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Política
Capitalismo, resistencias, poder constituyente y poder constituido
08/12/2015 | Israel Arcos y Francisco Letamendia

[Este texto es la versión escrita de la ponencia presentada por los autores en el III Congreso Internacional de Análisis Político Crítico, celebrado en Bilbao los pasados 19 y 20 de
noviembre de 2015.]

Subsunción real, posmodernidad, biopoder

Nos encontramos en el estado de la subsunción real del trabajo en el capital; en su crisis, más bien. Y con todo lo que ello implica: que la vida irrumpa tras una temporalidad donde el desierto se extendía en los cuerpos de unos seres vacios (en su sentido más nietzscheano), que la vida rompa con ese tiempo de muerte que ha sido el poder constituido; que, en definitiva, la presencia real de la crisis sirva para dar luz a la obscuridad y hacer de nuevo brotar la vegetación en el desierto vital que era la misma existencia humana.

La crisis, la ventana de oportunidad como diríamos en nuestra disciplina, es la grieta en el tiempo del momento concreto que nos sitúa ante el abismo; ante un futuro que ya no tiene por qué ser el mismo, aunque también pueda serlo, es simplemente la contingencia, la mera existencia de la posibilidad frente al tiempo del dominio donde las alternativas son imposibilitadas. La crisis, encarnada en las resistencias, en la subversión que es el vivir ante la cochambrosa cotidianeidad del dominio, es el acontecimiento, la irrupción insospechada de los sin parte en el tablero que recrea el poder, esto es, como diría Rancierè: la política (Rancière, 2009). Sí, la política. Por mucho que les pese a esos adalides del liberalismo y de la paz perpetua, la política se define por el antagonismo; y en estos momentos, a pesar del sufrimiento, con las consecuencias de la crisis, plasmadas en resistencias, volvemos a saborear el gusto por lo político.

¿Pero qué es la subsunción real? ¿Y qué implica su crisis? O mejor dicho, ¿qué implica la crisis en la subsunción real? Pues la crisis irrumpe en la subsunción real pero no acaba con esta etapa de momento.

Antes que nada, hay que definir brevemente los conceptos, para saber por dónde nos movemos; por muy obvio que parezca el dominio, quizás, realmente, por ello más que nada.

Cuando denominamos a este tiempo el de la era de la subsunción real, nos estamos refiriendo a la posmodernidad pero en el ámbito de la producción. Así, subsunción real del trabajo en el capital, biopoder, y posmodernidad, son sinónimos, o, mejor dicho, son conceptos que se refieren a un mismo tiempo histórico pero que sirven para definir distintas facetas, en concreto: la de la producción, la del dominio y la cultural. Trataremos, a continuación, de describir brevemente estas distintas facetas del tiempo actual:

-Subsunción real del trabajo en el capital: concepto marxiano que describe el modelo de producción actual por el cual el capital ya no ve el trabajo como un ente externo a su dominio, sino que es capaz de incluir los distintos procesos de trabajo en sus fronteras. El trabajo nace del seno del capital, según Marx, gracias a la tendencia de la socialización de la producción y el desarrollo científico-tecnológico que permite crear nuevos procesos de trabajo que destruyen los viejos /1.

La crisis de la ley del valor (Guattari y Negri, 1999, pp. 118-124) y la parcial sustitución de la fábrica por la sociedad en su conjunto como recinto central de la producción en el occidente actual (Hardt y Negri, 2003, pp.16-17), el auge del trabajo inmaterial… parecen indicarnos esta tendencia y el cumplimiento del vaticinio de Marx.

En definitiva, nos encontraríamos ante una última etapa del capital, donde este se ha hecho materialmente constituyente, con todo lo que ello conlleva: la producción absoluta de la subjetividad de los sujetos, hasta que en esta última crisis, se atisba la ruptura como posibilidad emancipadora.

-Biopoder: Si el capitalismo se ha hecho materialmente constituyente en el estado de la subsunción real, si ya no hay afuera al capital, el poder se convierte en un biopoder; es decir, el poder toma la vida en su conjunto como objeto de dominación, como nos diría Foucault. De ahí, la dificultad de escapar del poder, de la imposibilidad de escapar a su dominio; de romper con una subjetividad que nos es dada y que nos hacer ser/estar sujeto; única salida: dejar de ser/estar sujeto; la muerte. Quizás demasiado excesivos, pero eso pudo parecer en esas décadas de derrota que fueron los 80 y los 90. Aun así, que el capitalismo se haya materializado completamente sin un afuera, sin un otro hegeliano que le haga discurrir, no nos debe llevar al pesimismo total; como decía Foucault, las resistencias existen, pero en el mismo interior del dominio, en el seno del poder.

-Posmodernidad: Es la cultura de este modo de producción, de esta etapa de dominio, donde el simulacro reina y la dominación se ejerce en muchas ocasiones en el ámbito de lo simbólico; la subsunción real es el dominio de la circulación (la finanza) sobre la producción (la industria) /2, y esto implica, como sostiene Jameson, una lógica que desdiferencia la distinción marxista entre estructura y superestructura (Jameson, 2012, pp.22-24), al ser los elementos comunicacionales y simbólicos hegemónicos en esta etapa. Etapa que nos muestra la imposibilidad de elaborar un metarrelato emancipador, donde la différance y la multiplicidad de singularidades e identidades dominan siempre que sea en el mercado; esa institución que genera diferencias a la vez que las mercantiliza.

Así pues, definidas muy brevemente las denominaciones de la etapa de la subsunción real, podemos atisbar que en la última crisis financiera, que también ha sido política, se ponen en cuestión muchos de los dispositivos del poder que anclaban a los sujetos en la estructura de dominio; toda una serie de ficciones, de representaciones semiológicas, que tenían como motivo de su existencia el mantenimiento del status quo, se ven derruidas o afectadas en gran parte por el vendaval de la crisis. Los aparatos de captura del deseo se ven con mayores dificultades para apropiarse de los deseos de los sujetos; las demandas de la ciudadanía no pueden ser ya canalizadas por el sistema político, pero no solo, sino por el sistema en general, provocando una clara deslegitimación de las instituciones. El sistema se ve desbordado por la misma crisis que genera, y en esta tesitura, en el momento concreto de la crisis, es cuando el poder constituyente irrumpe con todo su poderío frente al poder constituido /3.

Subsunción real en el Estado Español

Esta crisis, que en sí misma es global, tiene una plasmación clara en Estado español, y por añadidura, en Euskal Herria (a pesar de sus diferentes culturas políticas). La era de la subsunción real en el Estado español coincide con la inauguración y asentamiento del denominado régimen constitucional del 78. Un régimen que tejerá todo un relato de legitimación de las instituciones oficiales, pero no solo, sino también de los modelos de vida óptimos para el mantenimiento del dominio capitalista. Los ciudadanos españoles, en general, mostraron una radicalidad en los primeros años de la transición inmediatamente anteriores a los comienzos constituyentes del régimen constitucional del 78 que se fueron poco a poco apaciguando hasta acabar en un exceso de positividad para con lo político (el funcionamiento armonioso durante mucho tiempo de las instituciones oficiales, donde el bipartidismo no eran más que unos opuestos falsos; un turnismo al más estilo Cánovas y Sagasta) y una negatividad transferida a lo privado y lo cultural como carburante de la lógica capitalista en el plano simbólico (por poner un ejemplo, la denominada movida-madrileña). De esta manera, el Estado español, se acercaba a esas democracias liberal-parlamentarias del famoso fin de la historia (Fukuyama, 1992) donde el antagonismo no irrumpía, donde la conflictividad no existía más que en la mera ficción de la constitucionalización del diálogo social; mera desmaterialización del conflicto para absorber en la órbita del derecho el antagonismo, y así, desnaturalizarlo. Sí bien es cierto que hubo convulsiones políticas tras la aprobación de la Constitución de 1978, como las protestas sindicales por la reconversión industrial de los años 80, éstas no fueron sino movimientos reactivos a la voluntad del sistema de conducir al modelo productivo de la subsunción formal a la subsunción real (recordemos que esta fase es la hegemonía de la circulación sobre la producción, de la finanza sobre la industria). También es cierto que, en ese desierto que iba avanzando y desertificando la existencia, hubo irrupciones contestatarias como las manifestaciones contra la guerra de Irak o el desastre del Prestige, pero que, pudieron ser sofocadas y canalizadas por el sistema bipartidista (victoria de J.L.R. Zapatero). Quizás, la sociedad vasca fue más combativa, la izquierda abertzale quiso autoexcluirse del régimen setentayochista, ser un afuera, un otro al sistema, pero fue utilizada por éste, a pesar de su voluntad,para la función legitimadora del sistema. La izquierda abertzale, demonizada, criminalizada, en el panorama estatal, fue en cierta medida, dispositivo de aglutinación del sistema español, enemigo interior que moldea la propia identidad del régimen a través de su contraposición; en última instancia, esa isla, esa aldea de bárbaros galos resistentes que eran ciertos sectores de la sociedad vasca, formaron parte de la representación simbólica del sistema.

Esta sociedad que se reproducía como un autómata; donde todo parecía tender hacia el equilibrio armónico que solo puede otorgar la muerte, es decir, una sociedad donde los individuos están tan alienados por los dispositivos del poder, donde los sujetos están (son) tan sujetos a la estructura de dominio, que la mera posibilidad de antagonismo, de conflicto, o de vitalidad social que al fin de cuentas es lo mismo, se veía imposibilitada.

Tal situación, de subsunción real, no fue ignorada por muchos de los ideólogos o teóricos de nuestra época. Si en el panorama internacional, autores como Fukuyama, Rawls, Luhman, Habermas…, salvando las distancias, justificaron y legitimaron, en cierta medida, un mundo nuevo: el de la subsunción real del trabajo en el capital, que se traducía en su superestructura (por utilizar un término marxista) en el triunfo del mercado y la democracia liberal, compuesta por una serie de individuos libres apasionales y aideológicos que deliberaban en el ágora de lo político; en el caso español, esta legitimación se dio de distintas maneras, con una pobreza intelectual más evidente, pero con la misma función (aunque esos ideólogos no serían conscientes de ello): asentar el dominio del nuevo mundo. Así, en un primer momento, las tesis de eurocomunistas como Solé Tura sirvieron para asentar un constitucionalismo social que llegaba tarde (en plena crisis del Estado social en Europa, el régimen español asentaba una modalidad de constitucionalismo que estaba resquebrajándose) y serviría para institucionalizar el conflicto (diálogo social; dialéctica entre capital-trabajo) de clase para así armonizarlo mediante la constitucionalización; arquitectura que más adelante serviría al felipismo para realizar una transformación del modelo productivo destinada a flexibilizar el mercado laboral revistiéndose de socialdemocracia.

El felipismo fue fundamental para el asentamiento del régimen del 78 (que es en España la plasmación de la subsunción real); todos los medios a su alcance: comunicacionales y culturales (el grupo Prisa, TVE, los intelectuales orgánicos…), represivos (guerra sucia), normativo-legales (reforma de la ley orgánica del poder judicial, reformas laborales n/4), mentira política sin escrúpulos (OTAN en un principio no, luego sí) sirvieron para consolidar el régimen del 78.

El aznarismo no fue más infame, ni menos tampoco (hay gente que se empeña aún en ver una cierta diferencia entre el PSOE y el PP simplemente por la supuesta tradición izquierdista del primero); todo hay que decirlo. Este periodo trajo un patriotismo constitucional con pinzas, algo desvirtuado en el contexto hispánico, que intentó ser el artefacto intelectual que legitimará el nacionalismo español. Esta concepción, que en un principio pudo asociarse a sectores del PSOE, en última instancia, fue apropiada por sectores del PP. La visión de una nación que frente a idealizaciones míticas y pasados románticos se estructuraba en la pasión por una fría constitución era o una mera farsa que servía para esconder el nacionalismo español intransigente y poder demonizar a los otros nacionalismos, o si era cierta su propuesta, mostraba una ciudadanía tan disparatada y alienada, capaz de depositar sus sentimientos en un dispositivo tan frio como una constitución. El patriotismo constitucional, de origen habermasiano, pretende tener cabida en esas sociedades, del fin de la historia, de subsunción real, donde las pasiones pueden ser dejadas en casa, en el ámbito de lo privado o en el estercolero del mercado, permitiendo la existencia de un supuesto nacionalismo o patriotismo que inunda lo político de armonía calaberística (es decir, sin vida: sin pasiones que es lo mismo) al denunciar cualquier tipo de pulsión pasional encarnada en ideológica o nacional de sospecha totalitaria; escondiendo, el único totalitarismo presente, después de la muerte de los históricos, el totalitarismo de guante blanco, más eficiente en su transparencia, reconozcámoslo, que es el del dominio de la vida en el capital. En el contexto español, creemos que el patriotismo constitucional pudo servir para las dos situaciones: es decir, para esconder un nacionalismo español rancio disfrazado de modernidad no-nacionalista, pero a su vez, esa misma modernidad era existente en la medida que en muchos sectores de la sociedad española existía una gran despolitización, una banalidad hacia lo político que se traducía en un fiel seguidismo del relato oficial del régimen del 78; esa inocencia crédula que permite asentar el discurso de único gran periodo democrático a través de una constitución que ha traído nuestras libertades y el pluralismo político (entiéndase por esto: el turnismo de facto que ha existido)…

Volviendo con el correlato, el aznarismo profundizó en la consolidación de la subsunción real; las privatizaciones de sectores anteriormente en dominio del Estado (Iberia, Argentaria, Telefónica…), la construcción de un modelo productivo basado en el ladrillo que permitió asentar la ficción de unas condiciones de vida dignas en los españoles que fomentaban la alienación de modelos de vida en el consumo, creando una especie de sueño americano a la española, y por último, acentuando una ola de desmantelamiento de lo público, a tono con la corriente internacional de políticas neoliberales que, en última instancia, trataban de colonizar por parte del capital facetas de la vida no mercantilizadas, regidas, a partir de ese momento, exclusivamente por criterios de mercado.

Zapatero y después Rajoy, a pesar de sus diferencias, no han hecho sino ahondar más en este modelo, hasta que la crisis, no solo económica, territorial y social, sino también, existencial, como veremos más tarde, parece que pone más difícil el mantenimiento de este modelo.

En su cenit, la subsunción real ha supuesto la consagración del liberalismo existencial del que nos habla Tiqqun /5 en sus preciosos y desesperanzadores textos: esa comunidad que es una mezcla entre la sociedad del espectáculo de Debord ( Debord, 2004) y el simulacro de Baudrillard (2012); esa sociedad donde cualquier antagonismo queda neutralizado, donde cada sujeto está sujeto a un papel teatral, donde siguiendo a Tiqqun, el Bloom habita (Tiqqun, 2005), es decir, esas singularidades vacías, huecas (como los hombres huecos de Eliot), de las urbes posmodernas, alienadas, que intentan rellenar su vacío existencial en el consumo, poseedores de una identidad en fuga, otorgada por la mercadotecnia. Esto, simplemente, se observaba y todavía por desgracia se observa en un mero paseo por los centros comerciales, por las avenidas de los ensanches burgueses de cualquier urbe occidental donde los sujetos danzan como elegantes ocas al son de los escaparates luminosos mientras sus ojos muestran el hambre del deseo alienado. También, en la televisión española se observa la influencia que tienen en los sujetos para producir estéticas, lenguajes, subculturas…, esos programas para jóvenes y no tan jóvenes, de idiotez generalizada, cuyos nombres no hace falta ni mencionar. Toda una mercantilización del ocio, y por qué no decirlo, del vivir. Cuando el ocio ya no es ocio, sino carburante de la valorización capitalista, cuando ya no es solo el valor de cambio la explotación sino el mismísimo valor de uso (Baudrillard, 2000, pp.18-22), cuando el tiempo libre en el fondo, aunque no seamos conscientes de ello, es seguir produciendo, en fin, cuando ya el mero vivir supone ser cómplice del capital, el poder ha traspasado nuestra última trinchera, la de que ya nada está fuera de su seno. Cuando en la subsunción real, a diferencia de en la subsunción formal, ya no sirve de nada distinguir entre nuestro tiempo de ocio y de trabajo, porque ambos son ya, seamos conscientes o no, función de mantenimiento y de oxígeno de ese sistema de poder denominado capitalismo, la desesperación estalla en un mar de impotencia.

No llegaremos a ir tan lejos en el escepticismo como Tiqqun (2009), a pesar de no saber si el gesto era mera provocación o certeza, de considerar la militancia una inutilidad por más de bien intencionada; sí, sin embargo, de señalar como el sistema político español, el poder constituido, ha sabido en estos años canalizar cualquier línea de fuga, cualquier modo de antagonismo, como, por poner solo un ejemplo, fue la ola de protestas que trajo consigo la intervención de España en la guerra de Irak y que supuso, al fin y a la postre, la victoria de J.R Zapatero, y con ello, un cambio ficticio que no hizo más que consolidar el sistema.

Crisis y posibilidad emancipadora: repensando los poderes y la representación política

Pero como hemos señalado, esta situación, esta maldita mortalidad que es la subsunción real… donde el deseo es capturado por la mercadotecnia, donde la alienación parecía indestructible, donde la sistematicidad no se resquebrajaba ante ninguna línea de fuga o pulsión antagonista, se empieza a desmoronar como un castillo de naipes en la crisis. El deseo se despliega, deshabita la morada del ensimismamiento del yo y el mercado, y se expande hacia lo social como reivindicación; la crisis borra de un plumazo la alienación, desintegra los dispositivos de captura del deseo cuando el dolor y el sufrimiento se hacen carne. El ser se libera de sus cadenas con la experiencia del sufrimiento, se da la toma de conciencia y permite una refundación de lo político, una nueva fundación ontológica de lo político a través del vínculo social y el renacer del antagonismo. Esta última crisis financiera y sus consecuencias liberan un deseo por la impotencia del ser para conseguir sus fines en el statu quo; los desahuciados, los parados, por poner unos pocos ejemplos, no obtienen respuestas del poder constituido a sus problemas. Surge un desequilibrio entre las expectativas generadoras del deseo y los medios (imposibles) para lograrlas o, en términos clásicos decimonónicos de la ciencia política, los inputs no pueden ser satisfechos con outputs por el sistema, este empieza a cortocircuitarse por no poder satisfacer las demandas de la población.

Así, en las ruinas del poder constituido empezamos a ver todo una serie de resistencias que al calor de la crisis encarnan un poder constituyente: los desahuciados, los precarizados, los parados, los grupos nacionales…que en su heterogeneidad, y en su sufrimiento, fundan una potencia que desborda al poder constituido. El poder constituyente, siendo muy sintéticos, es la democracia en acto, la irrupción de lo político en la historia, al albor de la crisis, que no puede ser constreñido en el espacio y el tiempo del derecho; su infinitud, no tiene cabida en la finitud del poder constituido; la vida, no tiene sentido en la muerte; la política como antagonismo, tampoco tiene cabida en los reinos del consenso. El poder constituyente se plasma en una potencia material, en la agencia que quiere destruir la institucionalidad del poder de mando, pero que, en su ambición de institucionalizarse, puede corromperse. En este sentido, nuestro temor radica en que el poder constituyente devenga en poder constituido; que lo nuevo se vuelva viejo; que el vendaval de las resistencias se paralice y se corrompa una vez que se institucionalice. Porque, como sabemos, todo poder constituyente, una vez cerrada la temporalidad revolucionaria, acaba subsumido en el poder constituido. No queremos que el poder constituyente, desnaturalizado de su potencia originaria, acabe siendo un mero mito desde donde se asiente el poder constituido; no queremos, pasados unos años, ver al movimiento 15M, a la sociedad civil catalana… como simples mitos que sirvieron para asentar de nuevo el dominio, como nuevos relatos para el poder de siempre. Lo que queremos es que su potencia material no se pierda y para ello será necesario conceptualizar una nueva institucionalidad que no cierre ni corrompa la expansión del vivir, de las demandas sociales, sino que las acompañe, las de cabida; las impulse. Por ello será necesario pensar de nuevo la institucionalidad, la forma Estado, en una nueva arquitectura institucional y de gobernabilidad. Repensar los tres poderes, aun más en el caso Español, donde su división ha sido una ficción de mal gusto, se hace rabiosamente necesario /6. Nosotros damos por enterrada o muerta la división de poderes actual, pero no como lo hicieron algunos antes para que el crimen y el robo fueran impunes /7, sino para empoderar a los de abajo, para no mermar la potencia del poder constituyente en la institucionalización. A modo de cartografía exploratoria breve, pensamos en un poder legislativo en expansión constante, universal y localista, descentralizado y municipalista, que se drena de la savia nueva de la innovación constante del vivir, y por tanto, mutable por las demandas ciudadanas; pensamos en un poder ejecutivo que no es más que la voluntad legisladora de la ciudadanía, mero instrumento para satisfacer sus deseos a través del empoderamiento que le otorga la maquinaria institucional; por último, pensamos en un poder judicial politizado, pero no contaminado por los antojos de una casta política trascedente sobre la ciudadanía, sino que la toma de decisiones judiciales de corte constitucional debe ser acorde con la comunidad que pretende juzgar; normalmente el poder constituido, el derecho, es conservador, dispositivo del mantenimiento del orden vigente y por ello está en la mayoría de ocasiones imposibilitado por su naturaleza, caracterizada por el rigor en la aplicabilidad del procedimiento y la lentitud de sus tiempos, a danzar al ritmo del devenir social. Por ello es necesario politizar la justicia en los términos que hemos indicado de discusión de las cuestiones jurídico-constitucionales en el debate público, pero también socializarla, en el sentido de que debe ser cercana y sensible a las expresiones de la comunidad que debe juzgar; esto implicará también una función pedagógica, en la medida en que si queremos sacar a la justicia de los altares de la trascendencia en donde solo unos expertos pueden deliberar, tendremos que facilitar sus lenguajes. Todo esto parecerá obvio y lógico, pero por eso mismo, no hay que cansarse de repetirlo ni exigirlo.

Otra cuestión clave, además de la arquitectura institucional anteriormente mencionada, es la de la representación. Urge pensar una nueva teoría de las formas de gobierno. La tradición desde Platón a Hegel, desde Aristóteles a Mosca, ha venido a sostener, siempre, la imposibilidad de salir del dualismo gobernados/gobernantes.

Este binomio plantea el abismo, el impedimento de pensar más allá de él, pues ni se baraja la posibilidad de que los propios gobernados sean a su vez gobernantes. Solo con la llegada de lo que los cínicos denominan “democracia”, es decir, el sistema representativo liberal, se plantea la posibilidad de la mediación, entre gobernados y gobernantes, a través del nuevo binomio representante/representado. Este pretendería ser una respuesta, una solución, al ser el representante el espejo del representado, el mediador que dota de presencia al ciudadano /8. Pero esto es un sinsentido: en primer lugar, porque sigue habiendo sujetos que gobiernan o legislan (los representantes) y otros que son gobernados (representados); en segundo lugar, porque sabemos que es una broma de mal gusto, más en los tiempos que corren, el considerar al representado un espejo del representante, una mera copia de su persona y sus intereses.

La representación, y el binomio gobernantes/gobernados, es una fórmula que llena de trascendencia el campo de la política: el representante, el soberano, el político profesional, el caudillo, el rey… son los elementos de toda una teoría que asienta la gobernabilidad de lo político en la verticalidad, en la minoría que gobierna a todos, rompiendo cualquier posibilidad de inmanencia en la toma de decisiones de la comunidad.

Somos conscientes de la dificultad de romper con esta tradición en ciencia política, pero las condiciones materiales lo permiten, y la sociedad, lo demanda. Si la representación surgió como el dispositivo necesario para poder salvar la imposibilidad del estar todos presentes en la asamblea constituyente francesa de 1789 por las condiciones espacio-temporales, en era posmoderna, este estar todos presentes está más cercano para su realización por las nuevas condiciones materiales que son fundantes a su vez del estado de miseria cotidiano que es la subsunción real. Si la economía, en la globalización, para incrementar su modelo de financiarización se ha servido de las nuevas tecnológicas que han implosionado esas barreras del espacio-tiempo, la política institucional debería servirse de estas si no quiere seguir pareciendo un muerto de otro tiempo; la voladura del recinto fabril, arquetipo del modelo de capitalismo de la modernidad (subsunción formal), y su sustitución por la sociedad en su conjunto como nuevo recinto de la producción capitalista(subsunción real), debería suponer también la voladura necesaria de esos recintos cerrados habitados por los profesionales de lo político y excluyentes con la ciudadanía, o por lo menos, su reconversión en una apertura total a la comunidad, que amplíe en un alto grado la participación política y con ello, la posibilidad de la democracia como teoría de gobierno.

Esto lo debemos tener en mente. Sabemos de la dificultad de desechar la representación, pero deberíamos entender lo anteriormente mencionado como el deber ser, como la meta hacia donde debemos llegar, concebir la mediación y sus dispositivos como instrumentos necesarios cuando la participación política directa no es posible.

Soberanía y legitimidad:

Analizaremos, a continuación, las características de la fase última del régimen de acumulación del capital, la de la financiarización, en su relación con la soberanía y la legitimidad

La financiarización

—El nuevo aumento en flecha de la superproducción trae consigo la hipertrofia de los organismos de crédito y la hegemonía del capital financiero sobre el capital productor de bienes y servicios, al cual vampiriza.

—Se agudizan las características viciosas del posfordismo: precarización, exclusión, políticas anti-bienestar

—Se vacían las arcas de los Estados, los cuales se endeudan con los “mercados” (bancos, multinacionales, fondos de pensiones, fondos de inversión). Estos especulan con la Deuda Pública en un mecanismo controlado por las agencias de calificación.

—Cierran las pequeñas y medias empresas y el capital manufacturero se bate en retirada, a excepción de las grandes firmas y las multinacionales, las cuales obtienen sus ganancias, más que de la realización en el mercado de sus productos, especulando en el capitalismo virtual.

—El pago de la deuda y de sus intereses convierte en una superchería la soberanía de los Estados, los cuales sumen en la miseria y el precariado a sus ciudadanos con sus ajustes y recortes. Emerge una pirámide autoritaria en cuya cima se encuentran los Estados acreedores y en su base, los deudores. Aflora una indignación ciudadana contra instituciones y sindicatos.

—Los partidos del sistema se hunden en el descrédito. La arena política se polariza en los extremos: partidos de extrema derecha por un lado, y por el otro partidos anti-sistema y movimientos soberanistas antagónicos al Estado. La reivindicación y la protesta se expresan en una red rizomática de movimientos sociales

Pero sería engañoso pensar en los Estados dominantes en términos de soberanía: el poder líquido y omnipresente, sin un centro identificable, de los llamados “mercados” les ha despojado de ella. Sin mociones parlamentarias ni golpes de Estado se ha impuesto la dominación política e impunidad de los grupos financieros e inversores eufemísticamente llamados “mercados”, los cuales reinan en la cima de una cascada de explotaciones en la que aquellos exprimen a las multinacionales, éstas a las grandes empresas nacionales, las cuales sacan el jugo a su vez a las Pymes, hasta llegar a la ingente cantera de los trabajadores precarizados y ciudadanos/as de a pie, generando en su última escala un sinfín de “excluidos” que ni siquiera tienen el privilegio de dejarse explotar.

La legitimidad

Aunque se atribuye a Max Weber la piedra angular de la teoría de la legitimidad del Estado, éste se limitó en realidad a describir sus mecanismos: la tradición, el carisma, y las reglas del Estado de derecho (la teoría deliberativa de la legitimidad de Habermas es también una descripción de mecanismos, si bien varios peldaños por debajo en profundidad teórica de la de Weber). Hay que buscar en otra parte su fundamentación; en la teoría del contrato social de Locke y de Rawls más tarde; y en el enfoque grupal de Hannah Arendt.

El mito del Contrato Social adquiere su expresión más duradera con Locke, cuando despunta a fines del siglo XVII el proyecto político liberal de la burguesía. Su construcción describe a los hombres gozando en un estado de naturaleza imaginario y previo de unos bienes, vida, libertad, y propiedad, que ven sin embargo amenazados; a fin de defenderlos concluyen un contrato de todos con todos por el que crean la sociedad política, Commonwealth, o Estado, que defenderá estos bienes sin inmiscuirse en su disfrute.

La teoría lockiana del Pacto legitima al Estado (liberal) como fruto del consentimiento de los gobernados; pero su visión adánica de la defensa de los bienes de naturaleza de los individuos perderá credibilidad cuando se hagan evidentes las enormes diferencias sociales surgidas a lo largo de la Revolución Industrial.

Rawls postula por ello en 1971 un nuevo Contrato Social acorde con el Estado de Bienestar. Los ingresos desiguales basados, no en el esfuerzo individual, sino en factores ajenos a él como la herencia, las cualidades naturales…, deben ser compensados a través de una política de distribución equitativa de oportunidades. El acuerdo colectivo consiste en el “maximin”, en maximizar lo que cada individuo recibiría en caso de ir a parar a la peor posición en la sociedad; propuesta aceptable por los liberales (por su individualismo), y por los social-demócratas (por su congruencia con el Bienestar).

Pero el capitalismo de la financiarización procede conscientemente a la demolición del Bienestar, y por tanto a la fuente de la legitimidad ¿Dónde reside pues ésta? Es la pregunta a la que responde Arendt.

El poder, dice, no es un instrumento, sino un fin en sí mismo: pertenece al grupo, y se mantiene sólo si el grupo permanece unido. Es el apoyo del pueblo lo que otorga el poder a las instituciones de un país, manifestándose como continuación del consentimiento originario que dotó de existencia a las leyes. La imposición de una voluntad sobre otra u otras no es poder, sino violencia. Legitimidad y poder constituido no van pues forzosamente juntos; pueden ser principios antagónicos

La idea del consentimiento originario se convierte en un sarcasmo a partir de los años bisagra de 2007/2008 ¿Quiere ello decir que el Estado, falto de legitimidad, ha recurrido a la violencia, como se desprendería del silogismo de Arendt? Sí en sus márgenes internos, desarrollando una lógica securócrata consistente en la violencia legal, y también física, contra minorías nacionales, movimientos radicales de protesta, precariado profundo, excluidos, inmigrantes, refugiados (por no hablar de la violencia extramuros de la Fortaleza Occidente productora de guerras por delegación en el Próximo Oriente, en el continente africano….).

Pero la masa de las poblaciones de los países del centro no es objeto de violencia directa: lo que hace el Estado con ellas es recurrir al miedo, miedo al horror innominado que vendría de la corrosión y desaparición de todo aquello que hace la vida vivible si no se siguen a pie juntillas los diktats de los de arriba, los mandatarios nacionales e internacionales que saben mejor que nosotros/as qué nos conviene a todos. El instrumento preferido para lubrificar este miedo y hacerlo soportable es la construcción de una amplia red de identidades anti, identidades antidiferentes, antiseparatistas, antiterroristas y “antientorno” terrorista (da igual que éste haya luchado a brazo partido por dar fin a la violencia), identidades antimarginales, antiinmigrantes, anticondenados de la tierra. Estamos ante un simulacro repulsivo de la legitimidad basado en la polarización de la pareja amigo-enemigo, perverso mecanismo sicológico éste que crea unanimidades sociales y nacionales en base en la creencia de que debo destruir a un enemigo incansable en su perversidad para evitar que sea él quien me destruya a mí.

Si no hay contrato social, si no ha habido un Pacto originario en el pasado y aún menos en el presente, la legitimación canónica de los tres poderes del Estado cae por su base.

La idea lockeana de Pacto fundamenta:

-la legitimidad de los Parlamentos que representan la soberanía nacional: las elecciones de los/as representantes vienen a ser la renovación periódica del Pacto. Pero la inconsistencia del mito del Pacto se revela en la naturaleza fantasmal de estas instituciones, incapaces de resistir mínimamente a unos mercados que son la referencia inapelable de las decisiones de los Gobiernos

-el Poder Judicial como intérprete del Pacto. Pero las intromisiones del poder ejecutivo exhibidas sin pudor y su sujeción a la galaxia de los poderes fácticos han hecho de la proclamada autonomía judicial una cáscara vacía; lo que confirma la deslegitimación actual de la justicia a nivel popular.

La soberanía

El capitalismo de la financiarización ha volado en pedazos la soberanía por arriba; sólo existe ya la soberanía desde abajo. Ello culmina la evolución de la teoría y la práctica de la soberanía que en el largo plazo histórico ha tendido siempre a desplazarse hacia abajo. Pueden distinguirse cuatro fases en esta evolución:

1º.Soberanía no relacional: surgido el concepto en los albores de los Estados modernos, la soberanía se concentra en el Estado, como la expresión última de la autoridad del monarca soberano (Bodino)

2º. Soberanía relacional: las revoluciones burguesas, al transformar al súbdito en ciudadano, desplazan el foco de la soberanía desde el Monarca (quien encarna al Estado) hasta el pueblo-nación (Rousseau), convirtiéndola en el producto de la relación entre ambos términos. El quantum de soberanía de la sociedad civil es el quantum de la democratización del Estado, proceso lleno de exclusiones y tensiones. En efecto, la soberanía se estrecha en las democracias liberales del siglo XIX debido al acortamiento de su base:

-las mujeres están excluidas de las democracias y de su expresión electoral, el sufragio, pues su derecho a decidir se arroga al patriarca, padre o marido, que es quien decide por ellas

-lo mismo ocurre con el trabajador asalariado, excluido del voto en las democracias censitarias; en plena Revolución Francesa Sieyès augura que quien no pague impuestos no podrá votar, al no ser accionista de la gran empresa que es la nación

3º. Soberanía relacional antagónica de las naciones sin Estado: postergados en la provisión de bienes políticos, económicos, culturales, por las políticas de uniformización nacional, los grupos territoriales “diferentes” por su lengua, cultura, origen étnico, o religión desarrollan dinámicas soberanistas opuestas al Estado-nación, en un eje estratégico que va del regionalismo al independentismo

Soberanía permanente: parafraseando al Marx de mediados del siglo XIX, un fantasma recorre Europa desde los años 2007/2008, el de las protestas de los movimientos sociales emancipadores rebeldes contra los poderes constituidos. En ellos reside la única soberanía, que es ya sólo soberanía desde abajo. Se da así la paradoja de que los más desamparados y desprovistos de poder son el único poder constituyente: los jóvenes, los viejos, los parados, las amas de casa, todos cuantos viven en la actual miseria económica y humana, las mujeres que se yerguen contra la dominación patriarcal, los trabajadores que ocupan el local de las empresas destinadas a la deslocalización, los condenados de la tierra que son hoy los inmigrantes y los refugiados. Allá donde existe opresión nacional, el poder constituyente y la soberanía residen en los que exigen su derecho a decidir y a concluir los proceso de paz ya iniciados, en los que claman contra el ensañamiento que se abate sobre presos y exiliados, en los que reclaman el derecho a la defensa y promoción de la lengua y cultura propias al tiempo que reivindican una nación internacionalista, multicultural y diversa. El soberanismo adopta pues la forma de un rizoma cuyos elementos están interrelacionados.

Poder constituyente y poder constituido: los partidos políticos y los movimientos sociales

- Los partidos: La nueva relación que pugna por formarse entre poder constituyente y poder constituido problematiza la naturaleza y funciones de los partidos políticos. Pues éstos son mediadores entre ambos poderes en la medida en que se proponen formar parte de los poderes constituidos a todos los niveles territoriales de gobierno: del poder legislativo en todos los casos (salvo obviamente en las dictaduras), y del poder ejecutivo en las democracias parlamentarias.

El que la soberanía del Estado sea hoy una entelequia fantasmal afecta pues a los partidos. Ello es sobre todo visible en los partidos del sistema, sometidos en Europa a fuerte erosión en los ocho últimos años. La evolución de estos partidos políticos les ha dejado inermes ante la situación actual de sometimiento de lo político a la hegemonía de los “mercados”. Sus efectos se evidencian si se contemplan las fases históricas de la forma “partido”.

Los partidos de cuadros del siglo XIX eran clientelistas, adecuados a un Estado mínimo

Los partidos de masas (1880-1960), caracterizados por una alta participación política y la socialización y control de electores y afiliados, fueron reivindicativos mientras la social-democracia tuvo una base obrera; tras la II Guera Mundial se hicieron sistémicos, adaptándose al Estado keynesiano del Bienestar y al capitalismo fordista. Se acortó su diferenciación con los partidos conservadores, hasta desaparecer en la práctica en los dos tipos históricos de partidos del último medio siglo, de sucesión tan rápida que han tendido a confundirse.

Los partidos atrápalo-todo, “catch-all”, surgidos tras 1945 y generalizados desde los años 60, presentan como características: la superación de las barreras de clase y de clivajes en busca de un territorio global de caza; el contacto con los electores a través de los medios, con la correspondiente reducción del peso de los afiliados; la sustitución de la ideología por la política-espectáculo; y la personificación del liderazgo.

Los partidos-cartel, generalizados en los años 80, son partidos hegemónicos de estrategia bipartidista, que pretenden monopolizar las ayudas públicas (subvenciones, espacios gratuitos en los medios), excluyendo de ellas a los partidos minoritarios.

Es esta situación de monopolio bipartidista la que se ha diluido con la crisis de la financiarización de los años 2007/2008, que ha tenido dos efectos antagónicos: la radicalización de los partidos hipercentralistas y de extrema derecha; el surgimiento de los partidos emergentes potencialmente emancipadores.

Pero el descrédito de los partidos ante la opinión pública afecta también, situándoles ante nuevos repertorios de formas de acción, a los partidos emancipadores (a los que no definimos, pues éstos son los años en los que se está perfilando su naturaleza a través de una praxis política que, como todas, tiene sus aciertos y desaciertos, sus avances y retrocesos, sus callejones sin salida y sus luces al final del túnel. Esta comunicación puede verse como una pequeña aportación teórica a la tarea).

En efecto, la crítica de los partidos se ha generalizado, lo que es perceptible tanto a nivel académico como a nivel popular; aunque muchas veces se mezcle la paja con el trigo. Según la definición del politólogo Janda, cínica pero veraz, los partidos son organizaciones que se proponen colocar a sus candidatos en puestos de gobierno. Disponen para optimizar este objetivo de recursos internos y externos. Los recursos internos persiguen conseguir una organización cohesionada y potente; los recursos externos deben movilizarse para triunfar en la competición con los demás partidos para conseguir el bien escaso que es el poder. De ahí derivan dos rasgos inquietantes que acompañan a todos los partidos, sean emancipadores o del sistema:

La “preferencia de grupo”, rasgo interno: los partidos antepondrán siempre un militante a un no militante, y entre los militantes, al más leal al grupo y más eficaz para la organización

La polarización amigo-enemigo, rasgo externo y consecuencia ineluctable de su carácter competitivo; basta con seguir los discursos y actividades de todos los partidos en las campañas electorales para verlo entrar en acción.

Hay quien añade a estos dos rasgos un tercero, el de la corrupción; pero se equivoca. La corrupción es un elemento de criminalidad que penetra en los partidos desde fuera, favorecido por ciertas circunstancias: disponer de poder en puestos de gobierno donde a través de redes clientelares con grupos económicos pueda obtenerse un lucro, el cual se destinará o a las arcas del partido o al bolsillo del político; y sobre todo, una gran diferencia entre los representantes (los militantes que han accedido a los puestos de gobierno) y los representados (los votantes). Cuanto más distantes estén representantes y representados, tanto más corrupción habrá; en cambio, si unos y otros comparten estatus y modos de vida, si representantes y representados son indistinguibles, no habrá corrupción, o apenas. Por ello ésta afecta muy especialmente a los partidos del sistema, muy próximos a los poderes económicos.

- Movimientos sociales y partidos: En la medida en que los movimientos sociales tienen una lógica participativa y quieren cambiar las bases del poder, son ellos (en su gran mayoría) los titulares de la soberanía por abajo, los que con su exigencia de decidir en todos los ámbitos pueden impedir a los partidos emancipadores que dejen de serlo, forzándoles a convertirse en traductores políticos y transmisores hacia arriba de su poder constituyente; los que pueden generar, al ser su radio de acción más amplio que el de los partidos, un ensanchamiento de los límites de la soberanía desde abajo.

¿Quiere ello decir que sobran los partidos? Todo lo contrario; lo que quiere decir es que, si son emancipadores, su actuación deberá ser forzosamente compleja. La transmisión de la soberanía desde abajo hacia el poder constituido no es en modo alguno una actividad mecánica.

Los movimientos sociales son tan múltiples y diversos como las sociedades en cuyo seno actúan, y sus reivindicaciones y protestas pueden ser antagónicas entre sí. Es absurdo pensar en la aceptación acrítica por los partidos de sus propuestas y en la transmisión hacia arriba de cuantas reivindicaciones les presente cualquier movimiento; también son movimientos sociales los movimientos provida contra la libertad de aborto, o aquellas asociaciones de víctimas de la violencia política que tienen un carácter ultraderechista. La cautela debe extenderse a movimientos con objetivos aparentemente emancipadores; los enfoques de la elección racional han explicado la presencia de managers “movimientistas” motivados por el objetivo de la maximización de beneficios.

La conducción hacia arriba de las reivindicaciones de los movimientos, ligada al objetivo de la conquista del poder, plantea finalmente la cuestión del Estado en su más amplia acepción, la de la gobernanza en todos sus niveles territoriales, el estatal por supuesto, y también el regional y local, así como el supra-estatal.

- Estado, poder constituído, poder constituyente: Si se acepta la hipótesis de que no existe la soberanía de arriba ¿qué sentido tiene la transmisión y la conducción hacia arriba de la única soberanía que existe, la del poder constituyente desde abajo, si es que tiene algún sentido?

La respuesta es evidente para los anarquistas y para Marx: ninguno. El Estado, símbolo supremo de la autoridad, la cual impide a los seres humanos ser libres, debe desaparecer, dice el anarquismo. El Estado burgués, instrumento de dominación de clase, dice Marx, debe ser destruido; consumada la construcción del socialismo tras la fase de la dictadura del proletariado se extinguirá al hacerse innecesario con la desaparición de las clases.

En la fase actual de la subsunción real del trabajo en el capital, el Estado es para los mercados el mecanismo que garantiza la extracción de plusvalía y la represión de cuantos contesten activamente el orden establecido: muerto como forma viva, goza como Drácula de buena salud en su función coercitiva.

Pongámonos en el caso, hoy por entero hipotético, de que el poder constituyente desde abajo sustituya al poder constituido de arriba ¿debería entonces desaparecer el Estado? Ello es discutible. Sí desaparecería en su forma actual de adlátere de los mercados financieros. Pero subsistirían las funciones de gestión, en dos direcciones:

- la gestión del proceso productivo, véase la coordinación de la producción, distribución, y consumo de los bienes y servicios, en paralelo al control de las fuentes de financiación del proceso

- ante la imposibilidad de que exista una única comunidad terráquea, la coordinación entre las distintas comunidades del mundo.

El poder, como sugiere Arendt, pasaría en este caso a ser el poder de todos. Dado que nos movemos en un terreno hipotético, avancemos algunas ideas sobre el principio que debería regir la distribución territorial y funcional de ese poder:

A nivel territorial, sería el ámbito de la coordinación de los distintos movimientos emancipadores de los que emana la soberanía el que demarcaría el territorio de las comunidades, con el resultado previsible de una intensa descentralización política. La fusión entre emancipación y derecho a decidir rescataría el sentido democrático de las naciones.

La distribución funcional de los hasta entonces llamados poderes –el poder ejecutivo y administrativo del Estado en sus distintos niveles, el legislativo de los parlamentos, el poder de los jueces-, se basaría en el principio de la democracia participativa y deliberativa. Ello significa relación constante de estos poderes con los movimientos sociales, y elección desde la base y a todos los niveles de los integrantes de estas funciones, incluida por supuesto la función judicial.

Frentes, movimientos, intelectuales

Situémonos en el terreno más próximo de la política a llevar a cabo aquí y hoy basada en los principios de la soberanía desde abajo y de la democracia participativa. Nos detendremos por ello en dilemas surgidos en torno a las próximas elecciones generales de diciembre de este año: ¿cuál es el papel de los movimientos sociales y de los intelectuales respecto de los partidos emancipadores? ¿Pasa ello por la formación de listas electorales comunes? Puede ser, y así ha ocurrido en Cataluña y en Ayuntamientos como Madrid y Barcelona; pero no necesariamente. Lo que sí exige es unidad de acción. Examinaremos por separado el papel de los intelectuales, y aquellos casos en los que la unidad de acción se orienta a la formación de frentes.

Los intelectuales: son una pieza modesta, pero necesaria para engrasar los distintos mecanismos y contrarrestar –junto a los movimientos sociales– las tendencias centrífugas de los partidos susceptibles de dificultar las distintas unidades de acción ¿Quiénes son intelectuales? Mayoritariamente –aunque existen otras fuentes, relacionadas con el arte, la comunicación, etc…–, son los funcionarios, o más precisamente los trabajadores, que prestan los servicios públicos de docencia e investigación a cambio de la nómina, o salario, recibido de sus patrones, que son los distintos niveles de gobierno. Trabajan por imperativo profesional en el universo de las ideas, (lo que pueden hacer al servicio del sistema –frecuentemente– o de la emancipación). Estos últimos intelectuales pueden fortalecer la unidad de acción colaborando con los movimientos sociales y compensando con su discurso teórico el partidismo y cortoplacismo inherente a los partidos (aunque no siempre, y no en todos). Esa es la función de los intelectuales, más que participar en listas electorales, aunque sea legítimo hacerlo.

Los frentes: Los proyectos de unidad de acción pueden dar lugar a la formación de frentes (que no deben identificarse mecánicamente con el enfrentamiento), con distintos repertorios de acción y horizontes electorales. En Euskal Herria, por ejemplo, pueden visualizarse tres frentes posibles. Uno es el Frente de Izquierdas, o frente amplio: a éste se dirigía el llamamiento de julio, con el horizonte de las elecciones generales de diciembre. Otro es el Frente Nacional, cuyos potenciales participantes serían cuantos reivindican el derecho nacional a decidir, básicamente, pero no exclusivamente, las fuerzas nacionalistas vascas, con abstracción de que hoy estén distanciadas en su estrategia. Un tercero es el Frente por la Resolución del Conflicto, o si se quiere por la paz y la convivencia, el que, para ser operativo, requiere la participación todos los actores políticos sin excepción. La interacción entre estos tres frentes es compleja y proteica, con elementos comunes y otros no coincidentes. Las dificultades son enormes, pero no insalvables.

Conclusiones/llamamiento

En el cenit de la subsunción formal, el Estado social emprendió una representación burocrática y vertical a través de los partidos y la constitucionalización de los sindicatos que pretendía dar presencia a una ausencia en el sistema político, pero con la intención de domesticar a esa fuerza externa al sistema siendo incluida. Hoy en día, en la subsunción real, esa ausencia en el plano de la política institucional, que no en el plano material, pues ahí ya es una presencia constatada en el antagonismo que muestra la crisis, debe hacerse presencia por sí misma y para sí misma, representarse ella misma, innovando los dispositivos de mediación y participación política, como dan fe de esto las nuevas candidaturas populares que están surgiendo recientemente. Lo que Celan designaba para su amante, se puede señalar para las resistencias:

“¡es hora de que se sepa!

Es hora de que la piedra se apreste a florecer,

de que al desasosiego le lata un corazón

es hora de que sea hora.

Es hora”/9

Es el momento, es la hora; es esta crisis la que está mostrando, no hay más remedio, la presencia de una presencia que no quería ser ausencia; es la hora: la hora de que, de una vez por todas, el poder constituyente se expanda infinitamente sin temor a ser capturado por el poder constituido.

20/11/2015

Israel Arcos es estudiante de Doctorado de la UPV-EHU. Francisco Letamendia es profesor emérito de la UPV-EHU, Departamento de Ciencia Politica.

Notas

1/ Marx, K. (1971): Libro I capítulo VI inédito. Resultados del proceso inmediato de producción, siglo XXI, México, pp. 55-76. Capítulo que Marx retirará de la redacción final de El Capital sin que sepamos la causa, pero que anuncia y vaticina la naturaleza del capitalismo actual.

2/ Negri, A. (2001): Marx más allá de Marx, Akal, Madrid. pp. 123-144. Negri analiza excelentemente aquí como la circulación se convierte en el fundamento del sistema capitalista.

3/ Sieyès fue el primero en realizar la distinción entre poder constituyente y poder constituido en su obra El tercer estado. Nuestra interpretación sobre estos dos poderes es la de Negri, A. (1994) El poder constituyente. Ensayo sobre las alternativas de la modernidad, Prodhufi, Madrid. Siendo muy sintéticos, y como más adelante explicaremos, el poder constituyente es la potencia democrática, el artefacto incendiario que irrumpe a lo largo de la historia contra el poder constituido (el poder del status quo, del mundo del derecho que por su naturaleza y modos, constriñe y encarcela la voluntad democratizadora); y que este último intenta subsumir en la esfera del derecho haciéndole perder su esencia emancipadora originaria.

4/ En 1985 el PSOE realizó la reforma de la ley orgánica del poder judicial (ref: BOE-A-1985-22752), por la cual el órgano superior de los jueces perdía completamente su independencia (si alguna vez la tuvo…) al ser nombrados sus miembros por el poder político; cuyas consecuencias más tarde veríamos: la impunidad de la corrupción. Un año antes, el gobierno socialista había introducido la flexibilidad laboral y la temporalidad mediante las ETTs en el denominado Acuerdo Económico y Social que contó con el respaldo de la CEOE y UGT.

5/ Tiqqun (2009): Llamamiento y otros fogonazos, Ediciones Acuarela y Machado, Madrid. Tiqqun es un grupo anónimo de carácter neoanarquista, neosituacionista y posmarxista, influenciado por la obra de autores como Deleuze, Agamben, Foucault…

6/ Negri y Hardt mantienen una reformulación de los tres poderes similar a la nuestra en Hardt, M y Negri, A. ( 2012): Declaración, Akal, Madrid. pp. 89-104

7/ Le es atribuida la frase “Montesquieu ha muerto” al segundo de a bordo del felipismo, Alfonso Guerra, cuando se perpetró la reforma de la ley orgánica del poder judicial que sirvió para que el crimen de Estado y la corrupción fueran impunes.

8/ Pitkin a la hora de definir las características fundamentales de la representación subraya la igualdad, el parecido que tiene que existir entre el representante y aquel sujeto al que representa. Véase al respecto Pitkin, H. F. (1985): El concepto de representación, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid.

9/ Celan, P. (1985): “Corona”, en Amapola y memoria, Hiperión, Madrid.

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