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COP21 en Paris
Ante el optimismo de la diplomacia, el pesimismo de la urgencia
16/12/2015 | C. García

La Cumbre anual de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, la 21a Conferencia de las Partes (COP21), que ha concluido este sábado 12 de diciembre, está acompañada de titulares muy diferentes.

Histórico es el término más utilizado por parte de los líderes políticos y grandes medios de comunicación para resumir el acuerdo saliente un día más tarde de lo previsto. Unas horas extras en la negociación que no han hecho otra cosa que elevar el nivel de expectativa, de nervios de no acuerdo y, por tanto, de sensación final de que estamos ante “el mejor acuerdo posible”.

Constatación de un giro, aunque insuficiente, han optado por señalar grandes ONGs ambientales y sociales como Greenpeace u Oxfam. Con la idea de que es un acuerdo que lleva a relegar a las energías fósiles al lado malo de la Historia y que supone una victoria moral para quienes luchan contra el cambio climático.

Acuerdo decepcionante, es el balance hecho por otros grupos socio-ambientales y ecosocialistas, por contar con buenas palabras pero carecer de herramientas necesarias para luchar con eficacia contra el cambio climático.

La diversidad de titulares no es algo nuevo en las cumbres del clima, incluso evoluciona sobre los días y responde, sobretodo, a diferencias políticas pero no solo a eso. Más allá de la prensa y de los titulares es necesario que desde las organizaciones sociales y políticas veamos cómo abordamos la comunicación de este tipo de eventos hacia la sociedad. ¿Cómo evitar la ecofatiga que lleva a que la gente se desenganche ante mensajes alarmistas sin engañar sobre los escenarios a los que nos afrontamos?; o ¿cómo apreciar positivamente los pasos necesarios que se dan cuando a la vez son tan insuficientes? La tensión en torno a cómo se transmite el resultado de los acuerdos desde los espacios organizados de la sociedad civil no es algo banal y forma parte de la disquisiciones comunicativas para conseguir aumentar el nivel de sensibilización y movilización. Nada fácil. Pero, veamos:

Cuánto hay de cambio ¿dónde estábamos y dónde estamos?

El llamado giro o cambio en relación a pasadas cumbres se basa, a mi entender, en dos aspectos. El primero, la existencia misma de un acuerdo ante el riesgo de salir de esta Cumbre sin acuerdo alguno, con precedentes previos como Copenhague y los casi veinte años transcurridos desde el Protocolo de Kioto. Un texto compartido por 195 países tiene un valor en sí mismo a no despreciar. Es el resultado de una suma de elementos; una toma de conciencia en las altas esferas de que la falta de acuerdo es irresponsable, o más bien que la falta de un acuerdo aparente será penalizado por una ciudadanía cada vez más preocupada por esta temática, sobre todo cuando los impactos ya son visibles y es más que obvio que ante un mundo cada vez más polarizado y con mayor número de conflictos armados no pueden dinamitarse los espacios de gobernanza internacional.

El segundo, la inclusión de la referencia explícita del 1,5º, viene a constatar que las decisiones sobre el cambio climático son políticas y no científicas. “Mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 ºC con respecto a los niveles preindustriales, y proseguir los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1,5ºC con respecto a los niveles preindustriales, reconociendo que ello reduciría considerablemente los riesgos y los efectos del cambio climático” como se acuerda en el artículo 1 supone asumir que las decisiones políticas deben basarse en la ciencia, pero que esta no puede usarse para buscar un margen seguro hasta el que poder aumentar tranquilamente la temperatura. No hay tal margen. La pregunta a la que estamos haciendo frente es qué consecuencias estamos dispuestos a asumir como sociedades, porque el cambio climático ya está aquí y tiene consecuencias, especialmente en poblaciones del Sur global más expuestas y vulnerables. El grado y medio es una demanda histórica de los estados insulares, países menos desarrollados y movimientos sociales.

¿Cuánto hay de necesario? ¿Cuán ambicioso es?

Con el desarrollo del Acuerdo empiezan las contradicciones y preocupaciones. Cuatro aspectos a destacar.

1. Metas, cobertura y el carácter vinculante – La primera contradicción es que, si bien el Acuerdo de París es legalmente vinculante, los objetivos nacionales de reducción de emisiones no lo son. Además es cada país el que ofrece compromisos de reducción de emisiones a través de las llamadas Contribuciones Determinadas a nivel Nacional -INDC por sus siglas en inglés-. Esto supone que a día de hoy estas contribuciones sean insuficientes para alcanzar el objetivo. Con los compromisos encima de la mesa, de 187 de los 195 países, si se extrapolan los efectos hasta final de siglo, el resultado es que la temperatura media aumentaría cerca de tres grados. Y otro problema es que el texto no contempla las emisiones generadas por el transporte aéreo y marítimo. Es decir, es como si se aprobara una política fiscal progresiva en la que ya de partida se sabe que se va a recaudar menos de lo necesario, sin mecanismo de sanciones para el que no pague y, además, se legalizan los paraísos fiscales

2. Tiempo – Se estima por parte de comunidad científica y sociedad civil que tenemos entre 10 y 15 años para ejecutar la significativa reducción de emisiones necesaria para cumplir con el objetivo marcado del grado y medio. No obstante, existe un desfase entre el tiempo que tenemos y el tiempo que nos hemos dado con tres claros riesgos:

En la entrada en vigor: en el artículo 21 se señala que para que el acuerdo entre en vigor se precisa que no menos de 55 Partes en la Convención, cuyas emisiones estimadas representen globalmente un 55 % del total de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, hayan depositado sus instrumentos de ratificación, aceptación, aprobación o adhesión. En el único precedente previo, el Protocolo de Kioto, se tardaron ocho años desde su aprobación hasta conseguir los apoyos necesarios para que entrara en vigor.

En la revisión: Está previsto un mecanismo de revisión de los compromisos en función de la progresión. En 2018 los países evaluarán los impactos de sus iniciativas contra el calentamiento, pero la primera revisión no será hasta 2023. Entre tanto el tiempo corre y aumentan las consecuencias como las comunidades que se ven obligadas a migrar en un fenómeno nuevo conocido como los refugiados climáticos.

En la aplicación: No establece una fecha sobre cuando las emisiones mundiales deben alcanzar su punto máximo, desaparece la referencia al objetivo de reducción de emisiones para 2050 y el artículo 4 queda así: “las Partes se proponen lograr que las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero alcancen su punto máximo lo antes posible, teniendo presente que los países en desarrollo tardarán más en lograrlo, y a partir de ese momento reducir rápidamente las emisiones de gases de efecto invernadero”.

3. Instrumentos – La descarbonización de las economías es la única forma de hacer frente al cambio a través un cambio de modelo energético que asegure una transición hacia las energías renovables, más democráticas y limpias, y dejar los combustibles fósiles en el suelo sin explotar, así como un cambio del modelo productivo y de transporte. Este compromiso fundamental de descarbonización ha acabado en una vaga referencia en el artículo 4 alcanzar un equilibrio entre las emisiones antropógenas por las fuentes y la absorción antropógena por los sumideros en la segunda mitad del siglo”. Lo que parece un problema terminológico -el uso de neutralidad climática en lugar de descarbonización- abre peligrosamente la puerta a seguir quemando petróleo a cambio de buscar fórmulas de absorción de estos gases con la geoingeniería o la captura y almacenamiento de carbono -inyectándolo en espacios confinados-. Todo ello generando nuevos problemas, dando lugar a trampas contables y desviando inversiones que podrían ir para renovables, hasta el punto de que no se menciona en todo el texto el término de combustibles fósiles", "industria", "carbón", "petróleo".

4. Financiación – Si algo se había conseguido en Copenhague en 2009, y así se presentó como éxito el día de después, era el compromiso de poner 100 mil millones de dólares anuales (por parte de los países más ricos) a disposición de los países más pobres para que pudieran hacer frente a los impactos de un cambio climático que no han provocado y se les asegurara el derecho a poder desarrollar sus economías con modelos bajos en carbono. No obstante, este compromiso también ha quedado fuera del texto legalmente vinculante. Es el otro gran cascarón vacío, que figura en el texto introductorio al acuerdo pero no en la parte vinculante. No se detallan ni mecanismos de reparto de obligaciones, ni instrumentos garantistas para la financiación, ni que tengan que ser nuevos o adicionales. Considerando que se destinan unos 175 mil millones de dólares al año en cooperación al desarrollo a nivel mundial (OCDE en 2013) el riesgo es evidente: cambiar el concepto de la partida en cooperación a cambio climático. ¿Les obligaremos a elegir entre transición energética, adaptación al cambio climático o escolarización?

En conclusión: ante el optimismo de la diplomacia, el pesimismo de la urgencia. Pero también sabemos que no podemos quedarnos de brazos cruzados porque los problemas no se disipan dejando pasar el tiempo. Sólo la acción colectiva puede darles respuesta y para ello no debemos dejar pasar la ocasión de articular mensajes y prácticas de cambio desde las luchas en la que ya estamos. La defensa de la EMT en Madrid, la lucha contra la contaminación atmosférica, la oposición a planes urbanísticos como la operación Plan Parcial del Taller de Precisión de Artillería (TPA) de Chamberí y Mahou-Calderón, la recuperación de espacios como “Esto es un Plaza” en Lavapiés son ejemplos de lucha en defensa de lo común que fomentan a la vez apuestas contra el cambio climático. Necesitamos vincular las luchas, debemos utilizar los espacios ganados en las instituciones para extender las soluciones a gran escala y romper con viejas lógicas y levantar una marea de compromiso e ilusión; pongámosle color.

15/12/2015

C. Garcia es militante la comisión ecosocialista de Anticapitalistas Madrid



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