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Grecia
La izquierda después de Syriza
25/09/2015 | Brais Fernández

“Todo conocimiento vivo está hecho de problemas que han sido o deben ser construidos o reconstruidos, y no de descripciones repetitivas.

Alain Badiou

En la escena final de “Novecento”, la icónica película de Bertolucci, Gerard Depardieu, que interpreta a un abnegado y disciplinado militante comunista, se dirige al resto de campesinos y exclama, antes de entregar su fusil con rabia al Comité de Liberación Nacional encargado de mantener el “orden público”: “Mañana os dirán que todo esto es una utopía”. La dictadura fascista de Benito Mussolini había caído y, minutos antes, el pueblecito donde se desarrolla la historia había sido tomado por la alegría popular, por el “Bella Ciao” y por las sonrisas de los pobres. El patrón, interpretado por Robert De Niro, había sido juzgado y su muerte simbólica había sido proclamada sin derramar sangre. Una escena con la que culminaba una historia de lucha y sufrimiento, una estupenda narración de cómo se construyó el sujeto político comunista en base a experiencias colectivas y vivencias comunes y de cómo al final, cuando el objetivo estaba al alcance de la mano, ese mismo sujeto construido con tanto cuidado y esfuerzo durante tantos años, es incapaz de materializar el objetivo para el que había nacido. Mucho se ha discutido sobre esa renuncia a tomar el poder por parte del Partido Comunista Italiano (PCI): ¿Traición consciente? ¿Las “circunstancias objetivas” o la “correlación de fuerzas”? ¿Una estrategia fracasada? ¿Errores teóricos? ¿O, lo que dijo Jean Paul Sartre, cuando afirmó que los Partidos Comunistas no tomaban el poder simplemente porque no estaba entre sus objetivos?

Lo que ha pasado en los últimos meses con Syriza en el escenario de la tragedia griega recuerda mucho a “Novecento”. Más allá de los juicios moralistas, es indiscutible que Syriza no ha cumplido los objetivos que se había marcado (romper con la austeridad y acabar con las políticas de recortes y privatizaciones); es más, Syriza ha ganado las elecciones de forma contundente tras firmar un tercer memorándum mucho más duro y salvaje que los anteriores, que incluye más privatizaciones, la cesión de la soberanía popular a la troika, más recortes en derechos y que, como coinciden todos los economistas, traerá más miseria a la población. Todo ello tras convocar un referéndum en donde el “OXI” significaba la muerte simbólica de la troika, como en “Novecento” la “muerte” del patrón. Lo que vino después es una lección amarga de cómo la hegemonía que no se materializa, que no se transforma en poder, en un cambio en la estructura social, material y económica, está destinada a ser desintegrada y sus restos a integrarse en el relato dominante. También nos podemos imaginar a muchos votantes y militantes de Syriza entregando las armas con rabia e impotencia, como en el final de la película de Bertolucci. Syriza, como el PCI en su momento, ha sobrevivido a la escena, pero ya no es la misma fuerza social y su mutación ha ido en paralelo a las decisiones políticas tomadas por ella misma, determinadas y determinantes en el cambio que se ha producido en el estado de ánimo general (o “conciencia”, como se decía antes). Siguiendo con la analogía, es el momento de preguntarnos qué ha pasado, cómo está la situación actualmente no sólo en Grecia, sino en Europa y cómo podemos seguir avanzando en los objetivos para los que nació Syriza, que están lejos de haberse cumplido.

¿Traición?

Una y otra vez, hemos escuchado que la palabra “traición” ha de ser desterrada como calificativo analítico a la hora de intentar entender lo que ha ocurrido en los últimos meses. Es desde luego un avance importante, que permite abordar el debate sobre lo sucedido en Grecia desde un punto de vista estratégico. Esta idea de traición ha sido descartada no sólo por los partidarios más acérrimos de Syriza, sino también por sus críticos, como Stathis Kouvelakis, pues la idea de traición al final oculta el debate político, lo plantea en términos morales y no se entiende el debate entre diferentes líneas que se ha producido en la izquierda griega y europea durante los últimos meses.

La estrategia de la dirección de Syriza durante los últimos meses ha consistido en negociar un acuerdo lo más favorable posible con la troika, utilizando diversas herramientas de presión: tratar de convencer a la opinión pública europea y a los tecnócratas de la Unión Europea (UE) de que su causa era justa (que sin duda lo es), buscar aliados entre los diferentes gobiernos de la eurozona y movilizar al pueblo griego, como en el referéndum del “OXI”, con el objeto de conseguir una relación de fuerzas lo más favorable posible

En los debates clásicos en el movimiento marxista, había dos conceptos (muy bien explicados por Laclau en “Hegemonía y estrategia socialista”, a pesar de que discrepemos de sus conclusiones) que se utilizaban con frecuencia en las polémicas. Son conceptos diferentes, aunque también se entrecruzan muchas veces. Por una parte, el concepto “reformismo”, para caracterizar aquellas posturas que no buscaban romper con el capitalismo, sino que trataban de humanizarlo o gestionarlo desde un prisma redistributivo. Por otra parte, el término “gradualismo”, que aludía a aquella estrategia que consideraba que el socialismo no se implantaría a través de una ruptura revolucionaria, sino que sería posible alcanzarlo a través de una serie de negociaciones constantes en el marco institucional dado. Podríamos decir que la estrategia de la dirección de Syriza ha combinado y combina ambos elementos.

En este punto del debate, es necesario hacer una aclaración. Toda Syriza tenía como objetivo explícito avanzar hacia el socialismo, tanto el sector de Tspiras como el sector más radical. Así que es legítimo preguntarse qué ha impedido cumplir ese objetivo que se planteaba desde la correcta hipótesis de que la austeridad es consustancial al capitalismo neoliberal (esto es, al capitalismo que se desarrolla dentro de una formación social especifica). Es legítimo hacerse la pregunta a no ser que en realidad creamos que la dirección de Syriza sólo decía que el socialismo era su objetivo para “engañar a la gente”. En ese caso caeríamos en un moralismo cercano al del término “traición” y, puesto que no creemos en la utilidad de este término, nos vemos obligados a discutir lo que ha pasado con Syriza en los últimos meses en términos de “estrategia socialista”.

El primer problema al que nos enfrentamos es que “las instituciones neutrales” (o “nuestras instituciones”, como escuchamos tantas veces) dentro de las cuales Syriza ha intentado negociar los últimos meses no existen como tales. El concepto mismo de “institución”, tal y como se inserta en la ideología dominante, entendido como algo al margen de las determinaciones materiales, es un concepto construido, hipotético, que no tiene existencia real. Es un modelo teórico y en los modelos teóricos no hay posibilidades de alterar nada, pues solo hay crisis en sociedades concretas, donde están en juego fuerzas reales. Lo que existen –siguiendo, en esto, la reflexión teórica de Poulantzas- son formaciones sociales, unidades complejas con predominancia de un determinado factor sobre los otros que las componen. Así pues, el gobierno de Syriza no se ha enfrentado durante estos meses a unas “instituciones neutrales” a las que se pudiera regular o controlar mediante una serie de “propuestas” técnicamente razonables. Ha operado en una formación social específica, con sus subordinaciones y sus estructuras, con sus relaciones materiales constituidas y sobre-determinadas por su existencia en un modelo económico específico, el capitalismo neoliberal, que opera sin piedad en una lógica de beneficio privado que no atiende a razones, sólo a intereses de clase. En estas relaciones, cualquier modificación de una formación social pasa por conquistar la posibilidad de hacer “política”, por la posibilidad de generar una serie de dispositivos capaces de someter por la fuerza al elemento determinante en la formación social. Syriza ha tratado de cuadrar el círculo: reformar las instituciones sin atacar al neoliberalismo y reformar el neoliberalismo sin atacar a las instituciones que le sirven de soporte, evitando un modelo de conflicto (porque conflicto sí que ha habido, Syriza nunca ha tenido la confianza de la Troika) que llevara a la ruptura, esto es, a apostar por medidas económicas y políticas radicales, como la expropiación y puesta bajo control social de las fuentes de poder económico o la creación de espacios de poder político que fueran más allá de los aparatos de gestión estatal.

¿Había alternativas?

Por supuesto que todo lo que hemos planteado no era fácil. Se requiere la formación de un poder social fuerte, consciente, capaz de asumir la deseabilidad de tal decisión y por ende, las dificultades que esta ruptura implica. Desde luego, no vamos a afirmar aquí que toda la población griega compartía un determinado modelo de ruptura. La izquierda por desgracia tiene una tendencia a olvidar que la ruptura política en el seno de una formación social específica se puede iniciar por una vía inesperada, contingente y que, como decía Gramsci, se puede predecir la lucha, pero no su resultado final. Con esto queremos exponer tres ideas que están muy entrelazadas entre sí:

1) Que la coyuntura abierta por el “OXI” del referéndum ponía la política en primer plano, es decir, la transformación de la realidad, y, por lo tanto, la posibilidad de una bifurcación en el desenlace de los hechos.

2) Que en realidad la mayoría de la izquierda europea que ha apoyado a Syriza renuncia a la política y sólo ve como horizonte de posibilidad la gestión.

3) Que la validez de una organización política debe medirse por sus resultados en relación al objetivo planteado, no en función del mal menor.

Yanis Varoufakis cuenta en sus crónicas de por qué abandonó su cargo/1, que cuando se supo el resultado del referéndum fue emocionado al despacho de Tsipras para discutir cómo enfrentar el nuevo -y a priori favorable - escenario de negociación con la troika. Cuenta que lo que se encontró fue a un Tsipras claramente deprimido que no sabía cómo gestionar esa victoria. Nunca se creyó que el NO fuera a ser tan contundente. La convocatoria del referendum fue percibida por la dirección de Syriza como un error que introdujo un componente caótico en la hoja de ruta de las negociaciones y precipitó los acontecimientos: “había miembros del Gobierno que apostaron por el referéndum como estrategia de capitulación, no de lucha”, reconoce Varoufakis. Dentro de la estrategia de acción-negociación de Tsipras el “OXI” no era percibido como un movimiento que abriera la posibilidad de otro tipo de desenlace, sino que ayudaba a alcanzar el objetivo fijado de negociar en una relación de fuerzas más favorable.

Es en ese tipo de momentos donde se revela la capacidad de una organización política que como decía Syriza, había nacido con vocación transformadora. En el referéndum se encontraron los dos tiempos gramscianos a la vez. Por una parte, la guerra de posiciones, esa lenta acumulación de sentidos y fuerzas, esa composición de relaciones forjada a través de años de experiencias, conflictos y vivencias en apariencia inconexas pero que cobran sentido a través de la política y de la construcción de sujetos políticos. Por otra parte, la guerra de maniobras, ese momento de apertura, en donde lo aparentemente imposible se convierte en factible, a condición de que el sujeto construido previamente intervenga de forma audaz en una dirección transformadora. Sí, hablamos de un partido, de una organización o de una dirección política (un “Príncipe moderno”) capaces de aprovechar el momento. Lejos de visiones paralizantes de la política, que como mucho se plantean reflejar la voluntad popular, una política transformadora entiende que la voluntad popular no es algo estático o algo a adorar de forma fetichista, sino un campo de disputa que hay que estimular, conquistar y conformar. La voluntad popular en una coyuntura de crisis siempre combina formas de audacia y de conservadurismo: lo fundamental es apoyarse en los elementos de audacia, ejercer como dirección política en un contexto en donde esa voluntad popular se bifurca (es decir, que puede avanzar o replegarse), impidiendo que los elementos conservadores marquen el ritmo. La dirección de Syriza nunca vio el “OXI” como un elemento para forzar la ruptura. Incluso desde una lógica de negociación (pues siempre hay algo que negociar con el adversario) esta estrategia era nefasta, pues le quitaba a Syriza el mejor arma que tenía, a falta de grandes poderes materiales como puede ser el petróleo para otros países: el arma de la política, de un horizonte diferente, capaz de servir como ejemplo al resto de pueblo de Europa.

¿Y por qué en esa coyuntura, de profunda apertura de lo posible, no hubo posibilidades de desbordar a la dirección de Syriza? Porque al contrario de los sectarios de todo tipo que se creen que pueden dirigir un movimiento a base de proclamas ideológicas, la dirección de un movimiento es parte sustancial del mismo. Las clases populares se dotan de una dirección, la siguen, la respaldan, no por razones metafísicas, sino porque la han configurado ellas mismas. La autoridad de Tsipras se debe precisamente a que es parte orgánica del campo popular y de ahí su fuerza y lo trágico del asunto, como explica Manolo Monereo/2. Por desgracia, el tiempo de las experiencias se cerró bruscamente con la firma del tercer memorándum. Al contrario de otros procesos políticos más largos (y por lo tanto, con más posibilidades de un desenlace diferente) donde una dirección alternativa puede disputar la hegemonía del movimiento a la pre-existente y donde una serie de conquistas estimulan al movimiento y generan experiencias nuevas que radicalizan a las clases populares (por ejemplo, Argentina en 2001), en Grecia la coyuntura fue breve y no permitió más desarrollos.

No digamos entonces que la ruptura no solo era deseable, sino que también era (y es) posible. Pongamos el debate en su justo plano: la relación de fuerzas material no siempre se corresponde con la relación de fuerzas a nivel político. Toda revolución o transformación social se ha hecho operando sobre esa contradicción que se expresaba en Grecia de una forma muy concreta: Grecia es un país periférico dentro de esa relación de subordinaciones que es la UE, una relación objetiva que genera dependencias económicas y políticas de las que nadie se puede abstraer. La solución, sin duda es un movimiento de carácter europeo y no se puede negar que Tsipras en ese sentido tiene razón. No puede haber un cambio efectivo si no existe un movimiento a nivel europeo, si no se construye esa correlación entre la estructura objetiva (la UE) y un movimiento político que responda a esa estructura. Pero la cuestión se complica cuando vemos que ese movimiento, hoy por hoy, no existe y que las luchas contra la austeridad se desarrollan en el marco de cada estado-nación, es decir, en una estructura político-económica subordinada a otra supranacional más determinante. La paradoja a la que se enfrenta toda izquierda que alcance el gobierno en un país periférico es la pregunta por excelencia: ¿Qué hacer mientras tanto? ¿Por dónde empezar? La relación de fuerzas concreta que se generó en Grecia durante estos años, a través de las luchas, la conformación de Syriza como sujeto, la llegada al gobierno y el “OXI” no era una solución mágica, sino una herramienta para comenzar a construir esa simetría entre las relaciones estructurales y la política. Pero esa relación siempre se da en unos parámetros conflictivos: ¿Avanzar en Grecia, empezar la ruptura por el eslabón más débil, pues las circunstancias subjetivas en el interior del país permitían dar ese paso, sin tener resuelto el nivel de resolución objetiva (es decir, tener la cuestión europea resuelta) o anclarse en una espera lenta, aguantar en Grecia gestionando la austeridad pero conservando el gobierno (eso sí, sin tener el poder político), a la espera de que la cuestión europea se resuelva de alguna forma?

Está claro que la primera opción tiene sus riesgos. No se trata de plantear la ruptura como algo mágico, sin dificultades y sin sacrificios. Lo que pasa es que en ese momento especifico iniciar dicha vía permitía avanzar en la conquista del poder político, que es la relación fundamental para alterar las otras relaciones que sobredeterminan la ecuación. La segunda vía, la de la espera, la apuesta de Tspiras, ha tenido como consecuencia inmediata desperdiciar una relación de fuerzas en el interior del país sin haber avanzado en absoluto hacia la construcción de una relación de fuerzas favorable en Europa (incluso debilitándola, al transmitir la idea de que el cambio no es posible), conservando el gobierno a costa de renunciar al poder político (que en Grecia, hoy por hoy, está más en manos de la troika que nunca) y aceptando la imposición una serie de medidas económicas y políticas que, a medio plazo, debilitan la base popular del gobierno, convirtiéndolo, a pesar de que sus intenciones sean otras, en más dependiente de las instituciones europeas. No cabe duda de que ambas vías tenían sus costes, pero creemos que una permitía más márgenes que la otra.

El tema de la “ruptura” es una cuestión política, social y económica. No se trata de decretar un modelo de cómo debe llevarse a cabo. Los modelos revolucionarios “insurreccionalistas”, que fueron las hipótesis predominantes en la izquierda durante el siglo XX (huelga general revolucionaria, toma del “palacio de invierno”) no responden a las nuevas situaciones que se han planteado en Grecia. Las lecciones que deja Grecia en ese sentido son más complejas. Por una parte, hemos visto un proceso largo, de contestación social y formación de un sujeto político antagonista encarnado en Syriza, pero también con múltiples expresiones en lo social. Hemos visto también saltos, periodos de tiempo cortos y concentrados, con alteraciones bruscas en la subjetividad popular, marcados por una fuerte confrontación entre las aspiraciones de un gobierno y una serie de relaciones institucionales, estatales, que no llegan a derrumbarse. Si bien el “OXI” abría una oportunidad, no la resolvía en sí misma.

Una bifurcación abierta se resuelve en base a decisiones subjetivas, generando una interactuación entre las fuerzas sociales activas y un gobierno con vocación transformadora. Porque la cuestión del Euro, como plantean algunos sectores de la izquierda, no es la cuestión de la ruptura: puede ser, si cabe una consecuencia. Las propuestas de economistas como Toussaint de nacionalizar la banca y auditar la deuda son esenciales para generar una base de poder económico en el marco de una ruptura y son un necesario punto de partida, pero deben complementarse con una ruptura con los marcos institucionales (la cuestión de la legitimidad) que constriñen las políticas transformadoras. Aprovechar coyunturas como la generada por el referéndum del “OXI”, planteando las elecciones en clave constituyente como una continuación de la lucha y el desarrollo de una nueva arquitectura institucional (no cabe duda de que Syriza se ha enfrentado a un aparato del Estado disfuncional a las políticas que proponía), podría haber sido una vía alternativa a lo que finalmente ocurrió, es decir, al cierre (temporal) del proceso abierto y la imposición de nuevo marco “objetivo”. Si bien la política griega ha estado marcada los últimos años por la pregunta de “¿cómo romper con la austeridad?”, la aceptación de la gestión inevitable del tercer memorándum supone la imposición de una nueva pregunta: “¿cómo gestionar la austeridad?”, considerada como inevitable. Hay, en ese sentido, un retroceso importante y la victoria electoral de Syriza cabalga sobre esa dura derrota en el plano de la disputa hegemónica.

El fracaso de Unidad Popular y el surgimiento de una nueva Syriza

Después de estas elecciones, los dos únicos actores que se oponen a la gestión de la austeridad con representación parlamentaria son el estalinista y sectario KKE (cuya linea política se ha basado en la tesis de la profecía autocumplida, es decir, en pronosticar el fracaso de Syriza sin hacer nada por evitarlo) y el monstruo fascista Amanecer dorado. Unidad Popular, anteriormente el ala izquierda de Syriza, obtuvo un mal resultado sin llegar al 3% mínimo para entrar en el parlamento. No cabe duda de que queda en una situación difícil. Una cosa es decir que las transformaciones sociales no se hacen (sólo) desde los parlamentos y otra es no reconocer que el no tener representación parlamentaria dificulta mucho la relación con amplias capas del pueblo, pues nos gusten o no los efectos de la “representación”, sus efectos son reales. Esta va a ser una de las principales dificultades a las que se va a enfrentar la izquierda radical (entendida como aquella que no acepta el marco austeritario y asume la ruptura como una solución para romper con él), junto con otra dificultad que ya ha tenido repercusiones en su resultado electoral: el construir un proyecto radical en tiempos de reflujo de la lucha social y de derrota política.

Hay cierta moda en la izquierda española que tilda a todo proyecto minoritario en un momento determinado de “marginal”. Que nadie lo interprete como una crítica velada a Podemos y a sus tesis laclaunianas, pues en este caso, los dirigentes de Podemos siempre han planteado la cuestión de forma clara: su objetivo fundamental es convertirse en mayoría electoral y ese objetivo determina su estrategia política. En nuestra opinión, la discusión tiene que plantearse en otros términos: hay que construir una mayoría social con unos objetivos políticos contra-hegemónicos: cuestionar la deuda, poner bajo control los recursos económicos fundamentales, construir una democracia que se extienda a todos los rincones de la sociedad, etc. A veces, tras una derrota, para avanzar en dirección a este objetivo, es necesario resistir: no siempre el ambiente social es favorable para este proyecto y la organización de una minoría que quiere dejar de serlo, pero con unos objetivos transformadores, también es necesaria para posteriormente avanzar. Ciertas incomprensiones de la autonomía de las dinámicas sociales, de sus flujos y de sus reflujos, del hecho de que no vienen configuradas por ningún partido, acaban convirtiendo el concepto de “ganar” en un fetiche vacío, en la búsqueda de una fórmula mágica que permita encontrar el dorado. La política acaba reducida así a un juego de roles, en el que las dinámicas sociales reales no importan y lo único que cuenta es la habilidad de sus participantes.

Sin embargo, la cuestión de cómo resistir en un momento de reflujo, de cómo configurar esa minoría temporal que aspira a dejar de serlo, es fundamental. En el caso griego, para esa reconstrucción del proyecto radical en un plazo de tiempo corto-medio, entrar en el parlamento era un cuestión de vital importancia. Entre estar o no, hay mucha diferencia. Y ahí algunos errores de Unidad Popular han podido ser determinantes. La primera puede tener que ver con presentar un candidato de “aparato” como Lafazanis, que despierta más antipatías que simpatías en el movimiento social, en vez de un personaje más transversal como Zoe, ex-presidenta del parlamento griego. También ha influido la identificación de Unidad Popular como un simple partido anti-euro, sin perspectiva europea, en un contexto donde una gran parte del pueblo griego es consciente de que en el marco estatal no hay demasiadas soluciones. Por último, su modelo de “frente patriótico y de izquierdas” no responde demasiado a las nuevas configuraciones políticas que demanda la ciudadanía europea, como por ejemplo el primer Podemos, partidos-movimientos abiertos, permeables, participativos y asamblearios, que huyan de encorsetamientos identitarios. Es cierto que los tiempos marcados por las elecciones eran cortos y que materializar ese modelo era imposible, pero su prefiguración era imprescindible para conectar con sectores más amplios. Por desgracia, no ha sido así, y la izquierda radical griega se enfrenta al reto de su reconstrucción en unas circunstancias muy desfavorables.

Porque nos guste o no, Syriza ya no existe como tal. Para empezar, por la salida de su ala izquierda, que era un elemento instituyente del partido. Syriza se formó como una coalición entre la izquierda radical que había sobrevivido a los 90 y Synapsismos, los herederos del Partido Comunista del Interior (Eurocomunista). Durante el último periodo, al calor de la lucha de clases y de los dilemas estratégicos, se habían producido re-alineamientos internos que no se correspondían necesariamente con esas formaciones iniciales que conformaron la coalición. Ahora, todo el sector radical, que no formaba parte de ellos, con cuadros y caras públicas -como Zoe, Kouvelakis, Lapavitsas o Manolis Glezos- está fuera del partido. Miles de militantes de base y decenas de agrupaciones han abandonado Syriza; y un partido no es sólo una marca, sino también las personas e ideas que lo componen. Muchos cuadros provenientes del Pasok (no necesariamente los más radicales) ocupan ahora los puestos clave en Syriza, lo que explica también el declive de este partido.

La maniobra de Tspiras de no discutir en un congreso el cambio de orientación de Syriza tuvo como consecuencia la salida del ala radical (que era el objetivo de Tspiras) a costa de destruir a la misma Syriza como espacio de deliberación colectiva, como organización política viva, debilitando sus lazos orgánicos (es decir, más allá de la relación electoral) con las clases populares y liquidando así un flanco que permitía contrapesar la tendencia de todo partido gobernante a la integración en los aparatos estatales. La Syriza actual será cada vez más rehén de la troika y de las viejas estructuras clientelares que aún dominan el Estado y la sociedad civil griega, con un movimiento social agotado por la derrota política que supone la aceptación del tercer memorándum. Aunque tampoco estará libre de contradicciones; un sector pequeño del partido (el llamado “grupo de los 53”) sigue teniendo dudas sobre la gestión de la austeridad, aunque también es cierto que este sector tiene una tendencia a decir una cosa y hacer la contraria, como por ejemplo el ministro de Finanzas “marxista” Tsakalotos, el sustituto de Varoufakis. Por otro lado, la base social que apoya a Syriza es la base social que sufre la austeridad y todavía está por ver cuáles van a ser las reacciones a sus efectos durante estos primeros meses.

Que en Grecia sólo hayamos perdido una batalla y no la guerra aun está por determinarse. Para ello, es necesario aprender, discutir, sacar lecciones y evitar cometer los mismos errores, sin creer que ya tenemos una hipótesis estratégica cerrada. Nos toca evitar que la historia se convierta en el mito de Sísifo, ser capaces de empezar “por el medio”, para que mañana no nos vuelvan a decir que “todo fue una utopía”.

* Brais Fernández es militante de Anticapitalistas y miembro del secretariado de redacción de Viento Sur.

Notas

1/ http://yanisvaroufakis.eu/2015/08/03/9698/

2/ http://www.cuartopoder.es/cartaalamauta/2015/09/21/tsipras-la-normalizacion/133

24/09/2015



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