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En el 40 aniversario de los fusilamientos del 27-S 1975
Al alba de nuevo, y ya son demasiadas albas sin justicia
26/09/2015 | Luis Suárez ‘Güiti’ (La Comuna)

Cuando el convoy, compuesto por 11 “Land Rovers” de la Policía Armada y varios autocares de la Guardia Civil que escoltaban los furgones donde eran conducidos Sánchez Bravo, García Sanz y Baena, entró en el campo de tiro de Hoyo de Manzanares, a los pocos minutos un grupo de informadores fuimos autorizados por la Guardia Civil a emprender el mismo camino hasta el interior del campo de tiro. Tuvimos que pasar también una de las barreras del Regimiento de Ingenieros, que fue levantada sin inconveniente ninguno por el cuerpo de guardia. Tras recorrer más de cinco kilómetros aproximadamente por un camino de tierra y piedras monte arriba llegamos a situarnos en la hondonada del Palancar, donde se encuentra uno de los polígonos de tiro, desde allí escuchamos una descarga de disparos...”

Así lo contaba al día siguiente en la prensa escrita alguno de los periodistas autorizados a presenciar el espectáculo del último asesinato legal orquestado y escenificado por Franco, antes de palmar él, a su vez, un par de meses más tarde, tras una larga carrera como genocida y déspota, abriendo un periodo de fuertes convulsiones políticas y sociales en nuestro país.

El montaje se completó en el penal de Burgos, en cuyas tapias se fusiló a Ángel Otaegi, y en el cementerio de Cerdanyola (Barcelona), donde se hizo lo propio con Jon Paredes Manot, alias ‘Txiki’; tanto estos dos últimos, miembros de ETA, como los 3 anteriores, del FRAP, habían sido condenados a muerte en consejos de guerra mediante el procedimiento sumarísimo, cuya común característica fue la ausencia de cualquier respeto hacia lo que se conoce como garantías procesales. En lenguaje sencillo, aquello no fue sino un ajusticiamiento vengativo y ritual de unos militantes escogidos más o menos al azar, en respuesta a los asesinatos de varios miembros de los cuerpos represivos atribuidos o reivindicados por esas organizaciones clandestinas.

Resulta llamativo, visto desde hoy, que hace tan solo 40 años se organizaran así en nuestro país, de forma oficial, aquelarres sangrientos como estos en los que las vidas de unos jóvenes militantes eran sacrificadas en un ceremonial de escarmiento y amedrentamiento. Pero más escandaloso aún resulta que esos crímenes sigan a día de hoy impunes.

Los últimos meses de Franco fueron muy virulentos, los movimientos populares estaban cada vez más organizados y activos, el régimen pretendía seguir respondiendo con su favorita, en realidad única, fórmula política, es decir, la represión. La evidente decadencia fisiológica del dictador animaba a redoblar la movilización popular; todo el mundo era consciente de que el final físico de Franco acarreaba inevitablemente la descomposición de su ya putrefacto régimen. Por eso se prolongó artificial e inútilmente su vida entubada durante semanas.

En estos días, con motivo del 40 aniversario de los fusilamientos, se están recordando aquellos crímenes con iniciativas en diversos lugares del estado, entre ellas el acto convocado el sábado 26 en Madrid por la plataforma unitaria Al Alba. Y con publicaciones como el libro “Mañana cuando me maten” (La Esfera de los Libros), cuyo autor, Carlos Fonseca, ha recabado abundantes datos y testimonios sobre los fusilamientos. Falta hace que ejerzamos y reivindiquemos el derecho a la memoria en este país, donde se impuso poco después de esos asesinatos un vergonzoso pacto de silencio y olvido con la plena complicidad de los partidos entonces hegemónicos de la izquierda.

Este breve texto pretende contribuir a ese deber de recordar los crímenes y honrar a las víctimas, subrayando o poniendo el foco en algunos imágenes o facetas relacionadas con los fusilamientos que pueden ilustrar tanto sobre la realidad del llamado tardofranquismo, como sobre la continuidad hasta hoy de su herencia institucional y política, y sobre las secuelas actuales de unas heridas nunca curadas, nunca cerradas.

Venganza express y crueldad

Varios de los abogados defensores que se ofrecieron solidariamente a defenderles fueron relevados durante los consejos de guerra y sustituidos por letrados militares de oficio, debido a la insistencia de aquellos en exigir que se concretasen las pruebas contra sus defendidos. Uno de aquellos abogados, Eduardo Carvajal, renunció a firmar el acta, ya que, según denunció, le habían sido rechazados por parte del tribunal militar todas las pruebas y testigos propuestos.

Según Carlos Fonseca, autor del reciente libro sobre estos asesinatos legales antes citado:

Cometieran o no los delitos por los que fueron condenados, lo cierto es que fueron víctimas de un simulacro de justicia que los sentenció antes de juzgarlos. Las pruebas incriminatorias se obtuvieron mediante torturas o se manipularon burdamente y se les privó de las mínimas garantías de defensa. Si la pena de muerte es despreciable en sí misma, más aún lo es cuando en torno a ella se oficia una mascarada que intenta dotarla de legitimidad.

Entre los atentados del FRAP por los que fueron detenidos y acusados los militantes de este partido, y la ejecución de 3 de ellos (5 más fueron condenados a muerte también pero sus condenas conmutadas en el último momento) pasaron apenas 3 meses, tiempo durante el que los detenidos fueron sujetos a toda suerte de torturas y malos tratos, hasta sus últimas horas. Así lo testimonia Francisca Sauquillo, otra abogada voluntaria, que habla de sadismo y ausencia de trato humano hasta el momento de su fusilamiento.

Incluso se forzó la legislación, ya de por sí represiva, con el Decreto Ley 10/1975 (aprobado un mes antes de las ejecuciones, el 26 de agosto) “sobre prevención del terrorismo”, que permitía entre otras cosas prolongar la permanencia en comisaría de los detenidos, así como la aplicación de procedimientos sumarísimos de enjuiciamiento y condena, decreto que, ilegalmente, les fue aplicado a los detenidos de forma retroactiva.

La solidaridad internacional

Si la dictadura franquista constituía ya un objetivo de la movilización popular en numerosos países, en especial europeos, el anuncio de los asesinatos legales de los militantes en septiembre provocó una auténtica oleada de protestas y repulsa, tanto en las calles como a través de manifiestos y gestiones diplomáticas.

Manifestaciones y asaltos a legaciones y oficinas de intereses españoles desde Lisboa a Oslo, petición de la expulsión de España de las Naciones Unidas por parte del presidente de México, llamadas a consultas de embajadores… Y, como significativa anécdota, la intersección del mismísimo Papa de Roma, Pablo VI, que intentó comunicarse con Franco, quien según se dice ni se dignó a ponerse al teléfono.

Sólo 4 días antes de los fusilamientos, varios intelectuales franceses (entre los cuales se encontraban Yves Montand, Costa Gavras y Regis Debray), que habían llegado a España para presentar un comunicado contra la represión franquista firmado por lo más granado de la cultura de aquel país (Sartre, Beauvoir, Foucault,…) fueron expulsados de España.

Toda la presión fue inútil, a diferencia de la reacción al repudio por los llamados consejos de Burgos, en 1970, cuando la dictadura decidió ceder y conmutar las 6 penas de muerte dictadas. En este caso, el régimen, que había intentado tímidamente mejorar su imagen internacional en los últimos años, reaccionaba ante al unánime rechazo internacional encastillándose en su versión más genuina y primitivamente fascista, y reafirmándose en su victimismo frente al enemigo exterior.

Afirmación franquista y presentación del futuro monarca

Los hechos de aquellas semanas se suceden a un ritmo de vértigo: Sólo 4 días después de los fusilamientos, se convoca el típico acto de exaltación franquista en la Plaza de Oriente de Madrid, como respuesta del régimen a la repulsa internacional, que para Franco en realidad, como afirmó en el propio acto, no era sino “una conspiración masónico-izquierdista, en contubernio con la subversión comunista-terrorista”, recuperando así plenamente la retórica bélica nacional-católica en la que más a gusto chapoteaba su ego cuartelero.

Y junto al marchito tirano, en el palco: la joven promesa, el reemplazo en marcha… el Borbón, ya ungido heredero y continuador. Hasta hoy mismo.

La censura, también hasta hoy

Cuarenta años después, se sigue censurando la información sobre estos hechos: El 22 de septiembre se ha sabido que la Delegación de Gobierno en Nafarroa ha prohibido un homenaje a los 5 fusilados del 75 convocado en Iruñea para el día 27, en base a que dicho acto “pudiera constituir un delito de enaltecimiento del terrorismo”.

Y el acceso a la información oficial sobre estos hechos sigue siendo muy difícil, como ha podido comprobar el escritor Carlos Fonseca ya citado: “Lo que más me ha sorprendido en la elaboración del libro fueron las dificultades para acceder a los documentos y archivos históricos, sobre todo la información de los 4 consejos de guerra.” Da igual que la Ley de la Memoria Histórica (2007) señale entre sus objetivos el de facilitar el acceso a los documentos que permitan el estudio e investigación sobre la dictadura, la burocracia encuentra los medios, legales o no, para obstaculizar dicho acceso.

Entre las trabas que le ha puesto el Archivo Histórico Militar a Carlos Fonseca se incluye la aplicación de la Ley de Patrimonio Histórico, que impide que los documentos que contengan datos que puedan afectar al honor, intimidad o imagen de personas puedan ser consultados sin el consentimiento de dichas personas, aún cuando la investigación lo que pretende es precisamente lavar el honor de las víctimas, y aún cuando estas estén muertas y sus familiares hayan dado el consentimiento. Incluso uno de los sumarios, el de Otaegi, está oficialmente desaparecido, según se le informó.

En definitiva, la verdad sigue escociendo al alma franquista que sobrevive aún en mil despachos y recovecos del Estado, y por eso se intenta impedir el acceso a la misma de cualquier forma: bien por la pura censura y represión, mediante subterfugios torticeramente garantistas, o por la pura negligencia en la custodia de la documentación oficial.

Personas y vidas

Sin embargo, detrás de estos hechos históricos y de su lectura política e ideológica, debajo de los trazos gruesos de su relato, subyacen historias personales, dramas y actos de heroísmo muy concretos, a los que obviamente un texto como este no puede siquiera aproximarse a describir.

El libro de Carlos Fonseca nos acerca por ejemplo al caso de José Luis Sánchez Bravo y su mujer embarazada, Silvia Carretero, ambos de 21 años, ella también detenida y torturada, a su última noche juntos, barrotes por medio… Está también la estremecedora carta de despedida de Humberto Baena a sus padres: “Cuando me fusilen mañana pediré que no me tapen los ojos, para ver la muerte de frente”. O las palabras del Che que al parecer Txiki pudo escribir en el reverso de una foto que entregó como legado a sus hermanos menores: “Nunca estaré bajo tierra, soy viento de libertad”… Cada joven, una épica, una historia y un mundo enteros.

Quisiera sugerir otra aproximación a aquel momento, la perspectiva de quienes entonces estábamos encarcelados, y cómo se vivieron esas ejecuciones entre rejas, en particular por los compañeros y compañeras del FRAP y ETA que en algunos casos conocían personalmente a los fusilados, el clima de tensión que obviamente también se introdujo entre muros, las huelgas de hambre, las largas semanas en celdas de castigo en represalia, intentando imaginar qué estaría sucediendo en la calle, en el mundo.

Seguramente algo escribimos cada uno y una, para intentar objetivar y dar forma a nuestros sentimientos en aquellos momentos, pero la mayoría hemos perdido los escritos e incluso muchos de los recuerdos de la cárcel. Una compañera que coincidió en esos días en la cárcel de Yeserías (Madrid) tanto con Silvia, la compañera de Sánchez Bravo ya citada, como con Cocha Tristán y María Jesús Dasca, militantes del FRAP también condenadas a muerte, ha conservado en cambio tanto la memoria como dibujos y poemas que escribió entonces: “Días llenos de noticias como bofetadas, cada vez más inimaginables. La realidad lo supera todo. Tragedias, magnitudes para las que no tengo medidas. Ahora Silvia se va a Carabanchel, le han concedido ver a su compañero. Todas pensamos que es para ellos un adiós definitivo. Ante estos hechos todo lo demás es basura. ¿Qué más podemos hacer? Justo acabamos de salir de la huelga de hambre. Todas las prisiones en lucha. No sabemos casi nada de lo que pasa en el exterior.

En este pozo de tristeza sólo me ha salido este paisaje desolado donde la voluntad de lucha es la pantera roja en primer término. En primerísimo término a pesar de todo” (25 de septiembre 1975, Roser Rius)

Y, finalmente, ¿para cuándo algo de justicia real?

Uno de los miembros del consejo de ministros que se ‘dio por enterado’ de las condenas a muerte, es decir, que dio el visto bueno para las ejecuciones, Fernando Suárez González, sigue vivo.

¿Y cuántos de los verdugos voluntarios en los pelotones de fusilamiento siguen vivos? Varios testigos en Hoyo de Manzanares, familiares de los fusilados, les vieron volver del paredón celebrando jocosos el momento, jaleados por otros policías que se habían sumado al macabro festejo.

¿Y cuántos de los torturadores? En este grupo figuran, entre otros, el entonces jefe de la “social” (BPS), Saturnino Yagüe, el comisario Roberto Conesa, y una vez más el ubicuo, retorcido y vocacional torturador González Pacheco, más conocido como “Billy el Niño”, aún vivo e impune, que estos días precisamente ha sido de nuevo captado huyendo como un conejo de las cámaras de televisión. Concha Tristán, condenada a muerte, embarazada y luego conmutada, recuerda bien su ensañamiento: “Durante cinco días me torturaron casi de continuo. En una ocasión, "Billy el Niño” se puso como loco a golpearme con las manos, los pies, las rodillas, y otro social tuvo que sujetarlo y calmarlo porque me iba a matar…”

Este criminal ha sido procesado en Buenos Aires en el marco de la llamada Querella Argentina, pero vergonzosamente, ni él ni el resto de imputados, contra los que existen numerosos testimonios y denuncias, han sido aún encausados en nuestro país.

Aún hay tiempo de que algunos de ellos paguen mínimamente por sus crímenes. Porque la memoria de José Luis, Xosé Humberto, Ramón, Ángel y Txiki lo exige; porque ya son demasiadas albas de injusticia.

Luis Suárez ‘Güiti’ (La Comuna)

26/09/2015



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