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Premio Nobel de Literatura
Hablemos de Svetlana Alexiévich, la escritora
03/11/2015 | Jean-Marie Chauvier

Hablemos de Svetlana Alexiévich, figura destacada de la literatura documental soviética y bielorrusa, de lengua rusa, que saltó a menudo a las páginas de la prensa en la URSS a partir de 1984, mucho antes de adquirir notoriedad en Occidente y de ser coronada por el Premio Nobel de Literatura de 2015. El ruido mediático que rodea esta alta distinción ¿tiene que ver con su obra o más bien con su crítica virulenta a la política (ucraniana) de Vladímir Putin y a la “dictablanda” de Alexander Lukashenko en Bielorrusia? ¿Se refieren los elogios a los testigos de los que la autora se ha erigido en portavoz o más bien a sus declaraciones más recientes en que pone un signo de igualdad entre “el socialismo y el fascismo”? Cabe preguntarse. Escritora de talento, Alexiévich, militante del liberalismo, interviene asimismo en la polémica de guerra fría, de acuerdo con el actual clima de rusofobia. Nuestros medios apenas mencionan, por lo demás, el hecho de que la galardonada bielorrusa haya sido celebrada en la prensa de Minsk y que el presidente Lukashenko le haya hecho llegar sus felicitaciones.

Sin embargo, antes que de la “nobelizada” de circunstancias, hablemos de la escritora. Su primer libro, que para mí es el mejor, se publicó en la URSS y cayó como una bomba “pacifista”: La guerra no tiene rostro de mujer. ¿Maldita y prohibida, como se supone que fue cualquier autora crítica en la URSS? La obra apareció por primera vez en 1984 en las revistas Oktiabr y Nioma, con tiradas de varios cientos de miles de ejemplares. Editada en forma de libro en 1985 por varias editoriales (una práctica común en la URSS), en los años ochenta se difundieron dos millones de ejemplares. Retenido por un breve espacio de tiempo por la censura, el libro tuvo una pésima acogida entre los excombatientes, al menos entre sus portavoces, pero fue muy bien recibido por el nuevo dirigente del país, Mijaíl Gorbachov. Los adversarios y los escépticos pusieron en tela de juicio el “periodismo especulativo” o el “género fantástico” de Alexiévich.

Su obra ha inspirado una serie de telefilmes (Belarusfilm, 1981-1984), una serie entre otras realizadas en Bielorrusia, con la misma autora, en la década de 1980. También existen numerosos espectáculos teatrales basados en la obra de Alexiévich, de la época soviética y posterior. Ha sido galardonada con varios premios, entre ellos del Premio del Komsomol, la juventud comunista (1986), por La guerra no tiene rostro de mujer. En aquel entonces, dado que era “soviética”, no interesó a casi nadie en Francia. Modestia aparte, yo fui uno de los pocos que habló de ella, en Le Monde diplomatique en 1985/1. Esta obra no se publicó en Francia hasta 2004 (!). En general, la autora no tuvo éxito en Occidente hasta las décadas de 1990 y 2000.

“La guerra” en femenino, según Alexiévich y los testimonios recogidos por ella, muestra una percepción femenina muy diferente del “mundo masculino” que constituía a su modo de ver el universo de los combatientes. La memoria femenina propone una “luz fuerza” en sentido óptico: apasionada, “saturada de detalles” con “todo un continente de sentimientos humanos que suelen escapar de la atención de los hombres”/2. Es una guerra que, no por reclamarse de una “causa justa” (antifascista y patriótica) se caracteriza menos por una crueldad extrema. Determinados pasajes, considerados demasiado crudos, censurados o autocensurados, fueron añadidos después por la autora en ediciones posteriores. El célebre teatro de la Taganka, en Moscú, realizó una adaptación magistral bajo la dirección de Anatoli Efros: un careo entre chicas jóvenes de preguerra y las mujeres en que se convirtieron tras la terrible prueba. Cuántas ilusiones perdidas, parientes y amigas muertas, vidas quebradas, irremediablemente.

Fue uno de los primeros destellos de la Glasnost, en pleno cuarentenario de la Victoria de 1945, cuando Gorbachov acababa de ser elegido, en marzo, secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética y anunciaba el tiempo del cambio (peremena). Un cambio forzado por la crisis, pero también madurado durante largos años al calor de las mutaciones sociales, del desarrollo industrial y urbano, de la vida cultural y del despertar de la conciencia crítica. Sin duda no se trata, en 1985, de ensuciar la reputación del Ejército Rojo, como se ha convenido en hacer en nuestros días. Ya está permitido romper con las versiones apologéticas y románticas que han prevalecido durante mucho tiempo en la literatura, pero que, en modo alguno “obligatorias”, ya dejaron de aparecer en las obras de los mejores autores, escritores y cineastas de los años 1956 a1985/3.

En la pantalla y en el escenario, al igual que en los libros, la vida cultural soviética se desborda pronto con creaciones o actualizaciones retenidas durante mucho tiempo por la censura. Los avances de la modernidad y del “pequeñoaburguesamiento de las mentalidades” alimentan también inquietudes. “El clima moral tiende a la pasividad y el desaliento, que Gorbachov pretende justamente combatir”/4. Y no por nada: en aquellos comienzos de la perestroika, lo que hace falta es esperanza, renovación. Las promesas de reformas con vistas a una vida mejor y una sociedad “más justa” rivalizan con el inventario de plagas purulentas. Como reseñará Alexiévich, “en la época de Gorbachov… montones de gente con caras felices. ¡La li-ber-tad! Todo el mundo viviendo solo de esto. Se arrancaban los diarios de las manos. Era el tiempo de las grandes esperanzas: pronto íbamos a recuperar el paraíso […]”.

Continuó con su enfoque en otras composiciones de supervivientes de la guerra en Afganistán y de la catástrofe de Chernóbil, de grandes quemados del “bolchevismo” hundido en 1991 para culminar, en 2014, con “el fin del hombre rojo”, donde se mezclan y se desgarran todas las pasiones tras el choque con lo real, con el callejón sin salida soviético y con la irrupción brutal del Mercado en el interior de una sociedad rota. La apisonadora despiadada que aplasta a “los de abajo”. Si hay comunistas rígidos que no pueden admitir su visión apocalíptica del sovietismo, también hay anticomunistas obstinados que tampoco pueden apreciar que haya dado tanto la palabra a soviéticos desesperadamente nostálgicos y a las víctimas del capitalismo de choque de la década de 1990. De hecho, estamos ante la polifonía de las cobayas del desastre, en un gran caos emocional.

Con el paso del tiempo, esta hija de un padre comunista y, diga lo que diga ahora, exmiembro de la juventud comunista que no soportó que los “ideales” fueran bombardeados en Afganistán, compone, de libro en libro, lo que puede percibirse como una requisitoria contra la ideología y el régimen que han conducido a semejante atolladero humano. Para ello, Alexiévich fuerza el trazo, tanto con sus propias reflexiones como con la elección y el tono de los testimonios. Hay ahí una obra literaria y no la entrega de materiales en bruto. Ella misma precisa que no es historiadora “de hechos”, sino “de almas”. Estamos en presencia de lo que la gente de la televisión denomina “docuficción”, en la que no siempre es evidente la frontera entre la parte documental y la creación del autor. A menudo, los “comunistas” soviéticos que ella saca a escena aparecen como “bolcheviques fanáticos” sedientos de combate, lo que cuando menos es anacrónico en la Unión Soviética agonizante. Se tiene la impresión de que tales personajes, a veces caricaturescos y finalmente suicidas, son indispensables para su juicio condenatorio. ¿Y para el asesinato del padre?

La autora aplica “una capa” de rojo e ignora el rosa y el gris, la infinidad de matices que componían la vida soviética, sus zonas heréticas o informales, ese universo culturalmente muy contrastado, sin los cuales una Svetlana Alexiévich no sería inteligible, como tampoco los debates apasionados que han rodeado sus obras desde el principio y, por supuesto, tras la aparición en 2013 del Tiempo de segunda mano (traducción literal de Время секонд хэнд), publicado en francés con el título ideológicamente más sugerente y más conforme a nuestras expectativas de El fin del hombre rojo.

Ella atestigua, a su manera, las convulsiones de la agonía, del inmenso dolor que supuso el hundimiento del mundo soviético y de los ideales comunistas, o más simplemente de los “valores soviéticos”, para quienes creyeron en ellos y que les entregaron sus vidas en todos los frentes: antinazi en 1941-1945, “internacionalista” en Afganistán en la década de 1980, “liquidador” en Chernóbil y hasta las “reformas” desastrosas. Sin olvidar a los “retornados del Gulag”, a los torturadores y sus víctimas. Pero dejando de lado al gran número de soviéticos que vivieron otras experiencias, entre ellos quienes en recientes sondeos de opinión echan de menos los tiempos de la “ayuda mutua”, de la “amistad de los pueblos” e incluso ¡de la “alegría de vivir” del periodo breshneviano! Incomprensible, desde luego, para el consumidor occidental de la “requisitoria del Mal” a la que Alexiévich da su consentimiento, por mucho que sus testigos hablen también de otra cosa y que la fe comunista de su padre siga siendo para ella un enigma.

Es una obra conmovedora, desorientadora y turbadora, que alcanza a lo más profundo de los cuestionamientos suscitados por las tragedias del “siglo soviético”/5 y de sus secuelas en un nuevo siglo caótico. Sería una lástima que Svetlana Alexiévich, arrastrada por el Premio Nobel y su resonancia mediática, acabe siendo rehén de polémicas de baja estofa.

12/10/2015

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article36198

Jean-Marie Chauvier (Bruselas, 1941) es periodista y ensayista belga, especializado en temas de la URSS y Rusia.

Traducción: VIENTO SUR

Notas:

1/ Jean-Marie Chauvier, “Le grand débat sur la guerre et la paix dans la société soviétique”, Le Monde diplomatique, agosto de 1985.

2/ Tomado del artículo de Le Monde diplomatique, agosto de 1985.

3/ 1956 fue el año del XX Congreso del PCUS y del informe Jrushchov sobre “los crímenes de Stalin”, comienzo de la “desestalinización”.

4/ Jean-Marie Chauvier, “Un ‘vent de fraîcheur’ souffle sur Moscou”, Le Monde diplomatique, febrero de 1986.

5/ Según la expresión del historiador estadounidense Moshe Lewin.



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