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Afganistán
La guerra que no cesa
07/10/2015 | Tino Brugos

La pasada semana Afganistán volvió de nuevo a acaparar la atención de los medios de comunicación con la toma de la ciudad de Kunduz por parte de la insurgencia talibán. Desde que la pasada primavera se hizo efectivo el traspaso de poder del presidente Karzai a Ashraf Ghani el país había pasado a un segundo plano informativo, transmitiendo de este modo la sensación de que la guerra entre el gobierno de Kabul, sostenido por el contingente de tropas norteamericanas que sigue presente en el país, y la insurgencia talibán había entrado en una fase de distensión que podría dar paso a una pacificación definitiva.

Sin embargo, pese al apagón informativo, las cosas siguieron como siempre en Afganistán, es decir con un proceso de insurgencia latente que explota en momentos determinados. Un cierto optimismo se pudo respirar durante unos meses coincidiendo con tanteos diplomáticos para impulsar una negociación. La actitud del vecino Pakistán podía ayudar a esa visión optimista ya que, en diversas declaraciones, altos cargos de Pakistán como el Presidente Nawar Sharif o el general Raheed Sharif, hacían referencia a que los enemigos de Afganistán son también enemigos de Pakistán.

Tras una compleja transición Ashraf Ghani intentó ganar legitimidad para su gobierno impulsando contactos con la insurgencia talibán. Sus buenos deseos y palabras chocaron una respuesta de la parte islamista que en lugar de facilitar esa negociación lo que hacía era dar un portazo a la misma. En efecto, su propuesta de retirada inmediata de todas las tropas norteamericanas era una condición inasumible para el gobierno de Kabul a sabiendas de que su supervivencia depende de esa ayuda exterior. Si durante más de un decenio la coalición internacional no fue capaz de acabar con la guerrilla talibán difícilmente podrá hacerlo sin apoyo externo el presidente Ghani.

En este sentido la ofensiva talibán sobre Kunduz es un verdadero golpe en la línea de flotación del gobierno afgano. Por un lado muestra su capacidad para seguir organizando operaciones militares de envergadura como lo demuestra la toma de una ciudad como Kunduz que cuenta con trescientos mil habitantes. Mantenerse en ella durante 24 horas y resistir durante la retirada muestra que estamos ante un grupo insurgente que cuenta con una eficiente preparación militar. Por otro lado el hecho de que Kunduz sea una ciudad norteña, alejada del teatro de operaciones tradicional que se centra en el sur pastún, es otra muestra de fortaleza política de la que deben tomar nota tanto el gobierno afgano como sus protectores norteamericanos. Los bulos sobre las divisiones dentro de la insurgencia no parecen confirmarse a la vista de los hechos.

La sorprendente toma de Kunduz ha eclipsado otras acciones ocurridas de forma prácticamente simultánea. Así durante los operativos militares para recuperar la ciudad se produjo un incidente en la base de Jalalabad al caer un helicóptero que transportaba tropas. El resultado fue la muerte de 11 soldados. Aunque los norteamericanos no han emitido una declaración oficial a la espera de un informe sobre el asunto el portavoz talibán Zabihullah Mujahid reivindicaba desde su cuenta en Twitter el hecho como una acción de la insurgencia. Sea como fuere lo cierto es que el anuncio del hecho contribuyó a presentar un escenario marcado por el pesimismo. A este dato habría que añadir la confirmación de la presencia de combatientes talibanes en la también norteña provincia de Badakhsan junto a la frontera tayika. Nawid Forotan, portavoz del gobierno provincial, anunció la toma del distrito de Warduj. Según la versión oficial los atacantes tomaron hasta 28 puestos de control en la carretera que une la región de Badakhsan con el vecino Tayikistán. El resultado fue la muerte de cincuenta soldados y la retirada ante el número superior de atacantes.

La presencia taliban en estas regiones septentrionales del país no deja de ser una novedad ya que se trata de áreas en las que su presencia no ha sido significativa con anterioridad debido, entre otras cosas, a la existencia de una mayoría uzbeka y tayika entre la población que, durante la época de la resistencia antitalibán, estuvo controlada por la Alianza del Norte, hoy en el gobierno de Kabul. Algunos comentaristas han señalado la posibilidad de que el objetivo talibán sea alcanzar el corredor de Wakhan, una estrecha lengua de tierra de doscientos kilómetros de profundidad que en su día separaba al imperio ruso de la India británica y que hoy permite a Afganistán tener una frontera con China junto a la región de Sinkiang donde operan grupos yihadistas uyghures.

La reacción de Pakistán

Nada de lo que ocurre en Afganistán pasa desapercibido para Pakistán, especialmente para el ISI, sus servicios secretos. En esta ocasión la toma de Kunduz está sirviendo como termómetro para valorar la intensidad del cambio de actitud prometido hace tiempo por Pakistán. El desarrollo del movimiento talibán impulsado desde Pakistán acabó ganado una autonomía no prevista y produciendo un indeseado impacto en la política interior pakistaní. La aparición de los talibanes locales (TTP) provocó una auténtica guerra civil en las regiones fronterizas (FATA). La situación se convirtió en descontrolada y obligó al gobierno de Pakistán a tomar una serie de medidas: ofensiva militar contra los talibanes locales, que se extendió por buena parte de las regiones pastunes, y acuerdo político entre partidos (Plan de Acción Nacional contra el Terrorismo) que defendía la idea de que no hay talibanes buenos y malos, englobando al conjunto bajo el epígrafe de terroristas.

Sin embargo la toma de Kunduz ha permitido poner a prueba el desarrollo de esta política con unos resultados decepcionantes para Washington y Kabul. Con motivo de la ofensiva yihadista el presidente afgano señaló, una vez más, la complicidad de Pakistán con los talibanes a quienes acusó de cometer asesinatos y saqueos durante las horas en las que Kunduz estuvo bajo su poder. Al mismo tiempo denunciaba el mantenimiento de las shuras o consejos de dirección de la insurgencia que siguen operando en Pakistán. Si con estas palabras buscaba algún tipo de pronunciamiento solidario por parte pakistaní los cálculos no acertaron porque la respuesta inmediata provino del ministro del Interior pakistaní, Chaudry Nisar Alí Khan, quien señaló que los acontecimientos de Kunduz eran un asunto interno afgano. De este modo se evaporaba la política de acercamiento entre ambos países.

Parece claro que Pakistán es consciente de la impopularidad de su política conciliatoria con respecto a los islamistas. Sin embargo en su política exterior tiene más peso su obsesión por las maniobras regionales de la India, su enemigo tradicional, que las consecuencias por su connivencia con los grupos islamistas. Desde Islamabad se ve con verdadera aprehensión la intervención de la India en Afganistán (con inversiones superiores a los dos billones de dólares y su apoyo a los gobiernos de Kabul) así como su respaldo a los grupos insurgentes en Baluchistán. En este sentido, los cálculos del ISI pasan por revertir la influencia hindú en Kabul y eso significa seguir apoyando a los talibanes como alternativa

El bombardeo del hospital de Médicos Sin Fronteras

Con el paso de los días se han ido conociendo más detalles sobre la operación de rescate llevada a cabo por las tropas afganas con el decisivo apoyo norteamericano. Se sabe que el despliegue aéreo obligó a los talibanes a retirarse. En este contexto Médicos Sin Fronteras ha denunciado el bombardeo del hospital de Kunduz gestionado por la ONG con saldo de 19 muertos de los cuales 12 eran miembros del equipo médico de MSF y 7 pacientes de los cuales tres eran menores edad; a estos datos habría que añadir 37 heridos, entre los que se cuenta un número indeterminado de personal sanitario y los daños materiales sufridos por el único hospital del norte del país que han sido severos.

Desde los medios de comunicación se viene hablando de “daños colaterales” aunque este concepto no contribuye a clarificar cómo se produjo el bombardeo. Según fuentes del gobierno afgano, en su huida muchos talibanes extranjeros, que no conocían la ciudad, acabaron atrincherándose en viviendas desde las que resistieron el avance de las tropas gubernamentales. De este modo se produjeron combates en varios puntos de la ciudad que produjeron daños cuantiosos y convirtieron a la población civil en escudos humanos. En esta línea, mandos norteamericanos informaron que un número indeterminado de islamistas tomaron el hospital transformándolo en un punto de resistencia lo que obligó a incrementar los combates en los alrededores. Por su parte MSF ha venido denunciando que las instalaciones del hospital se convirtieron en blanco de los bombardeos aún sabiéndose que había allí un importante número de personas heridas en los combates en los días previos, cercano al medio millar. Una vez más es la población civil la más directamente afectada y su calidad de vida sigue empeorando pues ahora a las penalidades habituales hay que añadir la destrucción de las escasas infraestructuras sanitarias de la zona.

5/10/2015



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