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Clamando en el desierto
Los males de la cultura
15/10/2015 | Ángel García Pintado

Hoy, más que nunca, la cultura tiende a ser considerada, tan solo, una mercancía. Así es como los poderes fácticos la conciben y la tratan. No una mercancía más, sino una mercancía menos; una mercancía a la que se le hacede menos; una mercancía mínima; ninguneada, una mercancía... jibarizada.

Y puesto que no hay mercancía sin mercaderes, a los más prósperos de estos se les localiza en el llamado “mercado del arte”, en donde la desfachatez de las transacciones no conoce medida, y los cuadros o esculturas “enaltecidos” a activos financieros aguardan en almacenes oscuros mejores momentos para el negocio. Aunque el especulador no desdeña los otros géneros culturales, pues siempre hay alguno del que sacar provecho.

Intoxicaciones plurales

Sería muy conveniente una nueva visión y actuación críticas, que desacreditara tal concepción de la cultura como mercancía, para que esta dejase de estar en manos de las élites; así como estrictamente necesario que se aliente, aún más, la creación desde las bases (barrios, pueblos, pequeñas ciudades...); que se insista en que estas imaginen y elaboren su propia cultura a fin de acabar con este monopolio centralista empobrecedor y que la cultura deje de ser -ya como medio de producción, ya como medio de consumo- privativa de los sectores sociales más favorecidos.

La consideración que la sociedad tiene de los creadores viene condicionada por la intoxicación intensa y abrumadora con que los medios de comunicación -flácidas y adaptables herramientas al servicio de esos poderes- inoculan en la biología del cuerpo social y en las conciencias, con el arrogante pretexto de saber interpretar cual es el gusto de las gentes. Verbigracia: un pintor, un escritor, un músico...-muerto o vivo, clásico o no- es importante, o, simplemente, existe en la medida en que su obra alcanza elevadas cotizaciones en el mercado.

Esta intoxicación afecta incluso a organismos a los que suponíamos, ingenuamente, indemnes debido a su imagen ennoblecida, a su formación cultural y a su óptima o respetable elección ética y artística. Nadie parece escapar a esa intoxicación, y ello nos ofrecería un paisaje desolado si no fuera por ciertos brotes de hierba fresca que el ojo perspicaz podría captar si se empeña en afinar su puntería visual más optimista.

Esas hojas de hierba en el paisaje desolado nos hablan de que la cultura no es un adorno -ese adorno para consumo y embellecimiento de la burguesía- y sí un arma transformadora -y trastornadora- de la realidad interior y exterior del individuo.

Pedagogías degolladas

En los medios de comunicación se tilda como "industrias del entretenimiento" a las artes escénicas o fílmicas en general, y se omite -se escamotea más bien- el término cultura como enunciado periodístico, sustituyéndolo por sucedáneos lingüísticos tales como “Vida”, “Ocio”, etc...

El mercantilismo elefantiásico ha sustituido el concepto calidad por el de cantidad- cantidad de espectadores, cantidad de lectores, “best-sellers”, “índices de audiencia”... - y la concentración abusiva del mundo editorial, de la comunicación escrita y audiovisual, en pocas manos castra la actividad creadora y la torna invisible.

La escasa o nula presencia de los hechos culturales en general en los medios es un síntoma objetivo de lo anterior.

La censura ejercida por el mercado no es menor que la que ejercieron en un pasado no remoto los siniestros funcionarios de la dictadura. Esta censura del mercado se enriquece con otros aportes y castraciones diversos, que proceden de los prejuicios y en general del bajo nivel cultural en el que, interesadamente, se ha mantenido al pueblo.

En medio de este paisaje, se observa, con perplejidad y no poca impotencia, la dificultad para articular un idóneo proceso de transformación que, partiendo de la Galaxia Gutenberg, llega hasta la Galaxia Mac Luhan y siguientes, o sea con todo el desarrollo ulterior de las nuevas e imparables tecnologías, y que -por ejemplo- en el ámbito literario y periodístico van sustituyendo, con mayor o menor velocidad, el soporte papel por el soporte digital o informático.

Sería muy necesario reivindicar la pedagogía de experiencias históricas degolladas por la reacción y el franquismo, como fueron la Institución Libre de Enseñanza, o la Escuela Moderna de Barcelona (aunque de origen social e ideológico distinto, ¿sería imposible una fusión enriquecedora de lo mejor de ambas?), en aras de la formación de ciudadanos y ciudadanas cultos, con su ojo, su oído y sus neuronas educados en el progreso; en definitiva: de personas reflexivas, comprometidas y críticas.

Habría que procurar que las justas y urgentes reivindicaciones de bajadas o supresión del IVA cultural, junto a otras de los sectores de la enseñanza y de la cultura, no opaquen ni escamoteen el persistir en la denuncia de un sistema corrupto, alicorto y cínico, primer responsable del adocenamiento de la sociedad, y cuyo fin último reside en perpetuar su especie.

Toda esta “normalidad” instituida no es más que una anormalidad, por no decir subnormalidad. Sus votantes son consumidores pasivos de productos culturales caducados de fecha y con un inconfundible olor a podrido.

Ángel García Pintado es escritor y periodista, autor de El cadáver del padre, Barcelona, Libros de la Frontera, 2011



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