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Palestina
Caen las máscaras
17/11/2015 | Amira Hass

En el reluciente supermercado, totalmente nuevo, de paredes de cristal, algunos jóvenes se han reunido para comprar algo de beber. El almacén está situado en la estación de servicio de Al-Houda cerca de la salida noroeste de Ramala. Los jóvenes hacen una pausa durante su protesta contra la ocupación israelí que, en este caso, consiste en lanzar piedras contra el check point. Están todos con las caras ocultas, con kufiyyas de diferentes colores que les cubren el rostro. De forma completamente natural, los jóvenes enmascarados pagan con sus monedas al chaval que está detrás del mostrador. Igualmente tranquilo, éste coge el dinero, les hace alguna pregunta a la que ellos responden, con sus voces un poco ahogadas por la tela.

Uno de los jóvenes que lleva una kufiyya busca en su bolsillo y se da cuenta de que no tiene suficiente dinero. Otro joven que lleva una kufiyya de un color diferente le saca del apuro. De repente toman conciencia del extraño espectáculo que ofrecen con su anonimato colectivo, se interrumpen y ríen tras sus kufiyyas. Algunos clientes se unen a sus risas, con el afecto que reservan para con quienes les representan fielmente. Saben en efecto que, ahora, son estos jóvenes quienes portan la antorcha en la carrera hacia el objetivo que las generaciones precedentes de corredores no han logrado alcanzar.

Esta escena se ha producido un día de principios de octubre de 2015, cuando el aire de normalidad en Cisjordania y en Jerusalén Este se ha fisurado de nuevo bajo la ola de protestas cerca de las posiciones militares que separan los enclaves de la Autoridad Palestina de la Zona C (enteramente bajo control israelí) y las colonias israelíes: piedras que no llegan a herir a los soldados; gas lacrimógeno; disparos contra quienes protestan; contenedores de basura tirados por el suelo utilizados como escudos; jeeps militares que franquean el check point y se acercan tanto a los jóvenes que uno de ellos logra por los pelos evitar las ruedas; jóvenes mujeres, con el rostro cubierto –ellas quizás también hayan lanzado piedras que no han alcanzado a los soldados– se escapan corriendo cuando se acercan los soldados o las nubes de gases lacrimógenos; un periodista con casco grita de dolor y se sujeta el pie: una bala de metal rodeado de caucho ha golpeado su zapato, felizmente suficientemente duro como para impedir penetrar al proyectil, pero el impacto no deja de ser doloroso. Se oye la sirena de una ambulancia... luego, de repente, el silencio. Otros jóvenes bajan de la colina del otro lado del check point. Algunos se han quitado ya sus kufiyyas revelando cabellos alisados con gel y peinados con estilos diferentes. Un socorrista está tranquilamente sentado al lado de una fila de camillas en un rincón de una calle vecina.

La nueva generación rebelde

Aquí y en otras partes, en los lugares de protesta, cuando los jóvenes se quitan sus kufiyyas, se puede reconocer a partidarios de Fatah, de Hamas, de grupos palestinos de izquierda y algunos no afiliados, estudiantes que se unen con los parados, gente del campo y gente de la ciudad, así como residentes de los campos de refugiados que constituyen siempre un número significativo de los rebeldes. A su lado hay hijos de los oficiales de policía palestinos [que colaboran en el “orden” con los israelíes] y de oficiales de la Autoridad Palestina y los hijos de jornaleros que entran como pueden en Israel para trabajar. No tienen ni banderas ni símbolos de pertenencia a organizaciones o a partidos.

Estos jóvenes corren el riesgo de ser asesinados por el ejército israelí incluso cuando los soldados no están en peligro. Entre el 2 y el 13 de octubre, 15 manifestantes han sido muertos por el ejército, incluyendo cinco menores de 13 a 15 años, de ellos seis en Cisjordania y en Jerusalén Este y nueve en Gaza. A pesar de las heridas por balas reales y por balas de goma, a pesar del olor que se pega a la vestimenta a causa de los “chorros de agua maloliente” [los skunk water cannons inventados por la empresa israelí Odortec LDT que proyectan agua fétida y viscosa] proyectados por las fuerzas militares, a pesar de la irritación de los ojos y de la garganta que persiste mucho después de haber escapado a los gases lacrimógenos y a pesar del riesgo importante de ser detenidos inmediatamente o más tarde, el hecho de estar juntos da a estos jóvenes energía y valentía, un sentimiento de fraternidad y de compromiso en un impulso por un cambio. Las organizaciones de seguridad de la Autoridad Palestina no les impiden protestar pero les vigilan de cerca probablemente para evitar que se les sumen palestinos armados. Esta es la situación desde mediados de octubre. No parece que esos jóvenes rebeldes tengan la intención de cometer de nuevo los errores de la segunda Intifada y de su rápida militarización.

Su solidaridad (su unidad) contrasta de forma llamativa con la soledad de otros jóvenes palestinos –en particular los que residen en Jerusalén Este– que han decidido salir para apuñalar judíos, sobre todo en Jerusalén. Es el signo característico de los acontecimientos de octubre de 2015. Aún más que los rebeldes en los check points militares, los agresores con arma blanca, aislados, saben que dada la histeria colectiva entre los israelíes y los pretextos que dan para eliminar a cualquiera que parezca un “terrorista”, tienen muchas posibilidades de que les maten. Salen pues a matar y a morir, empujados por una desesperación personal y una cólera social intensas que, aunque no puedan expresarse con palabras, son completamente comprendidas por la sociedad palestina.

A alrededor de tres kilómetros al oeste del check point cerrado de Beit El y cerca de la plaza vecina, aún envuelta en las nubes de gas lacrimógeno, está sentada una madre de cuatro niños. Mira en directo la desigual confrontación que se desarrolla cerca del check point, difundida por la cadena de televisión Falstin al-Yawm, asociada a la Yihad islámica. Está enfadada contra las cadenas de televisión de la Autoridad Palestina y sus asociadas, que muestran sus programas habituales en lugar de hacer emisiones especiales sobre las protestas, como si todo esto fuera normal. Como muchos otros padres que admiran a los rebeldes, admite que vigila de cerca a sus propios hijos para asegurarse de que no se acercan al peligroso check point. Dice comprender también a los agresores con cuchillos y a sus madres.

La doble pena

El 3 de octubre de 2015, Muhannad Halabi, de 18 años, perpetraba la primera agresión con cuchillo cuando asesinaba a dos judíos israelíes en la calle Hagai, en la ciudad vieja de Jerusalén. Esa noche, cuando era anunciado su nombre, sus padres, conmocionados, permanecían al lado de su casa en el pueblo de Surda, al norte de Ramala. Observaban a un grupo de jóvenes alborozados que alababan a su hijo por sus acciones. Al mismo tiempo, se preparaban sabiendo que las fuerzas armadas iban a hacer una incursión en su casa (lo que hicieron, provocando un enfrentamiento). Los soldados volvieron la noche siguiente, esta vez con tropas del cuerpo de ingenieros que midieron cada habitación de su bien cuidada casa para preparar su demolición.

Con una voz de ultratumba, el padre describía en la cadena de radio Sawt Falastin cómo los soldados habían venido y dado una paliza a sus dos hijos. La semana siguiente, después de los funerales del hijo, la madre era entrevistada por otra estación de radio y daba la impresión de que había aceptado los actos de su hijo: “Ahora está en el paraíso”, decía. Los animadores de la cadena parecían aliviados de que lo asumiera. Se tenía la impresión de que se le había dictado lo que tenía que decir y que recitaba lo que otros padres conmocionados y que habían sufrido pruebas semejantes habían dicho antes que ella. Una madre de cuatro niños que vive cerca del check point de Beit El explica: “No ha recibido directivas, no tenía otra opción, debía decir y sentir lo que decía. Es así como supera su dolor. Debe dar una significación a la muerte de su hijo, a su sufrimiento y al sufrimiento venidero”.

Los jóvenes rebeldes y agresores con cuchillo han nacido en la realidad creada por los Acuerdos de Oslo: enclaves palestinos en Cisjordania que pueden ser cortados los unos de los otros en cualquier momento por algunos soldados y una barrera erizada de espinos; policías palestinos que se ocultan en su cuartel general cada vez que el ejército israelí viene a la ciudad a detener a alguien; check points militares israelíes que desaparecen en un lugar para surgir en otro; imágenes continuas de destrucción de Gaza; una televisión que muestra funerales o despliegues militares: los lugares de Jerusalén Este y la mezquita de Al-Aqsa están tan fuera del alcance que podrían muy bien encontrarse en otro planeta; dos gobiernos palestinos pero no un Estado; una dirección oficial (Autoridad Palestina) en la que la mayoría de la población ha perdido toda confianza y todo respeto; muros y barreras de alambre de espino separan a las familias de sus medios de subsistencia; el mar queda reducido a un concepto abstracto, algo que se ve en las películas o en la televisión sin que se puedan jamás sentir las olas o el olor del aire salado.

Al mismo tiempo, los únicos israelíes que conocen son los que viven al otro lado de la calle, en barriadas coloniales (las colonias) bien cuidadas y lujosas; soldados cuya tarea es asegurar la prosperidad de las colonias de poblamiento; u oficiales de seguridad del Shin Bet, que conocen cuando les convocan (a ellos o a sus allegados) para interrogarles. Esa es la rutina que pasa por una normalidad. El único lugar en el que la normalidad es aún más ficticia es Jerusalén-Este: una ciudad “reunida” bajo la dominación israelí y cuyos residentes palestinos viven directamente bajo el control judío, en la que el único mensaje oficial que reciben es que más valdría que desaparecieran.

Estos dos aspectos operan en el seno del vacío político interno palestino, con dos direcciones (AP y Hamas) que son hostiles una hacia la otra; no tienen dirección que les represente fielmente, que les dirija y les conduzca, en la que puedan tener confianza.

No es el mismo mar

Baja Alian era uno de los dos residentes de Jabal Mukkaber que han perpetrado el ataque con cuchillo y arma de fuego contra un autobús israelí en Jerusalén el 13 de octubre. Tres israelíes han resultado muertos en este ataque, que ha provocado también numerosos heridos. Alian ha sido abatido. Hace alrededor de un año, había subido a su página Facebook los “10 mandamientos para cada shahid (mártir)”.

En el primero evoca la falta de confianza en los grupos políticos existentes. “Ordeno a las organizaciones palestinas que no se apropien de mi acto de sacrificio y de mi muerte, pues pertenecen a la patria y no a ellas”, escribía, prohibiendo por adelantado que las entidades políticas dieran dinero para los funerales y sacaran provecho de su “hazaña”.

El mundo que los padres y abuelos de estos jóvenes conocían –el mundo de antes de los Acuerdos de Oslo– era mucho más sencillo. Conocían el mar. Aunque no estuvieran en Gaza, conocían gente de allí y estudiaban con ellos en las universidades al lado de los ciudadanos palestinos de Israel. Podían visitar los viejos pueblos de sus padres, pueblos que habían sido destruidos o transformados en barrios judíos. Podían viajar a Jaffa o a Haifa para trabajar o para visitar a amigos y allegados que no habían sido expulsados en 1948. Jerusalén era su capital religiosa, cultural y económica, una parte integrante de su geografía, de su sociología, de su historia y de su tiempo libre. Podían ir y volver viajando en autobuses palestinos gestionados por compañías que habían obtenido su licencia bien bajo el mandato británico [1923-1947], bien bajo la dominación jordana.

La amplia mayoría de la población palestina apoyaba a una u otra de las organizaciones políticas palestinas, en las que tenían la impresión de encontrar un segundo hogar. La ocupación israelí era directa, sin la mediación de los comités de enlace y de la policía palestinos. Había soldados patrullando los pueblos y aldeas, no había check points que separaran a las comunidades, excepto algunos a los dos lados de la Línea Verde [línea de demarcación que data de 1949, tras el armisticio entre Israel y Siria, Egipto, Transjordania y Líbano; sirvió de “base” para los llamados Acuerdos de Oslo de los que se suponía que llevarían a la constitución de un Estado palestino].

La dirección palestina vivía en el extranjero con un aura de afecto y de confianza. La gente sabía que luchaban por el fin de la ocupación, sabían contra quienes combatían. Los israelíes que conocían eran también gente normal: empresarios (algunos buenos, otros no), colegas del trabajo y sus hijos; socios en pequeñas empresas (restaurantes, empresas de la construcción), empleados de tiendas, chóferes. Cuando sus padres o sus abuelos participaron en la primera Intifada a finales de los años 1980, la liberación, la independencia y la creación de un Estado parecían al alcance de la mano. Y ahora sus hijos y sus nietos ven todos los días que ese sueño de sus padres ha estallado en mil pedazos. Pedazos que se han vuelto a pegar para hacer con ellos una realidad ficticia.

El presidente palestino Mahmud Abbas es hoy el dirigente más identificado con esta detestada realidad ficticia. Se trata de un gobierno de aparato desprovisto de toda soberanía, pero cuyos numerosos representantes se apoltronan con títulos de ministro; abundantes directores generales que rivalizan por obtener salarios mientras la gran mayoría de la población no gana suficiente para llegar a fin de mes. Hay que añadir a ello: la presencia creciente de organizaciones de ayuda internacional que, en sus informes semanales, describen la desposesión y la pérdida de vidas humanas a la vez que hacen que suban los precios de los alquileres en Ramalá y en Jerusalén; “personal de seguridad” que se despliega por las calles a cada paso del convoy presidencial (Abbas); la noticia de que ahora está prohibido criticar a Abbas en Facebook; periódicos que no hablan de las cosas verdaderamente importantes que ocurren, como la detención de estudiantes identificados con Hamas o las reuniones regulares entre los oficiales de la seguridad palestinos e israelíes para intercambio de información. Los rostros se vuelven cuando se pasa cerca de los campos de refugiados, ahogados en su lúgubre pobreza a cinco minutos a penas de restaurantes de moda. Jerusalén, donde no hay un solo representante político que pueda hacer algo por los residentes palestinos. Ceremonias de inauguración de torres de cristal y de centros comerciales resplandecientemente nuevos de los que todo el mundo sabe que no traerán muchos empleos a causa de las limitaciones impuestas por los israelíes a la libertad de desplazamiento. Y la lista pueda ampliarse.

En el curso del último decenio, Mahmud Abbas esperaba ganar tiempo hasta que el mundo se volviera más sensato y mantuviera su promesa de poner fin a la ocupación israelí. Suplicó a Israel que le dejara un poco de espacio y se ha vuelto a deshacer en excusas para ganar tiempo, para poder continuar ofreciendo a su pueblo esta normalidad ficticia. Pero ahora, incluso él, parece darse cuenta de que la mascarada ha alcanzado sus límites. Estas líneas son escritas a mediados de octubre, cuando solo una línea muy tenue separa aún el deslizamiento hacia una nueva serie de carnicerías y de nuevas cimas de opresión, de anexiones y de expansión de las colonias israelíes de una vuelta a un aspecto ficticio de normalidad. Una vuelta temporal, hasta la llegada de la nueva ola que profundizará aún más las grietas.

10/11/2015

Artículo publicado en el diario Haaretz. Traducido de la versión publicada en http://alencontre.org/moyenorient/palestine/palestine-les-faux-semblants-se-delitent.html

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR



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