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Victoria de Mauricio Macri
Argentina gira a la derecha
04/12/2015 | Pablo Stefanoni

El triunfo de Mauricio Macri en el segundo turno de las elecciones argentinas produjo un vuelco político de envergadura en Argentina. El líder de Propuesta Republicana (Pro), un partido de centroderecha con poco más de una década de vida y aún pequeño, triunfó con el 51,40 % frente al candidato peronista Daniel Scioli, quien obtuvo el 48,60 %. De esta forma se acaban 12 años de kirchnerismo, plasmado en los gobiernos de Néstor Kirchner, fallecido en 2010, y su esposa Cristina Fernández. Se trató de una versión de centroizquierda del tradicional y poderoso Partido Justicialista, el partido fundado por Juan Perón en la década de 1940 y que a lo largo de la historia se presentó con diferentes rostros ideológicos de acuerdo a la coyuntura internacional. El kirchnerismo gobernó una década larga marcada por un proyecto que impulsó políticas de inclusión social, reconstruyó el Estado debilitado en los años 90 y amplió derechos civiles (como el matrimonio entre personas del mismo sexo). Pero junto con los avances, creció un descontento social difuso, amplificado por los medios de comunicación, que el oficialismo no logró leer adecuadamente y fue capitalizado por el centroderecha.

El resultado del domingo también tiene dimensiones continentales: la victoria de Macri entusiasma a las fuerzas de oposición a los gobiernos “bolivarianos” de la región, que imaginan que el triunfo de este candidato ideológicamente más cercano a la Alianza del Pacífico –de tonalidades más liberales en lo económico- podría ser la primera pieza de un dominó que lleve al llamado “fin de ciclo” sudamericano, abierto con el triunfo de Hugo Chávez en 1998 y seguido en los años 2000 por Luiz Inácio Lula Da Silva, Evo Morales, Tabaré Vázquez y Rafael Correa. En efecto, en los festejos de Macri estaban, entre otros, la esposa del líder opositor venezolano Leopoldo López, acusado de desestabilización y condenado a 13 años de prisión en un controvertido proceso judicial.

La historia de la derrota peronista comenzó, de manera sorpresiva, en la primera vuelta del 25 de octubre pasado. Ese día, mientras todas las encuestas anunciaban que Scioli estaría bordeando un triunfo sin necesidad de balotaje [segunda vuelta], los resultados fueron muy diferentes: no solo el candidato oficialista quedó lejos de esa victoria rápida sino que Macri se posicionó a solo tres puntos por debajo. Adicionalmente, la candidata a gobernadora de Pro, María Eugenia Vidal, triunfó sin que nadie lo anticipara en la populosa provincia de Buenos Aires, donde vota casi el 40 % del padrón electoral nacional. Se trata de un bastión que el peronismo gobierna desde 1987; perderlo constituyó un duro golpe para el oficialismo. Joven, de tonos amables, discurso inteligente y “post-ideológico”, Vidal condensa el estilo de “persona común” –alejada del político profesional aunque lo sea- que cultiva Pro, cuyo referente máximo es Macri. Ese resultado sorpresivo posicionó a Macri como favorito y dejó a Scioli transitando un empinado camino de obstáculos. Aunque técnicamente había ganado la primera vuelta, políticamente la había perdido.

De origen empresarial, Mauricio Macri llegó a presidir en 1995 el popular equipo de fútbol Boca Juniors, lo que le permitió construir puentes con el mundo popular. Tras dejar el cargo, en 2007 conquistó la alcaldía de la Ciudad de Buenos Aires, desde donde pavimentó su carrera política hacia la Casa Rosada, la sede del gobierno argentino. El reciente libro Mundo Pro. Anatomía de un partido fabricado para ganar (escrito por Gabriel Vommaro, Sergio Morresi y Alejandro Bellotti) explica varias de las novedades de esta nueva derecha, que se diferencia en varios aspectos de los viejos partidos conservadores. El partido de Macri impulsa una política supuestamente desprovista de conflicto –la contracara de la “crispación” provocada por el supuesto populismo kirchnerista– y la “reconciliación de todos los argentinos”. Con una imagen moderna, más cercana al estilo de las campañas norteamericanas, este nuevo partido atrajo a ex militantes de partidos tradicionales, empresarios exitosos, jóvenes profesionales, dirigentes de la derecha tradicional e, incluso, militantes sociales. Abierto a las nuevas espiritualidades estilo New Age, con estética festiva y “cercano a la gente”, Macri construyó una fuerza política que pudo poner fin la hegemonía kirchnerista y abrir paso a un nuevo es incierto escenario de cambio. Para poder ganar se alió a la tradicional Unión Cívica Radical y pequeños partidos con quienes conformó la alianza “Cambiemos”, que apeló a un eficaz marketing político y a un discurso bastante vacío pero eficaz para convocar al voto ciudadano. El candidato oficialista lo acusó de representar a los hedge funds que hoy acosan a la Argentina, de querer hacer un ajuste fiscal en perjuicio de los trabajadores y de ser el candidato de los poderosos, pero nada de eso alcanzó para impedir la victoria del centroderecha.

Asesorado por el ecuatoriano Jaime Durán Barba, Macri debió “des-diabolizarse”, quitarse de encima el estigma de neoliberal que lo perseguía como su sombra. Para ello juró no cambiar “lo bueno” que hizo el kirchnerismo, especialmente en términos de inclusión social, y, sobre todo, no privatizar las empresas públicas. Es decir, no regresar a los años 90, cuando el neoliberalismo –impulsado por el peronista Carlos Menem- desguazó el Estado y generó nuevas y persistentes desigualdades.

Pero Macri no ganó solo por sus méritos. Scioli no encontró una identidad en la campaña. Aunque el candidato peronista y actual gobernador de la provincia de Buenos Aires recibió el respaldo de la presidenta Cristina Fernández -que ya no podía presentarse a un nuevo mandato-, el kirchnerismo nunca lo quiso y siempre desconfió de sus intenciones. De hecho, para conseguir garantizar que el candidato no se desviara del proyecto trazado por ella, lo hizo aceptar como vicepresidente a un hombre del riñón kirchnerista: Carlos Zannini. Uno de los principales intelectuales kirchneristas, Horacio González, dijo que votaría a Scioli “desgarrado” ya que, en el fondo, no lo consideraba un heredero del proyecto de Néstor y Cristina Kirchner. En su mente estaba la historia de Scioli: un corredor de lanchas que saltó a la política, en los años 90, de la mano de Menem, y defendió el neoliberalismo hasta el fin de la década. Pero también el Scioli actual generaba rechazo en los seguidores de Cristina ya que su discurso de “fe y esperanza” le parecía muy poco ideológico a los kirchneristas y lo veían como demasiado conservador. En efecto, su épica no pasa por la política sino por su propia vida: perdió un brazo corriendo una carrera de lanchas y se repuso a esa tragedia. Y su discurso parece sacado de un libro de autoayuda y está muy lejos del populismo de izquierda kirchnerista.

Bajo el peso de la presidenta, hiperactiva en la campaña, Scioli apareció como un candidato “manejado” y sin personalidad. Precisamente, su ventaja era aparecer más moderado que la presidenta, y eso le hubiera permitido ganar a algunos votantes cansados del estilo crispado de ejercicio del poder kirchnerista. Pero la presencia de Cristina Fernández en la campaña acabó por perjudicarlo. Y la intensa movilización militante de los últimos días, para “frenar a la derecha”, ya no fue suficiente.

Durán Barba había aconsejado a Macri plantear la campaña como “cambio” contra “continuidad” y los doce años de kirchnerismo parecen haber generado, en efecto, una base electoral para un cambio que nadie sabe, a ciencia cierta, en qué consistirá.

Por lo pronto, el nuevo presidente no tendrá mayoría parlamentaria, ni la mayoría de los gobernadores y tendrá cierta hostilidad de los sindicatos, desconfiados de su discurso y su estética pro-empresarial. Hoy se duda sobre si Macri se mantendrá en la línea de su discurso de campaña moderado o ensayará un ajuste económico de shock. Esto último, no obstante, parece menos probable, aunque algunos economistas de su entorno provienen de los años 90. El descontento por la inflación y el manejo arbitrario de las estadísticas oficiales, además de una forma de ejercicio del poder que a menudo aparece cerrada y poco dialogante, son algunas de las explicaciones de la derrota peronista del 22 de noviembre y el nuevo presidente prometió gobernar con otro estilo, más abierto y dialogante.

El domingo, podían verse las imágenes de dos Argentinas: una al borde del llanto, anticipando días amargos con el país en manos de la derecha; otra con una sonrisa de oreja a oreja, pensando en un próximo reencuentro nacional. Mientras tanto, Macri se prepara para asumir el poder el 10 de diciembre e iniciar el camino hacia lo que definió como un “futuro maravilloso”.

26/11/2013

Pablo Stefanoni, responsable de redacción de la revista Nueva Sociedad.

Publicado en ruso y en inglés en Russian International Affairs Council: http://russiancouncil.ru/en/inner/?id_4=6896#top-content



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