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Tribuna VIENTO SUR
¿Un proyecto nacional popular?
07/10/2015 | José Errejón

El concepto de lo nacional popular de Gramsci, junto con los del paso a la guerra de posiciones y el de hegemonía, forma parte del empeño del comunista italiano en la investigación de las condiciones que podían hacer posible la transformación socialista evitando el enfrentamiento con los aparatos del estado capitalista y las secuelas de derrotas y sufrimiento social consecuente que los fascismos infligirían al conjunto de las capas subalternas.

La elaboración del concepto tenía y tiene dos dimensiones a cual más importante para la suerte del proyecto socialista. La primera tiene que ver con la vocación de universalidad que es inherente a todo proyecto revolucionario y se relaciona con la intención de fundar una nueva civilización a partir de los valores de los que se suponía era portador el proletariado y sobre los que se pretendía esta labor fundadora. Tal pretensión de universalidad comportaba convertir estos valores en valores nacionales, superando así los límites del concepto sociológico de la clase obrera. Se trataba del proyecto de refundación de las naciones modernas sobre la base del esquema de valores asociados al trabajo y que este había desarrollado (o podía hacerlo) en su pugna con el capital/1.

La segunda dimensión, de orden más práctico, tiene que ver con la convicción/2 de que la textura de los aparatos coercitivos del Estado y su capacidad de producir terror había alcanzado un nivel tal que hacía inviable la “guerra de movimientos” postulada por el ala izquierda de la socialdemocracia con Lenin y Rosa Luxemburgo y más allá con Pannekoek y Bordiga.

A pesar de su destacada participación en la resistencia frente al ocupante nazi en la Segunda Guerra Mundial, es cierto que los Partidos Comunistas, y por extensión todo lo que podía relacionarse con un proyecto de transformación socialista/3, aparecieron en el imaginario social como sujetos políticos asociados a lo que se construía al otro lado del “telón de acero” y por ello excluidos de la posibilidad de influir en la reconstrucción de los Estados europeos.

Es en Italia donde el Partido Comunista Italiano, sin duda el partido comunista de mayor influencia en las sociedades occidentales de capitalismo desarrollado, se plantea muy desde el principio y bajo la influencia de una lectura reformista de Gramsci, la construcción de un proyecto nacional popular que habría de llegar a su punto más alto con las tesis eurocomunistas de Berlinguer. Más allá del balance sobre la experiencia eurocomunista/4, parece forzoso reconocer que el antepasado del actual Partido Democrático representa el paradigma del “partido nacional popular” de la izquierda. Algunos antiguos militantes comunistas catalanes reclaman para el PSUC del tardofranquismo similar calificación.

La construcción de la UE y los estados nacionales

La construcción de la UE parecía que aceleraba el proceso de obsolescencia de los estados nacionales y, con ellos, la inocuidad de los proyectos nacionales. La socialdemocracia europea es quizás la que ha ido más lejos en esta convicción, que le ha llevado a apostar fuerte por la construcción del espacio comunitario como el ámbito ideal para la consolidación de un complejo de derechos de tercera y cuarta generación en el marco del desarrollo de un capitalismo “compasivo” en lo social y sostenible en lo ecológico.

La crisis del capitalismo realmente existente ha puesto sordina a las ilusiones socialdemócratas y ha colocado a las instituciones del “experimento más avanzado de construcción política de la contemporaneidad” al borde del colapso.

Las políticas de estabilidad cambiaria y disciplina fiscal al servicio del capital financiero han privado a los estados de instrumentos valiosos para impulsar la dinámica productiva nacional y los ha “obligado” a establecer políticas fiscales restrictivas, así como reformas estructurales en busca de la entrada de capitales; en breve, reducciones salariales y de la capacidad contractual de los trabajadores y recortes de gasto público destinado a prestaciones sociales para reducir el salario social, como formas privilegiadas de hacer atractivas las economías nacionales/5 para las inversiones extranjeras.

La imposición por la troika y el capital financiero a los estados del sur de las duras condiciones para el rescate de los mismos- en realidad, el rescate de los créditos de las entidades asegurado con los sacrificios de los pueblos- ha mostrado, además, dos hechos de la mayor importancia política:

  1. El primero afecta a la valoración de las instituciones comunitarias. Si nunca despertaron pasiones entre los pueblos de los Estados Miembros, la contemplación de cómo han desempeñado el papel de agentes apoderados de los bancos prestamistas sin el menor respeto ni consideración hacia las instituciones democráticas de la soberanía popular y, mucho menos aún, a las instituciones y derechos del Estado del Bienestar, ha aumentado en espiral la desafección social hacia estas instituciones

  2. En esta coyuntura, esta mayoría social ha podido comprobar cómo sus clases rectoras se ponían indisimuladamente de parte de los dictados del capital financiero. En el caso español, además, teniendo en cuenta el nefasto papel jugado por las entidades de crédito en la burbuja inmobiliaria en la forma en la que, después de haber hipotecado al país con un costosísimo rescate, aún se benefician de los préstamos a bajo interés del BCE para comprar bonos del Estado español con los que financiar la deuda contraída en buena parte por ese rescate.

Tras el tsunami de rescates y devaluación social, lo que queda de los estados nacionales difícilmente pasaría el más benévolo examen para otorgarle el calificativo de estados soberanos. Decisiones de soberanía, como la que pretendió promover Papandreu han sido simplemente vetadas por la troika, precipitando la dimisión de un gobierno al margen de la voluntad de sus ciudadanos. Reformas constitucionales que son negadas al ejercicio de la soberanía popular, han sido acordadas en España en una tarde e impuestas a la ciudadanía con un alcance histórico y sin que esta pueda pronunciarse en sentido alguno.

Nación y democracia, ¿de nuevo juntas?

Los fenómenos descritos han despertado en estas sociedades una cierta revalorización de las instituciones democráticas, del “derecho a decidir” sobre los asuntos que afectan directamente a sus vidas y en contra del despotismo tecnocrático que encarnan las instituciones comunitarias, lo que abre una ventana de oportunidad para un amplio movimiento democrático nacional que reivindique el pleno ejercicio de la soberanía. Pero esta revalorización de la democracia apunta a un cambio cualitativo en su contenido.

En la sociedad española la idea de democracia se había asentado, por efecto del peculiar modelo de tránsito de la dictadura al régimen parlamentario del 78, cómo la posibilidad para el “pueblo soberano” de participar en la elección de las élites gobernantes. Pero las crisis enseñan mucho a los pueblos. Esta ha mostrado, entre otras cosas que ya se han mencionado más arriba, que las élites gobernantes son absolutamente incapaces de remediar la grave situación en la que las locuras inmobiliaria y financiera han sumido al país. A estas alturas y después de un primer momento de sospecha por la rapacidad y avaricia de los banqueros, comienzan a sospechar/dudar de la competencia de estas élites gobernantes. Son muy pocos todavía los que han comprendido que esta incompetencia es inherente a la función de gobernar estados capitalistas, que el capitalismo se encuentra desde hace décadas en una decadencia/6 de la que ha pretendido huir a través de lo que ya hemos dado en llamar el proceso de financiarización.

En estas condiciones se va perfilando un conflicto de alcance histórico, el que enfrenta a las élites globalizadas y asociadas al complejo financiarizado (el 1%) con un inmenso pero desarticulado agregado de sectores sociales empobrecidos y amenazados de incertidumbre y precariedad. La contradicción oligarquía/pueblos podría operar en los próximos tiempos como la contradicción principal en los estados capitalistas del sur de Europa, (desde luego en España) tal y cómo ha operado en algunos países de América Latina, en la que esta contradicción y los movimientos asociados han sido la más eficaz forma hasta ahora de impugnación de la narrativa y la política neoliberal.

La configuración de esta contradicción histórica y la disolución del polo trabajo de la antigua contradicción capital/trabajo está relacionada con lo que se ha dado en llamar “inesencialización del trabajo” por efecto de la disminución del factor trabajo en el valor de la mercancía (y, por ende, en la disminución de la tasa de ganancia y en la permanente apertura de la crisis capitalista).

El reto del momento populista es saber si tal sistema de contradicción no es nada, si no existe nada parecido a tales contradicciones objetivas. Con Laclau y Mouffe lo importante sería el “enunciado” configurador del nosotros a partir del cual tendría sentido institucionalizado el conflicto “agonista” que es la condición de la democracia. La construcción de la hegemonía exige la construcción de una cadena de equivalencias entre la diversidad de luchas democráticas con el fin de formar un “nosotros”; lo que exige la determinación de un ellos, el adversario que debe ser derrotado para hacer posible la nueva hegemonía.

En pos de la construcción de una identidad nacional popular la izquierda podría postular un patriotismo de los derechos y de los bienes comunes y oponerlo a la sumisión a los dictados de la troika. Es este un camino ciertamente peligroso pues debe desarrollarse en un terreno propicio a los mitos y hasta a los prejuicios, “hábitat” por excelencia del populismo de derechas y del fascismo. Pero siguiendo a Balibar, hay que atreverse a imaginar un populismo democrático europeo. La defensa de los servicios públicos como un patrimonio construido por las sociedades nacionales, ahora puesto en peligro por la austeridad global dictada por la troika ejecutada por las oligarquías vicarias.

Ese camino, hay que reconocerlo, remitiría a un proceso histórico de construcción nacional distinto al dirigido tradicionalmente por las oligarquías nacionales, con referencia en la Constitución del 78 y que se habría interrumpido por obra de las políticas austeritarias. Algo así coma aceptar la teoría de las dos almas de la Constitución y que el alma de izquierda (democrática, no socialista) conducida por el PSOE habría empeñado lo más importante de su labor de gobierno en sentar las bases de un proceso de (re)construcción nacional, esta vez basada en la configuración de un patrimonio colectivo de derechos y prestaciones públicas que constituirían el tejido colectivo de un nuevo “ser español”.

Hay elementos de oportunidad en la situación actual que hacen posible esa senda. En términos clásicos estarían dadas las condiciones para poder pensar en un bloque histórico, soporte y protagonista de una verdadera refundación nacional democrática. Son ya muchos y de procedencias culturales más diversas los sectores de la izquierda que en todo el mundo están postulando esa senda como la única que, eventualmente, puede oponerse al rumbo catastrófico al que el capitalismo parece condenar a nuestra especie y a la biosfera.

Es lo cierto en todo caso, que no es la superación de la identidad nación lo que está a la orden el día sino su regresión. A lo que asistimos es a procesos de descomposición de las sociedades estatal/nacionales y a su sustitución por modalidades diversas de bandas y mafias con poder suficiente para enfrentarse con los estados declinantes e imponer su orden guerrero y mafioso con reminiscencias feudales. La propia reacción antimoderna de cierto islamismo no apunta precisamente a la fundación de nación alguna sino a una disyuntiva imperio/caos, o bien la mezcla de ambas. Es esta circunstancia precisamente la que está prestando su vigor al relativo rejuvenecimiento de lo nacional percibido como un refugio contra el globalismo desintegrador y la regresión neofeudal. Una nación de derechos y de instituciones garantes de alguna certidumbre para la vida individual y colectiva frente a las incertidumbres e inseguridades de la globalización y el temor a la neoservidumbre de las mafias.

Lo nacional, sin embargo, ha crecido y se ha desarrollado al calor del crecimiento de los estados, que han marcado un territorio, señalando unas fronteras, han definido un ordenamiento jurídico, un conjunto de reglas del juego y han atribuido un conjunto de derechos y obligaciones para los designados como “nacionales”. Todo ello ha venido asociado al proceso histórico de creación y consolidación de los mercados nacionales (lo que ha supuesto, antes que nada, la creación de una clase desposeída de todo lo que no fuera su fuerza de trabajo, su capacidad de vender horas abstractas de trabajo) y al desarrollo de un mercado global regulado por el derecho internacional del sistema interestatal.

La pregunta es: ¿puede lo nacional constituirse en una identidad colectiva para que, sin perjuicio de la constitución de identidades más amplias, se pueda consolidar un ámbito de derechos y protección de bienes públicos al abrigo de la erosión que -ya se ha visto- ha producido en los mismos la globalización capitalista?.

La experiencia de la crisis comenzada en 2008 ha puesto de manifiesto el abismo entre el ámbito en el que se adoptan las decisiones, en dónde está el poder (Bruselas/Berlín), y aquel en el que los ciudadanos reaccionamos a las mismas y exigimos responsabilidades por los efectos que causan. Hemos visto la impotencia y la perplejidad de los gobiernos y los partidos políticos nacionales frente al devenir de la crisis y sus efectos; la indignación popular, que algunos confunden con sentimiento antieuropeo, tiene como fuente principal esta distancia y la ausencia de instancias efectivamente democráticas desde las que controlar y exigir responsabilidades al poder político y económico efectivo. Ninguna de las opciones populistas presentadas en los países de la eurozona han cosechado éxitos notables, especialmente si se atrevían a postular la salida del euro; tampoco las opciones de extrema derecha, fuera de Hungría y el Reino Unido, ambos fuera de la eurozona, han cosechado éxito/7.

De manera que los pueblos europeos no han enloquecido en un repliegue similar al vivido por el pueblo alemán en los 30 del pasado siglo. Aguantan lo indecible, en algunos casos se levantan, al menos parcialmente, contra las agresiones a sus modos de vida pero carecen de las instancias y las herramientas para ganar en eficacia en su rebelión democrática, aunque saben que sus representantes nacionales apenas si son responsables de poco más que de sus propios discursos.

Tienen por delante, en fin, y la izquierda europea con ellos, la construcción de un auténtico pueblo europeo

Construir el pueblo europeo

En nuestro entorno geopolítico tampoco las condiciones favorecen ningún regreso a la etapa dorada de los estados nacionales. Si la identidad pueblo puede tener algún pertinencia en nuestros tiempos solo será si se construye en los ámbitos y para responder a los problemas que afectan a las sociedades de nuestro tiempo.

Algunos de estos problemas hace tiempo que han desbordado la utilidad y la viabilidad de los Estado nacionales y del sistema mismo de estados fundado en Westfalia. Los pueblos, si deben (re)construirse para tomar el destino colectivo en sus manos, lo que parece una condición indispensable para enfrentar la envergadura de los problemas contemporáneos, especialmente los relacionados con el mantenimiento de los procesos ecológicos esenciales, deberán hacerlo en los ámbitos adecuados que en modo alguno son ya los nacionales. Un pueblo europeo deberá surgir en insurrección contra los causantes de su infortunio reciente, desde luego, pero también y sobre todo para la asunción histórica de sus responsabilidades si quiere evitar lo que parece su fatal destino de la descomposición e sus lazos sociales y la regresión en un mundo de opresión, violencia y servidumbre.

A estas alturas de la historia, ya parece evidente que ningún avance significativo puede producirse en el camino de la construcción de Europa sin que se produzca esta asunción colectiva de responsabilidades por los pueblos que la habitan. El federalismo frío, tan del gusto de los progresistas europeos, se ha revelado incapaz de avanzar de forma significativa en la construcción de un sentimiento de pueblo europeo.

Resulta difícil encontrar/identificar las bases sobre las que podría levantarse hoy tal identidad colectiva. Los precedentes son terribles. Si el nazismo, bien comprendido por las burguesías de casi todos los países europeos, asoló las tierras y los pueblos de Europa con sus delirios criminales, el neoliberalismo no ha mejorado esencialmente sus perspectivas e incluso ha tomado prestadas algunas de sus herramientas, como las relacionadas con la infame normativa comunitaria en materia de inmigración.

La identidad de una Europa de los derechos y las libertades puede haberse quedado retórica, después de que el neoliberalismo europeo haya actualizado las herramientas del ordenamiento jurídico nacionalsocialista (p.ej. Directiva de la vergüenza). Solo un movimiento europeo profundamente democrático de vocación constituyente puede recoger ese testigo.

José Errejón es funcionario

7/10/2015

Notas

1/ En realidad con los dueños de los medios de producción. El concepto de capital como relación social no ha terminado de asentarse en el imaginario colectivo de la izquierda

2/ Asentada en el imaginario colectivo de la militancia comunista aunque no siempre reconocida

3/ Lo que excluyó a la socialdemocracia que desde el final dela 2ªGM s e posicionó claramente en el campo atlántico/ occidental

4/ Sobre la que hay interesantes intervenciones, la más conocida tal vez la de Ernest Mandel

5/ Los resultados por lo que se refiere a la economía española no se hacen esperar: según el reportaje de El País de los Negocios del domingo 27/10/13 y como proclaman alborozados dirigentes empresariales, políticos y ejecutivos de los fondos de inversión, “España está barata”

6/ El debate sobre la decadencia es tan extenso que solo dar sus referencias más importantes desbordaría los límites de este artículo. Sólo apuntar que a los factores descritos por los clásicos (tendencia decreciente de la tasa de ganancia/”caída de rentabilidad de las inversiones”), se han unido los efectos cada vez más visibles de la crisis ecológica.

7/ El Frente Nacional en Francia, a pesar de sus bravatas nacionalistas, no ha cruzado todavía la barrera de defender abiertamente la salida el euro. No digamos el PP en España.



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