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“Nos vemos instalados en la misma desidia política de aquellos años de la Transición”
¡Otra vez, no!
14/12/2015 | Francisco Pereña

Cuando murió mi amigo Miguel Romero perdí un interlocutor político al que añoro por su pasión y su inteligencia, desde mi largo retiro de la actividad política, que comenzó en aquellos ya lejanos años de la Transición. Volver hoy a retomar el debate político es, sin embargo, un modo de proseguir en la discrepancia. El motivo no está en la simple discrepancia, que siempre he practicado como respiro psíquico, sino en que esta discrepancia me parece hoy del todo necesaria, pues de nuevo nos vemos instalados en la misma desidia política de aquellos años de la Transición. Cuando digo desidia política me refiero al abandono del rechazo a un sistema económico y político concreto en una coyuntura concreta. Desidia política es pues, para mí, ese abandono de la discrepancia y el entusiasmo por una militancia que se orienta y organiza conforme al eje fundamental de la propaganda que consiste en cómo ganar, ni siquiera qué ganar y no digamos qué defender o por qué pelear, sino el simple cómo ganar.

Pereza da volver a aquellos tiempos. No es la queja, es el esclarecimiento lo que exige volver a tener en cuenta lo que ante todo fue un período tomado como triunfo de la razón y del consenso, y lo que eso suponía de derrota de la sensibilidad y del pensamiento como lo que realmente es: resistencia. No hay pensamiento que no sea resistencia al orden y sensibilidad ante lo que ese orden oculta: daño y marginación. Sin la resistencia el pensamiento se convierte en mero “monólogo colectivo”, como diría el olvidado Günther Anders, es decir, el triunfo de la publicidad o de la propaganda como mera publicidad.

La resistencia permite no confundir la realidad con el llamado “realismo”, esa posición que confunde realidad y poder. Cuando decimos “hay que ser realistas” estamos prescindiendo del criterio moral. No es que el criterio moral sea una retirada narcisista de la realidad. El criterio moral, por el contrario, supone respetar lo imposible del hecho para librarnos del “monólogo colectivo” de la propaganda. El “realismo” de la Transición consiguió, por ejemplo, borrar de un plumazo los 40 años de dictadura franquista. Se volvió a hablar de la guerra civil, ya fuera para asustar o para poner a los historiadores al servicio del nuevo consenso. La realidad de la guerra civil “des-realizaba” el franquismo. Ahí se puede comprobar que el consenso es fundamentalmente un modo de denegación. Nos ponemos de acuerdo en borrar algo, en denegar algo, en ignorarlo. Esa es la razón última del consenso, el no cuestionamiento de aquello que sin embargo no habría que olvidar para que al menos el dicho consenso no sea una mera farsa. Si la democracia tiene algún valor es precisamente por la disidencia real y no su mera puesta en escena televisiva.

Bien, recordemos un momento aquella época. El contexto internacional estaba dominado por lo que J.R. Capella llamó la “contrarrevolución política”: cierre de las empresas públicas, promoción del trabajador autónomo, desprestigio de lo público, desmovilización social, desregulación de los mercados financieros y degradación de la política como capacidad de decisión sobre la actividad económica. En este contexto se propone la Transición como modo de acoplarse a esta situación y el resultado fue, por ejemplo, los llamados “pactos de la Moncloa”, que culminaron la tarea de desmovilización social. De las 20.000 huelgas del año 1976, que continuaron con la huelga de transportes y el asesinato de los abogados de Atocha en enero de 1977, se pasó a la incorporación de los sindicatos al proceso de convergencia y conformidad, es decir, al proceso de “ingeniería del consenso”, que instala en el gobierno al partido socialista. La sociedad española entra en un letargo moral que junto al salvaje expansionismo capitalista favorece la inercia y la rutina del pensamiento y la pasividad consumista. El partido socialista propone el enriquecimiento fácil, promueve el desprecio de lo público y finalmente la corrupción. El PP no hizo más que heredar ese cinismo político y recuperar la desfachatez del modo franquista de ejercer el poder. El franquismo, inexistente para la reflexión política, se hizo presente en la muda rutina del descaro y la inmoralidad.

La guerra de Irak supuso un giro en la esfera internacional y también en la movilización social. Se produce un rechazo masivo a la guerra que, como era de esperar, no la evitó. Pero ya la guerra entra en el ámbito internacional de manera clara, para ya no marcharse. Luego vendría el desmoronamiento de la ficticia acumulación de capital financiero, la dedicación de los recursos públicos al rescate de los Bancos, el empobrecimiento de jóvenes y trabajadores y el precipitado deterioro de los recursos sociales. Por el contrario, la movilización social se recupera sobre todo por parte de los jóvenes, los más afectados por la recesión económica y el paro consiguiente. El movimiento 15-M supuso un cambio radical en la lucha política.

Pero de nuevo, como ya sucedió en 1976, el proceso de institucionalización borró de las calles la ingente movilización que se había producido. El 15-M había tenido el acierto de encontrar nuevos dichos políticos que sacaban de la mortandad a un lenguaje ya muerto. Era un modo de expresión política ligado a problemas reales que la “ingeniería del consenso” había ignorado o, mejor dicho, “desrealizado”. El “realismo” político parecía haber descubierto su mascarada. Pero no fue así. La nueva institucionalización del movimiento convirtió ese lenguaje en una letanía de propaganda y los medios de comunicación, esta vez dirigidos por la TV y por Internet, y ya no por la prensa escrita, encontraron un nuevo aliento, un entusiasmo para el nuevo espectáculo. Aparecieron programas de TV que, inspirados en el reality-show, animaban un debate que ponía en escena una disidencia que sólo era falta de pudor, como apariencia de sinceridad o de moralidad. Todo es expuesto en la medida en que es ignorado. El plató de TV es el nuevo espacio del consenso, del “monólogo colectivo”, en el que cada cual representa un papel para el carrusel de la obra. La calle se vacía y la TV o Internet es el ámbito de la “movilización” social, mero espectáculo, simple apariencia. No hay distinción alguna entre apariencia y realidad. Los nuevos políticos, llamados emergentes, proponen un lenguaje que dicen ajeno al marketing y que quieren vender como genuino o auténtico.

Ya conocíamos la vieja alianza entre periodistas y políticos. Ese fue el espectáculo de la Transición. El hoy tan traído y llevado Gramsci ya habló de los “expertos en legitimación”. Es la puesta en escena de personajes que se legitiman unos a otros en el seno mismo del espectáculo. A ver quién gana, a ver quién da mejor en TV, a ver quién tiene la mejor persuasión, a ver quién dice mejor lo que es la realidad. El reality-show y el concurso dominan los espacios televisivos. Ambos se dan en el espectáculo político. Quién es el mejor vendedor, el que mejor miente. Los periodistas presumen de estar en el ajo, es decir, de conocer las intenciones del político, y el político oferta al periodista lo que a su vez le pide: que legitime la palabra con la que el propio periodista se legitima. Así se establece esa estrecha alianza de mutua legitimación, en la que se comparte la misma versión de la realidad convertida en alegre competición. Conocemos el código: decir la verdad a la vez que se miente. Ni siquiera se enteran, son meros teleñecos del espectáculo.

La emoción misma es objeto de exhibición. Donde Felipe González hablaba de recuperar la “ilusión” en la política, ahora se dice “poner alma” a la política. La publicidad siempre tuvo el objetivo de introducir la emoción en el “mensaje”: si usted consume x será más joven, más in, más guapo, más ganador. La publicidad siempre ha supuesto el mayor desprecio al consumidor, reducido a la figura tradicional del in-fans: ignorante y sin palabra. Esa falta de respeto está en el mensaje mismo de prometer la pertenencia al mundo de los elegidos. La figura del ganador es la más indecente. Ahora como entonces podemos asistir a una deserción de la izquierda que pide, sin embargo, el voto útil de la izquierda. Ese descaro caracteriza la figura del ganador. El perdedor no merece la más mínima consideración. Así, se ha hecho del controvertido concepto gramsciano de hegemonía una simple pugna por el share televisivo. De esa forma, el ganador, desconocedor de la pérdida y de la humildad que supone toda resistencia, se coloca en una línea de salida que delimita un campo común de competencia que no cuestiona las reglas de juego.

Ahora, por ejemplo, se habla de la corrupción como eje del debate político. Al ser un terreno común, la pugna por quién lava más blanco, o más negro, no cuestiona la máquina. Es un falso debate moral. En primer lugar porque es la propia sociedad la que está lastrada de corrupción moral, y en segundo lugar porque se quiere cuestionar a personas o grupo de personas pero no al sistema que produce y reproduce la corrupción, como si se tratara de un mero vicio privado, cuando ya Mandeville señalaba que era la esencia del sistema de intercambio mercantil y de especulación. Es como la vieja distinción de la prensa norteamericana entre halcones y palomas, ya señalada por Chomsky. Discuten sobre el número de bombas a arrojar, no sobre el bombardeo mismo. Ya no se habla ni siquiera de la pobreza. Los perdedores del proceso han desaparecido y sólo cuentan los ganadores. Se invita a todos a formar parte de la servil cohorte de los ganadores.

En fin, que de nuevo estamos en la “ingeniería del consenso”, enteramente similar a lo que sucedió en la Transición, la misma desmovilización social, la misma reducción de la ideología a un sistema televisivo de propaganda en el que el sujeto ha sido engullido por el espectáculo. La no distinción entre público y privado ha eliminado la subjetividad y el espectador es tratado como simpático concursante de un juego ya amañado.

Sin embargo, el contexto internacional es muy distinto. La guerra de Irak abrió un frente bélico que no ha hecho más que crecer. Después vino la llamada primavera árabe y la respuesta de Occidente fue la de consolidar los gobiernos acordes, con esas terribles consecuencias que arroja el mayor número de refugiados desde la segunda guerra mundial, abandonados a su suerte y engullidos por las noticias de “actualidad”. La guerra de Siria es el mayor escándalo al respecto. Se dejó el campo de la disidencia en manos del fundamentalismo islamista. Así, más aún, se reactivó el frente bélico, y ahora la cuestión no es sólo las políticas de austeridad sino el “militarismo”. Hollande, por ejemplo, se adorna de gaullisme para enaltecer el espíritu patriótico contra unos enemigos de la patria que son, por lo demás, conciudadanos. En este terreno quien mejor reúne el espíritu patrio y la guerra es el fascismo. Acaba de suceder en Francia. La muchedumbre sin palabra, la masa sin poder, acoge con entusiasmo al líder que les da el pretexto de la patria, la cual en verdad no tiene otro fundamento. Y la globalización necesita el entusiasmo guerrero para no morir de aburrimiento y protegerse de cualquier posible movilización revolucionaria. La nueva política que se anuncia en este contexto es el militarismo patrio.

La palabra cambio está completamente gastada. El mundo cambia tanto como se repite. La cuestión es que, como diría Anders, cambia sin nosotros. Para que el mundo no siga cambiando sin nosotros sólo queda la resistencia, su humildad que, según Kafka, es lo que nos acerca a los demás hombres. Se necesita humildad para no aceptar las reglas, para resistir a tomar la derrota que se nos viene como si fuera una victoria. Otra vez, no.

15/12/2015

Francisco Pereña es psicoanalista. Su último libro es Repetición e historia: Un ensayo sobre lo trágico (2015). Madrid: Síntesis.



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