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TRIBUNA VIENTO SUR
La agonía del movimiento obrero mexicano
25/09/2015 | Dan La Botz

A lo largo del último año y medio, decenas de miles de maestros de escuela mexicanos han protagonizado manifestaciones, huelgas prolongadas, ocupaciones de cabinas de peaje de autopistas y de edificios gubernamentales, y enfrentamientos violentos con la policía y el ejército. Estos maestros se oponen, en los Estados del sur y del oeste de México (Chiapas, Oaxaca, Guerrero y Michoacán), a la reforma de la enseñanza promulgada por el Congreso mexicano en 2013. El presidente Enrique Peña Nieto, del Partido Revolucionario Institucional (PRI), afirma que la reforma mejorará la educación de la juventud del país; pero los maestros replican que lo que pretende es quebrar el poder del sindicato y debilitar la escuela pública, y que será negativa para los estudiantes y el pueblo mexicano en general.

Los maestros disidentes también se unieron a padres y alumnos en manifestaciones combativas en Guerrero, Ciudad de México y en todo el país para protestar contra la masacre y el secuestro que tuvieron lugar el 26 de septiembre de 2014, cuando la policía y otros agresores mataron a seis estudiantes, hirieron a 25 y secuestraron a 43 enAyotzinapa, Guerrero. A finales de aquel mes de septiembre, los manifestantes descargaron su furia contra algunos símbolos del gobierno y de la política e incendiaron la casa consistorial de Iguala, Guerrero, así como la sede del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en la capital del Estado, Chilpancingo. Los maestros también se sumaron a una gran manifestación que tuvo lugar el 8 de noviembre y en la que los manifestantes dieron fuego al portal del Palacio Nacional en Ciudad de México. Las protestas culminaron el 20 de noviembre, el aniversario del comienzo de la revolución mexicana, cuando decenas -o según algunos, centenares- de miles de personas se concentraron en el Zócalo, la gran plaza nacional. A comienzos de diciembre, numerosos estudiantes, sindicalistas y grupos de vecinos tomaron el edificio del parlamento del Estado de Sonora, mientras los maestros bloqueaban la Autopista del Sol que enlaza Ciudad de México con el centro turístico de Acapulco, justo cuando estaban a punto de comenzar las vacaciones de Navidad.

El principal motivo del conflicto era el examen y la evaluación de los maestros. Dirigidos por la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), una fracción disidente de izquierda del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), los maestros han impedido que se celebren exámenes de maestros en los Estados en que tienen fuerza, bloqueando las salas de examen, quemando los materiales y rapando el cabello a quienes intentaran examinarse. Cuando se convocaron las elecciones nacionales al Congreso, a gobernadores de los Estados y a alcaldes el pasado mes de junio, los maestros llamaron al boicot, alegando que todos los partidos son corruptos. En Oaxaca, el sindicado bloqueó el acceso a colegios electorales y quemaron papeletas en las calles, enfrentándose a la policía y al ejército y en algunos casos a grupos comunitarios de base que querían votar. La Local 22 del SNTE de Oaxaca convocó una huelga para el 24 de agosto, el comienzo del año escolar, que solo desconvocaría si llegaba a un acuerdo con el gobierno federal para eliminar las evaluaciones.

Sin embargo, a pesar de estas demostraciones de fuerza, los sindicatos y los trabajadores mexicanos se hallan en general en la peor situación de las últimas décadas. El presidente Peña Nieto y el PRI, junto con sus aliados del también conservador Partido de Acción Nacional (PAN), han logrado imponer una serie de supuestas reformas –enseñanza, relaciones laborales, energía y comunicaciones– que tendrán efectos devastadores en un movimiento obrero ya de por sí debilitado. Y hasta ahora parece que no existe ningún movimiento obrero o movimiento social más amplio capaz de resistir, de detener y desbaratar dichas reformas. Todo esto se produce en un país en que la guerra entre el gobierno y los cárteles de la droga ha segado la vida de 110 000 personas sin contar a los 25 000 desaparecidos. El ejército y la policía se han dedicado a apalear, atracar, torturar, violar y asesinar extrajudicialmente con total impunidad. Aunque se trata ante todo de una guerra entre el gobierno federal y los cárteles de la droga, en ocasiones ha afectado a los movimientos sociales, creando un contexto para una represión ocasional. El resultado es una mayor inseguridad en el conjunto de la sociedad, incluido el movimiento obrero. Ante la posible violencia por parte de los cárteles por un lado y del ejército y la policía por otro, muchos optan por mantener la cabeza gacha.

La situación de los trabajadores mexicanos, por tanto, es increíblemente difícil, fruto de una larga historia de opresión estatal, explotación patronal y –como me dijo hace poco una sindicalista mexicana– lo que solo puede calificarse de “descomposición social”. ¿Cómo ha llegado la clase obrera mexicana a caer en esta situación? Y ¿cómo puede volver a salir de ella?

El sistema mexicano de control de los sindicatos por el Estado

El gobierno mexicano controla los sindicatos desde la Revolución mexicana de 1910-1920, pero fue en la década de 1930 cuando alcanzó su plenitud el sistema de control del partido único sobre los sindicatos. El presidente Lázaro Cárdenas (1934-1940) cumplió los objetivos de la Revolución nacionalizando la industria petrolera, que estaba en manos de empresas de EE UU y del Reino Unido, repartiendo millones de hectáreas de terreno a los indios y los campesinos y reconociendo a los sindicatos de trabajadores. Durante la Gran Depresión, los trabajadores mexicanos, en muchos casos con dirigentes de izquierda, habían creado nuevos sindicatos de ramo y federaciones. Cárdenas integró la Confederación de Trabajadores Mexicanos (CTM) y la Confederación Nacional de Campesinos (CNC) en el partido gobernante, creando el partido-estado que pasaría a ser el PRI. Su sueño era que el Estado, al colocarse por encima del trabajo y del capital, creara una sociedad socialista en su país agrario, desarrollando al mismo tiempo la industria mediante la sustitución de las importaciones por productos de fabricación nacional.

Después de Cárdenas, sin embargo, a finales de la década de los 1940 y comienzos de la de 1950, una serie de presidentes más conservadores –deseosos de mejorar sus relaciones con el capital privado y extranjero– excluyeron a los comunistas y otros izquierdistas de los sindicatos, recurriendo a la policía y a bandas criminales para imponer nuevos líderes sindicales, los llamados “charros” (apodo que se deriva de un dirigente sindical del ferrocarril que vestía ropa extravagante al estilo charro o vaquero). Más que meros burócratas sindicales, esos hombres constituían una casta de políticos lealistas corruptos y violentos, que a menudo combinaban el liderazgo sindical con cargos representativos del PRI en el parlamento,el senado y las gubernadurías estatales. Los “sindicatos oficiales” del PRI servían para impedir todo sindicalismo independiente, parar las huelgas y mantener bajos los salarios. Fue este sistema de bajos salarios y elevados aranceles del modelo de sustitución de las importaciones el que hizo posible el “milagro mexicano” del periodo de posguerra.

El ejemplo del Sindicato de Trabajadores de la Educación

La historia del sindicato de maestros ilustra lo que ocurrió con los sindicatos bajo el sistema de control estatal. A comienzos de la década de 1940, un joven llamado Carlos Jongitud Barrios ingresó en una escuela normal rural en Ozuluama, Veracruz. Una vez licenciado, se afilió al sindicato de maestros y después al PRI. En los años cincuenta ya era miembro del comité ejecutivo nacional del sindicato y dos décadas después ya era el máximo dirigente del mismo. Su fracción, denominada Vanguardia Revolucionaria, colaboraba estrechamente con el PRI y el ministro de Educación Pública, controlando el sindicato a través de un aparato político que imponía los líderes a las agrupaciones estatales y locales. Los miembros y cargos leales podían obtener como recompensa algún privilegio político o laboral, como puestos de trabajo a los que no necesitaban comparecer, o empleos para familiares y amigos, etc. Si algún maestro de la base protestaba, podían expulsarlo, apalearlo o incluso matarlo, como les ocurrió a algunos.

En la década de 1970, maestros de izquierda de los Estados de Oaxaca y Chiapas, muchos de ellos trabajadores indígenas bilingües, comenzaron a protestar contra la dictadura sindical deJongitud Barrios y crearon la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE). En la década de 1980, tras muchas huelgas y manifestaciones, los maestros de esos dos Estados se hicieron con el control de sus organizaciones estatales y constituyeron una alianza con grupos locales del sindicato de maestros de Ciudad de México. Cuando a finales de esa década la base sindical parecía a punto de tomar el control del sindicato nacional, intervino el presidente mexicano Carlos Salinas (PRI) y amparó el ascenso de Elba Esther Gordillo, una supuesta reformadora, a la cabeza del sindicato. Gordillo, quien había formado parte de la cúpula de Jongitud Barrios, creó la misma especie de aparato de partido dictatorial, dirigiendo el sindicado a base de amenazas y favores; entre estos últimos cabe citar el regalo que se hizo de un lujoso todoterreno Hummera a todos los delegados sindicales que acudieron a la convención nacional. Frente a Gordillo, los sindicatos de Oaxaca y Chiapas, a los que se unieron algunos de Guerrero y Michoacán, han seguido luchando por la democracia sindical y el poder de los maestros hasta el día de hoy.

Calderón aplasta la disidencia

El Estado mexicano sigue utilizando tanto la ley como la fuerza bruta para tratar los problemas sindicales. Cuando en febrero de 2006 hubo una catástrofe en la mina Pasta de Conchos, en el Estado de Coahuila, donde murieron 65 mineros, el dirigente del sindicato minero Napoleón Gómez Urrutia habló de “homicidio industrial”,acusando a la empresa y al gobierno. En respuesta, la administración del presidente Felipe Calderón (PAN) acusó falsamente a Gómez Urrutia de malversar 50 millones de dólares de su sindicato. Para evitar la cárcel, Gómez Urrutia huyó, ayudado por el sindicato metalúrgico de Canadá y EE UU, a Vancouver. Al mismo tiempo, con los mineros a la defensiva, el Grupo México, una de las compañías mineras más grandes del país, declaró la guerra al sindicato minero y finalmente logró desplazarlo de la mina Cananea. Pese a que los tribunales han desestimado todas las acusaciones contra Gómez Urrutia, éste sigue dirigiendo el sindicado desde Canadá, temiendo volver a México.

Pocos años después, en octubre de 2009, Calderón aplastó el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), un sindicato que encabezaba una coalición contraria al neoliberalismo y a la privatización, confiscando la Compañía Mexicana de Luz y Fuerza, liquidando la empresa y despidiendo a 40 000 trabajadores sindicados. Un resto de 16 000 trabajadores electricistas continuaron luchando por sus puestos de trabajo. En febrero de 2013, el gobierno del presidente Peña Nieto también detuvo y encarceló a Elba Esther Gordillo, acusada fundadamente de malversación. Encarcelada porque cometió el error de desafiar a los dirigentes del PRI, Gordillo continúa en prisión. El sindicato se halla actualmente bajo la dirección de Juan Díaz de la Torre, quien durante mucho tiempo fue colaborador de Gordillo y dirigió el aparato político del sindicato y su Partido Nueva Alianza, que está aliado con el PRI.

Represión y rebelión en los sindicatos

Los trabajadores de los sindicatos industriales, los de la compañía petrolera, los del ferrocarril y los electricistas (de uno de los dos sindicatos nacionales, el SUTERM), experimentaron la misma clase de imposición autoritaria que los maestros por parte del partido-estado. Hubo rebeliones, por supuesto –luchas por la democracia sindical y la ampliacion del poder de los sindicatos por parte de los ferroviarios en 1959, de los electricistas en 1974-1975, de los trabajadores del teléfono en las décadas de 1970 y1980–, pero la policía, el ejército y los matones del “sindicato oficial” las sofocaron. Durante la insurrección de los trabajadores a finales de la década de 1960 y comienzos de la de 1970, algunos sindicatos industriales y de la universidad pública lograron independizarse y algunos de los líderes de aquellas luchas crearon la Unión Nacional de Trabajadores en los años noventa.

En el apogeo de la imposición del neoliberalismo a finales de la década de 1980 y comienzos de la de 1990, el presidente Carlos Salinas utilizó el ejército y la policía para asaltar las sedes del Sindicato de Trabajadores del Petróleo (STPRM) y detener al dirigente sindical Joaquín La Quina Hernández Galicia y otros miembros de la dirección, acusándolos de corrupción. Salinas también envió al ejército a ocupar preventivamente la mina Cananea –el lugar en que nació el sindicalismo mexicano– para impedir huelgas y manifestaciones contra su privatización. En este periodo, Salinas privatizóun millar de empresas públicas, la mayor de las cuales fue al compañía teléfónica TELMEX, adquirida por Carlos Slim y un consorcio de empresas mexicanas y estadounidenses. Slim es ahora el hombre más rico de México y uno de los más ricos del mundo.

En fechas más recientes, los trabajadores del campo de San Quintín, Baja California, organizaron una huelga en demanda de un aumento salarial, enfrentándose tanto a sus empleadores como al sindicato controlado por el Estado que los representa. Estos trabajadores, en su mayoría indígenas, bloquearon la autopista transpeninsular por la que se transportan los productos agrarios a almacenes y comercios de EE UU, paralizando efectivamente la cadena de producción agrícola. El gobierno del presidente Peña Nietoprometió investigar, pero mientras las autoridades enviaron al ejército y la policía para romper la huelga. La coalición de grupos indígenas que habían organizado la huelga fue derrotada y las empresas siguieron pagando los mismos bajos salarios. ¿Cómo es posible que el Estado haga caso omiso de la clase obrera de esta manera?

El poder los los capitalistas de México

La clase capitalista mexicana es rica, está bien organizada y tiene poder político. Los empresarios mexicanos llevan décadas organizados en la Confederación Patronal de la República Mexicana (COPARMEX), que se jacta de que sus “más de 36 000 empresas afiliadas de todo el país generan el 30 % del PIB y 4,8 millones de puestos de trabajo formales”.La COPARMEX y otras asociaciones empresariales, como la Cámara Nacional de la Industria Transformadora (CANACINTRA), han operado durante años a través del PAN, aunque también del PRI, en la elaboración de políticas y leyes y han presionado a favor de sus intereses políticos.

Los capitalistas mexicanos alzaron al poder a un gobierno neoliberal en dos etapas: primero, con la victoria en el seno del PRI de los llamados “tecnócratas” sobre los “dinosaurios” (es decir, de los neoliberales sobre los nacionalistas económicos) en las décadas de 1980y 1990, y después, con la victoria electoral del PAN. Las dos legislaturas del PAN –bajo las presidencias de Vicente Fox (2000-2006) y Felipe Calderón (2006-2012)– demostraron que el partido era incapaz de gobernar México. El gobierno de Fox no cumplió las promesas hechas a la clase empresarial, mientras que Calderón inició la desastrosa guerra contra el narcotráfico con las decenas de miles de muertos y desaparecidos y las violaciones generalizadas de los derechos humanos por parte de la policía y el ejército.

Enrique Peña Nieto, ex gobernador del Estado de México (el Estado más populoso del país, que envuelve el Distrito Federal de la Ciudad deMéxicoe incluye buena parte del área metropolitana de esta), recuperó la presidencia para el PRI en 2012. Es el adalid de los capitalistas mexicanos e inversores extranjeros y ha llevado adelante el programa neoliberal que ya había emprendido el PRI en la década de 1980. Immediatamentedespués de su elección, “EPN” (como se le conoce en muchos sitios) logró incorporar al PAN e incluso al PRD, que se declara de izquierdas, a su Pactopor México. Dicho pacto vincula a estos partidos al programa neoliberal defendido por la COPARMEX y los inversores extranjeros. A lo largo de los tres años siguientes, el legislativo mexicano ha aprobado las llamadas reformas –educación, relaciones laborales, energía y telecomunicaciones– que suponen una clara victoria de la gran empresa.

No obstante, la clase capitalista de México se enfrenta a un grave problema: el estancamiento económico. A partir de 2008, prácticamente toda la economía mundial entró en crisis, seguida en muchos casos de un estancamiento prolongado. Debido a su alto grado de integración en la economía regional de Norteamérica, el crecimiento económico de México depende de EE UU, su principal socio comercial. La economía mundial y la de EE UU no han sido sufientemente fuertes para sacar a México del bache económico. El PIB del país no crece ni al 1 % anual. Para la clase obrera, esto ha comportado un descenso continuo de su nivel de vida. Esta situación puede llevar a los trabajadores a defenderse, pero carecen de una organización independiente.

La situación de la clase obrera mexicana

La política del gobierno mexicano durante muchas décadas ha consistido en mantener los salarios en niveles bajos. Una de las maneras de hacerlo es fijar un salario mínimo exiguo, situado justo en el umbral de subsistencia o incluso por debajo del mismo. Esto ha sido así salvo en el periodo de grandes movilizaciones obreras y sociales que hubo en México desde mediados de la década de 1960 hasta los años setenta. Desde que el movimiento obrero amainó a partir de 1976, el salario mínimo ha perdido el 73 % de su poder adquisitivo. Hoy en día, el salario mínimo es menor en términos reales (descontada la inflación) que el que había en 1930, 1940 o 1960. Una segunda manera de mantener los salarios bajos pasa por la fijación de “topes salariales”, una política oficialmente no admitida pero sí muy conocida del gobierno que impide que aumenten los salarios en el sector público y el privado. El ministro de Trabajo y los consejos de relaciones laborales suelen hacer uso de su autoridad para mantener los aumentos salariales ligeramente por debajo de la tasa de inflación. El resultado, por supuesto, es que a la larga los salarios tienden a crecer menos que el coste de la vida.

Desde 2013, los salarios en México han caído por debajo de los de China, y, en ester momento son alrededor de un 20% más bajos. Unos seis millones de mexicanos cobran el salario mínimo de 70,10 pesos –el equivalente a 4,5 dólares– al día, mientras que otros doce millones ganan 140 pesos, 9 dolares al día. Los trabajadores industriales, que representan alrededor del 16% de la mano de obra, cobran en promedio unos 2,7 dólares a la hora. Los jornaleros en la agricultura ganan entre 65 y 110 pesos al día, es decir, entre 4,25 y 7,15 dólares al día. Aunque trabajen padres e hijos en los campos, como hacen a menudo, apenas perciben salarios de subsistencia.Los bajos salarios, por supuesto, implican pobreza. Varias organizaciones informan de que del 40% al 50% de los mexicanos viven en la miseria. El Consejo Nacional para la Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) señala que tan solo el 18,3% de los mexicanos no son pobres; el 81,7%, más de cuatro quintos, sí lo son. Y la situación no mejora. El Banco Mundial ha informado recientemente de que “la pobreza no ha disminuido en los últimos veinte años”.Es la falta de buenos puestos de trabajo y de salarios dignos, por supuesto, la que ha llevado al 10% de los mexicanos a emigrar a EE UU.

¿Por qué perciben los mexicanos unos salarios tan bajos? La causa principal es que no controlan a sus propios sindicatos ni cuentan con un partido político propio, de modo que carecen de cualquier instrumento para luchar por la mejora de su situación. Incluso los sindicatos “oficiales” afiliados al PRI han menguado de tamaño. Un estudio revela que los sindicatos han pasado de representar algo más del 30% a algo menos del 20% de los trabajadores entre 1984 y 2000, mientras que ahora la tasa de sindicación es de alrededor del 10%. Un experto calcula que tan solo el 8,6% de la población económicamente activa está sindicada.

El sistema tripartido de los consejos de relaciones laborales, formados por representantes del gobierno, los empresarios y los trabajadores, constituye la colusión del Estado, el capital y la burocracia sindical corrupta y violenta, todos opuestos a la autoorganización de los trabajadores. Hay estudios que revelan que del 80% al 90% de todos los contratos en México son los llamados “contratos de protección”, que no ofrecen más que un salario base y unas condiciones mínimas, contratos que a menudo negocian unos sindicatos-fantasma que los trabajadores no conocen. Muy pocos trabajadores mexicanos cuentan con verdaderos sindicatos comprometidos con la mejora de la situación de sus afiliados. Por tanto, no es extraño que en México haya pocas huelgas oficiales: de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el número de huelgas ha descendido de 577 en 1995 a 84 en 2010 y tan solo 62 en 2011. Por supuesto, se producen muchos paros y huelgas no oficiales, sobre todo en el sector público, que está más sindicalizado, y en particular entre los combativos maestros de escuela. En el sector privado, sin embargo, los trabajadores que participan en una huelga no oficial son despedidos y sustituidos sin más.

Elección reciente

Pese al amplio desengaño con el sistema político y la persistente calma chicha de la economía, Enrique Peña Nieto y el PRI fueron los principales vencedores de las elecciones mexicanas de junio de 2015, seguidos del conservador PAN. Ambos partidos tienen previsto profundicar en las reformas económicas neoliberales, de “libre mercado”, en el país. El PRI obtuvo el 29% de los votos; el PAN, el 20%. Varios partidos de izquierda alcanzaron resultados más modestos: el PRD obtuvo el 10,8%; el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), el 8,3%; el Movimiento Ciudadano, un 5,9%. El Partido del Trabajo (PT) cosechó tan solo un 2,87%, demasiado poco para conservar su registro y su condición electoral. El boicot declarado por los trabajadores de la educación no tuvo mucho efecto. El PRI y sus partidos aliados, como el Partido Verde Ecologista y el Partido Nueva Alianza, contarán con amplias mayorías en las dos cámaras del parlamento mexicano.

¿Por qué ha obtenido la izquierda mexicana unos resultados tan malos, cuando en muchas elecciones del pasado alcanzó un tercio de los votos? Tres son los factores que intervienen: en primer lugar, el PRD sufrió el abandono de miembros y votantes, que se fueron con su antiguo líder Andrés Manuel López Obrador y su nuevo partido MORENA. En segundo lugar, algunos rompieron con el PRD por su historial de oportunismo y corrupción, pero no siguieron a López Obrador y al MORENA. En tercer lugar, toda escisión de un movimiento causa desilusión y apatía. ¿Representa el movimiento del sindicato de maestros, con sus decenas de miles de manifestantes combativos, la agonía mortal del antiguo movimiento obrero y el nacimiento de uno nuevo? Los bajos salarios y altos niveles de pobreza, la debilidad de los sindicatos y de los partidos de izquierda, la represión desatada por el gobiernio para aplastar las movilizaciones y encarcelar a los líderes sindicales, indican que el movimiento obrero se halla, en el mejor de los casos, a la defensiva, y en el peor, en un grave declive. El escepticismo y el cinismo reinantes con respecto al sistema político socavan la confianza e inhiben la lucha por el cambio.

En México, como en otros muchos países del mundo en estos momentos, los principales componentes del sistema político –el gobierno, las autoridades electorales y los partidos– no gozan de la confianza de la gente. Según un sondeo reciente, alrededor del 72% del público mexicano no confía en el gobierno; un 82% no confía en los partidos políticos. Esta es sin duda una de las razones por las que tan solo alrededor de la mitad de todos los electores registrados acuden efectivamente a votar. El sistema político mexicano, controlado por las élites de la clase política y fiel defensor de los intereses de la oligarquía y de los inversores extranjeros, emplea su poder para bloquear el cambio en todos los frentes.

Todo intento de quebrar el sistema en los últimos 25 años ha fracasado de una manera u otra. El PRD, controlado por camarillas, se corrompió. Los zapatistas, el grupo que encabezó la rebelión de Chiapas en 1994, nunca encontraron la vía para desempeñar un papel en la política nacional y se comportaron de modo sectario, lo que les aisló de otros movimientos. Tan solo varios pequeños grupos de izquierda abogan por la construcción de un movimiento obrero combativo que se proponga mejorar los salarios y el nivel de vida de los trabajadores y crear un partido obrero de masas. Los restos activos del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) y de la CNTE, junto con grupos de izquierda como el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), intentaron esto con la creación con la Organización Política del Pueblo y los Trabajadores (OPT), pero después abandonaron el proyecto para apoyar el boicot a las elecciones proclamado por los maestros.

La izquierda mexicana ha tendido durante décadas a oscilar entre el reformismo cardenista, que trata de penetrar el corrupto Estado mexicano, y un radicalismo que sueña– con imágenes de Villa, Zapata y el Che– con impulsar una nueva revolución cubana mediante la rebelión violenta. En Egipto, el Estado español, EE UU, Grecia, Brasil y otros países han surgido movimientos en los últimos años que tal vez indiquen una ruptura con modelos del pasado. México, en cambio, no ha conocido ninguna explosión social importante: ni Plaza Tahrir, ni Indignados ni Occupy Wall Street. Desde 1989 no se han creado nuevos partidos políticos importantes –como los que han aparecido en Bolivia, Brasil, Venezuela, Grecia y España– que sacudan el corrupto sistema de partidos establecido. Los trabajadores mexicanos deberán hallar la vía de ruptura con los sindicatos controlados por el gobierno y con los partidos existentes, aunque dado el alto grado de represión existente y el cinismo omnuipresente, no cabe duda que no será tarea fácil.

09/2015

http://www.dollarsandsense.org/archives/2015/0915labotz.html

Traducción: VIENTO SUR



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