigo tanto a ojos de la izquierda como de la derecha, y se trata de un enemigo que se denuncia con
fuerza cuando ataca a los yezidís y a los kurdos, mientras que no se dice nada a propósito de las masacres que ha perpetrado en el pasado y que continúa
perpetrando hoy contra árabes musulmanes.

Atribuyo estas tomas de posición a seis causas diferentes:

La primera (la más importante) de las causas es una tendencia general, profunda, a resumir los conflictos lejanos a sus dimensiones regionales e
internacionales y hacer abstracción de las sociedades concernidas y a sus contradicciones internas. De ahí deriva esta focalización sobre el papel jugado
por Arabia Saudita y Qatar, que son dos países que el público occidental, por decir algo suave, no lleva en su corazón.

La segunda razón, es la suerte que ha conocido la revolución libia tras la caída de Gadafi, una caída en la que la Francia de Sarkozy ha tenido un papel
fundamental.

La tercera es la islamización progresiva de la revolución siria, como consecuencia de su militarización, por grupos yihadistas, concomitantemente con la
extensión de la islamofobia en Europa, en particular en los medios populares.

En cuarto lugar, está el apoyo al régimen sirio por el que han optado los partidos comunistas y nacionalistas en el mundo árabe, así como el mal llamado
Hezbolá (“partido de Dios”) y ciertas organizaciones palestinas, algunas de las cuales mantienen desde hace mucho relaciones muy fuertes con la izquierda
europea.

En quinto lugar, las deplorables actuaciones políticas y mediáticas de las fuerzas de la oposición siria organizada, a propósito de las cuales conviene no
descuidar tampoco el éxito (que hay que reconocer) del régimen en vender su propaganda según la cual él defendería a las minorías (un éxito al que han
contribuido en gran medida las iglesias orientales): es éste un asunto extremadamente sensible a ojos de la opinión pública occidental, además, desde hace
siglos.

Todo esto en su conjunto puede explicar la posición hostil o al menos reservada de la izquierda francesa y de la izquierda europea respecto a las
organizaciones de la oposición siria. Pero esto plantea la dolorosa cuestión de los orígenes de la ceguera ideológica que lleva a unos partidos de las
llamadas izquierdas a apoyar al régimen de Asad, y a algunos de ellos a desinteresarse de todo lo que se relaciona de cerca o de lejos con Siria y a
ignorar sus dramas humanos. En los dos casos, se señala entre esa gente que “cree” que la lucha de clases es el motor de la Historia, una ausencia de todo
análisis de clase de lo que ha ocurrido y lo que continúa ocurriendo hoy en Siria.

Esto en lo que se refiere a la izquierda. En cuanto a la derecha, la derecha liberal, sobre la que no me ha planteado la misma pregunta, diré que
históricamente en su inmensa mayoría, es la aliada natural de los regímenes árabes tiránicos. Los artículos de Le Figaro consagrados a la
revolución siria representan lo más descorazonador que ha podido ser escrito sobre ella en la prensa diaria francesa. No es malo recordarlo, de vez en
cuando…

Siria: el régimen Asad, la oposición, los intelectuales, los islamistas


¿Qué piensa usted de las formaciones políticas opositoras que reivindican representar al pueblo sirio, cuales son las fuerzas políticas de la oposición
siria de las que usted se siente más cercano?

El principal punto débil de la Revolución siria ha sido, desde el comienzo, como sigue ocurriendo hoy, que no tiene dirección política revolucionaria. La
Revolución apareció espontáneamente siendo portadora de consignas muy generales, consignas nobles, pero sin tener programa claro y en un entorno local,
regional e internacional hostil. Ha buscado una dirección, pero en vano. Al cabo de solo unos meses todo el mundo había comprendido que los partidos y las
personalidades que habían constituido de un lado la instancia de coordinación y, del otro, el Consejo Nacional Sirio, y luego la coalición y otras
formaciones desprovistas de poder, pero que pretendían representar al pueblo sirio, carecen a la vez de legitimidad y de credibilidad en el interior de
Siria y de la experiencia política y diplomática que les haría aptas para gestionar las indispensables alianzas, con la independencia, la sabiduría y la
firmeza necesarias.

Cuando se pasa revista, hoy, a los acontecimientos de los tres años pasados [esta entrevista se realizó en noviembre de 2014. Ndt] desde el comienzo de la
Revolución siria, no se puede sino imputar a las diferentes formaciones de la oposición la aplastante responsabilidad del callejón sin salida en el que nos
encontramos hoy. La Revolución no tiene nada de “desviado”, no ha sido en absoluto “confiscada”, como se oye decir a veces, por el simple hecho de haberse
militarizado. El problema se refiere a que la oposición no se esperaba esta evolución ineluctable y no se había preparado para ella, al contrario que el
régimen sirio que, por su parte, ha buscado siempre ese paso a la lucha armada desde el comienzo, en particular cuando lanzó el ejército contra los
manifestantes. Por esta razón la militarización de la Revolución ha sido anárquica, desprovista de toda estrategia y de toda reflexión sobre los medios que
permitieran proteger a los civiles, y de toda forma de coordinación entre las brigadas combatientes y entre éstas y la oposición política. Tras esto, ¿una
oposición como ésta podía, lejos del terreno en que se desarrollaba la lucha, dividida, ilusionándose con su credibilidad a nivel internacional y
disponiendo de muy poco peso en sus relaciones con sus “amigos” regionales (ellos mismos dedicándose a futiles batallitas entre ellos), esta oposición
podía, decía, hacer frente a los islamistas yihadistas que se han aprovechado de la menor ocasión para tomar el control de las regiones “liberadas”, y
estas ocasiones fueron numerosas: hubo las divisiones entre formaciones del Ejército Libre Sirio, su lamentable armamento y su escasa financiación, las
tensiones intercomunitarias agravadas por la intervención militar masiva de Irán y por las razias de Hezbolá, el aflujo de yihadistas extranjeros, así como
el retroceso del movimiento popular civil debido al salvajismo de la represión del régimen, habiendo sido asesinados o encarcelados varias decenas de miles
de militantes?.

Las formaciones de la oposición siria tienen igualmente una gran responsabilidad en las falsas esperanzas de una intervención militar occidental contra el
régimen que han suscitado en el pueblo, pensando que sería pronto y peleándose entre sí sobre el tema. Algunos combatientes de izquierda reprochan a sus
adversarios (políticos) haberles rechazado: hay que saber que la administración americana había anunciado muy claramente que no intervendría, ni para
asegurar el aprovisionamiento en asistencia humanitaria, ni para establecer una región neutralizada para imponer una zona de prohibición aérea, por no
hablar de su no intervención militar directa (análoga a la de la OTAN en Libia).

Me esfuerzo por encontrar una explicación racional al atasco de las formaciones de la oposición siria, y lo atribuyo a la terrible opresión a la que se
habían enfrentado durante mucho tiempo, a la vigilancia constante de los servicios de seguridad del régimen, a la inexistencia de cualquier espacio que
habría permitido un diálogo y un reexamen crítico de su historia y de la del país, lo que les ha impedido, tras la erupción de la Revolución, organizarse
sobre nuevas bases y superar sus viejas diferencias y las susceptibilidades personales existentes entre sus dirigentes. Pero reconozco que soy incapaz de
comprender este “infantilismo” (¡no encuentro calificativo más preciso!) en las acciones y en las declaraciones de una oposición que se pelea por quién
representará a un pueblo derrotado y a un país en llamas. En este tipo de comportamiento suicida, los “Hermanos Musulmanes” y asimilados y quienes
provienen de los antiguos partidos nacionalistas o de izquierdas y los neoliberales se encuentran más o menos a gusto. No basta con poner en cuestión una
cultura estrechamente partidista profundamente anclada en los espíritus, o la corrupción financiera, o la dependencia respecto a países exteriores que les
financian, pues el problema es más grave. En efecto, los independientes, cuya entrega nadie puede poner en duda, no están al abrigo de algunos de estos
síntomas: en efecto, persiguen un objetivo único, pero parecen inventar día tras día pretextos para pelearse y para anatemizarse, y si cada uno de ellos
pudiera constituir un partido o una asociación con su marca personal, lo haría.

Usted me pregunta sobre las formaciones de la oposición siria de las que me sentiría más cercano. Hasta nueva orden, y aunque no sea un turiferario de la
“sociedad civil”, responderé, sin duda: las asociaciones civiles que trabajan con una perseverancia admirable en los terrenos de sanidad, de la
información, de la enseñanza y de la acción cultural.


¿Qué hay de la cultura y de los hombres y las mujeres de la cultura siria? Hemos constatado que muchos de ellos han permanecido silenciosos desde el
comienzo de los acontecimientos en Siria y que los pocos que se han expresado han hablado muy tímidamente de la Revolución, incluso antes de que la
situación hubiera llegado a la que es hoy (en términos de militarización). ¿Qué lectura hace usted de esta realidad?

Recordemos, antes que nada, a los y las que no se han callado, y son numerosos: entre ellos, ha habido algunos escritores, artistas (plásticos, músicos,
cineastas y actores sirios) muy conocidos. La mayor parte de ellos han tenido que abandonar Siria, exiliarse. Otros se han quedado en Siria, y continúan
resistiendo en circunstancias de una extrema dureza. No han dejado jamás de producir arte y cultura, no han dejado tampoco de participar en toda la medida
de sus posibilidades en la actividad política, informativa y humanitaria en Siria. Digo esto a fin de responder a la tendencia a la autoflagelación que
parece estar de moda estos tiempos.

La cultura siria ha sufrido durante decenios a causa de trabas innumerables, desde el estado de urgencia hasta la ley sobre las publicaciones, la censura
oficial practicada por el ministro de la Información, por la Unión de Escritores y por los servicios de seguridad, pasando por el control social que se
ejerce sobre cada una de las personas. Numerosos libros han tenido la prohibición tanto de publicarse como de difundirse tras haber sido difundidos en
Beirut o en El Cairo. Peor aún; ha habido incluso películas producidas por el Instituto Sirio de Cine que han sido prohibidas, y libros publicados por el
Ministerio de Cultura que han sido retirados de las librerías y de las bibliotecas. Peor aún que las leyes represivas y que la censura “exteriores”, estaba
el terror en el que vivía el conjunto de la sociedad, durante los años 80, una sociedad rodeada por un ejército de chivatos, y lo que el partido Baas
(Resurrección. Ndt) había logrado (re)suscitar de hecho como susceptibilidades étnicas y confesionales, de desconfianza entre los diferentes grupos de la
población y entre individuos. La cultura estaba “nacionalizada”, por decirlo así, y las instituciones oficiales encuadraban a todos los intelectuales,
incluso si era en diferentes grados, trazando para cada uno de ellos el círculo del que no debía salir -pudiéndose ese círculo estrechar o ampliar en
función de su proximidad o de su alejamiento de quienes disponían de un poder de decisión absoluto. Esto ha llevado a muchos escritores al disimulo o a la
autocensura (taqiyya) o a emigrar. Cuando rememoro las novelas que han sido escritas esos años, lo primero que se me viene a la cabeza son los
medios retorcidos a los que los escritores tuvieron que recurrir para criticar la situación real sin exponerse a las iras del poder político, o para hacer
alusión a ello tras haber exiliado lo real hacia una época diferente que la nuestra o hacia una región imaginaria que no fuera Siria.

En este contexto general, se han formado numerosos tipos de intelectuales enfeudados con el régimen. Está el intelectual orgánico enteramente ligado al
poder, nacido en su seno y ligado política y socialmente a él. Este no tiene necesidad de expresar ardiente y cotidianamente su lealtad, pues forma parte
de los “peces gordos”. Está el funcionario empleado en los servicios culturales del Estado, que cumple la misión que le ha sido confiada como cualquier
otro empleado del sector público. Y luego está el intelectual “progresista”, que está obligado a justificar su comportamiento por medio de consignas
políticas y consideraciones ideológicas: no encontrará usted nadie en el mundo tan bueno como él en disimular su alienación del “común” de su pueblo (o de
su comunidad) bajo un discurso falsamente laico. En fin, había el intelectual árabe modelo, el intelectual del estado modernizador cuyo modelo fue Mehmet
Ali Pacha y el régimen reformista otomano de los Tanzimat, un intelectual partidario del “déspota ilustrado”, del “tirano equitativo”, con la
estruendosa contradicción que implican esos oximorones.

Generalmente, no pide al qstado (en contrapartida a su lealtad) más que le garantice una relativa independencia en su estrecho terreno de trabajo que por su parte se compromete a no sobrepasar. Como usted ve, todos esos modelos de intelectual no tienen nada que ver con el
estereotipo del intelectual occidental comprometido, profundamente inscrito en nuestros espíritus, ya sea liberal o de izquierdas, que pone en marcha en el
dominio público el capital simbólico que ha podido acumular gracias a su talento literario, científico o artístico. A decir verdad, la tiranía, en su forma
extrema, como la conocemos en Siria y como la habían conocido los iraquíes bajo el régimen de Saddam Hussein y los libios con Gadafi, ha hecho casi
imposible la emergencia de cualquier intelectual de este tipo. Por todas estas razones, el silencio (o el murmullo) de ciertos intelectuales y de ciertos
artistas no me ha extrañado, como no me ha extrañado la toma de postura en defensa del régimen de otros intelectuales y artistas ni el hecho de que algunos
se hayan puesto servilmente al abrigo de su “ala protectora”.

¿Hacia qué se dirige el combate sirio hoy? ¿Se perfila en el horizonte en Siria la construcción de una democracia?

Todas las complicaciones de la situación actual no derivan de las deplorables tomas de posición internacionales sobre el conflicto en Siria, en particular
tras la masacre con armas químicas. Pero son debidas en gran parte a la política incoherente de los Estados Unidos, así como de Gran Bretaña y de Francia,
que han enarbolado la amenaza de recurrir a la fuerza contra el régimen de Asad hasta la conclusión de un acuerdo con Rusia que se contentaba con privar a
éste de su arsenal químico dándole una inmunidad total que le permite perpetrar ad libitum todos los crímenes posibles e imaginables con tal de
que sea por medio de otras armas. Esto ha animado a Asad a practicar una escalada demencial que llega hasta bombardear a los civiles con aviación y
artillería, y esto le ha permitido, gracias al poderoso apoyo de Irán y de milicias chiítas libanesas e iraquíes, volver a la ofensiva y recuperar ciertas
posiciones estratégicas tras haberlas destruido sobre la cabeza de sus habitantes. Indigencia de los concursos de belleza de entonces entre el régimen y
los yihadistas. En efecto, la única comparación objetiva posible era entre el debilitamiento de los dos campos tomados en su conjunto o la posibilidad que
les habría sido dada de fortificar las posiciones que controlaban y extenderlas. ¿No es lo que efectivamente ha ocurrido? ¿Las victorias militares
obtenidas por el régimen no son acompañadas de victorias análogas, más “espectaculares” aún, de la organización llamada Daesh? ¿En la época del giro
decisivo del que hablo, el llamado Daesh era el ejército sobreequipado que es hoy?

Nadie puede predecir cual será el futuro del conflicto, pues las cosas han escapado de las manos no solo de los sirios, sino incluso de las de todos los
actores del conflicto, y en particular de los Estados Unidos (digo esto para responder a quienes creen que éstos tiran de todos los hilos y manipulan a los
pueblos como marionetas). Pero es cierto, teniendo en cuenta todos los datos disponibles, que el conflicto en Siria no será arreglado mañana, pues las
potencias activas mundiales (los Estados Unidos y Rusia) y regionales (Israel e Irán) no quieren que sea zanjado antes de haber logrado ponerse de acuerdo
sobre una solución que preserve sus principales intereses estratégicos. Si no, ¿qué significarían las declaraciones americanas a propósito de un combate
contra Daesh susceptible de durar tres años, incluso más? ¿Qué significarían esas fugas a propósito del entrenamiento de combatientes de la oposición siria
para hacerles aptos para el combate más allá de ese mismo plazo? ¿Qué sentido tendría este romance entre América e Irán?. Es cierto también que los
intereses de todas esas potencias actuantes no implican absolutamente el establecimiento de un régimen democrático en Siria: al contrario, esos intereses
les empujan a trabajar por perennizar la tiranía, ya se trate de la de Asad y su camarilla o la de algún otro.

En estas sombrías condiciones, no veo otro camino, para los demócratas sirios y en particular para los demócratas sirios de izquierdas, antes que cualquier
otros, que la perseverancia.

Eso será: nuestra perseverancia (´inâdu-nâ) contra su “irredentismo” (mumâna ´ati-him).

Farouq Mardam-Bey nació en Damasco en 1944. Estudió Derecho en la Universidad de Damasco y ciencias políticas en las universidades de Caen, de París-I, así
como la enseñanza de la historia y de las ciencias sociales en la Universidad París VII. Ha sido responsable de la sección de obras en árabe de la
biblioteca del l’Institut National des Langues et des Civilisations Orientales de Paris (de 1972 a 1986) y redactor jefe, y luego director de la
Revue
d’Etudes Palestiniennes. Ha publicado en
francés, en colaboración con Samir Qasir, una obra en dos volúmenes titulada “Itinéraires de Paris à Jérusalem – La France et le conflit arabo-israélien” (Institut des Études Palestiniennes, Paris 1992-1993) y en colaboración con Elias Sanbar, “Être Arabe” (Acts Sud, 2007), con Edwy Plenel y Elias Sanbar “Notre France” (Actes Sud, 211) así como tres obras consagradas a la historia de los alimentos entre los árabes. Ha supervisado la publicación de trabajos
colectivos de carácter histórico, político, literario o bibliográfico y ha traducido al francés obras del poeta palestino Mahmoud Darwish y la novela
Les
Hommes sans épaules del novelista iraquí Saadi Youssef. Reside en Francia desde 1965.

Entrevista realizada el 22/11/2014.

También disponible en VIENTO SUR su artículo “La revolución siria y los “antiimperialistas” http://www.vientosur.info/spip.php?article7250 (9/10/2012).


http://newspaper.annahar.com/article/191686-المثقف


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Traducido para VIENTO SUR a partir de la versión publicada en francés en noviembre de 2015:
<a
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>
http://souriahouria.com/la-lutte-en-syrie-sera-longue-la-tyrannie-fait-le-lit-des-djihadistes-et-toute-reforme-religieuse-restera-impossible-a-defaut-de-reformes-politiques-et-economiques-les-democrates-et-les-progr/



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