Grabar en formato PDF
Reino Unido
La revolución siria y la crisis del movimiento antiguerra
20/09/2015 | Mark Boothroyd

El estallido de la Primavera árabe en 2010-2011 será recordado como uno de los periodos clave de comienzos de este siglo. A lo largo y ancho del mundo árabe se desarrollaron movimientos de protesta simultáneos que reclamaban libertad, democracia y justicia social, y que desembocaron en verdaderas revoluciones en Túnez, Libia, Egipto y Siria. El derrocamiento de dictaduras, no de una sino de varias décadas de antigüedad, mediante la movilización de decenas de millones de personas fue un acontecimiento histórico increíble que infundió esperanza a tantos y tantas que luchan por la libertad humana en todo el mundo.

La Primavera árabe echó por tierra todo el orden establecido en Oriente Medio. Desconcertó a EE UU, Rusia e Israel cuando el movimiento popular derribó o sometió a grandes presiones a sus respectivos dictadores predilectos. Ofreció una perspectiva esperanzadora a millones de personas que vieron una posibilidad real de poner fin a la tiranía en todo el mundo árabe. Y también desorientó al movimiento antiguerra, creado en un periodo anterior en que el principal motor de los acontecimientos era la agresión de EE UU y el Reino Unido y no la revolucióbn popular. Las principales organizaciones y activistas responsables de movilizar a millones de personas contra la guerra y en solidaridad con las víctimas del imperialismo en Oriente Medio se mantuvieron inactivas durante aquellos acontecimientos trascendentales.

Intervención occidental

Si bien al principio, cuando derribaron a dictadores sostenidos por EE UU como Ben Ali en Túnez y Mubarak en Egipto, la dirección de “Stop the War Coalition” (Coalición No a la guerra) apoyó las revueltas árabes, cuando éstas se extendieron a la Libia de Gadafi y la Siria de Asad –adversarios de Occidente en la Guerra Fría–, el apoyo entusiasta empezó a enfriarse. Un sector de activistas del movimiento consideraban que estos países se oponían al imperialismo y que sus llamados regímenes “antimperialistas” formaban parte de un “eje de resistencia” que los hacían merecedores de apoyo a pesar de su brutalidad. Esto sucedió pese al hecho de que todas las dictaduras de la región colaboraban con el imperialismo occidental; el régimen de Asad torturó a prisioneros para la CIA durante la presidencia de Bush, mientras que el régimen de Gadafi construyó, en asociación con la UE, campos de detención en Libia para detener a migrantes e impedir que cruzaran el Mediterráneo para llegar a Europa.

La revuelta desbarató inicialmente los planes de las potencias imperialistas occidentales; EE UU seguía sosteniendo a Mubarak cuando millones de personas se manifestaban en las calles exigiendo su caída; el gobierno francés estaba dividido con respecto a la manera de tratar a Ben Ali, mientras la entonces secretaria de Estado Hilary Clinton dio luz verde a la feroz represión en Bahréin para sofocar la rebelión. Finalmente se repusieron y trataron de cabalgar la ola revolucionaria, aprovechando la confusión creada por las revueltas. El primer objetivo de intervención fue Libia. Stop The War convocó manifestaciones contra la intervención occidental, lamentablemente junto con figuras favorables al régimen que apoyaban la represión contra los rebeldes. Estas manifestaciones no tuvieron efecto y EE UU, el Reino Unido y Francia bombardearon Libia, inutilizando la fuerza aérea de Gadafi, y suministraron armas a los rebeldes. Los revolucionarios libios resistieron los ataques de las fuerzas armadas de Gadafi en Misrata y Bengasi, organizaron un levantamiento en la capital y se hicieron con el control del país a finales de agosto de 2011. Gadafi fue capturado y ejecutado en octubre de ese mismo año.

En respuesta a esta acción, los gobiernos ruso e iraní reforzaron la financiación y el suministro de armas al régimen sirio para asegurar que no sufriera la misma suerte. La revuelta contra el régimen de Asad se halla ahora en su quinto año, un conflicto que ya ha costado más de 330 000 muertos y más de un millón de heridos; 215 000 personas permanecen encerradas en cárceles del régimen, 200 000 están desaparecidas y entre 650 000 y un millón se encuentran amenazadas de muerte por hambre en ciudades sitiadas por fuerzas del régimen. Los bombardeos de civiles por el régimen son un hecho cotidiano; 4,5 millones de sirios son refugiados, mientras que 8 millones, casi la mitad de la población restante, se hallan desplazados de sus hogares.

En todo este periodo no ha habido ninguna intervención directa occidental en Siria en contra de Asad. Las potencias occidentales no han lanzado bombas sobre Siria hasta mediados de 2014, el cuarto año de la revolución, y estas iban destinadas al Estado Islámico, no a las fuerzas del régimen. La fuerza aérea de la coalición no ha dejado caer ni una sola bomba sobre instalaciones militares del régimen. Pese a todas las proclamas y advertencias, la ayuda occidental a los rebeldes ha sido muy limitada. Hasta mediados de 2013, el Ejército Libre sirio solo había recibido 12 millones de dólares de los 60 millones prometidos por EE UU. La ayuda que ha recibido ha sido de carácter no letal, consistente en alimentos, medicamentos y vehículos. A partir de 2012, la CIA participa en el control de los envíos de armas a Siria; su función consiste en impedir que los rebeldes reciban los misiles antiaéreos y el armamento pesado que les permitiría neutralizar la fuerza aérea de Asad y acelerar la caída del régimen.

Cuando EE UU decidió finalmente comenzar a armar y entrenar a los rebeldes en 2014, sometió la ayuda a un control estricto rayano en el ridículo. En cambio, el régimen tiene contratos de suministro de armas por valor de 3 500 millones de dólares con Rusia y recibe préstamos para pagarlos. Dado que la industria armamentística siria es demasiado pequeña para sostener un conflicto prolongado, la intervención imperialista que ha mantenido vivo el conflicto hasta el día de hoy es la de Rusia.

Antimperialismo selectivo

Las revoluciones árabes mostraron que, para muchos miembros del movimiento antiguerra, la oposición a la intervención imperialista se ciñe exclusivamente a la que pueda protagoniozar el Reino Unido, EE UU, la Unión Europea y sus aliados. No ha habido oposición a las acciones imperialistas del gobierno ruso ni al apoyo crucial prestado por el gobierno iraní al régimen de Asad. Esta postura la ha defendido el portavoz nacional de Stop the War, John Rees, con el argumento de que “el enemigo principal está en casa” y de que la potencia imperial estadounidense sigue siendo el factor determinante en Oriente Medio. Como organización con base en el Reino Unido, la función de Stop the War debía consistir en oponerse a las acciones imperialistas del gobierno británico.

Demasiados líderes del movimiento antiguerra británico han optado por contemplar todas esas revoluciones a través del prisma de su relación con el Reino Unido y EE UU y sus intenciones. Este enfoque dejó de lado al pueblo sirio oprimido que había emprendido el combate contra el régimen y no atribuyó responsabilidad alguna al papel desempeñado por potencias imperialistas como Rusia en el sostenimiento de la dictadura. Sirvió para tapar la compleja realidad del sistema mundial multipolar, dividido entre potencias imperialistas que compiten entre sí y donde no existe ninguna potencia dominante que determine en gran medida el devenir de los acontecimientos. En vez de analizar la relación de fuerzas actual entre potencias regionales y globales, que se vio alterada por la Primavera árabe, el enfoque del movimiento antiguerra obedece a un marco de relaciones de la Guerra Fría, adecuado para justifvicar prejuicios izquierdistas y alianzas nacionales forjadas durante la oposición a la “guerra contra el terrorismo” y la guerra de Irak.

Quedaron marginadas muchas voces sirias y árabes favorables a la revolución, mientras que defensores declarados del régimen de Asad, como George Galloway, han desempeñado un papel crucial en la elaboración y propagación de la postura de Stop the War. Las aportaciones de defensores de la revolución, como la del marxista sirio Yasin al Haj Saleh, el activista sirio de derechos humanos Razan Zaituneh o el intelectual palestino y ex diputado de la Knesset Azmi Bishara fueron desechadas. Mientras, en toda Siria, la gente organizaba manifestaciones semanales cada viernes pidiendo solidaridad y apoyo a su lucha. Aquellos cientos de miles de voces cayeron en saco roto. Todas las semanas, decenas de miles de activistas sirios elegían en votaciones en línea la consigna principal de las manifestaciones de los viernes. Algunas pedían la intervención, otras reclamaban armas, y muchas simplemente solicitaban ayuda y que se informara sobre su lucha. La lista de consignas sucesivas permite apreciar la desilusión que se apoderó de los manifestantes al ver que sus llamamientos a la solidaridad no obtenían respuesta:

20: 20 de julio de 2011 – “Vuestrto silencio nos mata”

26: 9 de septiembre de 2011 – “Protección internacional”

38: 12 de diciembre de 2011 – “La zona tampón es nuestra demanda”

51: 2 de marzo de 2012 – “Armas para el Ejército Libre”

53: 16 de marzo de 2012 – “Intervención militar inmediata”

67: 22 de junio de 2012 – “Los gobiernos no nos hacen caso, ¿dónde está la gente?”

74: 10 de agosto de 2012 – “Dadnos armas antiaéreas”

82: 5 de octubre de 2012 – “Queremos armas, no declaraciones”

91: 7 de diciembre de 2012 – “No queremos fuerzas de mantenimiento de la paz en Siria”

99: 1 de febrero de 2013 – “La comunidad internacional coopera con Asad en sus masacres”

128: 23 de agosto de 2013 – “El terrorista Bashar mata a civiles con armas químicas mientras el mundo mira”

131: September 13, 2013 – “El asesino está bajo protección de la comunidad internacional”

146: 27 de diciembre de 2013 – “Barriles de la muerte con licencia internacional”

206: 20 de febrero de 2015 – “El mundo nos ha fallado, Dios nos dé la victoria”

Cuando la realidad de la revolución siria no encajaba en los marcos y las alianzas dominantes del movimiento antiguerra británico, sus demandas eran puestas en sordina. Se elaboró una narrativa según la cual el deseo de los gobiernos de EE UU y del Reino Unido de derribar a Asad representaba la principal amenaza para Siria, culpabilizando de paso de los revolucionarios sirios de un crimen político por asociación.

Las votaciones de 2013: la pista falsa de Obama

Un punto de inflexión decisivo en la lucha siria fueron las votaciones en contra de la intervención en el parlamento británico y el Congreso de EE UU en agosto y septiembre de 2013. Se trataba de decidir si intervenir militarmente o no después de que el régimen masacrara más de 1 400 personas con gas sarín en los suburbios de Damasco y en el este de Guta en la noche del 21 de agosto. El uso de armas químicas por parte del régimen era por lo visto la “línea roja” de Obama que justificaba la intervenciòn. Para allanar el camino a la intervención, el primer ministro británico, David Cameron, pidió el voto del parlamento, pero perdió por los pelos. En vez de intervenir inmediatamente, el gobierno de Obama sometió la decisión al Congreso, que también votó en contra y no hubo intervención.

En su lugar, y por recomendación de Rusia (y, como se admitió más tarde, de Israel), se firmó un acuerdo con el régimen de Asad, por el que este se comprometía a entregar sus armas químicas a cambio de que no hubiera ninguna intervención militar. Esta decisión fue aplaudida como una gran victoria por el movimiento antiguerra. Stop the War se vanaglorió de hacer evitado los bombardeos sobre Siria, afirmando que el fuerte sentimiento antibélico fue un factor importante en la decisión de los diputados de votar en contra de la intervención. Esta solo era una parte de la verdad, ya que apenas dos años antes, los mismos diputados habían votado a favor de autorizar incursiones militares en Libia, muy a pesar del fuerte sentimiento antibélico. La idea de que los Estados imperialistas vayan a desechar o alterar importantes decisiones geopolíticas como una intervención militar basándose únicamente en la opinión pública no merece crédito.

Apenas se menciona la respuesta del gobierno francés al ataque químico sobre Guta, aunque es instructiva. Tras la masacre de dicha ciudad, los estados mayores de los ejércitos de Francia y EE UU comenzaron a elaborar planes de incursiones coordinadas contra objetivos militares del régimen. A pesar del voto en contra del parlamento británico, el 30 de agosto el gobierno francés ordenó a sus aviones de guerra que se prepararan para bombardear objetivos del régimen sirio. Los aviones estuvieron esperando a que atacaran los estadounidenses, cuando Obama se puso en contacto personalmente con el presidente Hollande para informarle de que no iba a atacar sin la aprobación del Congreso. El gobierno francés decidió no intervenir sin el apoyo de EE UU.

Supeditar el derrocamiento de un gobierno a un voto no es el procedimiento habitual de las potencias imperialistas siempre prestas a guerrear. Los activistas sirios sobre el terreno eran muy conscientes de lo que esto significaba. Qusai Zakarya, portavoz de Moadamiyah, uno de los suburbios de Damasco que sufrieron el ataque con gas sarín, explicó: “Me sentí tan decepcionado… Tengo memoria suficiente para saber que cuando un presidente de EE UU quiere intervenir militarmente, lo hace sin consultar a nadie. Lo vimos en Irak, lo vimos en Afganistán, lo vimos en Somalia, lo hemos visto en todo el mundo.” Dos años después se ha sabido que 20 pilotos británicos realizaron misiones en Siria con aviones de la fuerza aérea estadounidense. El hecho de que el gobierno estaba dispuesto a que pilotos británicos combardearan Siria clandestinamente demuestra su disposición a desobedecer al parlamento cuando lo cree necesario. Existen profundas raíces imperiales, y no solo una opinión pública, que determinan la intervención militar, o su ausencia, en la región.

Ciertos sectores de la clase dominante de EE UU y del Reino Unido tenían buenas razones para pensar que la mayor amenaza para sus intereses en Siria no era el régimen de Asad, sino la revolución popular. Tras las votaciones en el parlamento y el Congreso, se ha evitado sistemáticamente cualquier iniciativa susceptible de acelerar la caída de Asad y facilitar la toma del poder por el movimiento popular, con un coste muy alto para el pueblo sirio. Nosotros no deberíamos apoyar una intervención de EE UU o del Reino Unido en Siria, pero hemos de reconocer la trágica ironía de que lo que se ha aplaudido como una victoria por parte del movimiento antiguerra no ha sido más que una victoria para el régimen de Asad. Este último había desafiado la “línea roja” de Obama matando a más de 1 400 personas y contaba con el visto bueno para seguir matando con armas convencionales. Su régimen hizo exactamente eso, sometiendo a Alepo a una campaña de bombardeos diarios que costaron la vida de más de 2 500 personas, desplazaron a cientos de miles y convirtieron la parte de la urbe en poder de los rebeldes en una ciudad fantasma.

Esta ha sido la estrategia imperialista de EE UU y del Reino Unido en Siria: dejar que el país se desangre privando a la revuelta popular de las armas y del apoyo que necesita para vencer, esperando que la fatiga y la devastación causadas por las sanguinarias fuerzas represivas fuerce a la población rebelde a aceptar un acuerdo político que preserve el aparato de Estado del régimen.

Incoherencia

El movimiento antiguerra ni siquiera ha sido coherente en su oposición a la intervención imperialista. La única actividad de envergadura organizada por Stop the War en relación con Siria fue la manifestación de agosto de 2013 con el lema de “Fuera las manos de Siria”. Como escribe la periodista sirio-británica Salwa Amor: “Si llevas pancartas que dicen ‘No a la intervención y fuera las manos de Siria’, los sirios interpretan que estás del lado de Rusia”, cuando los sirios se enfrentan a una dictadura respaldada por la intervención imperial de Rusia. Al mismo tiempo, el movimiento ha mantenido en gran medida silencio y ha organizado pocas manifestaciones públicas contra los bombardeos en curso de Siria por la coalición liderada por EE UU contra el Estado Islámico (EI). Estos bombardeos, oficialmente destinados a ayudar a las Unidades de Protección Popular kurdas (YPG) contra el EI, también han ayudado al régimen. La coalición ha lanzado bombas sobre la ciudad de Deir Ezur y sus alrededores, donde solo hay fuerzas del EI y del régimen en la línea del frente. La colaboración abierta que esto demuestra entre el régimen y la coalición no ha merecido ni una sola mención por parte de Stop the War.

Ni siquiera hubo protestas alguna cuando los bombardeos de la coalición mataron a civiles y apuntaron a campamentos de personas internamente desplazadas. El 11 de agosto, la coalición liderada por EE UU bombardeó el campo de refugiados Atmeh, en la provincia de Idlib, a fin de destruir una fábrica de armas de la facción Jaysh al Suna, adherida al Ejército Libre de Siria. En ese bombardeo murieron 25 civiles, incluidas cinco chicas pertenecientes a la misma familia. Esta fue una de las docenas de incursiones aéreas llevadas a cabo el año pasado contra grupos rebeldes sirios, mientras que en más de un año de bombardeos la coalición no ha atacado ninguna instalación militar del régimen. Ninguno de esos bombardeos ha sido objeto de protestas por parte del movimiento antiguerra.

Otra incoherencia es el trato deferenciado dado por el grueso del movimiento antiguerra a Arabia Saudí y a Irán. Stop the War ha criticado con razón los bombardeos en Yemen por parte de la fuerza aérea saudí, pero esto plantea la cuestión de por qué su dirección no puede criticar la intervención iraní en Siria. La implicación del gobierno iraní en Siria está bien documentada, concretándose en forma de concesión de una enorme ayuda económica mediante préstamos, petróleo y bienes de equipo, y de ayuda militar con el envío a Siria de nada menos que 6 000 soldados del Cuerpo de Guardianes de la Revolución y asesores militares. Junto con estas tropas, el dinero del gobierno iraní y la formación llevada a cabo han permitido crear la Fuerza de Defensa Nacional, una milicia lealista de 150 000 soldados. Los préstamos del gobierno iraní también cubren el coste de miles de mercenarios afganos venidos a reforzar al régimen. Muchos de estos afganos son refugiados y emigrantes pobres que fueron reclutados con promesas de adquirir la ciudadanía y de percibir un salario regular y enviados directamente a primera línea del frente.

Parece que la justificación es de tipo geopolítico: se considera que Arabia Saudí es aliada de EE UU y del Reino Unido, mientras que Irán no lo es. Para quienes sufren por culpa de esta intervención iraní en Siria, esta distinción no significa nada. Es más, las alianzas entre potencias imperiales y dictaduras clientes cambian (y de hecho están cambiando actualmente). Mientras tanto, el enfoque del grueso del movimiento antiguerra británico apesta a hipocresía y socava los principios de oposición a los planes imperiales y coloniales que debería profesar.

Islamofobia

Hay otra cuestión trágica más. Uno de los principales logros del movimiento antiguerra durante la oposición a la “guerra contra el terrorismo” fue que dicha oposición se articulara junto con la comunidad musulmana y en el seno de la misma, defendiéndola frente al racismo y ofreciendo una salida organizada a la juventud musulmana británica furiosa y alienada que deseaba actuar contra las graves injusticias que contemplaban en el extranjero y sufrían en casa. Esta salida no se ha dado en el caso de Siria. La postura del grueso del movimiento antiguerra ha dejado al margen a gran parte de la comunidad musulmana, que está activamente implicada en el apoyo a la revolución siria y a la población civil afectada por la guerra.

Mientras que la mayoría de la gente en el Reino Unido apenas recibía información ocasional sobre las atrocidades del régimen de Asad, entre las comunidades musulmanas y la matanza no ha habido ningún filtro: ya sea por la noche a través de Al Yasira, ya a través de Youtube o de los sermones en las mezquitas, muchos musulmanes ha podido conocer numerosos detalles y miles se han sentido impulsados a actuar. Un buen número de musulmanes británicos han dedicado sus energías a labores de alivio humanitario lideradas por su comunidad y por las mezquitas, realizando colectas y enviando cargamentos de ayuda. Esos esfuerzos han sido enormes, pues se han recaudado millones de libras esterlinas cada año y se han enviado hasta una docena de convoyes al año a Siria desde el Reino Unido, con ambulancias, alimentos, suministros médicos y ropa.

Cuando la situación se deterioró y empezó a correr mucha sangre en Siria, y en ausencia de un movimiento político de masas en el que verter sus energías, otros musulmanes británicos se sumaron a la lucha armada. Muchos sentían íntimamente el deber de soluidaridad islámica con los sirios y no podían hacer caso omiso de las atrocidades sectarias de que se enteraban día a día a través de las redes sociales. Al principio hubo muchos que se unieron al Ejército Libre sirio o a brigadas islámicas, pero con el ascenso del Estado Islámico, su propaganda dirigida a los musulmanes de Occidente y su ideología yihadista internacional, que ofrecía una justificación a los voluntarios, numerosos musulmanes alienados se decantaron por el EI. Un fenómeno que ya se vio antes en Irak y Afganistán: los “yihadistas extranjeros” pasaron a ser una cuestión global en relación con Siria.

La ausencia de la mayoría de activistas del movimiento antiguerra en las campañas de solidaridad con la revolución siria hizo que no pudieran formular el argumento más claro con respecto al EI: que su ascenso se debió a la devastadora y bárbara represión gubernamental ejercida contra la revolución popular y el aislamiento y abandono del pueblo sirio por los gobiernos del mundo. En un artículo de Stop the War contra el bombardeo de Siria e Irak para resolver el problema del EI no se mencionó para nada la violencia del régimen de Asad, el incesante bombardeo de ciudades y pueblos en que murieron decenas de miles de personas y obligaron a millones de sirios a huir y buscar refugio, destruyendo la capacidad de la oposición para gobernar y creando las condiciones de pobreza desesperada, caos y opresión, en la que ha crecido el EI.

Este error también puede apreciarse en la manera en que Stop the War ha escrito sobre la crisis de los refugiados sirios, diciendo únicamente que estos últimos huyen de la guerra civil, pero sin mencionar el papel de Asad o de su régimen en la matanza que ya dura cinco años. Trágicamente, esta retórica ha alimentado el discurso racista sobre lo que está ocurriendo en Siria. Al no mencionar a la oposición civil, al no condenar a Asad y al tachar a los rebeldes de yihadistas apoyados por Occidente, apenas se ha puesto en tela de juicio la narrativa dominante de que la revolución Siria se había convertido en una guerra sectaria entre un gobierno “secular” y extremistas “apoyados por Occidente”, en vez de tratarse de una lucha revolucionaria que se militarizó frente a la bárbara represión y que sigue combatiendo hasta hoy mismo a pesar de todas las fuerzas que se han desplegado contra ella.

A título de ejemplo citaré un párrafo de un artículo publicado en el sitio web de Stop the War en abril de 2014: “Siria también es bastante desconcertante. Nos dijeron y nos dicen que grupos terroristas radicales islámicos suponen una gravísima amenaza para nuestra paz, nuestra seguridad y nuestra ‘manera de vivir’ en Occidente. Que hay que destruir a Al Qaeda y otros grupos por el estilo, que necesitamos lanzar contra ellos una guerra sin cuartel. Sin embargo, en Siria nuestros dirigentes han estado colaborando con esos grupos en su guerra contra un gobierno laico que respeta los derechos de las minorías religiosas, incluida la cristiana. Cuando explotan las bombas de Al Qaeda y sus filiales en Siria y mueren inocentes, no se escucha ninguna condena por parte de nuestros líderes: su única condena ha sido para el gobierno laico sirio que combate contra los islamistas radicales y al que nuestros dirigentes y comentaristas mediáticos de élite desean derribar.”

Es alarmante que unos activistas puedan organizar conferencias en contra de la islamofobia pero no vean ninguna contradicción en el hecho de que escritos como este figuren en sus pagínas web. Atribuir a todos los sirios que resisten al régimen al bando de “Al Qaeda o sus filiales” o a grupos “islamistas radicales” es hacerse eco del racismo antimusulmán que propalan tan a menudo los defensores de la “guerra contra el terrorismo”. Presupone que cualquier organización musulmana o islámica que toma las armas contra la opresión o la dictadura es “Al Qaeda” y terrorista. Decenas de miles de activistas del Reino Unido confían en Stop the War en todo lo que tiene que ver con la guerra y el imperialismo. Artículos como el citado han influido decisivamente en su manera de ver lo que está ocurriendo en Siria. Cuando ni siquiera la mayor organización antiguerra se ha solidarizado con los sirios y propaga de hecho esa narrativa racista sobre su revolución, ¿es de extrañar que hasta hace poco la opinión pública se haya manifestado tan mezquinamente contra los refugiados sirios y la revolución siria? Unos sondeos de opinión publicados este mismo año muestran que el 48 % de la gente encuestada consideran que habría que rechazar a los refugiados. Manifestaciones como la prevista para este sábado muestran una prometedora tendencia en sentido contrario, pero está claro que el gobierno busca maneras de desviar este estado de ánimo y convertirlo en apoyo a acciones militares contra los “yihadistas”.

Solidaridad internacional y antiimperialismo

Se podría haber tomado otro rumbo. El movimiento antiguerra podría haber respondido a los levantamientos de 2011 yendo más allá de una campaña estrecha de miras y selectivamente contraria a la intervención con el fin de organizar la solidaridad internacional con los nuevos movimientos revolucionarios de Oriente Medio. Organizaciones como Stop the War podrían haber contado con sus numerosos grupos activos en todo el Reino Unido para organizar manifestaciones de solidaridad con la Primavera árabe y para invitar a revolucionarios tunecinos, egipcios, libios y sirios a hablar el las universidades y en los barrios y pueblos. La comunidad siria favorable a la revolución se manifestó cada semana en Londres durante los primeros tres años de la revuelta, antes de que el cansancio y la decepción se apoderaran de ella. El movimiento antiguerra más amplio podría haber puesto a su disposición a sus activistas y sus redes para ayudarle en su esfuerzo y apoyado la recaudación de fondos y de ayuda para Siria. Con manifestaciones de solidaridad y campañas de sensibilización se podría haber puesto en tela de juicio la narrativa dominante sobre la revolución y movilizado el apoyo tan necesario para la oposición civil democrática que preconizaba la resistencia no violenta al régimen.

Hay quien ha llevado a cabo una labor ejemplar de solidaridad; así, el doctor David Nutt ha viajado numerosas veces a Alepo para realizar intervenciones quirúrgicas de urgencia a los heridos. Alan Henning, taxista de Salford, se unió a colegas musulmanes para conducir camiones de ayuda a Siria, hasta que fue trágicamente asesinado por el EI por su acción solidaria. Cientos de personas, musulmanas y no musulmanas, han viajado a Siria para prestar ayuda voluntaria, conduciendo ambulancias, repartiendo materiales, dando clases en campos de refugiados o montando clínicas para los heridos. Todo esto tuvo lugar al margen del movimiento antiguerra y sin el menor apoyo de sus organizaciones. La colaboración con estos esfuerzos habría atraído a toda una nueva generaciones de activistas a las filas del movimiento antiguerra. Jóvenes inspirados por la Primavera árabe, y en particular jóvenes musulmanes radicalizados al calor de las revoluciones y los movimientos de masas tendrían una clara alternativa progresista al terrorismo nihilista de los movimientos armados de resistencia islámicos.

La combinación de la solidaridad internacional con una política antimperialista coherente y de principios podría haber reconstruido el movimiento antiguerra de otra manera, con una nueva generación de activistas capaces de llevar adelante la lucha internacional por la libertad y contra la guerra y la opresión en todas sus formas. En vez de ello, el movimiento antiguerra se puso de perfil. Esta postura tendrá consecuencias durante años, tanto en el Reino Unuido como en Oriente Medio. El abandono de los sirios y el consiguiente ascenso del EI han creado el perfecto chivo expiatorio para nuevos ataques a las libertades civiles y revitalizado el racismo antimusulmán. Han destruido la oposición política a la intervención entre el público en general, ya que ahora el 60 % de los encuestados apoyan los ataques aéreos contra el EI en Siria e Irak.

El legado de la guerra perdurará durante décadas. Hay millones de niños sirios que viven en campos de refugiados, que han perdido años de escolarización cruciales y han tenido que sufrir terribles condiciones de pobreza y violencia sectaria. Han crecido viendo cómo su país estaba siendo destruido mientras el mundo guardaba silencio. Se ha llenado un pozo muy hondo de amargura que tardará muchas décadas en secarse, y que mientras tanto será una fuente propicia de reclutas para movimientos reaccionarios violentos. El daño ha sido causado por lo que ha dicho y hecho Stop the War durante más de cuatro años de guerra brutal en Siria. La comunidad siria se manifestó en el acto anual de Stop the War en 2013, reclamando que el movimiento protestara contra la violencia de Asad y apoyara la revolución. Sin embargo, la política de Stop the War no ha cambiado. Todavía celebra mítines contra los bombardeos en Siria sin que haya ningún sirio en la tarima ni se haga ninguna mención de la violencia del régimen.

Quienes intervienen activamente en el movimiento antiguerra o se consideran simpatizantes del mismo deben hacer todo lo posible por cambiar esta práctica. Si no pueden cambiar la coalición Stop the War, han de cambiar su propia práctica y crear nuevos movimientos de solidaridad internacional, de modo que ningún pueblo se vea abandonado como ha ocurrido con el pueblo sirio en los últimos cuatro años y medio.

10/09/2015

http://rs21.org.uk/2015/09/10/the-sirio-revolution-and-the-crisis-of-the-anti-war-movement/

Mark Boothroyd es miembro fundador del Movimiento de Solidaridad con Siria en el Reino Unido.

Traducción: VIENTO SUR



Facebook Twitter RSS

vientosur.info | Diseño y desarrollo en Spip por Freepress S. Coop. Mad.
 
Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual Los contenidos de texto, audio e imagen de esta web están bajo una licencia de Creative Commons