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El municipalismo constituyente y el 20D en Catalunya
En ComúPodem o el utopismo dialéctico
12/12/2015 | Marc Casanovas

“La tarea es definir una alternativa, no en función de una forma espacial estática, ni siquiera de un proceso emancipador perfecto. La tarea es reunir un utopismo espacio-temporal –un utopismo dialéctico- enraizado en nuestras posibilidades presentes” D. Harvey.

Las fuerzas de izquierda antiausteridad el día 27 de setiembre en Catalunya tuvieron un resultado que dejó una correlación de fuerzas nada deseable; aunque globalmente sacaron más diputados que en otras ocasiones, lo cierto es que quedaron muy por debajo de las esperanzas que el 24M había concitado en su irrupción municipalista. El discurso ambiguo y contradictorio CSQP respecto al proceso constituyente y el referéndum, a la par que la configuración de una lista hecha a base de una estricta suma de aparatos pactados directamente desde Madrid, la dejaron fuera de juego ya antes de empezar.

La CUP, aunque con un rol decisivo en el Parlament, quedó enseguida atrapada en la lógica plebiscitaria que ella misma había contribuido a erigir. Bajo la presión de todas las contradicciones que esta apuesta conlleva: la renuncia, también antes de empezar, a articular una mayoría por el derecho a decidir (80%) dividiendo esta mayoría entre independentistas y no independentistas. Lo cual, es cierto, permitió un crecimiento espectacular de la CUP dentro del bloque independentista (de 3 a 10 diputados) y un incremento también espectacular del voto independentista en general (aunque sin alcanzar al 50% de los sufragios necesarios). Pero si hacemos un balance de esta lógica hasta ahora, el resultado es que amplios sectores que apuestan por el derecho a decidir no se han sentido interpelados; que la llave del proceso continúa en manos de Artur Mas y que la activación del voto en clave plebiscitaria y, por tanto, primordialmente identitaria, a uno y otro lado, ha contribuido al crecimiento de Ciutadans (25 diputados) con mayor fuerza que la Sexta y el IBEX 35 juntos, y por lo que se refiere al proceso constituyente desde abajo ni aparece ni se le espera.

En un escenario así construido, los 10 diputados de la CUP quedan muy lejos de constituir una alternativa hegemónica a los 62 diputados de JuntspelSí. Y actualmente se encuentra atrapada entre la tesitura de facilitar la investidura de un gobierno con claros signos neoliberales a cambio de vagas promesas rupturistas y sociales o ser fiel a su ideario anticapitalista y horizontal y romper la baraja plebiscitaria. ERC no engaña a nadie que no quiera ser engañado: ha dejado claro a quién la quisiera escuchar que en lo “social” comparte ideario con la CUP pero que en lo económico está con CDC, como si se pudiera separar una cosa de la otra.

Después de las elecciones municipales del 24M no estaba escrito que Artur Mas tuviera que volver a ser el líder de la lista más votada, en ningún lugar estaba esculpido que Ciutadans acabaría siendo el grupo mayoritario de la oposición o que las fuerzas de izquierda y antiausteritarias no podrían levantar un bloque alternativo, o, como mínimo, condicionar significativamente las políticas sociales y económicas de la Generalitat.

El escenario y las potencialidades que había dibujado el 24M para las izquierdas antiausteridad y para el proceso soberanista en su conjunto era bien distinto; fueron decisiones políticas conscientes las que finalmente construyeron un dique de impotencia constituyente de los y las de abajo en Catalunya. Son, por tanto, estas decisiones las que deben ser revisadas. Ya sea la apuesta plebiscitaria de unos o la ambivalencia calculada que tuvieron respecto a la consecución del referéndum, los otros.

En su libro “Espacios de esperanza” David Harvey reivindicaba la necesidad de actualizar el pensamiento utópico para encontrar alternativas a los callejones sin salida del presente, a la vez que nos advertía contra los peligros y los cierres autoritarios de las dos modalidades de pensamiento utópico predominantes hasta la fecha: uno basado en su plasmación puramente espacial (indiferente a las distintas temporalidades y realidades históricas que lo podrían conformar) y otro más basado en el proceso social, pero ciego ante las consecuencias de su producción espacial y sus distintas escalas de aplicación. Sabemos desde Einstein, insistía Harvey, que el espacio no es una caja de zapatos donde “acontecen” las cosas, sino que tiempo y espacio van juntos y se determinan mutuamente. Esto también es válido para las transformaciones sociales.

En este mismo texto, Harvey, nos explica cómo Foucault intentó escamotear los peligros del pensamiento utópico proponiendo lo que él llamaba la profusión de “heterotopías”, es decir, lugares que organizan fragmentos del mundo social de una forma alternativa al resto (una cooperativa, un ayuntamiento anticapitalista, un huerto urbano etc.,). Aunque imprescindibles, continua Harvey, estas pequeñas “islas” tampoco escapan a los peligros de los cierres autoritarios del pensamiento utópico o a la adaptación pragmática del día a día del mundo que las rodea. Es pues esencial levantar un proyecto alternativo global que a falta de mejor nombre Harvey denomina “utopismo dialéctico” o “ utopismo espacio-temporal.”

Desde la irrupción del 15M y el proceso soberanista en Catalunya se han ido produciendo efectos de transformación y movilización de desigual fuerza y profundidad a lo largo y ancho del Estado. Desiguales pero que pueden y han sido en muchas ocasiones combinados y articulados superando una visión espacial estática y una dimensión temporal puramente acumulativa.

Durante este tiempo un hilo rojo ha atravesado la geografía catalana y el resto del Estado tejiendo alianzas a diferentes niveles, rompiendo las distintas demarcaciones simbólicas, para fortalecerse mutuamente en los distintos procesos que hay hoy en marcha: desde Cádiz hasta la Coruña, desde Madrid a Badalona pasando por Pamplona, Valencia, Barcelona, Compostela o les Illes Balears, y tantos otros pueblos pequeños donde las fuerzas de cambio han irrumpido. Actualizar estas alianzas a una escala supramunicipal es la mejor garantía de fortalecer el proceso constituyente en Catalunya y no dejarlo en manos de las élites catalanas. Quizás no sabemos muy bien “qué cosa” es eso de la “nueva política”, pero sí que sabemos desde hace tiempo que trascender la configuración de los marcos nacionales e institucionales y sus demarcaciones simbólicas en pos de nuevas articulaciones y configuraciones de soberanías entendidas como nuevos vínculos materiales y de comunidad a muy distintos niveles es lo que toda la vida habíamos llamado internacionalismo. Un Referéndum defendido desde las ciudades del cambio y desde una fuerza estatal con vocación de mayorías es la mejor apuesta para quitar la hegemonía del proceso soberanista a la derecha en Catalunya y hacerlo avanzar en su dinámica constituyente.

Y lo mismo que decimos del proceso catalán se puede decir de las experiencias municipalistas. No hay “democracia real” digna de este nombre si no problematiza, aunque sólo sea parcialmente, la separación artificial entre lo político y lo económico, separación que cuando se pone en duda nos señala el verdadero límite del orden establecido: el derecho a la vivienda, el acceso a una educación y una sanidad gratuitas, las experiencias cooperativas, las monedas sociales, las moratorias al modelo turístico, las auditorías ciudadanas, las recuperaciones municipales del agua o la lucha contra la pobreza energética, las iniciativas legislativas populares, la lucha por un salario digno y tantas otras iniciativas municipales deben ser proyectadas cuanto antes a un ámbito supramunicipal para que puedan sobrevivir y progresar.

El 24 de mayo abrió una brecha. Pero si este éxito queda aislado en el ámbito municipal a la larga quedará atascado. Si salimos de este ciclo y las únicas victorias y articulaciones reales se han dado en algunos ayuntamientos, el problema que tendremos es que estos ayuntamientos por el cambio se pueden encontrar en un escenario de aislamiento creciente. Si después del 20 D no se ha conseguido abrir una brecha lo suficientemente importante en el ámbito supramunicipal, el problema es que todas las fuerzas restauradoras y proausteritarias, recuperaran la iniciativa, y tendrán 4 años largos para ir ahogando y desmantelando todas las iniciativas que se intenten llevar a cabo desde los ayuntamientos.

Los partidos del régimen ya sea en Catalunya o en el resto del Estado no aceptarán bajo ningún concepto que la idea de que se puede gobernar de otra manera cuaje entre la población de forma duradera. Por eso los grandes adversarios estratégicos de los partidos del régimen (desde el PP, PSOE, Ciutadans, o CDC) son estos ayuntamientos por el cambio que quieren demostrar que se pueden hacer las cosas de otra manera.

Si este municipalismo se descontextualiza de un proyecto de cambio más amplio, si al final el cambio solo pasa por los ayuntamientos, acabaremos perdiendo de vista los grandes proyectos de cambio social y acabaremos empantanados en la gestión posibilista del día a día. Es decir, para evitar que el impulso de cambio que se ha fraguado desde el ámbito municipal entre en una deriva pragmática, es esencial que se establezca una relación dialéctica entre la escala municipal, la catalana y la estatal con un proyecto de cambio global. Este es el sentido primordial de la apuesta de EncomúPodem.

Es cierto que el éxito de este proyecto no se mide solamente en una campaña electoral, pero el éxito de este proyecto en Catalunya puede ser el primer paso para articular un sujeto político de ruptura con vocación mayoritaria que arranque de una vez por todas los mandos de comandamiento del proceso catalán a la derecha. Quizás esta visión resulte un tanto “utópica”: apostar por un referéndum como punto de encuentro de todas las fuerzas populares en Catalunya que pueda evitar el pacto entre élites del proceso catalán y hacer avanzar el proceso constituyente en Catalunya, apoyando y trabando alianzas con las distintas fuerzas de cambio a nivel estatal que apoyan a su vez el derecho a decidir de Catalunya. Sin duda una apuesta utópica, pero enraizada en las posibilidades que ha abierto el último ciclo político. Más complicado que una apuesta utópica es una apuesta milagrosa: ninguna mesa de negociación convertirá el agua neoliberal en vino rojo a cambio de dos votos de investidura.

12/12/2015

Marc Casanovas, forma parte del Secretariado de la redacción de VIENTO SUR



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