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espacio-publico.com | Estado español
El 20D empieza todo. Cambiar para vivir sin miedo
02/12/2015 | Manuel Garí

Las fuerzas del cambio se encuentran ante la misma tesitura que Daniel Lefebvre, el director de la escuela infantil en un barrio marginal de un pueblo francés devastado por la crisis, la rapiña capitalista, la ineficiente rutina de los viejos sindicatos y partidos políticos, y el abandono distante de las instituciones políticas diseñadas para contener el conflicto social y no para solventar los problemas de las gentes.

El maestro es el personaje principal prosaicamente heroico de una excelente película de Bertrand Tavernier cuyo título -Ca commence aujourd’hui- parafraseo parcialmente en el del artículo al que añado el subtítulo que resume los objetivos del cambio que, en mi opinión, necesitan en 2016 las clases subalternas y los pueblos del Estado español: vivir sin miedo.

Vivir sin miedo al paro, a perder la casa o la salud, a la guerra, el terror y la violencia –sea de género o institucional-, a no llegar a fin de mes, a gobernantes que deciden sobre nuestra existencia sin pedirnos opinión, a leyes mordaza y derechos menguantes de un Estado crecientemente autoritario, a unos tribunales que impiden la libre autodeterminación de los pueblos, a una UE cortada a la medida de los bancos, a un TTIP que da todo el poder a las multinacionales y se lo quita a los pueblos, a un cambio climático que de no detenerse traerá hambrunas, sufrimiento y conflictos. No es pedir mucho, son cosas sencillas las que configuran ese vivir sin el miedo que hoy atenaza a millones de personas en nuestra sociedad. Cosas sencillas que afectan a la gente y la gente entiende, cosas alejadas de los juegos de palabras vacías que rellenan tantas páginas y presiden tantos debates propios de las élites ilustradas y politizadas pero alejadas de la gente.

El tiempo que vivimos

Estamos desde hace años ante una crisis del régimen limitada pero real, expresada en la pérdida de credibilidad y legitimidad de los partidos (PP y PSOE) que han aguantado en comandita el arco de bóveda de la Constitución post franquista y de las políticas neoliberales de la Unión Europea. El 15 M abrió un ciclo de movilización social sin el que no se puede entender ni la impugnación de los partidos del sistema ni la aparición de las nuevas fuerzas políticas. A la par fue creciendo la movilización de masas por la independencia en Cataluña tras las reiteradas trabas de los aparatos del régimen al derecho a decidir.

Estado de movilización social que en ambos casos cedió y dio paso a la ilusión y esperanza en la acción institucional que ha crecido durante el ciclo electoral que, en lo fundamental, se cierra el 20-D. Movilización que también supuso un proceso de politización masivo que alienta un ciclo político que no culminará el 20-D y que muy probablemente seguirá operando tanto en los próximos comicios de la Comunidad Vasca y en Galicia, como en los muy posibles comicios bis en Cataluña y también durante una legislatura post 20-D de las Cortes de equilibrios inestables.

Y, por supuesto, operará de nuevo en las calles si el movimiento social logra recuperar su autonomía y voz propia y deja de estar a la expectativa de lo que ocurra en la esfera electoral y de actuar por persona interpuesta. Desde 2011 se ha abierto y cerrado un ciclo de movilización social y otro electoral, pero el ciclo político general sigue abierto. Podemos, las candidaturas de unidad popular y los gobiernos municipales por el cambio son los agentes políticos que pueden impulsar el cambio con mayúsculas.

¿Qué cambio?

¿Qué entendemos por el mismo? ¿Qué contenidos lo sustancian? ¿Cómo los determinamos, escogemos y priorizamos? Para responder a estas cuestiones opino que debemos partir de un diagnóstico -obligadamente subjetivo- del “estado de la cuestión” a partir de las herramientas analíticas disponibles y establecer propuestas sobre el cambio necesario. El 25 de octubre de 2014, en un artículo titulado Un país por rehacer publicado en este mismo medio al calor de la Asamblea Ciudadana de Podemos en Vista Alegre, afirmé que “Tenemos el mismo dilema que ante la casa en ruinas. Tapar las grietas o construir de nuevo. Cambiar la Constitución o cambiar de Constitución. Remozar caducas fórmulas -neoliberales o keynesianas- o buscar urgentemente nuevas alternativas no capitalistas.” En esa contexto propuse que “La hoja de ruta por tanto tiene cuatro elementos: victoria electoral, movilización y poder popular, programa de ruptura democrática y de mayoría social y un gobierno a su servicio, capaz de concitar una nueva Constitución”.

¿Ha cambiado algo desde entonces en la situación de las clases subalternas o en el seno del propio régimen? No, en absoluto. Pero sí que ha habido modificaciones en el plano subjetivo. Eran los tiempos en los que existía una perfecta correlación entre propuesta y apoyo electoral a Podemos. Entre la radicalidad democrática y social del discurso antineoliberal de Podemos que configuró una nueva transversalidad política en torno a los problemas centrales que afectaban a la mayoría social y la intención de voto a la nueva formación expresada en las encuestas que llegaron a situarla como primera o segunda fuerza en las elecciones legislativas. Posteriormente el sector populista de izquierdas transformó el proyecto Podemos en mera máquina de guerra electoral y la búsqueda de El Dorado electoral, el mítico centro político.

Ello comportó importantes giros y bandazos en el discurso y el programa, situando como contradicción más relevante la existente entre lo “viejo y lo nuevo” o dejando de lado gran parte de las propuestas insertas en el ADN de la formación, derivando hacia propuestas regeneracionistas acompañados de pérdida de frescura y mayores dificultades para la participación activa democrática desde los círculos.

El resultado de todos conocido es que tras la reacción de los partidos del régimen y el diseño desde conocidos despachos de las empresas del IBEX de un recambio joven regeneracionista y de orden, el partido populista de derechas Ciudadanos, Podemos aborda las elecciones con una merma de expectativas, lo que deberá superar en el marco de la campaña electoral (y tras el 20-D) para poder lograr el fin que se marcó en su nacimiento: ganar las elecciones generales. Y desde ahí desplegar sus propuestas.

Los vectores del cambio

El cambio necesario (y posible si se logran acumular suficientes apoyos para cambiar la actual correlación de fuerzas) que debería plasmarse en el programa y la acción del gobierno tiene dos grandes vectores en la propuesta originaria de Podemos:

1º.- Un giro en la orientación de las políticas económicas que acabe con las medidas de austeridad, la disciplina fiscal impuesta por la Comisión de la Unión Europea, la entrada de la lógica de la ganancia privada en todos los “nichos” de mercado mediante la privatización inducida desde las instituciones y un modelo productivo ambientalmente insostenible y con graves deformidades, metástasis y carencias desde el punto de vista económico.

Hay que acabar con una política que está produciendo sufrimiento, no permite la creación real de empleo con la calidad y en la cantidad necesarias, conlleva una injusta distribución de los ingresos y la riqueza a favor de un capitalismo confiscatorio y extractivista, favorece un modelo energético basado en las fuentes de energía fósil dependiente del exterior y sumamente contaminante que implica una amenaza para la biosfera y, por tanto, para la vida humana.

Ello supone emprender una política pública activa directa en la economía que no podrá realizarse si perdura el poder del oligopolio de las empresas energéticas / eléctricas y de las finanzas, sigue la desfiscalización de la Hacienda Pública y perviven leyes como la reforma laboral. Más pronto que tarde el cambio requerirá la titularidad pública de las empresas que controlan las mercancías estratégicas: energía y dinero; una reforma fiscal que invierta la lógica actual y una legislación laboral que asegure los derechos de las clases trabajadoras frente a una patronal voraz.

2º.- El inicio de un proceso constituyente (realmente hay que hablar de procesos en plural dada la diversidad plurinacional existente en el Estado español) que nos dote de un nuevo acuerdo de y para la ciudadanía, de y para los pueblos. La arquitectura de los Pactos de la Moncloa (1977) y de la Constitución de 1978 fue la respuesta de las élites postfranquistas –en connivencia con los representantes de la izquierda mayoritaria del momento- frente a las necesidades y demandas existentes asegurándose un doble objetivo: dar poco (sustantivo y exigible) para recibir mucho (pedigrí democrático), conceder para contener.

Por lo tanto, si bien conllevó nuevas libertades y derechos los cercenó de entrada y mantuvo “bajo control” y lejos de constituir un pacto de convivencia entre iguales y libres, produjo un marco político-jurídico cuya funcionalidad fue evitar que el cambio tuviera la extensión e intensidad necesarias. Desencanto y desmovilización del lado popular y hegemonía e impunidad para la oligarquía económica y la casta política son los lodos tangibles de aquellos polvos.

El nuevo acuerdo que fundamente una convivencia y un proyecto común exige un proceso participativo del conjunto de la sociedad, la total libertad para decidir y la ruptura democrática que acabe con los cerrojos de la Constitución de 1978 y concluya en una nueva institucionalidad. Ésta ayudará a la elaboración de un nuevo discurso frente a la mistificación del dominante sobre la Transición, construirá una nueva legitimidad libre de residuos franquistas y supondrá un nuevo marco que no impida sino favorezca el cambio social y económico.

La mera reforma constitucional puede funcionar como anabolizante para relegitimar el régimen o de calmante ante algunas demandas más coyunturales, pero no podrá cauterizar la enfermedad y los problemas volverán a reaparecer en una desgraciada versión del día de la marmota de otro film, Atrapado en el tiempo.

La Constitución que necesitamos tiene una naturaleza muy diferente a la vigente: libre autodeterminación de las naciones, defensa defensiva no ofensiva, neutralidad, desconexión y desvinculación del aparato militar de la OTAN y recuperación de la soberanía sobre las bases militares, sistema electoral absolutamente proporcional a población y votos, iniciativa legislativa, referéndum vinculante, derechos garantizados y exigibles al ingreso mínimo, el trabajo, la vivienda, la sanidad, la educación, la seguridad y protección social. Recalco las palabras “derechos exigibles” en los tribunales.

¿Quiénes y dónde?

¿Es posible el cambio que califico de necesario con un gobierno del PP o de coalición del mismo con Ciudadanos o de gran coalición con el PSOE? Es evidente que no. ¿Podría encabezar un gobierno del cambio el PSOE con o sin Ciudadanos? No lo creo, el partido socialista ha tenido suficientes ocasiones de enderezar su rumbo y ahora no existe indicio alguno en su programa y su discurso que así lo indique. Ya no son útiles las fórmulas de alternancia conocidas. Por ello mismo también descarto cualquier fórmula de colaboración de las fuerzas del cambio con el PSOE en el seno del gobierno. Echar al PP del gobierno es necesario pero no suficiente. En tanto que necesario será legítimo, si así lo demanda y permite el resultado electoral, impedir un gobierno de derechas y posibilitar tras negociación la investidura socialista, sea de forma simple o con el modelo balear o el portugués.

Para rehacer el país es necesario tener presente que no hay cambio alguno sin cambio de gobierno. Un gobierno es un programa y este es un compromiso ante el electorado al que se le propone un modelo de sociedad. Su elaboración depende de la deliberación colectiva de quienes impulsan el cambio. La demoscopia no sirve para elaborar un proyecto de sociedad pero sí para detectar las oportunidades y las dificultades para llevarla adelante. Pero, no lo olvidemos, el programa es también un catalizador de ilusiones y cambios en la conciencia social.

La precondición para un gobierno del cambio es que haya una nueva correlación de fuerzas social, política y electoral en la que las fuerzas del cambio sean hegemónicas. Pues el gobierno del cambio deberá ser un gobierno valiente y tener una hoja de ruta clara en los diferentes escenarios que se presenten para que no le tiemblen las piernas ante la Troika o sus aliados autóctonos. Y contar con un pueblo organizado, movilizado a favor del cambio y exigente. Este y no otro es el mayor activo con el que tiene que contar el gobierno del cambio.

¿Cómo? El factor organización, la estrategia de unidad popular

Las fuerzas del cambio son plurales y diversas. El mapa político varía por nacionalidades e incluso ciudades. Junto a Podemos han aparecido nuevos agentes políticos como las candidaturas locales de unidad popular y los gobiernos del municipales del cambio. Y siguen existiendo partidos y organizaciones políticas de izquierda preexistentes y cuya contribución es necesaria. Ningún partido representa a todo el pueblo; ello ni es posible ni deseable tras la experiencia estalinista. Pero tan importante como lo anterior es la existencia de múltiples formas de organización social que tejen la red de los movimientos populares.

Dada la correlación de fuerzas (electoral según las encuestas, pero también y de modo determinante, la existente entre las clases sociales) es posible que el 20-D no resulte la tempestad que hace unos meses podíamos intuir / soñar ante unas elecciones generales. Pero nada será igual al día de antes. Y sobre todo el proceso de construcción de un bloque político y social alternativo al dominante se verá reforzado, se abrirán nuevas posibilidades; lo que es importante en un periodo que presumiblemente será de alta volatilidad política.

En estas condiciones ¿es posible un gobierno del cambio? A un mes vista las urnas dirán. A medio plazo, tras el 20-D, será posible si se inicia un proceso caracterizado por el impulso de políticas de unidad de acción entre las fuerzas de izquierda y de unidad popular más allá del perímetro de los partidos con el objetivo de crear un amplio movimiento contra la austeridad y por el proceso constituyente. El arte de la política es organizar el cambio de la correlación de fuerzas para hacer posible lo necesario.

En esta tarea juega y jugará un papel central Podemos, siempre y cuando efectúe una labor desde el parlamento consecuente con lo expuesto y tras el 20-D proceda a su refundación para mutar de una máquina electoral vertical centrista en una organización antineoliberal incluyente, democrática y participativa. Para ello será necesario un nuevo Vista Alegre.

Manuel Garí. Economista. Miembro de la redacción de VIENTO SUR

30/11/2015

http://www.espacio-publico.com/20-d-oportunidad-de-cambio#comment-5216



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