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¿Asalto a la Moncloa o carretera hacia el infierno?
06/10/2015 | Josep Maria Antentas

Con la cuenta atrás para las elecciones generales ya en marcha, y tras la resaca de la reciente cita con las urnas en Catalunya, llega el momento de la verdad para todas las fuerzas del cambio y la ruptura. El tiempo se acaba y las estrategias para afrontar la contienda van cerrándose. En la carta del pasado viernes 2 dirigida a sus seguidores, los dos principales dirigentes de Podemos, Pablo Iglesias e Iñigo Errejón trazan la hoja de ruta del partido. En la misiva ambos abordan dos aspectos diferenciados pero interrelacionados: las causas del fracaso de Catalunya sí que es Pot el pasado 27S y las propuestas para Podemos con vistas al 20D. En ambos frentes, sus proposiciones parecen quedarse un paso, o varios, por detrás de lo que exige una situación en la que el bipartidismo PP-PSOE da síntomas de recomponerse parcialmente y contener la embestida, y donde el “recambio responsable” de Ciudadanos cada vez hace más sombra a la ruptura constituyente que Podemos debería personificar.

Respecto a Catalunya, su epístola muestra serios problemas de análisis del proceso independentista y de las razones del pinchazo de Catalunya sí que es Pot. Primero, equipara el bloque independentista con el bloque del No, como si ambos expresaran lo mismo y tuvieran el mismo significado político, al afirmar que “hemos vivido una campaña electoral de la irresponsabilidad en Catalunya, del choque de trenes entre el independentismo de Mas y el inmovilismo de PP, PSOE y Ciudadanos”. Ello supone obviar que el bloque del Sí encarna un masivo y sostenido movimiento de masas que es portador de una demanda democrática básica, mientras que el bloque del No es intrínsecamente reaccionario, y se basa en la defensa numantina y autoritaria del actual marco institucional (con una interpretación particularmente retrógrada del mismo). Para quienes aspiran a romper con el régimen de 1978 en el conjunto del Estado, es imposible no ver que mientras el independentismo catalán supone un amplio desafío al mismo, el No es su principal puntal. Precisamente, el principal límite estratégico de la situación es la incapacidad mutua del independentismo catalán y de Podemos (y de las otras corrientes menores de las fuerzas populares de ámbito estatal) de articular alianzas estratégicas (parciales) en vez de anularse respectivamente. Ello remite a hondos problemas de raíz histórica: las serias dificultades de la izquierda española en comprender la cuestión nacional intrafronteras, y el desentendimiento de los independentismos periféricos de las relaciones de fuerza de ámbito estatal, limitando su campo de actuación a la propia nación y a una acumulación de fuerzas “en casa”.

Iglesias y Errejón señalan correctamente que “No hay más salida que sumar fuerzas para el cambio político, la democracia y la fraternidad de la gente en común, siguiendo el ejemplo de las alcaldías de Madrid y Barcelona, ayer enfrentadas y hoy hermanadas en la defensa de la gente”. Efectivamente, ahí está la clave. Pero este hermanamiento común por abajo no puede obviar los conflictos nacionales ni el debate independentista planteado en Catalunya. Ni tampoco la disparidad organizativa de la izquierda peninsular que se deriva de la plurinacionalidad del Estado español. Mientras Podemos equipare al bloque independentista con el del No, pocos diálogos se podrán hacer entre los distintos pueblos del Estado español y los llamados al hermanamiento fraternal van a nacer heridos de muerte. Lo que es una excelente noticia para PP y Ciudadanos… y para un PSOE y un PSC que, igual víctima de la polarización que Catalunya sí que es Pot, consiguió sin embargo rebasarla ampliamente. Los dos dirigentes de Podemos afirman que “Rajoy, Sánchez y Rivera le han regalado a Mas, pese a negarlo, que estas eran unas elecciones plebiscitarias, y se han conformado con incendiar políticamente Catalunya y aspirar a recoger los restos fuera de Catalunya”. Ello, no por dejar de ser cierto, obvia las contribuciones que Podemos hizo también para favorecer dicho escenario, con las equivocadas apelaciones de Iglesias a “los catalanes que no se avergüenzan de tener padres andaluces o abuelos extremeños”.

Segundo, al hablar de la que las élites de Madrid y Barcelona “preferían el ruido para tapar sus recortes, su corrupción y su incompetencia compartida”, apuntan certeramente a los intereses de Mas de utilizar al movimiento independentista en una huida hacia adelante en permanencia en beneficio de sus intereses políticos. Y a como esta situación favorece a Ciudadanos, para la alegría del Ibex 35. Sin embargo, el independentismo catalán no puede reducirse a Mas. Éste surfea la ola desde Septiembre de 2012 y, ante el agotamiento de su proyecto partidario, busca refundar el espacio político de la derecha catalana cabalgando sobre la “sociedad civil” independentista, valiéndose de la ventaja comparativa que le supone su posición institucional presidencial.

Mas tiene la hegemonía política del proceso pero no es evidente que tenga la social, aunque utiliza la figura presidencial para amplificar su pegada. La derecha neoliberal de Mas compite dentro del independentismo con una corriente de centro-izquierda socialdemocratizante, políticamente expresada en ERC y socialmente por buena parte de la dirigencia y de la base de la ANC. La paradoja es que si bien la sensibilidad y el sentido común mayoritario que transmiten las grandes movilizaciones independentistas está mucho más ligada a una visión socialdemocratizante que a un proyecto neoliberal, es la derecha catalana quien tiene un rol preponderante en el terreno político, debido a la estrategia de subalternidad que las organizaciones sociales soberanistas y ERC han jugado respecto a Mas, asumiendo un rol de “marcaje” al President para que no se echara atrás, pero sin jamás atreverse a intentar desbordarlo. A ello se le añaden las inconsistencias endógenas de cualquier proyecto socialdemocratizante europeísta en un contexto donde no hay bases para el mismo, que convierten las pretensiones de utilizar la independencia para tener un país mejor y más justo en proclamas vacías desprovistas de contenido programático concreto. Al valorar el 27S tampoco se puede obviar que Junts pel Sí no ha supuesto un progreso de lo que tenían CiU y ERC por separado, y que el gran avance del independentismo ha venido por la izquierda anticapitalista de las CUP. Lejos de una manipulación de Mas, lo que ha ido expresando el independentismo tras el 11S de 2012 es una movimiento tectónico de la sociedad catalana de hondo alcance, a pesar de los límites estratégicos del independentismo.

Tercero, la carta afirma que el Sí y el No están en una situación de equilibrio de fuerzas, al señalar “el ‘empate catastrófico’ de los dos bloques sordos”. Ambos recuperan ahí el concepto utilizado por el vicepresidente boliviano Garcia Linera en 2008, inspirándose en los análisis de Gramsci, para analizar la situación en el país andino. En realidad no hay dos bloques sordos: por un lado, hay un movimiento que plantea una demanda legítima (se comparta o no), la independencia, y la exigencia de poder ejercer el derecho a decidir sobre la misma democráticamente en una consulta; por el otro, hay un Estado reaccionario, con un gobierno derechista al frente, que niega un derecho elemental en base a afirmaciones (la refutación de Catalunya como nación) que impiden la más mínima discusión.

Si el empate catastrófico se refiere a la correlación de fuerzas en Catalunya, el análisis de Iglesias y Errejón no parece ajustado, pues el 27S dibuja un escenario en el que el Sí es más amplio y fuerte que un No (47,74% Sí, 9% derecho a decidir, 39% No) que, además es incapaz de traducir su rechazo a la independencia en un movimiento de masas por abajo. Ello no es óbice para constatar una desaceleración real del crecimiento del independentismo y su progreso limitado respecto al 9N. Si ambos se refieren a un empate entre un independentismo fuerte, pero que no puede asestar un golpe definitivo al Estado, y entre un Estado que no puede frenar al independentismo pero sí atrincherarse en una lenta guerra de desgaste, entonces su apreciación es más ajustada a la realidad.

Ahora bien, para que la posición de Podemos se revalorice de cara a las próximas elecciones generales, como ambos afirman esperar, es necesario que Podemos no aparezca como un espectador neutral en el debate sobre la independencia, equiparando ambos bandos, pues ello sólo sirve para quitar credibilidad a la propuesta plurinacional y constituyente del partido de Iglesias. La vía de la colaboración fraterna por abajo entre los pueblos rebeldes pasa por el reconocimiento del derecho a la autodeterminación y por una ruptura constituyente que facilite procesos constituyentes nacionales retroalimentados. Es decir, Podemos debe ser un agente activo para resolver el “empate catastrófico” en un proyecto estratégico de ruptura que satisfaga democráticamente el desafío al Estado que plantea el movimiento independentista.

Partiendo del análisis de lo acontecido en Catalunya, Iglesias y Errejón señalan los próximos pasos de Podemos hacia las generales: “nos reafirmamos al mismo tiempo en que la palanca para multiplicar fuerzas y tender la mano a mucha gente distinta por el cambio político y la recuperación de la soberanía popular tiene un nombre fraguado en este año nada sencillo. Por eso Podemos será el nombre y eje articulador de la candidatura del cambio para las elecciones generales”. Confirman así la política seguida hasta ahora, a pesar que no parece estar dando los frutos deseados. Si Podemos desbordó todo el marco político tras las elecciones europeas del 25 de Mayo de 2014, la paradoja es que al final ha acabado siendo desbordado por la propia situación política que su emergencia contribuyó a crear.

Todas las direcciones políticas cometen errores. Es normal que también lo haya hecho la de Podemos. Lo inaudito sería lo contrario. El problema estriba en cuando éstos se acumulan y constituyen el fundamento global de una línea política. En el momento decisivo, a la dirección de Podemos le ha faltado fuerza y decisión para desbordarse a sí misma y trascender sus propios esquemas. Hacerlo no era sin duda fácil. No lo es menos la tarea que Podemos se fijó tras las europeas: ganar las elecciones generales. Hacer política fuera de las normas es complicado. E intentar jugar dentro de ellas cuando uno no está invitado a la fiesta también. Para una fuerza que encarne un cambio real, una ruptura con el statu quo todo son piedras en el camino. No hay marchas triunfales para los de abajo. Opuestamente, para un recambio sistémico todo son autopistas despejadas. Donde Rivera recibe palmaditas de ánimo en el hombro, Iglesias encaja sin piedad directos a la mandíbula.

La gran equivocación de Podemos ha sido no aprovechar el impulso de las elecciones municipales del 24 de Mayo para propiciar procesos de confluencia que, con Podemos jugando un rol de pivote, fueran más allá del partido de Iglesias y arrancaran dinámicas participativas por debajo que recuperaran el entusiasmo perdido tras la eclosión de Podemos en las elecciones europeas y mantuvieran la dinámica en ascenso de las candidaturas municipalistas. En vez de emplear el empuje municipalista para intentar generalizarlo, Podemos optó para intentar surfearlo, asociándose a los éxitos municipales (que a su vez se aprovecharon del propio tirón electoral de Podemos para cosechar sus victorias locales), pero sin querer exportarlo, con todos los ajustes que hubieran sido necesarios, a escala estatal. Cerró así por arriba el debate de la “unidad popular”, moviéndose entre la afirmación de su propio espacio y la búsqueda de acuerdos en frío con formaciones de ámbito no estatal.

La vía de generar un impulso ciudadano, donde la función de los aparatos políticos fuera estimular la ilusión y la participación para multiplicar por abajo los activistas dispuestos a hacer campaña y movilizarse y a actuar de pequeños “núcleos irradiadores” moleculares, quedó abruptamente cerrada, sin explorarla seriamente. Ello hubiera requerido una importante dosis de generosidad, la predisposición a compartir el poder en marcos más amplios y diversos de decisión que trascendieran Podemos y, por encima de todo, una concepción más plural y menos homogénea de la construcción de un instrumento político de cambio. Ahí está uno de los talones de Aquiles de la estrategia seguida por la dirección de Podemos: la defensa de una hipótesis estratégica de matriz muy poco pluralista y en la que los otros actores, corrientes, y realidades, apenas tienen cabida (o la tienen sólo en forma de acuerdos entre aparatos electorales). Ello supone una visión muy lineal del crecimiento político y de la lucha por la hegemonía (que en realidad es más espasmódica y discontinua), en la que lo búsqueda de pactos y de acuerdos federadores para constituir un bloque “en común” tiene un rol subalterno. Curiosamente, a pesar de que Gramsci figura entre las principales referencias teóricas de la dirección de Podemos, su concepción de la política de alianzas es muy poco gramsciana, y oscila entre una lógica defensiva paralizante y la pura dominación de aparato.

Las perspectivas declinantes para las elecciones generales trascienden, sin embargo, la orientación de Podemos y tienen causas más profundas, en particular la desmovilización social de los dos últimos años, con el declive de las Mareas. El ciclo electoral abierto el 25 de Mayo de 2014 avanza sobre un periodo de descenso de la lucha social, en parte fruto de la propia expectativa electoral-institucional de cambió que se abrió. La fortaleza del actual ciclo electoral viene de la deflagración social que va del 15M en 2011 a las Mareas del 2012-2013, con la PAH convertida en movimiento emblema. Pero su debilidad proviene de la ausencia de luchas relevantes en el presente, que pudieran actuar como propulsores sociales de una dinámica de cambio político-electoral y ahondar la brecha del sistema bipartidista. En un escenario de pasividad social, parte de la base social del PSOE que se había sentido atraída hacia Podemos “vuelve” a su partido tradicional, y parte del malestar se canaliza hacia el “cambio sensato” de Ciudadanos.

La protesta social no depende de la voluntad de ningún partido. Sin embargo, Podemos cometió el error de minusvalorar su importancia, incluso de llegar a intentar poner distancia respecto al “pueblo indignado” para atraer a votantes “moderados”, y no utilizó su potente altavoz mediático y su autoridad política para remarcar la relevancia de la movilización y fomentarla en la medida de lo posible. No hizo nada para intentar crear un clima, un ambiente de fondo, que le favorece estructuralmente: el de la agitación social. Ni Sanchez ni Rivera pasan el test de las luchas. Pablo Iglesias sí.

Tras el pinchazo catalán, y varios meses de tendencia declinante en las encuestas, lo que se requiere no es avanzar con el piloto automático, sino un cambio de ritmo que descoloque a los adversarios. Sino, el ansiado asalto a los cielos de la Moncloa puede acabar siendo, como reza el conocido éxito de Chris Rea, una auténtica road to hell.

5/10/2015

http://blogs.publico.es/tiempo-roto/2015/10/05/asalto-a-la-moncloa-o-carretera-hacia-el-infierno/



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