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Conferencia de Kiev
Recetas para salir de la crisis
30/11/2015 | Vitaly Dudin y Denis Pilash

En el aniversario de la Revolución de Octubre, el 7 de noviembre, académicos y activistas de izquierda demostraron en Kiev su capacidad para desempeñar actividades de crítica social a escala internacional. El prestigioso Instituto Politécnico de Kiev (KPI) acogió a investigadores de Ucrania, Francia, Gran Bretaña, Rusia, Alemania y Grecia. La conferencia, titulada “¿Crisis económica o crisis del neoliberalismo? Una política de desarrollo alternativa para Ucrania”, dio pie a debates de alto nivel frente al discurso ideológico dominante. Economistas, sociólogos y activistas sindicales plantearon numerosas cuestiones apremiantes. Sin embargo, los representantes del gobierno ucraniano, que deberían haber escuchado las propuestas formuladas para salvar al país del colapso, no asistieron a la conferencia.

Barrera ideológica

Pavlo Kutuyev, jefe del departamento de sociología del KPI, que organizó el evento, dio la bienvenida a los asistentes en nombre de los profesores del instituto. Refiriéndose al título de la conferencia, dijo que la actual crisis mundial no debe percibirse como un “fenómeno natural”, sino como una secuencia derivada de la implementación de una determinada ideología, a saber, el neoliberalismo (privatización, desregulación del mercado, reducción de la intervención del Estado en la economía y recorte de prestaciones sociales). Asimismo llamó la atención sobre los países cuyos gobiernos supuestamente no están de acuerdo con este sistema, pero que al mismo tiempo son autoritarios. Suelen justificar su autoritarismo aduciendo cierta eficiencia social o económica, cosa que parece ser cuando menos controvertida. Kutuyev señaló que es importante saber cómo el gobierno rinde cuentas a la población. La tarea de la comunidad académica es hallar alternativas viables.

Ilyá Ponomaryov, político de izquierda contrario a Putin, único diputado ruso que votó en contra de la anexión de Crimea y ahora emigrado político, comenzó su discurso ensalzando el aniversario de la revolución de 1917. Acto seguido subrayó los problemas generales a los que se enfrenta Ucrania. Explicó sus experiencias en la comunicación con los donantes internacionales que se quejan de la falta de reformas en Ucrania. “Digo a estos donantes: no estáis ayudando, sino simplemente dando dinero, que no es lo mismo”. Los fondos que recibe el gobierno ucraniano son principalmente préstamos financieros que habrá que devolver, y no las tan necesitadas inversiones en la producción real.

Criticando al gobierno actual de Arseniy Yatsenyuk por su desprecio de la industria, Ponomaryov señaló que Ucrania tiene capacidad para producir bienes que pueden hallar compradores en todo el mundo. Cree que el gobierno de Ucrania se equivoca cuando aplica políticas thatcherianas y clausura minas que se consideran no rentables: el número de desempleados aumenta, mientras que el dinero ahorrado es insignificante. En suma, la política de desindustrialización y de aumento de los aranceles que se aplica en Ucrania no conduce a la modernización, sino más bien en sentido contrario. El orador explicó asimismo la importancia de cancelar la deuda externa (no simplemente reestructurarla), pues el riesgo de impago está incluido en el tipo de interés del préstamo y ya se está pagando.

Con respecto a la cuestión controvertida de la relación entre Ucrania y Rusia, Ponomaryov señaló que los lemas de la propaganda del Kremlin están cambiando. Hace un año, los acólitos de Putin solían justificar la intervención rusa en Ucrania por la necesidad “de salvar a los hermanos rusoparlantes de la junta sanguinaria”, mientras que ahora se trataría de “evitar el retorno a los años noventa”. En ambos países están en el poder infames alianzas de nacionalistas y neoliberales, y en Ucrania parece que predominan los segundos. Urgió a los ucranianos a no hacerse falsas ilusiones sobre un inminente colapso de su vecino del norte, la Federación Rusa; cualquiera que sea el precio del petróleo, Rusia está en condiciones de mantener la estabilidad gracias al bajo coste de su extracción. Ucrania se encuentra en una situación difícil: ha perdido la capacidad industrial de la época soviética y los inversores occidentales se muestran reacios a invertir. Sin embargo, Ponomaryov mantiene la esperanza en un cambio de la política económica y en el probable progreso de Ucrania para convertirse en un ejemplo de democracia y de alternativa orientada socialmente para los demás países postsoviéticos.

La reciente adopción en primera lectura del Código del Trabajo de Ucrania, que cercena derechos de los trabajadores, es un reflejo de una tendencia mundial, afirmó la escritora francesa Cathérine Samary. Ella es profesora de la Universidad Dauphine (París), veterana militante de izquierda radical en Francia y figura importante de la Cuarta Internacional reunificada. En estos momentos se materializa claramente el proceso de desmantelamiento del Estado de bienestar tanto en los países pobres de la periferia como en países capitalistas centrales como Francia y Alemania (que a comienzos del siglo XXI ya habían reducido también los salarios y la protección de los trabajadores).

La ofensiva de las fuerzas fundamentalistas del mercado desencadenada siguiendo el ejemplo de Pinochet, Reagan y Thatcher en el último cuarto del siglo XX con los lemas de “trade not aid” (comercio, no ayuda) y “workfare not welfare” (trabajo, no bienestar), condujo finalmente a la actual crisis del capitalismo, que está en plena ebullición desde 2008. La política “anticrisis” capitalista tiene prioridades de clase; concretamente, se han destinado fondos presupuestarios a rescatar entidades privadas endeudadas: el Estado se ha dedicado a “salvar los bancos, no a las personas”. De acuerdo con la investigadora, en 2009 las clases dominantes utilizaron la crisis como excusa para declarar una “nueva guerra antisocial internacional”, que sigue lidiando hoy.

Samary expresó sus dudas sobre la noción de que el agravamiento de las contradicciones interimperialistas en esta situación de crisis signifique una “nueva guerra fría”. A su juicio, habría que hablar más bien de un “Yalta bis”: las grandes potencias regatean en torno al reparto de sus esferas de influencia, como corroboran los hechos acaecidos en Ucrania y Siria. Hay que detener el neoliberalismo para que el pueblo ucraniano tenga la oportunidad de defender sus derechos sociales y ecológicos, así como su derecho soberano para determinar su propio destino en vez de tener que obedecer los dictados de las fuerzas imperialistas.

Las causas específicas de la crisis local residen en la guerra, las deudas y la dinámica del capitalismo ucraniano, señaló Marko Bojcun, investigador británico de origen ucraniano de la Universidad Metropolitana de Londres. La conversión en una economía de mercado tras la obtención de la independencia llevó en Ucrania al agotamiento de sus fuerzas productivas. Los retrasos en el pago de salarios alcanzaron niveles récord. La situación exige un refuerzo significativo de la clase trabajadora que, efectivamente, ahora está privada de representación política. Por consiguiente, es necesario desarrollar una “partido obrero de amplia base”. El apoyo mutuo de los grupos sociales oprimidos y la solidaridad horizontal entre ellos son las prioridades en el proceso de unión de las clases trabajadoras. Bojcun concluyó subrayando la necesidad de combinar los movimientos sociales en torno a las luchas de los mineros en contra del cierre de minas de carbón.

El espectro de la situación griega

Estamos constantemente amedrentados ante la “situación griega”, por mucho que Grecia represente una experiencia sumamente importante de victorias y derrotas en la lucha contra la austeridad y el “círculo vicioso de la deuda”, afirmó Denis Pilash, quien abrió la sesión sobre el problema de la deuda externa. Varios expertos muy competentes, incluido un invitado de Grecia y el fundador del movimiento mundial por la quita de la deuda, expusieron sus análisis de la cuestión de la deuda, los logros del gobierno dirigido por Syriza y la posible opción por el impago por parte de Ucrania. Los analistas consideran que los países en desarrollo no están en condiciones de pagar sus deudas al FMI y otras entidades financieras. En esta situación, los países de la periferia están condenados a ir a la zaga en el proceso de desarrollo, pagando sus deudas a expensas de su soberanía y sus niveles de bienestar social.

Como señaló Judith Dellheim, de la Escuela de Economía Solidaria de la Fundación Rosa Luxemburgo, la deuda externa se convierte en una palanca para forzar las privatizaciones, los recortes salariales y la comercialización del sector público. Estos procesos pueden contrarrestarse mediante la lucha por la preservación y la expansión de los estándares sociales y ambientales, así como por la democratización radical del control público sobre el sector financiero. Hablando de la política económica nacional, la oradora subrayó la necesidad de asignar fondos para asegurar los intereses públicos comunes, en particular mediante la realización de proyectos socioeconómicos en materia de infraestructuras y a escala local. Como en el caso de la fábrica autogestionada por los trabajadores en Grecia, la puesta en marcha de este tipo de iniciativas, acordes con los intereses de las comunidades y el medio ambiente, será la clave del desarrollo sostenible.

Moisis Litsis, periodista griego conocido por sus actividades sindicales y antifascistas y que también es miembro del comité antideuda local, aportó datos que confirman la gravedad de la crisis que golpea al pueblo griego: el año pasado, el PIB descendió un 25 %, el paro alcanzó la cota del 60 % y la deuda externa ascendió al 175 % del PIB. La llamada “ayuda financiera internacional” no se destina en realidad a Grecia, sino a los bancos, mientras que las condiciones de los memorandos de rescate han provocado un deterioro todavía mayor del bienestar de los trabajadores y la eliminación del sistema de convenios laborales. El colapso del sector público en el plano local hace que a menudo las redes de solidaridad e iniciativas cívicas como las “clínicas sociales” sean la única esperanza para miles de personas.

Por primera vez en la historia contemporánea, los griegos votaron a un partido situado a la izquierda de la socialdemocracia tradicional, Syriza, para formar un nuevo gobierno y combatir a la Troika. Sin embargo, no eran plenamente conscientes de la complejidad de la confrontación con los acreedores, los bancos y los burócratas europeos. En el momento clave, el nuevo gobierno no tenía una alternativa –un “plan B”– para el caso de que las negociaciones quedaran bloqueadas y los acreedores hicieran caso omiso de la expresión de la voluntad del pueblo griego (el 62 % votó en contra de las condiciones antisociales del nuevo acuerdo de préstamo en el referéndum nacional). Además, el gobierno de Alexis Tsipras no lanzó un ataque decisivo contra la oligarquía griega y albergó la ilusión de que podría obtener un apoyo real por parte de Rusia y China o de algunos gobiernos de la UE. Así, ahora es sumamente importante crear un movimiento internacional contra las deudas, reclamó Litsis.

Probablemente la persona más indicada para hablar de este movimiento fuera Eric Toussaint, politólogo belga militante de la Cuarta Internacional reunificada, autor de numerosos libros y portavoz del Comité por la Abolición de la Deuda del Tercer Mundo (CADTM). Ha sido coordinador de las auditorías de la deuda pública de varios países; el caso más reciente ha sido la Comisión de la Verdad sobre la Deuda Pública del Grecia. En línea con el argumento de la conferencia que pronunció el día antes en Kiev, explicó cómo la carga de la deuda lleva a distintos países al subdesarrollo. Citó asimismo ejemplos de políticas diametralmente opuestas: historias de éxito de Estados que rechazaron las recomendaciones del FMI y del Banco Mundial. Tras una prolongada auditoría de la deuda odiosa, el gobierno de izquierda de Ecuador decidió no pagar e implementó un interesante experimento de moneda electrónica, liberando de este modo fondos directos para el desarrollo económico, la educación y la lucha contra la pobreza.

Toussaint urgió a los ucranianos a “desobedecer a los acreedores” y reclamar la quita de la deuda. Si el “plan A” (llegar a un consenso mediante la negociación) no prospera, deberían aplicar un “plan B”: la ruptura revolucionaria con las instituciones financieras internacionales. Sin embargo, los ciudadanos de Ucrania tienen claro que su gobierno no está capacitado para cumplir la primera hipótesis. Comentando el caso de Grecia, donde el gobierno se vio forzado a capitular sin haber utilizado el informe de la comisión antideuda, elaborado por la ex presidenta del parlamento heleno, Zoe Konstantopoulou, Toussaint señaló que esa derrota también debería servir de lección para la izquierda europea: durante este periodo hay que pensar en cómo debería ser un “plan B”.

De vuelta a Ucrania

Entonces, ¿cuál debería ser la alternativa para Ucrania? Parafraseando a uno de los oradores de la tercera sesión, la cuestión no es otra que saber qué necesitamos hacer primero: reducir la deuda o introducir una fiscalidad progresiva. Desde el punto de vista del análisis económico, hay pocas dudas de que ambas medidas deberían adoptarse lo antes posible. Parece que Ucrania solo puede aprovechar sus ventajas si aplica unas políticas sociales y económicas equilibradas en beneficio de las clases trabajadoras, en vez de obedecer a los dogmas del “mercado libre”.

Aleksandr Odosii señaló que la agricultura solo podrá ser una fuente de desarrollo en el futuro si se procede a una regulación gubernamental adecuada. A fin de superar el desequilibrio entre el sector agrícola y el energético, es preciso promover las energías alternativas. También debería aprovecharse plenamente el potencial de la infraestructura de transporte existente. Hoy en día, la agricultura solo beneficia a un puñado de hombres de negocios (el beneficio que arroja el cultivo de girasol puede ascender al 300 % en algunos casos), y los propietarios dedican fondos significativos al fomento del consumo más que al desarrollo de la producción.

A pesar de sus jugosos beneficios, las empresas agrícolas pagan una proporción insignificante de los impuestos (el 0,6 %) al presupuesto del Estado, recurriendo para ello a las ventajas de la extraterritorialidad, como señaló Zajar Popovych, experto del Centro de Investigación Social y Laboral y miembro del comité de organización de Social’nyi Ruj (“Movimiento Social”), un partido político de izquierda ucraniano que se halla en proceso de constitución. Partiendo de estudios comparativos, Popovych concluyó: “En cuanto a la fiscalidad de las grandes empresas, parece que ocupamos el último lugar en Europa” (como también en cuanto al nivel salarial). El 45 % de la economía está sumergida. La reforma prevista por el ministerio de Hacienda será un “castigo” para los pobres, de conformidad con la ortodoxia monetarista: el presupuesto seguirá financiándose a costa de los trabajadores a través del impuesto sobre la renta de las personas, mientras que las empresas pagan menos impuestos con cargo a sus beneficios.

El problema de la deuda pública tiende a agravarse, subrayó Oleksandr Kravchuk, experto economista del Centro de Investigación Social y Laboral y uno de los organizadores de la conferencia. Este año se prevé que la deuda pública total supere el nivel del PIB, y la devolución de préstamos ha pasado a constituir la partida más importante (16,4 %) del presupuesto del Estado. Estos fondos podrían destinarse a la producción industrial o al desarrollo de la esfera científica y tecnológica. Los controvertidos préstamos que ahogan al país se han convertido en un yugo insoportable para la población y deben rechazarse. Según este economista, el último acuerdo de reestructuración de la deuda establece disposiciones que perjudican a Ucrania y benefician a los acreedores; puesto que el pago de la deuda depende del crecimiento económico del país, limitará las posibilidades de desarrollo en el futuro.

Es cierto que Ucrania tiene demasiadas ganas de abrazar tendencias liberales que están siendo cuestionadas en Occidente desde hace tiempo. Antoniuk, economista de la energía residente en Luxemburgo, destacó la perversidad de la privatización del sector energético, como refleja el hecho de que la mayoría de los “países desarrollados” (Francia, Suecia, EE UU, etc.) nunca han procedido a liberalizar el sector energético o en todo caso han frenado en seco este proceso. La aplicación de “precios de mercado” provocó un súbito incremento de la tarifa sin mejorar la calidad del servicio: en California, el precio de la electricidad llegó a multiplicarse por 13 después de la liberalización.

La cuestión debe plantearse en términos claros: ¿qué fuerzas sociales encarnarán las demandas, evidentes y racionales desde el punto de vista del bien común? Una de las organizadoras de la conferencia, la socióloga Oksana Dutchak, señaló que la gran mayoría de las recientes protestas socioeconómicas se han producido sin la participación de partidos políticos, porque la gente no se fía de ninguno de ellos. Así que la cuestión sigue estando abierta. La necesidad de que exista este sujeto político es indiscutible: debería reflejar los intereses de los distintos grupos de base que protestan.

La vía de la justicia

La conferencia concluyó con las intervenciones de personas que crean riqueza y exigen que esta se distribuya equitativamente: activistas obreros. La experiencia de los sindicatos independientes es especialmente valiosa para recuperar la confianza en las organizaciones obreras en general. Valeriy Petrovskyi, del Sindicato Libre de Trabajadores del Ferrocarril de Ucrania, presentó algunos ejemplos espectaculares de actividades sindicales encaminadas a proteger a los trabajadores. Este sindicato logró imponer un convenio colectivo que contempla amplias garantías sociales, incluida una 13ª paga del salario y también el pago de premios de aniversario. Sin embargo, existe el peligro de que al amparo de los intentos de establecer criterios empresariales en “Ukrzaliznytsya” [la compañía ferroviaria de Ucrania], la dirección trata de despedir al menos a una parte de los 300 000 empleados. Petrovskiy aseguró que ningún afiliado de su sindicato sería despedido “sin lucha”.

Yuriy Samoilov, minero y sindicalista de toda la vida, habló de la historia obrera de Kryvyi Rih, una importante ciudad con actividades de minería y refinado situada en el centro de Ucrania, y de la necesidad de recuperar la identidad de clase entre los trabajadores. Además, señaló que las organizaciones obreras no solo deberían responder a los actos arbitrarios de las empresas y del gobierno, sino también pasar a la ofensiva, impulsando su propio programa de cambio social en interés de la mayoría trabajadora.

Yevhen Derkach, el joven dirigente del sindicato independiente “Zajyst pratsi” en la “Pivdenmash” [“Yuzhmash”], una fábrica legendaria que en tiempos construyó los cohetes espaciales soviéticos más sofisticados y hoy lucha por su supervivencia, subrayó la importancia de los sindicatos para la sociedad. Citando ejemplos ilustrativos de sobreexplotación de los trabajadores, afirmó que para cambiar la conciencia individual (“de esclavos a personas libres”) y el ambiente social siempre hay que estar preparados para el conflicto de clase con los empresarios. Derkach y sus compañeros conocen esto de primera mano, pues se enfrentan a las presiones e incluso a ataques violentos en su lucha por preservar los puestos de trabajo en su fábrica.

Una de las ponencias se refería a la lucha de los trabajadores en las condiciones extremas de las zonas del frente. Pavlo Lysyanskyi describió la experiencia de su Grupo Oriental de Derechos Humanos, que opera en las regiones de guerra de Lugansk y Donetsk. Enumeró las ayudas prestadas por su grupo a los trabajadores en lucha en el hospital de Svitlodarsk y en una cadena de supermercados. El grupo de derechos humanos es complementario a los sindicatos, ayuda a crear nuevos y realiza cierta forma de presión externa sobre la empresa. Abogados y periodistas defensores de los derechos humanos están en contacto con los trabajadores cuyos derechos laborales están siendo violados, y apelan a la justicia. En las empresas se forman sindicatos a raíz de las campañas desarrolladas “desde fuera” por miembros del grupo de derechos humanos.

Tristan Masat, coordinador de programas del “Centro de Solidaridad” de Ucrania, lamentó la falta de bases activas de apoyo a sujetos políticos progresistas en Ucrania, capaces de consolidar los movimientos sociales para ejercer presión desde abajo sobre el gobierno. Por eso aconsejó a los representantes de sindicatos y ONG presentes en la conferencia que impulsaran la creación de organizaciones de base para la movilización masiva (particularmente la campaña contra el nuevo Código del Trabajo) y llamaran a las organizaciones internacionales a defender los derechos laborales.

A juzgar por los debates acalorados y la cantidad de preguntas formuladas, la conferencia ayudó a juntar a trabajadores y estudiantes, profesores y activistas de Ucrania y de otros países para compartir sus experiencias, desarrollar el programa de una alternativa socialista democrática y hallar una vía para profundizar en la cooperación. Esperemos que este tipo de actos nos acerquen al momento en que el tema de la conferencia, el capitalismo neoliberal, se convierta en un mero objeto de estudio para historiadores.

7/11/2015

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article36473

Traducción: VIENTO SUR



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