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Cambio climático. A dos meses de la Conferencia de Naciones Unidas entrevista a Julien Rivoire
Injusticias climáticas
16/10/2015 | Cédric Durand

[A dos meses de la conferencia sobre el clima (COP21), Contretemps-web (http://www.contretemps.eu/) ha entrevistado a Julien Rivoire, responsable sindical de la FSU (sindicato mayoritario de la enseñanza) y uno de los animadores de la coalición clima 21 que coordina las movilizaciones que se están preparando. En la entrevista describe los elementos clave de este acontecimiento y los retos que plantea la cuestión del clima tanto a la izquierda como a los movimientos sociales. Contretemps-web]

Del 30 de noviembre al 11 de diciembre próximo, el gobierno francés acogerá en París la vigésimo primera Conferencia de las pares (COP) del Convenio marco de Naciones Unidas sobre el cambio climático de 2015, que ambiciona alcanzar un "acuerdo global sobre el clima". ¿Qué tiene que ver este objetivo con la evolución del cambio climático? ¿En que contexto geopolítico se inscribe?

La expresión "acuerdo universal" no es más que mera propaganda destinada a ocultar la falta de contenido de las negociaciones actuales. La realidad es que los dirigentes políticos y económicos mundiales no están a la altura de lo que, sin duda, constituye el mayor reto de nuestra época. Por falta de valentía y de visión, derrochan un tiempo precioso retrasando al máximo la inevitable restructuración de nuestras economías, a pesar de que ya se sabe qué medidas son necesarias adoptar: limitar drásticamente la extracción de hidrocarburos, realizar masivas inversiones públicas en sobriedad energética y en energías renovables y, por último aunque no menos importante, lanzar un programa de creación de empleos que movilice inmediatamente todas las energías disponibles para limitar nuestro consumo energético y redefina nuestros modos de producción y de consumo.

En el marco de las negociaciones multilaterales y de acuerdo con las exigencias mínimas planteadas por el último informe del GIEC (grupo de trabajo científico creado por la ONU), tal acuerdo debería contener tres elementos: el primero, la definición de objetivos de reducción de las emisiones vinculado a compromisos sobre modalidades de transición energética; el segundo, medidas de compensación y de ayuda financiera a favor de los países más afectados y, el tercero, una política de seguimiento sobre la implementación de los acuerdos. Al final, el texto que será sometido a debate en diciembre va a estar centrado sobre todo en torno a este tercer elemento, mientras a los dos primeros se les responderá con una declaración de intenciones de cada Estado. El punto fundamental es el rechazo a poner en pie un mecanismo que obligue jurídicamente a cumplir los acuerdos. Así pues, el proceso de la ONU está inspirado en un espíritu liberal: la creencia en la "sana emulación" entre los Estados y el recurso a los mecanismos del mercado para lograr alcanzar el equilibrio climático/1.

Alcanzar reducciones de emisión que permitan limitar el incremento de la temperatura a 2ºC de aquí al año 2100 constituye un elemento central. Sabemos que para llegar a ello sería necesario dejar bajo tierra el 80 % de los recursos fósiles conocidos. Esto implica una acción inmediata y resuelta a favor de la sobriedad energética y de la reconversión de nuestros sistemas energéticos hacia fuentes renovables. Pero el proceso de la COP está sometido a la presión de los lobbies y la lógica liberal que impiden a la humanidad comprometerse de forma resuelta en esta vía. De ese modo, por ejemplo, en el texto actual, el principio que se retiene es el de una descarbonización de la economía con el horizonte puesto en el año 2050; es decir, alcanzar en ese fecha un saldo neto nulo de emisión de gases de efecto invernadero, con lo que la huida hacia adelante en la producción de energía fósil sería posible si las emisiones de gases de efecto invernadero fuesen almacenadas. Se comprende bien por qué las multinacionales del sector fósil promocionan el "carbono limpio", surfeando sobre la ilusión tecnológica para evitar toda puesta en cuestión de su fuente de beneficio. Más allá de que estas técnicas inciertas no suprimirán más que una ínfima parte de las emisiones de gas de efecto invernadero, las mismas precisarían de inversiones colosales que irían en detrimento del desarrollo de las energías renovables.

Otro problema es que las negociaciones no se dan en torno a los compromisos de los diferentes países. Cada Estado anuncia los objetivos que tiene para el 2015 y la COP no hará más que ratificarlos. Con los objetivos que han hecho públicos, nos situamos en una trayectoria de incremento de 3,5º C a 4º C de la temperatura de aquí a fin del siglo, muy lejos del límite del 2ºC de calentamiento que permitiría limitar la amplitud de los desastres que anuncia el cambio climático.

Desde la Cumbre de la Tierra de Rio en 1992, la responsabilidad histórica de los países ricos en las emisiones de gases de efecto invernadero -y por consiguiente en la desregulación climática- está reconocida a través del principio de responsabilidad común pero diferenciada. Este paso adelante en el proceso de negociación de la ONU significa que los países ricos deben asumir un esfuerzo más importante en el proceso de ajuste en curso, tanto en términos de reducción de emisiones como en la financiación de la adaptación (del proceso productivo) de los países más pobres que, al mismo tiempo, son los países más expuestos. En función de esta lógica, en Copenhague-009 se decidió la puesta en pié de un fondo verde orientado, tanto a apoyar a los países del Sur que ya se ven obligados a hacer frente a las consecuencias de la desregulación climática, como para permitirles "saltar la etapa del carbono" en su desarrollo económico, pasando directamente a las energías renovables (financiar la adaptación). Este fondo debe ser financiado por los países ricos hasta 100 mil millones anuales hasta el 2020. Hasta el presente no se han comprometido más que una décima parte de los recursos necesarios.

El tercer eje de las negociaciones se refiere a la efectividad, la transparencia y la comparabilidad los logros alcanzados por el conjunto de los países. Se trata de lograr un acuerdo sobre los mecanismos de seguimiento de los compromisos. Por ejemplo, una misma fecha de referencia para comenzar a medir la reducción en la emisión de gases de efecto invernadero o un acuerdo sobre las unidades de medición. Se trata, también, de elaborar un mecanismo de "revisión", para definir el calendario para el estudio de la evolución de esos compromisos. Vista la debilidad de las contribuciones y de los compromisos anunciados por los Estados, las organizaciones de la sociedad civil quieren que en este texto se integre el principio de "ciclos de compromiso": que los Estados se reúnan cada 4 o 5 años para negociar nuevos objetivos con un efecto "cliquet", que no permitirá más que revisiones a la alza de los compromisos precedentes. Pero incluso esta propuesta corre el riesgo de enfrentarse al rechazo de una serie de Estados (entre otros, Estados Unidos y China de entre los más grandes contaminadores) que rechazan toda dimensión imperativa del acuerdo.

Al final, esta vigésimo primera conferencia de la ONU sobre el clima corre el riesgo de que la montaña para un ratón, cuando lo que necesitamos es un acuerdo multilateral ambicioso. La alternativa no reside únicamente en los progresos que se podrían imponer en el seno de determinados países. Mucho menos en "acuerdos bilaterales", a imagen del concluido entre China y EEUU en noviembre de 2014. Los países más pobres serían los primeros en pagar los platos rotos. Por ejemplo, para los países pobres es fundamental el establecimiento de un mecanismo de transferencia financiera, aún cuando el fondo verde actual está lejos de estar a la altura. Y ese mecanismo solo puede ser impuesto en un marco multilateral.

Formas parte del equipo que anima la Coalición Clima 21 (coalitionclimat21.org) que agrupa a numerosos movimientos sociales y ONG. ¿Nos puedes describir a la coalición, sus objetivos y explicarnos los debates que le atraviesan?

La coalición Clima21 agrupa a más de 140 colectivos: asociaciones u ONG medioambientalistas, movimientos sociales y altermondialistas, sindicatos, organizaciones de solidaridad Norte/Sur y movimientos de educación popular, que se han puesto de acuerdo para construir la movilización. Esta convergencia entre movimientos con historias, culturas y preocupaciones tan diferentes no es sencilla; es fruto de una reciente historia en común.

Las movilizaciones sobre la cuestión clima -cadenas humanas, acampadas, contra-cumbres alternativas, etc.- se han multiplicado desde hace décadas, sin que por ello hayan alcanzado niveles de masividad. La Haya, el año 2000, y Copenhague después, donde hubo más de 100 000 manifestantes con ocasión de la COP, están entre los acontecimientos más importantes en términos de número de manifestantes. Pero a pesar de esta masificación del movimiento a favor de la justicia climática y de la importancia de luchas emblemáticas como la desarrollada contra el aeropuerto de Notre Dame des Landes, el movimiento no ha logrado desarrollarse aún al mismo ritmo que la toma de conciencia de la importancia de los elementos climáticos que están en juego.

Las movilizaciones de los años 2000 se estructuraron alrededor de dos redes principales. La primera, una gran coalición internacional de organizaciones medioambientales, la Climate Action Network (CAN) que agrupa a cerca de 350 ONG (entre ellas Greenpeace u Oxfam, por ejemplo) y cuya antena en Francia es la Climate Justice Network (CJN), en la que participan Attac o los Amigos de la Tierra. Ésta última estuvo al origen de la iniciativa Klimaforum y de las acciones directas no-violentas en Copenhague.

En aquellos momentos, las divergencias entre estos movimientos se cristalizaron a tres niveles. A nivel estratégico, la CAN ponía el acento en el trabajo de lobbing, con el objetivo de convencer a los gobiernos, y se concentró en la organización de la movilización en el recinto de la negociación. La CJN, aún cuando estaba acreditada por las Naciones Unidas y por tanto presente en el recinto de la conferencia, desarrolló prioritariamente una estrategia de movilización de calle, al exterior del recinto de la COP. El segundo escollo era programático: las soluciones defendidas por estas dos coaliciones se diferenciaban en el análisis sobre la relación entre las cuestiones climáticas y el sistema capitalista mundializado. Para las organizaciones del CAN, siendo la prioridad la cuestión climática, se trataba de defender soluciones fáciles de integrar en el sistema, tales como los mecanismos de mercado del carbono. Para la CJN, las respuestas a aportar a la desregulación climática necesitaban una transformación del sistema (de ahí el slogan "Cambiar el sistema, no el clima"). El tercer nivel de desacuerdo era geoestratégico. Cada coalición tenía sus aliados en el recinto. La CAN planteaba la pertinencia de una fractura entre la UE y sus aliados, pensando que serían susceptibles de plantear "soluciones verdes", compatibles con el sistema, en oposición a EEUU y China como representantes de las fuerzas conservadoras. Para la CJN, los países atravesados por los procesos de la revolución bolivariana, sobre todo Bolivia y Ecuador, aparecían como representantes de un movimiento que planteaba soluciones de ruptura con el neoliberalismo y el desarrollo productivista.

Sin embargo, la ausencia de progresos sustanciales en Copenhague modificó la situación y permitió la convergencia entre estas dos grandes redes. Lo que se confirmó el año 2014: desde la movilización de septiembre en Nueva York, pasando por Perú (COP20, a principios de 2015) y en el seno de la coalición francesa CoalitionClimat21, las coaliciones nacionales integran, en cada ocasión, al conjunto de estos actores e incorporan a nuevos; sobre todo, con la presencia de organizaciones sindicales y la implicación en la coordinación internacional de la Confederación Sindical Internacional (CSI).

Las causas de este acercamiento y de esta ampliación son dobles. De una parte, los "Estados-aliados" han decepcionado, en ambos casos. Las posiciones de Venezuela, Bolivia o Ecuador han cambiado, sobre todo desarrollando proyectos extractivistas; y la UE, en función de sus posiciones actuales y de la insuficiencia de sus compromisos, ya no puede alimentar la ilusión de ser una fuerza progresista en la cuestión climática ni de arrastrar a otros por esa vía.

A partir de esta doble decepción se llaga a una conclusión común: sin movilización social no será posible ningún progreso sustancial. Resumiendo, esta convergencia es el fruto del fracaso de cada parte. Sin duda, esto no conlleva a que se hayan borrado las diferencias sobre los métodos de acción ni que, para algunas de ellas, haya concluido el tiempo de una acción de lobbing en el seno de las negociaciones. Ahora bien, todo el mundo está de acuerdo en el carácter decisivo de una movilización social para construir una relación de fuerzas.

Este acercamiento entre las dos redes se traduce actualmente en una voluntad de construir una movilización en común para 2015, y más allá, alrededor de tres ideas:

1. Las soluciones no vienen de "arriba" y existen alternativas (algunas ya están ahí) puestas en pie por los movimientos locales. Por tanto, no se trata de esperar a que los Estados se hagan cargo de la responsabilidad que les incumbe para actuar. En Francia, es fundamentalmente Alternativa quien capitaliza esta idea.

2. El cambio climático no cae del cielo, existen responsables que son las multinacionales y los Estados. Señalar a los culpables tiene un doble efecto positivo: por un lado, el discurso fatalista no tiene sentido porque las causas están identificadas; y, por otro, a partir de ahí, el movimiento se dota de objetivos comunes.

3. Existe un acuerdo para decir de una vez por todas que la movilización no se detendrá con la COP21. Desgraciadamente como resultado de los fracasos repetidos de las diferentes COP y de la desilusión de los movimientos más enraizados en el proceso de la ONU.

Estas convergencias son muy importantes pues permiten el impulso de amplias dinámicas de movilización. Evidentemente, no agotan los desacuerdos sobre la necesidad, o no, de una transformación del sistema para responder a la crisis climática y, lo que se deriva de ello, de matices más o menos fuertes ante las soluciones de mercado.

La movilización que se prepara se anuncia masiva. Se hace referencia a una gran manifestación de centenares de miles de personas y de acciones de desobediencia civil masivas. ¿Cuáles son las fechas que van a marcar la preparación de esta marcha? ¿Existen otras iniciativas previstas durante la conferencia?

Para la víspera de la apertura oficial de la COP, centenares de movimientos de todo el mundo han realizado un llamamiento a tomar las calles en las capitales y las grandes ciudades del planeta. Se trata de identificar a los responsables de las políticas nacionales y no dejarse entrampar por las declaraciones de buenas intenciones que no nos faltarán de aquí a la cumbre. Por poco ambicioso que sea, un acuerdo internacional que no se concrete en políticas nacionales será totalmente insuficiente. Las iniciativas organizadas para el fin de semana del 28-29 de noviembre (en Paris como en las grandes metrópolis del planeta) tienen por objetivo recordar a cada uno de los gobiernos sus propias responsabilidades. Se trata, como para el movimiento anti-guerra el 15 de febrero de 2003, de un acontecimiento en el que centenares de miles de hombres y mujeres manifestarán, en cantidad de ciudades, su cólera frente a los responsables de la desregulación climática, que, en esta ocasión, tomarán consciencia de su fuerza, local y globalmente, y que se apoyaran, después en este éxito, para dar continuidad al movimiento.

Esta movilización va a estar precedida de diversas iniciativas. En Francia, el 26 y 27 de septiembre, varias decenas de miles de personas convergieron con ocasión de la iniciativa Alternatiba en Paris. A principios de octubre (2, 3 y 4) tuvo lugar una reunión de convergencia de las redes internacionales... Pero más allá de las iniciativas vinculadas a la cuestión del clima, el reto que queda es ser capaces de articular esta cuestión con otras movilizaciones: por ejemplo, con las marchas europeas contra la austeridad que, a mediados de octubre, del 15 al 17, convergerán en Bruselas con motivo de la cumbre de la UE, en el seno de la campaña Stop-TAFTA, en nuestras reivindicaciones para luchar contra el paro creando empleos climáticos para la transición energética, etc.

En diciembre, la movilización no se limitará a una gran manifestación. El fin de semana del 5 y 6 de diciembre, en Montreuil (Sudeste de Paris) habrá espacios de debate, de preparación de acciones y un "pueblo mundial de alternativas". La semana siguiente en el centro de actividades 104, en Paris, se instalará una Zona de Acción por el Clima (ZAC). Este espacio estará dedicado tanto al gran público, sobre todo durante el día, como a las y los militantes internacionales que se reunirán al final de cada día en asamblea para ponerse al día sobre la marcha de las negociaciones en Bourget (sede de la COP21), pero también sobre las acciones organizadas a lo largo de la semana. El 12 de diciembre terminaremos con una jornada de acciones y de concentraciones a favor de la justicia climática con el fin de encarnar en la acción la doble dimensión de la resistencia y de las alternativas del movimiento: nuestra resistencia común frente a los responsables y beneficiarios de un sistema inocuo y climaticida, nuestra capacidad para construir un deseo de transformación social y hacer vivir nuestras utopías.

El dinamismo de esta movilización contrasta mucho con una relativa atonía de las luchas sociales en el hexágono desde hace varios años ¿Cómo explicas este contraste? ¿Existen intentos de insertar este combate ecologista en la crisis social y política actual y, en particular, de integrar de forma sistémica la crítica de la injusticia climática con las exigencias de justicia social, las luchas contra las discriminaciones espacial-raciales o la denuncia de las relaciones neocoloniales de los intercambios ecológicos desiguales?

La dinámica actual concierne en primer lugar a la convergencia, positiva, de organizaciones, de redes militantes y de luchas. La diversidad de las organizaciones miembros de la coalición Climat21, la dinámica alrededor de Alternativa o el llamamiento proveniente de las ZAD a converger en Paris son otros tantos indicadores del movimiento en marcha. Pero por el momento es demasiado pronto para afirmar que la movilización de diciembre permitirá poner las cartas sobre la mesa de un contexto social y político francés siniestro o que a escala mundial el movimiento por la justicia climática será capaz de hacer revivir la esperanza de "otros mundos son posibles". Por el momento tenemos que aferrarnos a amplificar estas premisas, trabajar para que la movilización se extienda a amplias capas sociales y que el movimiento cristalice de cara al futuro y arraigue en las problemáticas territoriales, a escala nacional, para pesar sobre las políticas públicas, y a escala más local para dar nacimiento a alternativas concretas u oponerse a proyectos inútiles. El tiempo de la COP21 en diciembre en Paris también ha de ser asumido como una ocasión de profundizar estos movimientos de convergencia y de extensión. Pero no se trata más que de una etapa. Para poder imaginar la continuidad es necesario contar con el éxito de la movilización en diciembre, sin sembrar ilusiones: sea cual sea el nivel de la movilización, la cuestión del clima no se resolverá en la COP21. Para que esta movilización no sea flor de un día es necesario profundizar en las cuestiones de orientación estratégica y reivindicativa.

En la manifestación de Nueva York, en septiembre de 2014, uno de los sloganes era: "Para cambiarlo todo necesitamos de todo el mundo". "Cambiarlo todo" lleva positivamente en germen la necesidad de una transformación social radical de nuestros modos de producción y de consumo. Pero el segundo término del slogan alimenta la ilusión de que existe una comunidad de intereses de cara a ese cambio. Ahora bien, la cuestión del clima plantea una nueva gama de enfrentamientos sociales y políticos. Los efectos de la desregulación climática conllevan nuevas desigualdades, como nos lo ha mostrado el huracán Katrina en 2005, con sus consecuencias dramáticas para la población afro-americana en Nueva Orleans. Las responsabilidades son también muy diferentes entre los países del norte y del sur: la huella ecológica media de los países de la zona euro es 2 veces mayor a la media mundial y casi 5 veces a la media de los países del continente africano. Pero esta comparación oculta desigualdades en el seno mismo de los países del norte. Un estudio de 2008, desarrollado en Canadá, pone en evidencia que el impacto medioambiental del 10% de los más ricos es 2,5 veces más importante que el del 10% de los más pobres. Un estudio científico publicado en enero de 2014 en la revista Climate change señala el hecho de que a escala mundial, 90 multinacionales, mayoritariamente del sector de energías fósiles, se encuentran en el origen de las dos terceras partes de las emisiones del gas de efecto invernadero/2.

Existe una confrontación porque existe un crimen climático. De este crimen se benefician esas multinacionales y ese 1% de poderosos denunciado por Occupy Wall Street. Las víctimas son, en primer lugar, la gente más pobre. En los países del Sur se contabilizan ya más de 300 000 muertos a causa de la desregulación climática y serán 100 millones de aquí a 2030 si las emisiones no se reducen drásticamente. El número de desplazados y desplazadas climáticas en 2014 ha superado al relacionado con el de las guerras. En los países del Norte, la contaminación afecta en principio a la gente pobre. Las clases populares y las poblaciones inmigrantes viven a menudo en los barrios más expuestos a la contaminación, sobre todo industrial. Y son las más afectadas en términos de mortandad: en Paris, el riesgo de muerte durante los picos de contaminación es 3,5 veces más importante en las clases populares.

La cuestión de la injustica climática debe convertirse en estructural, tanto en nuestros análisis como para definir nuestras reivindicaciones, al mismo tiempo que para tejer lazos con las luchas sociales de las y los asalariados y de las poblaciones inmigrantes. Esto implica romper con los discursos corrientes que diluyen las responsabilidades y las relaciones de dominación. Es cierto que todos y todas tenemos una dosis de responsabilidad, sobre todo en el Norte, dado que nuestro modo de vida es insostenible. Por ejemplo, cuando utilizamos el coche más que el transporte en común, cuando despilfarramos o en función de nuestra relación desenfrenada al consumo, contribuimos a la emisión de gases de efecto invernadero. Pero esta responsabilidad común es socialmente muy diferenciada. Si todos y todas estamos en el mismo barco, hay quienes están en el puesto de mando y quienes se benefician del lujo del puente superior, mientras otros están en el fondo de la sala de máquinas para que funcionen las turbinas. ¿Quién puede pretender que ir derechos contra el muro constituye una responsabilidad común en nuestras sociedades en las que los derechos están tan desigualmente repartidos? más aún, ¿quién puede pretenderlo si cuando las consecuencias afecten a "todo el mundo", cuando el barco vaya a pique, no todo el mundo tendrá el mismo acceso a los botes salvavidas?

No se trata, ni mucho menos, de barrer de un plumazo la necesidad de una responsabilidad individual, que puede ser un primer paso hacia la acción. Los "eco gestos" y actitudes concretas a escala personal forman parte de nuestra toma de conciencia individual y colectiva, construyen nuestra coherencia entre el objetivo de nuestras utopías y los medios de nuestras reivindicaciones inmediatas, y nos hacen ver y pensar lo que podría ser una sociedad de transición. Pero debemos trabajar esta mediación entre la toma de conciencia individual y la acción colectiva, entre la acción sobre su entorno inmediato y la construcción de una relación de fuerza que imponga alternativas sistémicas. Alternativas que respondan a las necesidades sociales y medioambientales, para el acceso y el desarrollo de los bienes comunes en que deben convertirse la energía y los recursos naturales, por la creación de empleos para todos y todas, el desarrollo de los servicios públicos. Alternativas incompatibles con un sistema capitalista en la cual el beneficio es la brújula y el libre mercado la norma.

Asumir este enfrentamiento implica que el movimiento contra la desregulación climática, el movimiento contra sus casusas y sus responsables perdure; lograr que de los dos acontecimientos sobre el clima en Paris en diciembre, el de los gobiernos y el nuestro, se imponga el recuerdo de quien lleva la lucha real contra la desregulación climática y defiende la idea de una verdadera justicia sobre este tema.

Octubre 2015

http://www.contretemps.eu/interviews/injustices-climatiques

Traducción: VIENTO SUR



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