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jacobinmag.com | Partido y movimientos, entrevista a Olivier Besancenot (NPA)
"La inteligencia política aconseja repensar un montón de cosas asumidas, sin afirmar que tenemos las soluciones de antemano"
17/12/2015 | Jonah Birch

[Entrevista realizada antes de los atentados yihadistas del mes de noviembre en París.]

En la fiesta del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA), que tuvo lugar en junio en París, dijiste que la vida política francesa está “bloqueada” en estos momentos. ¿Puedes explicar qué quisiste decir con eso y qué hay detrás de la dinámica a la que te refieres?

Decimos que desde la perspectiva del radicalismo y de la protesta social, Francia está rezagada en Europa. Recordemos el comienzo de la década de 2000: hubo una serie de acontecimientos políticos importantes, como la victoria del NO en el referéndum de 2005 sobre el Tratado Constitucional Europeo, seguida al año siguiente de la derrota del CPE (el contrato de primer empleo, una medida que habría reducido la protección del empleo de los trabajadores jóvenes), que pareció significar entonces un revés importante para la creciente precariedad. Conviene mencionar asimismo la revuelta de la juventud trabajadora de los banlieues en el otoño de 2005.

En cierto modo, Francia era el epicentro de las luchas sociales a escala continental en aquellos años, pese a que, visto desde hoy, estos movimientos no lograron avances sociales y políticos duraderos. Sin embargo, aquel periodo de lucha se cerró con la derrota del movimiento contra la reforma de las pensiones de Sarkozy en 2010, un movimiento importante, basado en manifestaciones masivas y no en huelgas, pero que conoció movilizaciones de una magnitud desconocida desde mayo de 1968. Las movilizaciones de 2010 introdujeron algunas de las dinámicas que más tarde definirían el movimiento de los indignados en España, con la salvedad de que en Francia no hubo nada comparable al grado de autoorganización popular, de actividad de base y de la peculiar insistencia en la democracia que se vio en el caso español. Durante la movilización contra la reforma de las pensiones de 2010, la lucha todavía la dirigieron las viejas organizaciones del movimiento obrero que, por tanto, acabaron encajando una importante derrota.

Sin duda todo esto fue bastante perjudicial desde el punto de vista de la combatividad de la clase trabajadora, y en el plano político las victorias de los años precedentes no se tradujeron en ningún caso en nuevas formas de organización política popular. Después de 2010, la izquierda, que se había unido en la oposición al Tratado Constitucional Europeo, ha ido perdiendo cada vez más la esperanza sobre las posibilidades de crear organizaciones capaces de unir a la extrema izquierda y representar políticamente sus reivindicaciones sociales. Entonces, desde nuestro sector de la Liga Comunista Revolucionaria –donde militaba Daniel Bensaïd, quien había formulado el problema de esta manera– surgió la idea de crear un nuevo instrumento político, porque cuando uno propone un nuevo programa, también propone un nuevo instrumento político para ponerlo en práctica, y por tanto un nuevo partido.

Sabíamos que teníamos que hallar el equilibrio entre lo viejo y lo nuevo: es decir, por un lado, debíamos incorporar a las “viejas” organizaciones sociales, los sindicatos y las formaciones políticas que aportarían elementos para una recomposición; por otro lado, debíamos dar paso a lo nuevo, a un nuevo proceso de radicalización, a nuevas formas de lucha, nuevos tipos de apropiación política. Sin embargo, esta conjunción de lo viejo y lo nuevo, pese a los momentos en que podría haberse producido, no se hizo realidad. Pienso en particular en los movimientos sociales, en los que los esfuerzos por unificar las movilizaciones de los desposeídos (los sin, consistentes en grupos diversos, definidos por aquello de lo que carecen) con las luchas sindicales y los movimientos que combaten la globalización capitalista, nunca dieron sus frutos.

Y hoy nos encontramos en una situación en que, pese a no estar bloqueada de manera tan permanente como parece, sí está aparentemente atascada. En Francia, el resultado es un conjunto de circunstancias bastante repugnante, marcadas por una amplia radicalización política hacia la derecha, en que todo el mundo compite por ver quién es capaz de desplazarse a la derecha más rápidamente, hasta que el final es la extrema derecha la que más se beneficia, de modo que el que se lleva la palma en todo este marasmo es el Frente Nacional de Marine Le Pen.

Es cierto que durante los dos últimos años el gobierno del Partido Socialista (PS) ha seguido desplazándose a la derecha, implementando medidas de austeridad cada vez más drásticas, mientras que la izquierda ha continuado su declive. Al mismo tiempo, Marine Le Pen ha escalado al primer puesto de las encuestas de cara a la elección presidencial de 2017. ¿Por qué crees que la extrema derecha ha sido la principal beneficiaria de este cúmulo de circunstancias?

En primer lugar, es importante dejar claro que no se trata de un problema meramente francés. Si contemplamos honestamente la correlación de fuerzas a escala europea, veremos que se ha producido una irrupción más general de movimientos populistas, de extrema derecha, incluso neofascistas. De ahí la importancia de la solidaridad –sin dejar de ser críticos– con las experiencias de España y Grecia, pues han sido los dos primeros contraejemplos que hemos visto que demuestran que la crisis del capitalismo podía beneficiar a la izquierda anticapitalista y no solo a la extrema derecha.

Volviendo a Francia, he de decir que no creo en el concepto de “vasos comunicantes” en la política (un partido sube cuando otro baja). Es decir, no basta con que los partidos tradicionales se desplacen a la derecha para generar algún tipo de política de izquierda. Es cierto que este viraje a la derecha crea un espacio, pero llegados a este punto nos enfrentamos a un problema estratégico que divide a la izquierda radical, en Francia y en toda Europa: puesto que la política aborrece el vacío y que la izquierda no es lo que era, algunos sectores de extrema izquierda están tentados de volver a los antiguos modelos políticos, tratando de recrear esa especie de izquierda reformista, dentro de un envoltorio más o menos radical, que existía antes de que se convirtiera en la actual izquierda socioliberal. Es una versión institucional de la política de izquierda que resulta funesta, pues sabemos que está condenada al fracaso y no corresponde a lo que podría emerger de las nuevas generaciones, nuevas formas de lucha, etc. Este es el primer problema.

El otro problema es que a pesar de que existan formas de lucha embrionarias, estas no generan sus propias políticas. Ha habido dos contraejemplos frente al rápido crecimiento de la derecha durante la crisis, el de Grecia y el de España, pero los movimientos que surgieron en estos dos países no habían nacido de la nada en 2008, una idea que refleja una visión de las cosas muy mediática. En realidad, estuvieron marcados por una historia particular de lucha social y una trayectoria única de organización radical. Desde luego que existen muchos elementos nuevos en Syriza, y especialmente en Podemos, y sin duda estos dos grupos son mucho más nuevos que muchas otras organizaciones de izquierda europeas, pero en ellos militan activistas experimentados y numerosas corrientes políticas. Lo peculiar de estas fuerzas era su voluntad de trabajar sistemáticamente por conectar con nuevos movimientos sociales y forjar relaciones de influencia mutua y aprendizaje político. Son experiencias importantes, lo que no quiere decir que hayan resuelto la cuestión de lo que hay que hacer; ya vemos lo complicadas que son las cosas en Grecia y España actualmente.

Quisiera añadir una cosa más. Existe un problema muy francés que debemos abordar, que es el problema del provincianismo, que comporta cierta incapacidad para pensar más allá de nuestras fronteras, sobre todo cuando se trata de países de la periferia de Europa, y hay una manera de percibir lo que sucede que acaba siendo o bien una visión instrumentalista, o bien la perspectiva de un sabelotodo. Así, para quienes están interesados (porque hay quienes no están realmente interesados), algunos tratan de decir que “esto es precisamente lo que deberíamos hacer en Francia”, pero en realidad tan solo para recrear viejas combinaciones electorales (que es, digamos que lamentablemente, la tentación del Frente de Izquierda); luego los hay también que están realmente interesados, pero casi siempre tan solo para dar lecciones, como algunos profesores rojos que predican desde la distancia sobre todas las cosas que la izquierda en Grecia y España no entiende y esperan el revés decisivo, es decir, esperan ante todo futuras traiciones que denunciar.

Por desgracia, algunos de estos profesores rojos se sitúan en la extrema izquierda, en todas las organizaciones. Porque el propio contexto también se presta a ello. Pero objetivamente, si la experiencia griega termina en derrota, es Amanecer Dorado quien tiene todas las de ganar, y el peligro que representa ese partido, que muchos consideran de naturaleza neonazi, si logra conectar con el descontento popular, es evidente. Una derrota de tal magnitud en Grecia constituiría un ejemplo negativo para quienes luchan en Europa. Para nosotros, aquí en Francia, semejante revés comportaría un deterioro de la relación de fuerzas. Incluso si las consecuencias de una derrota definitiva para la izquierda en Grecia no fueran tan drásticas, esta eventualidad tendría un efecto material real, tanto en la izquierda como en las perspectivas del movimiento aquí; y lo mismo cabe decir de España. De modo que pase lo que pase, esas batallas no nos son ajenas.

No obstante, lo que vemos ahora desde el punto de vista de la solidaridad con Grecia y España es increíblemente poco. No es que no haya interés: entre el público en general que nos rodea, la gente comenta lo que está ocurriendo, pero sin que ello haya generado gran cosa en materia de solidaridad efectiva. Se trata de una cuestión real para nosotros, especialmente en el caso de Grecia, donde hubo una verdadera agarrada con las instituciones europeas y nosotros, aquí en Francia, deberíamos haber hecho lo posible por ayudar a que se aplicara el programa con que había sido elegida Syriza.

Pensando sobre el potencial de una amplia movilización contra la austeridad en Francia, uno de los grandes problemas actuales es que los sindicatos parecen débiles y desorientados e incapaces de construir una resistencia sostenida al neoliberalismo. Entre las principales confederaciones sindicales del país, tan solo la CFDT parece seguir una política coherente, que consiste en negociar centralmente las condiciones de la liberalización con los empresarios y el gobierno. En este contexto, la manifestación del 9 de abril, organizada por varios de los sindicatos que se oponen a la estrategia de la CFDT, en particular la CGT (la federación sindical más grande de Francia, alineada tradicionalmente con el Partido Comunista y la izquierda), me pareció sorprendente: por un lado, hubo 400 000 sindicalistas marchando por las calles de París, entre los que los miembros de la CGT, en particular, eran muy visibles. Por otro lado, al parecer no tuvo ningún efecto en las filas del gobierno. ¿Refleja esto alguna dinámica más amplia, una especie de abismo que separa las expresiones colectivas de rabia, como las huelgas, y la incapacidad de la izquierda para frenar el ascenso del neoliberalismo?

Yo diría que lo que falta ahora en Francia, más allá de la cuestión de la forma que adoptará (huelgas, manifestaciones, ocupaciones, etc.), es que la cuestión social irrumpa en el primer plano del escenario político. Se producen manifestaciones, algunas movilizaciones que en ocasiones incluso pueden arrancar una victoria, pero resultan demasiado orquestadas y excesivamente clásicas. No pretendo descalificarlas, pero en este panorama hay tantas cosas ya acordadas, luchas locales y sectoriales, que sin duda son muy reales, pero que no pueden generalizarse y unificarse.

En estas circunstancias, no basta con que los sindicatos convoquen manifestaciones en todo el país o huelgas generales de un día. El simple cambio de las formas de lucha no es una respuesta efectiva a la profundidad del ataque que estamos sufriendo. El problema va mucho más allá de la relación de fuerzas con la burguesía francesa, pues ni siquiera varios días de huelga general exitosa en Grecia fueron suficientes para tumbar el gobierno o forzar el abandono de los planes de austeridad (si bien esto ocurrió en Portugal en el mes de septiembre).

Lo que hace falta es una explosión social capaz de llevar los conflictos sociales mucho más allá de estas vías estrechas. Semejante erupción de la cuestión social está claramente ausente en Europa hoy en día, pero finalmente se producirá, de una manera u otra: no porque se haya decretado una movilización masiva, sino porque ya están presentes todos los elementos necesarios para ponerla en marcha. Nuestra tarea es prepararnos para la erupción que probablemente ocurrirá en estas condiciones, a fin de estar disponibles para futuras batallas. En este sentido nos enfrentamos a un problema: en estos momentos, en todo lo que hacemos, si somos algo es incluso más tradicionales, más repetitivos, que antes. Nos aferramos más que nunca a estrategias que están anticuadas y son ineficaces, lo que nos lastra de cara a las batallas del futuro.

Sin embargo, cuanto más exprimen a los trabajadores, cuanto más los reprimen, cuanto más en calma parece todo, tanto mayor será finalmente la explosión; y cuando se produzca, tantas más cosas saltarán probablemente por los aires. De hecho, es probable que ni siquiera hayamos imaginado todas las formas que adoptará esa erupción: en octubre, la noticia de la irrupción de los trabajadores en la reunión del comité de empresa central de Air France, en protesta por la eliminación de miles de puestos de trabajo, se propagó por todo el planeta, y la imagen que retenemos de ese día –los dos directivos de recursos humanos saliendo del complejo con las camisas desgarradas– es un recordatorio de lo volátil que es la situación.

Eres un activista político y también un militante en tu centro de trabajo, en Correos. ¿Has notado algún descenso de la combatividad entre los trabajadores de tu compañía desde, por ejemplo, la derrota de la movilización de 2010?

No, en Correos hay mucha movilización, e incluso hay numerosas huelgas locales: paros importantes, acciones minoritarias y mayoritarias y una gran solidaridad en la base, pese a que no exista un movimiento a escala nacional. A mi juicio, la importancia de estas luchas de correos radica en que pueden ir más allá de las filas de los propios trabajadores y convertirse en movimientos sociales que arrastran a segmentos más amplios de la población. Creo que una de las tareas, entre todas las vías que estamos explorando en Francia, es la de desarrollar estudios de casos concretos, como en España, sobre las manifestaciones contra la guerra, las marchas ecologistas, las grandes mareas contra los recortes en educación y sanidad –movilizaciones sectoriales muy potentes– y las luchas en torno a la cuestión de la vivienda.

En Francia, por ejemplo, las luchas en Air France nunca han estado aisladas de preocupaciones sociales y políticas más generales: en particular, tanto en 1988 como en 1993, fueron las precursoras de movilizaciones más amplias. La clase dominante no lo ha olvidado, de ahí el afán y la represión con que respondió a los trabajadores que irrumpieron en la reunión del comité de empresa. Sobre todo, porque la idea de que los dirigentes sindicales sean contestados por su propia base es políticamente insoportable. No cabe excluir que esto ocurra también en la sanidad, visto lo que está ocurriendo ahora en los hospitales de París; de hecho, en todos los sectores ya se dan las condiciones para una movilización social que una a los trabajadores y al público en general.

También hay movilizaciones masivas en torno a cuestiones ecológicas. Por ejemplo, veremos el efecto que tendrá la movilización organizada con ocasión de la cumbre del clima que tendrá lugar en diciembre en París. De todos modos, en el momento actual las luchas más avanzadas que observamos –tanto por su radicalismo como por su unidad y su capacidad de unir lo nuevo y lo viejo– son las movilizaciones contra megaproyectos de desarrollo, como las manifestaciones en Notre-Dame-des-Landes contra la construcción del aeropuerto, contra la presa de Sivens (donde la policía mató al manifestante Rémi Fraisse), o el movimiento impulsado por el sindicato campesino contra los planes de construir una central lechera de escala industrial y alta tecnología en Picardía.

En estos momentos, si acudes a alguna reunión política en Francia, verás que en ninguna dejan de mencionarse estas luchas: hace poco estuve en Grenoble, donde hay ahora una movilización contra la propuesta de construir un nuevo aparcamiento en el centro. A través de esta lucha entramos en contacto con activistas de izquierda y libertarios que finalmente acudieron a una reunión pública de una organización radical –era la primera vez que lo hacían– para comentar con nosotros las perspectivas. Esta es la clase de cosas que te dan una idea de lo diversa que es esta generación políticamente –una generación en la que encontramos un poco de todo y también justo lo contrario–, pero que muestra asimismo la voluntad de los jóvenes activistas de abordar los grandes temas, las grandes luchas, y buscar nuevas formas de movilización cuando estallan. En todo caso, nos han dado tantos golpes…

Al mismo tiempo, ya se debate acaloradamente sobre lo que deberá hacer la izquierda en las elecciones presidenciales de 2017. Esta ha sido una cuestión importante en el pasado y todo indica que volverá a serlo. El excandidato presidencial del Partido de Izquierda (Parti de gauche), Jean-Luc Mélenchon, se presentará sin duda de nuevo y sospecho que habrá amplios llamamientos a favor de la unidad, especialmente en el contexto de la creciente amenaza de la extrema derecha.

Este problema seguirá siendo el mismo en las próximas elecciones, tanto en las regionales de este diciembre como en 2017. Sin embargo, el caso es que la situación está bloqueada para todos. Por ejemplo, podríamos haber imaginado un “efecto Podemos” en la izquierda radical francesa, y esto incluye las elecciones regionales. Por muchas razones, las cosas no han ido por ahí. Por el contrario, las listas electorales del Frente de Izquierda, cuando presentan una candidatura unitaria, siempre compiten contra el partido gobernante (o sea, el Partido Socialista) en la primera ronda. Sin embargo, después acaban yendo con el gobierno y al final habrá una lista conjunta con el PS en las elecciones regionales. Para nosotros, esto es un problema real, incluso si suponemos que la izquierda trata de ser cuidadosa en la manera de abordar al Partido Socialista.

En cuanto a nosotros, el NPA opera en el terreno de la militancia de base y atrae a algo más de gente a los mítines, pero no contamos con medios económicos suficientes para presentar una lista electoral propia. Algunos de nuestros camaradas casi preferirían aislarse del resto de la izquierda; están ya un poco cansados de todos esos intentos fallidos de unificación, que consumen tiempo y energía. A su vez, Lucha Obrera (Lutte Ouvrière, LO) no quiere ni oír hablar de unidad. En cuanto a los movimientos sociales, hoy por hoy no emergen elementos representativos dispuestos a embarcarse en un nuevo tipo de batalla política. Potencialmente podría haberlos, y bastaría con que hubiera algo embrionario para empezar a tomar forma y tener un efecto enorme. Si hubiera una decena de personas de un movimiento social importante que dieran un paso al frente y dijeran “escuchad, atentos: vais a dejar de joder”, es posible que pudiéramos salir del bloqueo actual. Pero por ahora no hay nada por el estilo.

Lo más probable es que Mélenchon vuelva a presentarse, con o sin el Partido Comunista (PCF), pues considera que tiene una “cita con Francia”. Sin embargo, si uno concurre a las elecciones, debería hacerlo en nombre de un proyecto más amplio. Cuando uno comienza a ocupar el escenario electoral tan solo para existir, cualquiera que sea su proyecto, no hace más que alimentar la crisis política. Para eso no nos presentamos, pues sería contrario al enfoque fundamental de nuestra corriente. La cuestión electoral es omnipresente en Francia y resulta sofocante. No se trata tan solo de que vaya a monopolizar la vida política durante los meses previos a la elección, o incluso todo el año previo, sino que lo hace todos los días. La situación política francesa se ve abrumada por este electoralismo de todas las maneras posibles, incluida la manera en que se utilizan los resultados de los sondeos.

De modo que el problema, desde el punto de vista de un proyecto emancipatorio, radica en cómo salir de esta especie de temporalidad política, en cómo crear otro espacio, otro tiempo, otro calendario, lo que no significa necesariamente que haya que llamar al boicot. Pero si logramos crear un movimiento de masas con otras fuerzas, capaz de zafarse de esta presión electoral y de atacar a los partidos de la burguesía en otro plano, entonces podemos pensar en presentarnos en nombre de un proyecto más general. De cara a 2017 sería necesario desarrollar un tipo diferente de campaña, la “campaña alternativa”, a la manera de los zapatistas: una campaña por la “no presidencia”, porque en Francia tenemos la V República, en la que la cuestión electoral está subyugada por la centralidad del sistema institucional francés de la presidencia de la república.

¿Por eso estás escribiendo un libro sobre el “coste del capital”, para estrechar los lazos con los movimientos sociales?

Personalmente es cierto que tiendo a concentrarme totalmente en lo que está ocurriendo en los movimientos sociales, pues pienso que sigue siendo el terreno más fértil para que emerjan nuevas formas de expresión política. Tal vez sea un defecto mío, ya que a veces me lleva a subestimar el papel de las mediaciones políticas. Por esta causa he cometido errores de juicio: por ejemplo, no supe apreciar el significado del Frente de Izquierda cuando apareció por primera vez, pero no por sectarismo, sino porque pienso que no se corresponde con mi sensibilidad particular buscar primero posibles coaliciones políticas. Sin embargo, este defecto ha pasado a ser una obsesión para mí, porque a pesar de que siga siendo un militante de partido, esa es mi historia y estoy orgulloso de ella. Estoy convencido de que los movimientos sociales engendrarán nuevos tipos de representación política. Lo que más me preocupa es que al final nos quedemos fuera del movimiento real; la clave para nosotros es estar allí, sin reproducir las relaciones jerárquicas entre partido y movimiento social. Se trata de tener un enfoque complementario.

Cuando veo a los compañeros del Estado español, para ellos esto también es una obsesión. Refleja una historia particular de militancia. Creo que los griegos y los españoles iban por delante de nosotros en el movimiento por la justicia global: a partir de esa experiencia surgió una nueva generación en muchos países, pero no así en Francia. Aunque aquí hubo movilizaciones antiglobalización, siempre nos hemos enfrentado al mismo problema: recuerdo que cuando íbamos a las cumbres en lugares como Niza o Génova en 2000 o 2001, siempre hacíamos una lista de asistentes. Recuerdo las cifras: 1 000 italianos, 1 500 españoles, 800 griegos. Y de Francia, 40. Ahí surgió, particularmente en los campus universitarios, una nueva generación política en esos otros países, obsesionada por relacionarse con los movimientos sociales de esta manera militante, de relacionarse con los movimientos de una manera que era distinta de la nuestra, una manera que era de veras productiva.

Si no procuramos por todos los medios afirmar la necesidad de estar disponibles, de ser abiertos, la importancia de aprender y no arrogarnos una representación (“Hablo en nombre de…”), no tendremos nada que hacer. Es complicado, porque dada la complejidad de la situación en Francia, siempre es tentador para nosotros decir “tenemos la solución”.

¿No dirías que la creación del NPA reflejó un esfuerzo por organizar y representar a las generaciones recién radicalizadas y por reformular viejas cuestiones y discusiones, etcétera?

Sí, hicimos un esfuerzo en este sentido. A diferencia de otros, pienso que realmente abrimos las puertas de la organización a fuerzas ajenas a nuestras propias filas. Era tentador, pero también un gran reto. Estábamos nerviosos. Cuando abres las puertas, acabas encontrándote con un montón de sindicalistas que vienen con su propia cultura, militantes de los barrios obreros que acuden con su propia cultura, y así sucesivamente. Y este es el proletariado tal como es, no como lo imaginamos –no como el que está descrito en los libros–, sino como el que es actualmente en Francia: fragmentado, explosivo, diverso, pero marcado por el sello de una explotación y opresión comunes.

Lo que voy a decir en este punto es sin duda controvertido, pero creo que el asunto de la candidatura de Ilham Moussaïd [militante musulmana del NPA, cabeza de lista en las elecciones municipales de 2010 en Marseilla, cuya presencia generó un grave conflicto interno y externo al NPA] en las elecciones regionales de 2010 sintetizó este problema de una manera que fue más allá de la mera cuestión de la islamofobia. Porque de hecho hay que hallar el justo equilibrio entre el movimiento por los derechos de las mujeres, el laicismo y la lucha necesaria contra la islamofobia. Pero más allá de esto, lo que simboliza es un problema muy real: sales al mundo exterior, organizas un mitin, viene gente y piensas ¡cuantos más, mejor! No pones gorilas a la entrada, así que la gente viene y viene tal como es, obreros blancos, negros, árabes, y por tanto también mujeres musulmanas con un pañuelo a la cabeza. Acuden a un mitin, escuchan lo que dicen desde el podio, no solo lo que digo yo, sino también a los demás oradores, y en general están de acuerdo con lo que se dice, de modo que piden afiliarse. Vuelven, participan en la campaña, colocan carteles en las paradas de autobús, reparten folletos, y finalmente tienen problemas cuando han de representar al partido. Si tú no puedes hablar en nombre del partido y otros sí, habrá problemas.

Así que detrás de esto, detrás de la cuestión colonial, de la lucha contra la islamofobia, está el problema de cómo te relacionas con la clase obrera real, tal como es. Para ser más claro: si abres las puertas y tratas de participar en las luchas reales, de dar expresión política al sujeto social, has de tomar al sujeto social tal como es, sin demagogia. Esto no significa que no tengas nada que decir, aunque solo sea el esfuerzo por cohesionar una autopercepción colectiva en cuestiones que intentamos impulsar juntos, especialmente en los prejuicios a que nos enfrentamos todos, porque como individuos de clase trabajadora cuyas vidas son anteriores a nuestra actividad política radical, no estamos separados del resto de la sociedad.

Todo esto es muy importante para mí, pues si te proyectas al futuro, hay muchas cosas que revisar con respecto a lo que no ha funcionado en la creación del NPA. No tengo todas las respuestas, pero creo que un problema sustancial es este: si abres las puertas, porque has de tener la valentía de hacerlo, no debes tener miedo de que el proletariado, con toda su complejidad y diversidad, trate de convertirse en sujeto emancipatorio preparado para el siglo XXI. Con los sindicalistas que militan en la extrema izquierda, creo que ocurre algo parecido. Es un error pensar que las dificultades de organización sindical pueden reducirse a cuestiones operativas, aunque estas sean importantes. Por ejemplo, ¿Qué hay que hacer para que todos los miembros del partido se sientan cómodos hablando y no solo aquellos que tienen experiencia en hablar en público? En otras palabras, ¿cómo hacer para no reproducir la divisoria que existe en la sociedad entre quienes hablan y quienes no hablan?

Por ejemplo, los sindicalistas son menos dados a hablar en debates políticos, pocas veces se les ve en congresos de partido. Pocas veces se les ve en las escuelas de verano del NPA. Puede que se les vea hablar en una reunión nacional semipública (especialmente en reuniones centradas concretamente en la actividad en el puesto de trabajo) entre compañeros y otros sindicalistas, es decir, en “su terreno”. Pero es menos probable verles aparecer en público en campañas políticas de partido.

Y luego hay otro problema, porque en la expresión política de ciertos sindicalistas, a veces hay muy poca mediación política. Es la expresión de cierta rabia social, el deseo de obtener una especie de logro político al que pueden apuntar. Y a veces puede ser asombroso y extraño. Por ejemplo, entre algunos de nuestros activistas sindicales en el norte, es bastiones sindicales, el NPA era calificado regularmente de nuevo partido de la clase trabajadora. Este era su planteamiento. No se puede afirmar esto cuando hay otras organizaciones de izquierda que representan a activistas; no se puede reclamar la representación política exclusiva de la clase obrera; lo contrario sería el colmo del sectarismo estrecho y estúpido. Pero aquellos sindicalistas se referían a una cosa distinta al afirmar aquello: de hecho, su lógica reflejaba nuestras intenciones de crear un partido nuevo, aunque no fuéramos capaces de expresarlo correctamente.

¿Cómo superar estas dificultades?

Sinceramente, no lo sé.

Pero ¿no es esta una parte importante del problema, una parte objetiva que debe afrontar toda la izquierda? Hubo todo un ciclo de luchas que comenzó con las huelgas de diciembre de 1995 contra el gobierno de Juppé, y tal como has dicho antes, parece que terminó con la reforma de las pensiones de 2010, o la derrota frente a la misma, ¿no?

Sí, no cabe duda. Me refiero a nuestro propio balance, a las cuestiones críticas que nos afectan específicamente. Además, hubo muchos factores objetivos que operaron en contra de nosotros, y lo digo sinceramente. Abrimos las puertas en un periodo en que estaba comenzando el reflujo social y político. Algunos pensaban que debíamos construir un partido nuevo antes de este retroceso, pero era difícil predecir las derrotas que siguieron. Me refiero a las críticas que nos ayudan a comprender qué deberíamos evitar que se repita en el futuro, y eso es muy complicado.

Quisiera que abordaras la cuestión de la islamofobia y del racismo en la izquierda. Mucha gente de otros países observa el historial de la izquierda francesa en este terreno y concluye que hay aquí un importante punto débil: por ejemplo, la profunda división que hubo en la izquierda radical en 2004 en torno a la prohibición del hiyab (pañuelo en la cabeza] en la escuela pública nos resulta bastante chocante. ¿Cuál es tu punto de vista? ¿Dónde crees que radica el problema?

Estos debates siempre han sido característicos de la situación de Francia y de la izquierda radical, pero lo importante es resolver las cuestiones que se convierten en un escollo. Si intentamos zanjar la cuestión sobre la base de argumentos, concepciones e ideas antiguas, o si nos contentamos con decir que es una secuela del legado colonial francés y lo dejamos ahí, acabaremos atascándonos en la reiteración de debates del pasado. El peligro es bidireccional. Tomemos el ejemplo de una chica que lleva el pañuelo en la cabeza: si percibimos este hecho simplemente como un ataque al laicismo o un símbolo de la lucha contra la islamofobia, no creo que estemos entendiendo el problema ni la realidad social de la vida en las comunidades de clase trabajadora actuales. Vas a hablar con la gente en esos barrios y encontrarás toda clase de personas: mujeres que llevan el pañuelo y otras que no, vecinos que están a favor de la prohibición y otros que están en contra, gente de todas las convicciones políticas.

Pero también hay formas de relacionarse que ayudan a superar esas diferencias, conexiones basadas en un conjunto común de experiencias cotidianas concretas. No estoy hablando de una historia compartida, sino tan solo de lo que ocurre aquí y ahora. Nosotros no somos capaces de relacionarnos con la gente de esta manera, pues no estamos equipados con el “software” necesario, y no me refiero únicamente al NPA, sino a la izquierda más amplia. Es un rasgo peculiar de la situación a que nos enfrentamos, que seguirá produciendo fracasos duraderos a menos que seamos capaces de abordar la cuestión. Incluso en los sectores de la izquierda que son más sensibles a la lucha contra la islamofobia existe a veces una tendencia involuntaria a reproducir relaciones paternalistas con personas de origen inmigrante (o sus descendientes). Pensar que tenemos que pasar por la religión para acceder a quienes se hallan en los márgenes del proletariado no me parece una buena estrategia, y desde luego no se corresponde con la realidad de la vida de estas personas, por muy creyentes que sean. Creo que podemos hablar de política directamente con todos los que viven en barrios pobres.

Aparte de esto, es importante reconocer que una parte de la comunidad musulmana estuvo un poco molesta con nosotros con respecto a Ilham. Incluso en esos círculos se sospechaba que tratábamos de azuzar la controversia para sacar partido. Esto era falso, claro está, pues entre las docenas y docenas de candidatas que había en nuestras listas, solo había una que llevara el pañuelo. Sin embargo, la prensa agarró el tema y lo convirtió en una tormenta mediática: hubo un artículo, un comunicado de prensa, una cuña televisiva y al poco tiempo Al Yasira llamaba a la puerta de Ilham. ¡Las cosas se salieron de madre! Cuando fuimos a hacer campaña en barrios obreros, la gente nos dijo que no tratáramos de agitar el debate sobre la candidatura de Ilham para buscar apoyos. Lo que querían saber es si había alguna acción concreta que pudiéramos llevar a cabo juntos, y nunca nos pidieron que nos sometiéramos primero a algún tipo de “test” religioso.

En la época en que ocurrió esto, nadie nos defendió en los medios, al menos no directamente. Ni una figura destacada del mundo de la política, la cultura, la vida intelectual o del asociacionismo cívico estuvo dispuesta a apoyar abiertamente lo que habíamos hecho. Al contrario, muchas de ellas nos criticaron, porque la cuestión es, por supuesto, todo un indicador de la sociedad francesa en general, tanto una extensión de la arabofobia como del pasado colonial de Francia, y la mejor coartada con que cuenta hoy en día la clase dominante. Sirve de cortafuegos frente a todas las cuestiones relacionadas con la emergencia social actual. Y es un cortafuegos que funciona muy bien, en la medida en que se basa en el miedo. Con ello, la burguesía ha encontrado una manera eficaz de mantener al proletariado profundamente dividido; dividido en el sentido más amplio del término.

Actualmente, el reto para nosotros consiste en idear una estrategia eficaz para contrarrestar estas divisiones. Hemos de llevar a cabo campañas específicas, no cabe duda, pero esto no resuelve el problema. Una de las maneras de abordar esta cuestión puede consistir en la creación de alianzas de nuevo tipo, es decir, no con quienes se consideran representativos de una comunidad cultural y religiosa predeterminada, sino con los propios interesados, que a menudo se concentran en barrios pobres. Hemos de desarrollar puntos de convergencia y avanzar en pie de igualdad con activistas de base de los movimientos vecinales. En cuanto a la política, también está allí, en los barrios. Estas comunidades no carecen de militantes, ni mucho menos.

Asimismo, también se puede hablar de inmigración, porque, por ejemplo, yo vivo en el distrito 18 (un barrio obrero situado en el norte de París), conocido por ser un centro tradicional de vida inmigrante. Aprovechamos una convocatoria electoral para impulsar una campaña novedosa, llamada “lista de los sin voz/sin voto”, en la que propusimos una serie de candidatos en que figuraban muchas personas de origen extranjero, que no tienen derecho a votar ni a ser elegidas, en un contexto en que el gobierno socialista había vuelto a incumplir su promesa de ampliar el derecho de voto en las elecciones municipales a los residentes extranjeros. Fue un movimiento embrionario, organizado a nivel de barrio, y nuestras discusiones reflejaron la urgencia que suele tener la gente que participa en un movimiento común. La lista fue declarada nula por la prefectura y nosotros instalamos nuestras propias urnas en la calle para llevar a cabo una elección simbólica. Fueron muchos los vecinos que se acercaron a nuestras urnas, mientras que en los colegios electorales oficiales había pocos votantes. Fue una campaña conjunta con los segmentos menos visibles de la clase obrera.

¿Qué me dices del movimiento obrero? ¿Crees que los sindicatos pueden revertir la tendencia al declive a largo plazo y encontrar una estrategia viable para hacer frente a la austeridad? Particularmente en el contexto del reciente escándalo de corrupción en que está implicado el secretario general de la CGT, ¿existe alguna esperanza en este terreno?

Existe un enorme potencial en el lado de los sindicatos en Francia, especialmente porque hay muchos núcleos de sindicalistas de “lucha de clases”, que reciben el apoyo de sectores de afiliados mucho más amplios que lo que solemos pensar; el número de activistas implicados en estos núcleos alcanza probablemente las decenas de miles. El problema fundamental es que hemos tenido en Francia una larga secuencia de acontecimientos –uno de ellos ha durado mucho– en que cada episodio de conflicto social resucita esperanzas de renovación sindical centrada en un polo más combativo del movimiento obrero (un polo formado por la CGT, la federación de enseñantes, la FSU y la confederación independiente y combativa llamada Solidaires). Esta secuencia parece haber terminado en lo que estamos viendo ahora, tanto en el movimiento obrero como en todo el escenario político: una radicalización y evolución graduales hacia la derecha. El problema sigue siendo la falta de un acontecimiento fundacional susceptible de desencadenar una nueva secuencia en el terreno político y en el sindical.

Vimos el potencial de una revitalización sindical sostenida tras el movimiento de diciembre de 1995 contra el gobierno de Alain Juppé. Juppé había dado su nombre a una propuesta legislativa que habría supuesto un recorte de las pensiones y una reforma del sistema de seguridad social. Las movilizaciones que finalmente le obligaron a retirar dicha propuesta fueron un modelo y sentaron un precedente para los activistas sindicales y una advertencia a las empresas: este ejemplo de un movimiento masivo que culmina en una huelga general victoriosa es básicamente el mayor temor de todo gobierno. Si esta experiencia se repitiera de alguna manera, dentro del movimiento sindical existen “núcleos” de los que podría emerger algo nuevo, pese a que en estos momentos resulta difícil identificar las fuentes de semejante renovación.

¿Qué pasa con otras luchas o movimientos, como los que giran en torno a cuestiones de ecología, racismo, Europa, etc. ¿Crees que pueden desempeñar un papel importante en el intento de cambiar la relación de fuerzas?

De momento existe una presión sorda sobre la sociedad francesa, pero ningún filo cortante, pues todo se mantiene atado y encajonado. Básicamente puedo decir que hay montones de actividades, numerosos desarrollos interesantes en ámbitos como la lucha contra el racismo, la vivienda, el sindicalismo, pero nada suficientemente sustancial para cambiar la actual correlación de fuerzas. Incluso en estos sectores se ha instalado la convicción de que la sociedad camina en la buena dirección, de modo que no aparece ningún sector en primera línea que diga “alto ahí”.

Es una observación algo deprimente para terminar

No, porque la situación actual es insostenible a largo plazo. Todo lo que he descrito, desde el comienzo, apunta a una sociedad que todavía no está fosilizada. La situación en Francia y en Europa no es inamovible; la correlación de fuerzas actual no está congelada para siempre. Al contrario, las cosas van a cambiar. El principal desafío en estos momentos es asegurar que los activistas sientan, desde lo más profundo de su alma, la urgencia de estar siempre en contacto con todo lo que se mueva. Desde este punto de vista, hay aspectos de la coyuntura actual que me parecen interesantes e incluso estimulantes. Hoy en día estamos al acecho y a la caza de todo lo que tiene pinta de ser un potencial punto brillante en un firmamento que, por lo demás, está oscuro.

Se diría que la inteligencia política, en estas circunstancias, aconseja repensar un montón de cosas asumidas, sin afirmar que tenemos las soluciones de antemano, sino abordando el reto de inventar algo nuevo, paso a paso. Elaborar nuevas respuestas programáticas y organizativas, adaptadas a una situación que puede cambiar repentinamente, incluso en relación con nuestro deseo de forjar alianzas adecuadas.

Con respecto a la representación política, pienso que estas consideraciones requieren una discusión estratégica sobre la forma de partido. Es una discusión que debería realizarse abiertamente y con seriedad, sin intentar en absoluto cortocircuitar el debate y sin demagogias posmodernistas. Es necesario revisar nuestro enfoque de la organización política, crear nuevos modelos de representación que tomaría prestada de la forma de partido la coherencia en cuestiones programáticas y estratégicas, pero que evite las trampas de la sustitución y del aislamiento de las luchas sociales reales (problemas que han afectado a tantas organizaciones). No está claro cómo hay que abordar esto. Tal vez el hallazgo de una solución o simplemente la claridad de la reflexión sobre el proyecto exigirán que estemos atentos, ahora más que nunca, a los nuevos elementos y los nuevos enfoques que emergerán del exterior de las filas de nuestras propias tradiciones políticas.

Diciembre de 2015

https://www.jacobinmag.com/2015/12/olivier-besancenot-npa-anticapitalist-france-laicite-melenchon-lcr/

Traducción: VIENTO SUR



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