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Objetivo de la derecha israelí
Silenciar a las organizaciones de defensa de los derechos humanos
22/10/2015 | Sylvain Cypel

La Knesset ha abierto su sesión de invierno el 12 de octubre. En la atmósfera actual, la focalización en los temas de “seguridad” va pareja con la denuncia de todo pensamiento “que desvíe”. En el orden del día: proposiciones de ley para controlar y reducir de forma severa los medios de las ONG que trabajan sobre los derechos fundamentales. Y el lunes 19, la comisión de leyes, incluyendo a la oposición, ha votado a favor de una prohibición de entrada y de residencia en Israel a cualquier no ciudadano que defienda el boicot a Israel.

El Parlamento israelí ha abierto el 12 de octubre su sesión de invierno en un ambiente de histeria -alimentada por los medios audiovisuales- que afecta a su opinión pública con las repetidas agresiones con arma blanca (cuchillo, cutter o incluso destornillador) realizadas por palestinos, jóvenes en su mayor parte, contra colonos en los territorios ocupados o contra civiles israelíes en Israel. A pesar de los llamamientos a la calma de Mahmud Abbas y de una represión brutal del ejército israelí, este movimiento de revuelta alrededor de Jerusalén, que proviene de las provocaciones sucesivas realizadas por la franja más mística del sionismo religioso, no parece decaer. Y con su represión ilimitada, Israel participa en la fase actual en su ampliación: del 1 de octubre, cuando dos colonos fueron asesinados en Cisjordania, al domingo 18 se contaban 7 muertos israelíes, todos por ataques con arma blanca, así como una treintena de heridos y 44 muertos (de ellos una veintena autores de atentados) y más de un centenar de heridos del lado palestino. En Gaza, 7 palestinos han caído muertos por haberse manifestado ante las alambradas que rodean la banda de territorio y una mujer embarazada de 30 años, así como su hijo de 2 años, fueron asesinados el 12 en el bombardeo de su casa, que también causó heridas a 24 palestinos.

El tema de la “seguridad” dominará por tanto los debates de la Knesset. Antes incluso de su apertura, ya se había marcado el tono. El ministro de Defensa, Moché “Vela” Yaalon ha llamado a los israelíes que tengan armas, a salir a la calle siempre con ellas. El mejor medio, sin duda, para “bajar el nivel de la violencia”. En línea recta con los castigos colectivos realizados por el ejército israelí desde siempre en los territorios ocupados, las propuestas con el objetivo de acentuar la represión se multiplican en las ondas. Así, el proceso legal, generalmente de dos o tres días, que lleva a la destrucción de las casas de las “familias de terroristas” -sistemáticamente aplicado desde 1967- debería ser “reducido”, según ha prometido Benjamin Netanyahu. Insuficiente para el ministro de Educación, Naftali Bennett, que pide que cada ataque “terrorista” sea seguido de un anuncio de nuevas construcciones de colonias. Lo peor, quizá, está constituido por esas multitudes desenfrenadas que, en varios casos, han llamado a los soldados o a los policías a que maten al “terrorista”, incluso cuando éste -y en un caso ésta- estaba desarmado, lo que han llevado a cabo, para luego ser aclamados por los mirones y presentados como “héroes de la nación”.

La fuerza y nada más

Durante ese tiempo, un video es vírico en Youtube. Se ve en él a un viejo palestino, con barba blanca y kefia alrededor de la cabeza, acercarse a un grupo de soldados israelíes e increparles con virulencia. Frente a los militares armados, el hombre no tiene más que su palabra. “¿No tenéis vergüenza? Matáis a nuestros hijos por lanzar piedras. Tenéis que marcharos de aquí”. Durante algunos minutos, los soldados intentan echarle atrás, cada vez con más firmeza. Pero el viejo prosigue con sus invectivas. Hasta que se oye el doble disparo de un arma automática. Y se le ve derrumbarse, herido, a algunos metros de los soldados. Otro motivo, sin duda, para que se calle la ira palestina…

En Israel, corre un dicho: “Lo que no funciona mediante la fuerza funcionará con aún más fuerza”. Con un estado de espíritu así, la revuelta palestina no puede ser percibida más que como la manifestación de una barbarie antijudía que hay que aplastar inmediatamente. La fuerza, solo la fuerza ofrece solución, puesto que se supone que los propios israelíes no tienen nada que ver con el desencadenamiento de esta revuelta. Aunque no ofrezca de facto más solución que la de esperar una futura e ineludible reanudación de los enfrentamientos, la fuerza solo habrá fracasado porque su uso habría sido insuficiente la vez anterior. Que es lo que se quería demostrar.

Habría sido sorprendente que el refuerzo constante de este pensamiento político quedara sin consecuencias sobre la propia sociedad israelí. En la atmósfera de histeria colectiva activada por la derecha nacionalista, los extremistas actúan con cada vez más confianza, como han demostrado recientemente el éxito de los activistas religiosos que luchan por la “reconstrucción del Templo” en Jerusalén en el lugar que ocupa la Mezquita de Al-Aqsa, uno de los santos lugares del islam. La caza de la “quinta columna” (los palestinos ciudadanos de Israel) se amplía ya a la categoría de los “traidores” del interior, los israelíes judíos que dan la espalda a la política y a los crímenes realizados por su sus dirigentes.

ONGs “agentes del extranjero

Así pues, en la oficina de la Knesset figuran dos proyectos de ley presentados por diputados del Likud y partidos ultranacionalistas. El primero lo ha sido por Yinon Magal, diputado del partido Hogar Judío, cuyo dirigente, Naftali Bennett, es un religioso feroz partidario de la colonización y de usar mano de hierro con los palestinos. Magal propone identificar a toda ONG que reciba más de 50 000 dólares (40 000 euros) de contribuciones de una “entidad política extranjera” como “agente del extranjero”. Una “entidad política extranjera”, según la ley israelí, es un organismo que obtiene sus ingresos en un 51% o más de financiación pública no israelí. A partir de ahí, una organización definida como “agente del extranjero” se vería obligada a indicar en todo correo esta caracterización. Se vería confrontada al rechazo legal de todos los organismos estatales a cooperar con ella y sería sometida a un impuesto del 37% de los fondos que recoja (frente al 0% de hoy día).

Otra proposición de ley, presentada por el diputado Betzalel Smotrich, igualmente del Hogar Judío, llamada “Ley sobre las ONGs”, obligaría a las organizaciones “agentes del extranjero” a pegar una imponente etiqueta de identificación recordando su naturaleza en toda carta, publicación, documento u hoja volante que difunda.

En los dos casos, no se hace ninguna mención específica de las ONGs de defensa de los derechos humanos. Pero atar en corto su actividad es claramente el único objetivo de esos proyectos de ley. Pues solo ellas podrían ser sus víctimas, si se tiene en cuenta que las asociaciones que defienden u organizan la colonización de los territorios palestinos no reciben apoyo financiero de organismos públicos extranjeros. ¿Qué Estado querría aparecer como contraviniendo sin disimulo el derecho internacional? En cambio, los movimientos coloniales gozan de apoyos financieros internacionales privados de envergadura, en particular en los Estados Unidos. Provienen de asociaciones privadas y de ricos mecenas, tanto judíos como salidos del sector de las corrientes religiosas llamadas “cristianas sionistas” que, en el seno del evangelismo “born again”, constituye la punta de lanza del apoyo a los colonos israelíes más fanáticos. Si esas leyes fueran aprobadas, las asociaciones procolonización, por su parte, continuarían gozando de todas las ventajas y exenciones fiscales concedidas a las ONGs.

En el fondo, los promotores de estas leyes ocultan poco su objetivo: hacer callarse a las únicas ONGs y organizaciones de la sociedad civil (OSC) israelíes que luchan contra la colonización de los palestinos. Simbólicamente, el proyecto de ley del diputado Magal ha sido presentado el 23 de junio de este año, inmediatamente después de la presentación del informe de las Naciones Unidas sobre la ofensiva israelí en Gaza del verano de 2014. Entonces, las ONGs israelíes habían sido vilipendiadas por la derecha nacionalista por haber proporcionado a la ONU lo esencial del material que demostraba sus alegaciones sobre los crímenes de guerra del ejército israelí en Gaza. El diputado, Ayelet Shaked declaró: “Quienes odian a Israel no hablan forzosamente una lengua extranjera. Pero (…) gozan de enormes apoyos financieros por parte de países extranjeros. Ese dinero está contaminado, corrompido, su objetivo es subvencionar el odio de si mismo y actos espantosos. Se trata nada menos que de una quinta columna”.

Más adelante, Shaked ha hecho un recorrido: hoy es ministro de Justicia del gobierno de Netanyahu. Hay que recordar que, entre los principales Estados o grupos de Estados donantes a esas ONGs israelíes, la Unión Europea está a la cabeza; Suecia, Dinamarca, Países Bajos y Suiza, por ejemplo, están reunidas en el seno del Programa Común para los Derechos humanos y el Derecho Humanitario Internacional; Noruega es un donante importante de esas ONGs. Con el objetivo de preservar a Israel de toda contaminación del “mal-pensar”, el diputado Magal ha propuesto, el 19 de octubre, añadir un objetivo a su proyecto de ley: el de prohibir la presencia en el territorio israelí a cualquier individuo no ciudadano del Estado o incluso residente permanente que llamara al boicot a Israel. El Jerusalem Post indica que esta ley se extendería a los partidarios del boicot solo a los productos producidos en las colonias en los territorios palestinos ocupados. Diputados de la coalición gubernamental -Likud, Hogar Judío, Kulanu (Todos juntos), Shas (religiosos ortodoxos sefarditas) y el Judaísmo Unificado de la Thora (religiosos ortodoxos askenazis) han firmado este añadido al proyecto de ley -pero también diputados de oposición del partido centrista Yesh Atid (Hay un Futuro) y del expartido laborista. Próxima etapa, en esta lógica, la expulsión o encarcelamiento de ciudadanos israelíes mal pensantes.

La irresistible ascensión de los ultranacionalistas

¿Por qué esta repentina crispación del poder contra los defensores de los derechos humanos? La sociedad israelí se caracteriza ya por el formidable refuerzo de las mentalidades coloniales que se han desarrollado en ella tras el fracaso de las negociaciones de paz de Camp David que, en julio de 2000, habían reunido a israelíes, palestinos y americanos. Ehud Barak, el primer ministro israelí de entonces, había convencido a su opinión pública, que no desea oír otra cosa, de que Israel había presentado una oferta política de una excepcional generosidad y que ésta fue rechazada por el campo adversario. Dos meses más tarde estallaba la segunda Intifada palestina. Muy rápidamente, el laborista Barak fue sustituido por Ariel Sharon, el jefe del Likud, el partido histórico de la derecha nacionalista en Israel. Desde entonces, esta última ha gobernado el país, al ritmo de sus operaciones militares: en los territorios de Cisjordania en 2002, en Líbano en 2006, contra Gaza en 2008-2009 y 2014. Pero hay más; esta derecha ha legitimado un discurso público y actitudes de sus dirigentes cada vez más abiertamente racistas hacia los palestinos (así como hacia los inmigrantes africanos que residen en Israel).

Sin embargo, durante los quince años que siguieron al fracaso del proceso de Oslo que debía llevar a una paz israelo-palestina, la derecha nacionalista no ha sido la única en radicalizarse. La izquierda, cada vez más minoritaria electoralmente (hasta la emergencia reciente de un importante “partido árabe” que reagrupa a todas las componentes políticas de los palestinos de Israel en un frente unificado) no se ha quedado tampoco inmóvil. Ha disminuido en número pero también se ha radicalizado. Con la segunda Intifada, una serie de ONGs y agrupamientos políticos que defienden el apoyo a los palestinos y/o la cooperación con ellos ha emergido en Israel, desde Machsom Watch, movimiento de mujeres que se colocan en las barreras impuestas por el ejército a la población árabe de Cisjordania, hasta Breaking the Silence, reagrupamiento de antiguos militares que testifican contra las acciones del ejército en los territorios ocupados, pasando por Taayush (Vivir juntos, en árabe), que reúne a centenares de jóvenes judíos y árabes para ayudar a los palestinos, sin olvidar B´Tselem, la principal organización de defensa de los derechos humanos (creada en 1989 durante la primera Intifada) y otras asociaciones de menor envergadura (Médicos por los derechos humanos, Rabinos por los derechos humanos, etc.). Juntas, reúnen a varios miles de militantes regulares u ocasionales.

Si hoy esas ONGs son objeto de una tentativa de sometimiento, es porque la dirección política del país, igual que su población judía, se sienten cada vez más aisladas en el plano internacional. Este fenómeno es indudable en la opinión pública mundial y también, en un grado bastante menor pero indudable, en el terreno de las instituciones internacionales. Este aislamiento tiene por único fundamento el rechazo por el resto del mundo de la política llevada a cabo por Israel hacia los palestinos, excluyendo algunos raros movimientos de una fuerte impronta de derechas, como el Partido Republicano en los Estados Unidos o movimientos antiinmigración en Europa, para los que Israel es, literalmente, un estado pionero. Y más que poner en cuestión su política colonial, la dirección del país y su opinión pública prefieren, en ausencia de cualquier otra estrategia, recurrir a la sempiterna represión: hacia los palestinos, como siempre, y ya también hacia los y las israelíes que denuncian este estado de cosas.

20/10/2015

http://orientxxi.info/magazine/museler-les-organisations-de-defense-des-droits-humains-un-objectif-de-la,1053

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR



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