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Tribuna VIENTO SUR
Plurinacionalidad y democracia
10/12/2015 | José Errejón


La idea de España vuelve a estar afectada de serias dudas sobre la viabilidad de una comunidad nacional /1 que comparta algo más que una
lengua. Si durante siglos esta idea no ha superado el nivel de los enunciados retóricos y ha confiado su suerte a las peripecias de una ocupación militar
permanente y al envenenamiento de las conciencias y el aniquilamiento de la voluntad por un aparato ideológico extremadamente potente como la Iglesia
católica, no parece que en la actualidad puedan seguir funcionando de la misma manera. La ilusión de una cierta izquierda de refundar la idea de España
sobre bases constitucionales (el “patriotismo constitucional ” habermasiano) parece estar fundiéndose en forma acelerada y no aparece otro mito que reúna
las virtudes fundacionales de aquellos. La idea de Europa, alimentada por las transferencias de recursos en la época de bonanza, se diluye también en forma
acelerada con su identificación con las exigencias de austeridad que emanan de sus instituciones y con el terrible espectáculo de su cierre ante los
movimientos migratorios.

No son estas, en absoluto, dos buenas noticias. La disolución de los viejos órdenes solo es fructífera cuando en sus entrañas anida el embrión de los
nuevos. El desarrollo del orden capitalista y estatista, si por un lado ha hecho posible un alto grado de socialización de las fuerzas productivas que
permitiría pensar en sus sustitución por un orden de cooperación y solidaridad, por el otro ha conducido a una aniquilación de la sociabilidad de las
dimensiones subjetivas y amenaza con conducir a las sociedades a abismos de nihilismo y desesperación.

Un proyecto de cohesión y convivencia distinta estaba contenido, todavía en forma embrionaria, en la dinámica social inaugurada el 15 de mayo de 2011. Por
algún articulista se asemejó la explosión de júbilo y vitalidad ciudadana con los que caracterizaron el14 de abril de 1931. Es verdad que, como entonces,
un régimen político se había revelado incapaz de ofrecer una perspectiva de convivencia social con unos mínimos de dignidad, justicia y libertad auténticas
para la mayoría de la población y también que la parte más avanzada de la sociedad había dado un paso al frente para exigir un cambio radical en las pautas
dominantes de las instituciones del régimen, impugnando aspectos cotidianos de la convivencia y el orden social que son más sensibles para la vida de las
capas subalternas, entre ellos los relacionados con la vivienda.

Esta irrupción era imprescindible para siquiera poder pensar un cambio de rumbo en la política española. La parálisis institucional que la aqueja no ha
dejado de atrapar a las instituciones que han querido representar a las capas subalternas, sindicatos y partidos de izquierda, convertidos cada vez más, en
la “izquierda del régimen”. Su existencia y actividad se han ido adaptando, en forma creciente, a los avatares del sistema, participando en su gestión de
acuerdo a los principios y criterios de actuación de sus centros de comando del mismo, después de que estos hubieran desencadenado una ofensiva
generalizada en contra de los derechos de los de abajo y la democracia. Su acompañamiento de estas peripecias del sistema y el régimen les ha granjeado
fuertes sentimientos de antipatía cuando no de hostilidad, que se expresan en el profundo desapego de la juventud hacia sus manifestaciones y formas de
actuación.

Y, sin embargo, nunca como ahora ha sido imprescindible su concurso. La irrupción del 15M ha constituido, sin duda, la mejor noticia para las esperanzas de
renovación de la política española y de las posibilidades de refundación de la constitución material del Estado /2. Pero no se puede
desconocer la notable distancia que ha existido entre el 15M y la mayoría de la sociedad española, incluido el pueblo de izquierdas. Las formas de
socialización desarrolladas por el 15M desde su nacimiento (las asambleas, el uso intensivo de las redes, las manifestaciones y la variadas formas de
protesta, etc.) se sitúan años luz de las formas convencionales en las que ha discurrido la vida pública en la sociedad española en la últimas décadas (la
información por los media, la participación ocasional e institucionalizada, la expresión delegada de voluntad y la delegación en partidos y sindicatos del
ejercicio mismo de la ciudadanía, etc.). Sería ciertamente aventurado confiar los esfuerzos históricos para la renovación constitucional a las pautas de
sociabilidad de un movimiento ciertamente de masas pero asimismo alejado de las que son dominantes en la sociedad española. O, dicho de otro modo, si se
quiere implicar a una parte mayoritaria de la población (digamos que, cuanto menos, la que vota a partidos de izquierda), es indispensable contar con
aquellas instituciones sistémicas en las que esta parte de la sociedad ha delegado la defensa de sus intereses (o ha aceptado ser representada, lo que a
estos efectos es lo mismo) y la expresión de sus sentimientos políticos.

Lo que plantea, sin duda, problemas de difícil solución, cual es, entre otros, la compatibilidad entre las formas de sociabilidad y de manifestación de
agentes políticos tan dispares. Solo la derecha y los poderes sistémicos podrían alegrase de la consolidación de estas dificultades. Para decirlo de forma
contundente, sólo con la convergencia de la gente que, aún a regañadientes en muchos casos, ha apoyado al PSOE, IU, ERC, BNG (el caso de la izquierda
abertzale habría que colocarlo obviamente aparte) y otros, y confiando en UGT y CCOO la defensa de sus intereses laborales, de un lado, y del “pueblo del
15M” /3, por otra, es posible imaginar la posibilidad de un cambio de dirección como el que se insinúa.

Esta operación de convergencia se está produciendo objetivamente a lo largo del ciclo electoral que empezó con las europeas de mayo del 2014. El apoyo a
Podemos, primero, y a las candidaturas municipales de unidad popular participadas o no por él, después, ha evidenciado esta convergencia, no de partidos
políticos sino de sensibilidades y culturas distintas unidas por el común deseo de acabar con los gobiernos del PP, percibidos como la expresión genuina
del proyecto antidemocrático y antisocial de la casta. El diferencial de votos en la ciudad de Madrid obtenidos por Ahora Madrid y Podemos evidencia el
deseo de una parte importante del electorado socialista de apoyar el cambio sin apoyar explícitamente a Podemos, percibido como competidor del PSOE en el
ámbito nacional

De alguna manera es esa convergencia el embrión de lo que en ocasiones hemos llamado el nuevo bloque histórico. En la original concepción gramsciana, el
bloque histórico era un instrumento para la conquista o refundación del Estado, era un instrumento de lucha, incluso si la misma incorporaba un elemento
fundamental de hegemonía. Sin descartar esa dimensión del horizonte político, creo que en el presente el concepto del bloque histórico debe acentuar más su
dimensión social, de configuración de agregaciones y sociabilidades alternativas. Realzar esta dimensión social apela a la importancia de la reconstrucción
del tejido social, desarticulado por su colonización por el Estado y la mercancía.

En ese empeño, la cultura de la reivindicación y del conflicto, sin ser abandonada, debe experimentar una cierta relegación a favor de una cultura que
concede atención prioritaria a la dimensión constructiva. La cultura de la reivindicación es feudataria de alguna manera de un compartir algo esencial con
los poderes a los que se reivindica: al poder empresarial en demanda de una más justa distribución de la riqueza producida, al poder estatal en demanda del
reconocimiento de los derechos y de la propia existencia como identidad y subjetividad colectiva.

En la articulación y autoconstitución del nosotros que se postula, la dimensión constructiva arranca de la ilegitimidad esencial de los poderes a los que
se interpela, de la impugnación de su derecho a la obediencia y de la necesidad de dotarnos de un cuerpo de normas reguladoras de nuestra convivencia. La
forma más eficaz de combatir el orden impugnado reside ya no en la reivindicación de su cambio sino en el levantamiento en un orden autoconstituido, en la
elaboración de un cuerpo de normas que, a diferencia de las emanadas de los parlamentos estatales, además de estar elaboradas en el seno mismo del cuerpo
social para las que se crean, están asimismo sometidas a la posibilidad permanente de revisión, en ejercicio permanente de evaluación de su eficacia para
la regulación de la convivencia en el ámbito de que se trate. Construir normalidad, una normalidad alternativa pero siempre abierta, ese es el sentido
radical del poder constituyente que se postula, un poder constituyente que no cesa, que no se ve sustituido por “Termidor”, un proceso de autoinstitución
permanente de la vida colectiva.

El enfrentamiento no va a desaparecer del horizonte de quienes aspiramos a la superación del orden estatal y mercantil; antes al contrario, es más que
posible que vayamos a ser testigos de episodios de enfrentamiento de niveles desconocidos en cuanto a su intensidad y violencia. Pero parece evidente que,
desde la perspectiva del poder constituyente antes enunciada, la violencia ha perdido el carácter catártico que ha podido tener en otros tiempos para los
movimientos emancipatorios; vista, además, la imposibilidad efectiva de sostener enfrentamientos físicos con las fuerzas represivas cada vez más
profesionalizadas y especializadas en el ejercicio de la violencia.

Se ve venir el reproche de candidez por la ausencia del poder coercitivo que garantice la aplicación de las normas autoinstituidas y su dificultad para
vencer las resistencias más que probables de cuantos se ven perjudicados por ellas y disponen de recursos para garantizarse una defensa armada frente a las
pretensiones de la plebe. Es difícil vaticinar el futuro pero parece descartado algo parecido a “le grand soir”, advenimiento brusco y repentino del nuevo
régimen una vez derrocado el antiguo. Más probable parece la coexistencia de ambos regímenes durante un periodo cuya duración dependerá de muchos factores,
entre los que destaca el grado de descomposición del viejo régimen y la desmoralización de sus servidores. Estos periodos históricos de convivencia de
regímenes diferentes y hasta antagónicos descansan en equilibrios precarios pero son menos infrecuentes de lo que pudiera parecer y son favorecidos por las
culturas de frontera, en las que el poder centralizado no es todavía o ya capaz de imponerse y está obligado si no a reconocer, al menos a tolerar la
cohabitación con el orden alternativo y antagónico.

Hay que prepararse para ese periodo de dualidad y coexistencia institucional, teniendo presente su precaria condición y la permanente amenaza que para la
institucionalidad democrática representa la persistencia del orden capitalista y estatal. Pero no hay otra forma de combatirlo que configurar una comunidad
material de vida, un ethos instaurador de un sentido común de época que sirva de contraste al dominante. No se trata sólo de ofrecer una opción de
vida a escoger racionalmente, sino de construir la posibilidad de otra forma de vivir, alimentando con la energía vital de esa construcción una oposición
más eficaz al orden capitalista y estatal que la hasta aquí desarrollada.

Las más exitosas experiencias revolucionarias han convalidado esta hipótesis constructiva. La que se desarrolló en 1936-37 en España estuvo especialmente
dotada con instituciones alternativas a las estatales y, en su defensa, fue posible agrupar el esfuerzo resistente y combativo de los de abajo. Es esta una
condición que habitualmente ha pasado desapercibida para la izquierda revolucionaria que en términos generales no ha entendido que el desapego de los de
abajo a la causa revolucionaria está relacionado con la extrañeza que le provocan las ideas excesivamente abstractas que se manejan en su medio. Es la
defensa de lo que se vive y percibe como propio lo que más adhesiones y energías ha suscitado a lo largo de la historia, incluso cuando las instituciones a
defender no encarnaban o lo hacían de forma muy débil, las aspiraciones emancipatorias /4.

Una comunidad nacional inclusiva y democrática

Se ha utilizado consciente y deliberadamente el término España en este ensayo porque se entiende, contra un sentido común dominante en la izquierda
radical, que el término tiene un significado en la mayoría de la sociedad que excede su utilización instrumental por la minoría oligárquica reinante a lo
largo de los dos últimos siglos. La idea de España, desde la muerte de Franco, ha corrido pareja con la de democracia, incluso en la versión pervertida y
amputada derivada de la Transición que la ha hecho equivalente a la oligarquía electiva que padecemos. En alguna medida, todo lo acotada y limitada que se
quiera, la victoria del régimen de la Transición ha consistido en asociar la idea de la España de la monarquía constitucional con el disfrute de los
derechos otorgados. Esta asociación, junto al relato embellecido de su actuación el 23F y la inquina que le profesaba el franquismo nostálgico durante la
transición, son los responsables de una cierta e innegable popularidad de la Corona en algunos sectores populares con menores tradiciones democráticas. Sin
que sea la causa fundamental, no puede desdeñarse el desprestigio de la familia Borbón, que la pareja reinante se esfuerza en corregir, como uno de los
factores que contribuyen a acentuar la ya perceptible crisis del régimen del 78.

Con lo anterior se ha querido poner de manifiesto la relevancia de la idea nacional, a la que la izquierda ha solido oponer un concepto acartonado de clase
incapaz de generar el sentimiento de identidad colectiva que se presumía basado en el hecho objetivo de la explotación comúnmente sufrida. La mejor
ilustración de lo anterior es la sorpresa con la que la izquierda europea contempla las expresiones de fervor nacionalista que profesan sus colegas
latinoamericanos. No se termina de comprender la forma en la que esta izquierda ha interiorizado el pensamiento de Gramsci de construir una hegemonía
nacional popular desde los planteamientos de clase, de elevación del mundo del trabajo a nación.

Es este sin duda un terreno delicado que no puede ser tratado a la ligera, que exige una reflexión compartida y a fondo pero que no puede ser demorada en
la época en la que los desastres de la globalización capitalista vuelven a poner en el centro de las aspiraciones de las masas populares la idea de nación
como “lo otro” al huracán globalizador que ha arrasado el acervo de derechos asentado tras el pacto social del 45.

Sea como fuere, la idea de España no puede ser reducida, en el imaginario de la mayoría de la población, a la usurpación y expropiación del hacer colectivo
durante las dos últimas centurias.

Incluso desde el recuerdo del sufrimiento padecido por la crueldad de la dominación de las castas dominantes, el sentimiento de España ha anidado también
entre los derrotados de esta historia, incluso entre sus minorías de vanguardia. La historia de España no es solo la del festín de sus clases dominantes,
los sentimientos colectivos que evoca no están exclusivamente asociados a las manifestaciones de los vencedores de esta guerra civil permanente en que ha
transcurrido esta historia bisecular. A pesar de todo, Goya, Unamuno, Machado, García Lorca, Picasso o Alberti pesan mucho más en la idea de España que
todas las chabacanerías de los regímenes borbónicos y franquista.

La crisis del régimen político precipita y a su vez es acelerada por la de una cierta idea de España. Es la crisis de la idea “moderna” de España,
definitivamente asociada al despliegue del capitalismo de las inmobiliarias y los bancos, lo que hemos llamado el capitalismo castizo y su acompañamiento
de un cierto aburguesamiento del conjunto de la sociedad española, seducida por las promesas de un mundo de rentistas en una economía de servicios y con
una dimensión del conflicto reducida al reparto de las rentas generadas por un territorio y unos recursos concebidos como inagotables.

Esta crisis de la modernidad hace posible una mirada hacia dentro del conjunto de la sociedad española, una mirada dirigida a encontrar las bases y el
fundamento de nuestra convivencia colectiva en paz y en libertad. En paz y en libertad que nos permitan, antes que nada, decidir con quienes queremos
compartir un trayecto en común, sabiendo que nuestro mundo es cada vez más un solo mundo y que el destino de nuestra especie es la cooperación y el apoyo
mutuo entre todos los pueblos de la tierra.

Si todos y cada uno hacemos esta mirada introspectiva, si nadie por nosotros piensa el destino común, si ningún cuerpo separado pretende definir de una vez
y para siempre el rumbo de la vida colectiva, podremos encontrar la senda o, mejor, las múltiples sendas por las que esta convivencia puede transcurrir sin
daño para nosotros y el hogar físico que sustenta nuestra existencia.

El Estado, tal y como se ha conocido en estas tierras, no ha facilitado este tipo de convivencia. Ha sido, con intensidades distintas según las épocas, un
Estado de guerra contra los de abajo y parece que hoy se dispone a practicar las modalidades más duras de esta guerra permanente.

Una comunidad basada en una lengua y una historia común /5, incluso si la misma contiene pasajes de sufrimientos y humillaciones
colectivas para los de abajo, es posible si desaparece o se transforma sustancialmente la maquinaria de guerra causante de tales sufrimientos, habilitadora
de la apropiación del hacer colectivo por la minoría dominante. Entonces, sólo entonces, podrá comenzar la verdadera historia de las mujeres y hombres que
queremos vivir juntos y en paz con la naturaleza que nos alberga y nos da cobijo.

José Errejón es funcionario

Notas

1/ En el presente texto, el término “nación” ó “nacional” se utiliza en la acepción proveniente de las tradiciones de las revoluciones americana y
francesa, un marco común con orígenes en un acto constituyente. A contraponer con la concepción dominante en cierta tradición germánica que la entiende
basada más en orígenes de carácter étnico (lengua,cultura,religión)

2/ Utilizo la expresión “refundación de la constitución material del Estado” como equivalente del “proceso constituyente” aún a sabiendas de las notables
diferencias entre uno y otro concepto. El desarrollo de este punto-creo- me permitirá razonar de forma adecuada la conveniencia de esta equivalencia.

3/ Utilizo esta expresión para designar toda una antropología política que tiene su origen en el 15 M y que se ha manifestado después en el apoyo a PODEMOS
y a las candidaturas municipales de unidad popular.

4/ Por ejemplo, con la defensa por los sectores populares de las instituciones de la II República.

5/ Que sea compatible con la existencia de otras lenguas e historias nacionales. Aquí está, probablemente, el meollo de la cuestión que aquí se trata, el
hacer compatible la existencia de los diversos “nosotros” que han convivido, durante demasiado tiempo a la fuerza, bajo la dominación del Estado español



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