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Elecciones 27S
La izquierda y la cuestión nacional en Catalunya
19/09/2015 | Artur Domingo i Barnils

Hay diversas interpretaciones —e intenciones— sobre las próximas elecciones catalanas del 27 de septiembre. Para unos se trata de un plebiscito para afirmar si hay una mayoría en favor de la independencia de Catalunya o no la hay, dejando ahora aparte si esa mayoría se debería computar en escaños o en número total de votos. El Partido Popular pretendía inicialmente reducirlas a unas “simples elecciones autonómicas”, aunque su actitud y comportamiento lo desmiente a sí mismo cada día que pasa. También, para el mismo PP, junto con el PSOE/PSC y Ciudadanos, se trata de impedir la independencia a toda costa e incluso la posibilidad de un referéndum para votar la opción preferida de las y los catalanes. Para otros el tema central parece ser desbancar a Artur Mas de la presidencia de la Generalitat, quizás como paso previo para una supuesta futura victoria sobre Rajoy. Sin embargo en lo que todos están de acuerdo es en la extraordinaria importancia que tendrá su resultado para el futuro de Catalunya y del conjunto de España.

En realidad, el elemento central y más evidente de estas elecciones es que se plantea un pulso al Estado, para poder ejercer ese derecho, por parte de las fuerzas independentistas y favorables a la autodeterminación de Catalunya. Un desafío más claro y firme que los anteriores. Porque en esta ocasión lo que se juega no es un derecho a decidir nominativo y ambiguo, a muy largo plazo y supeditado a lo que suceda en el resto del Estado. Ahora se trata de un nuevo paso en el camino de su ejercicio efectivo. Ya que tras la negativa rotunda y permanente de los principales partidos estatales (PP, PSOE y por supuesto Ciudadanos) la única forma que aparece como clara y posible para llegar a ejercer ese derecho pasa por la reivindicación de la independencia. Y no solamente para los independentistas más convencidos, también para una gran parte de los que están realmente a favor del ejercicio del derecho de autodeterminación y para los que podríamos llamar “independentistas de baja intensidad”.

Por supuesto también se juega en estas elecciones quien va a dirigir efectivamente ese proceso y el contenido y sensibilidad social que lo acompañará, así como el carácter del gobierno de Catalunya durante los meses futuros. Es decir, si la hegemonía estará en manos de la derecha nacionalista, principalmente CDC y sus afines, o bien podrá ser canalizado hacia posiciones más sociales y en beneficio de las clases populares. Es ésta una cuestión que no debería ser tratada con el exceso de simplificación en que a menudo se incurre.

Pero hay una realidad profunda desde hace decenas de años, por no hablar de algunos siglos, que se hace patente sobre todo des de 2010, año en que se produjo la sentencia del Tribunal Constitucional en contra del Estatut reformado y aprobado: el estado español/1, y no tan sólo los gobiernos del Partido Popular, ha negado una y otra vez que los catalanes tengan ningún derecho a decidir su futuro, que puedan autoreconocerse como nación, con todas las consecuencias y puedan elegir libremente si prefieren ser parte de una España federal, unitaria o autonómica; o bien si prefieren crear un estado propio que no tiene porque ser hostil al estado español ni al resto de los pueblos de España.

Desde el PP, así como por parte de amplios sectores del PSOE –lamentablemente— y, por supuesto, Ciudadanos/Ciutadans, se defiende la idea de que España no se pone en cuestión, recordando la máxima falangista de que España “es una unidad de destino en lo universal”, e incluso el “antes roja que rota”. O como muy bien decía en un reciente artículo Manuel Castells: “La existencia de España, como la existencia de Dios, no se somete a votación”/2. Y esa idea está enraizada no sólo entre la extrema derecha, sino también en sectores de la izquierda española, aunque sea en versiones más modernas y disimuladas/3.

Por esa razón el derecho a decidir –o de autodeterminación– se ha convertido finalmente en una batalla política central, con proyección no solamente española sino también internacional. Soslayarla ahora, bajo cualquier pretexto, es hacer el juego a los sectores más reaccionarios de la sociedad y la política española.

A mi modo de ver el centro de la cuestión es la autodeterminación, más que la independencia. Pero desde inicios del siglo XX y por parte de diversas corrientes de pensamiento, se ha planteado que el derecho de autodeterminación se puede ejercer de diversas formas/4. Se podría ejercer a partir de un acuerdo previo para realizar un referéndum de autodeterminación, en el cual las partes implicadas deciden qué relación desean mantener, lo que se denomina ahora la vía escocesa, o se puede ejercer, sobre todo si no hay más remedio, proclamando primero la independencia y realizando después el referéndum. Porque un referéndum de verdad se deberá realizar tarde o temprano, bajo la forma que sea, como reconocen muchas personas dentro del propio movimiento independentista. Todo estará en función de la actitud de las diversas partes implicadas y de la correlación de fuerzas. Por supuesto la mejor vía sería la del referéndum previo y pactado, pero eso no depende sólo de una parte.

Como he planteado anteriormente, este conflicto de primer orden no puede ni debe esconder la dinámica social y los conflictos sociales más tangibles. Aspectos como el derecho a una vida digna, a la vivienda, a una alimentación adecuada, así como a una educación y sanidad públicas y de calidad, no son menos importantes que lo anterior y para muchas personas lo son todavía más. Una reivindicación, la nacional, no debe esconder la otra, la social, ni viceversa. Y aquí es donde también entran en consideración las contradicciones entre un proyecto de lo que tradicionalmente se ha denominado de izquierdas o de derechas; entre una política que ponga estos derechos como prioritarios o una política económica de corte neoliberal/5.

La trampa de la derecha, en cualquier territorio, ha sido siempre utilizar la cuestión nacional para ocultar la cuestión social. El drama de la izquierda ha sido no entender que la cuestión nacional es también un hecho real, no una invención maquiavélica, o simplemente romántica, y no entender que ambas son inseparables, dejando a menudo la primera en manos de la derecha. No hay libertad ni democracia sin justicia social y no hay verdadera justicia social donde se pisotean derechos democráticos y nacionales.

La izquierda ante el 27-S

El movimiento 15-M o de los indignados con su enorme repercusión en la política española y catalana, así como el surgimiento del Procés Constituent impulsado en 2013 por Arcadi Oliveres y Teresa Forcades y las enormes expectativas levantadas en torno a él, ofrecían una gran oportunidad de que todo ese proceso nacional en Catalunya estuviera claramente liderado por fuerzas progresistas.

El Procés Constituent es un movimiento que ha querido unir la cuestión nacional a la cuestión social y ése ha sido su gran acierto. Pero para tener éxito debía haber mostrado mayor iniciativa y agilidad política, un proyecto más claro y menos disperso, así como un mejor funcionamiento en muchos aspectos. Aspiraba a convertirse en una fuerza mayoritaria, sin exclusiones sectarias y vocación integradora, pero hay que reconocer que en ese propósito ha fracasado, por razones que no es aquí el lugar ni el momento de analizar. Así, el Procés Constituent, nacido para ganar la mayoría del Parlament de Catalunya (en palabras de Teresa Forcades y otros representantes) se ha ido debilitando, quedando a remolque de otras fuerzas políticas hasta terminar en la impotencia política. Alguien debería sacar conclusiones. Y no obstante este movimiento todavía podría jugar un papel interesante en el futuro si sabe reorientarse.

Así pues se presentan 6 o 7 candidaturas con posibilidades de obtener representación en el Parlament de Catalunya. La única duda en este sentido se refiere a si UDC la obtendrá o no. Pero no la analizaremos en este artículo, como tampoco a las candidaturas de la derecha españolista dura, es decir PP y Ciudadanos, que defienden el españolismo más rancio y las políticas neoliberales.

Por lo que respecta al PSC/PSOE, cada vez más PSOE por voluntad explícita de su principal dirigente y candidato Miquel Iceta, sólo se puede lamentar que haya caído por la pendiente más vergonzosa, abandonando su catalanismo moderado que asumía el “dret a decidir” incluso durante el reciente período de Pere Navarro; aunque se tratara de un derecho a decidir con mil condiciones que en la práctica lo hacían inviable, al menos en un plazo razonable. Con la asunción del control del Partido por el tándem Iceta – Chacón, después de la salida de gran parte de su sector más catalanista, el PSC ha abandonado incluso ese tímido reconocimiento del derecho a decidir. Y su propuesta federal supeditada a la voluntad del PSOE y sus barones, lo es todo menos creíble ni ilusionante. Tampoco lo son sus propuestas en materia económica y social, que siguen la senda iniciada por Zapatero de sumisión a los dictados de la troica y los recortes a nivel estatal, que en su momento contaron, por supuesto, con la complicidad de CiU y del PP.

Hablemos de las tres candidaturas restantes, las que presentan mayor interés para el objetivo de este artículo: Junts pel Sí, Catalunya Sí que es Pot i la CUP.

Por lo que se refiere a Junts pel Sí, la que con toda seguridad obtendrá más escaños, hay que decir que ha sido una buena jugada por parte de Artur Mas. El president, tenía claro que no quería presentarse sólo con CDC, un partido en declive y acosado por casos de corrupción, independientemente de la sucia utilización de esta cuestión por parte del aparato del estado central, que utiliza ahora casos reales i/o inventados para atacar su nueva orientación independentista. CDC está también vinculada a la política de recortes económicos y sociales y a una orientación neoliberal. En un principio ERC no sucumbió a los propósitos de Mas. Pero finalmente ha cedido. En cierta medida Artur Mas y CDC les “vendieron la moto” a ERC y a algunos independientes procedentes de la izquierda. Des de mi punto de vista era a todas luces mejor la opción de ir por separado (CDC i ERC) y al final sumar los votos, con la CUP, por el derecho a decidir y/o la independencia. En mi opinión, a Junqueras le faltó fortaleza y habilidad política para resistir la embestida y posibles chantajes y no está claro en este sentido el papel de las principales dirigentes de la ANC y Òmnium.

Pero es un grave error reducir la candidatura de Junts pel Sí, a la “llista d’en Mas”, como de manera miope y falta de comprensión de lo que pasa en Catalunya han manifestado algunas personas y organizaciones. Junts pel Sí, responde también al anhelo unitario de decenas de miles de personas en Catalunya que están hartas de la negativa constante del Estado a tolerar no ya la independencia sino el ejercicio del derecho de autodeterminación. Y ven en una lista unitaria, o semiunitaria, la única posibilidad de romper ese muro. Hay miles de catalanas y catalanes no derechistas, procedentes de la izquierda y con sensibilidad social que le darán su apoyo, sólo para romper el muro de la intolerancia levantado por la mayoría de fuerzas del Estado español con peso político real, con la evidente excepción de muchos y muchas españoles que tienen una actitud mucho más abierta, respetuosa y solidaria. Tal vez estén equivocadas, como pueden estarlo las que darán su voto a otras opciones, pero meterlas a todas en el saco de los recortes o la corrupción, o tratarlas de tontas útiles o “peones de Mas”, es una muestra de la incomprensión y del sectarismo suicida que recorre a sectores de la izquierda. Y significa la renuncia de éstos sectores, por su incapacidad, a liderar ese proceso. Un ejemplo claro de esa incomprensión fue la negativa de Catalunya Sí que es Pot a acudir a la impresionante manifestación del 11 de septiembre. Obsesionados con Artur Mas, o para cazar unos miles de votos, olvidan que hay unos partidos que niegan y amenazan las libertades de Catalunya, y por supuesto las de toda España.

En cuanto a Catalunya Sí que es Pot ya he anticipado algo en los párrafos anteriores. Su gran error a mi entender es no haber apostado de forma clara y contundente por el referéndum en Catalunya en un plazo concreto, y no haciéndolo depender de lo que pase en el resto de España, sin negar que por supuesto tampoco debemos ser ajenos a cómo evolucionen las cosas después de las elecciones generales. Otro error es pretender fijar como eje central de la campaña los ataques a Mas y a Junts pel Sí, y dejando en un segundo plano, o en pie de igualdad, la confrontación con la política rancia y autoritaria del PP y Ciudadanos e incluso del PSOE, aunque éste con señuelos “pseudofederales”. Una cosa es denunciar y combatir las políticas neoliberales del gobierno de CDC y alertar de los peligros de una posible hegemonía de ésta en el proceso, pero otra cosa es convertirlo en el enemigo número uno, cuando hay una confrontación con un Estado que tiene unas prácticas autoritarias heredadas del franquismo. El gobierno de Rajoy así como Ciudadanos querrían, y tal vez intentarán, inhabilitar o incluso encarcelar a Mas, no por neoliberal o supuestamente por corrupción, sino por defender derechos democráticos. Y ante eso no se puede ser neutral. En esa línea la irrupción de Pablo Iglesias en la campaña con un papel destacado y sus intervenciones, que recuerdan demasiado a los discursos lerrouxistas de principios del siglo XX y de inicios de la Transición, son una muestra más de la incomprensión de la que hablábamos.

Pero también es un error sectario poner en el mismo saco a Catalunya Sí que es Pot, junto a PP, Ciutadans y PSOE, que niegan el derecho a decidir. La gente de esa candidatura, en su mayoría, viene defendiendo claramente el derecho a decidir, si bien sin concretar cómo se ejercerá y haciéndolo depender excesivamente del resultado de las elecciones generales. Y hay que reconocer también que el propio Pablo Iglesias, del que he criticado sus intervenciones en Catalunya, es capaz de defender en los medios estatales que Catalunya es una nación (sin el ridículo ir y venir de Felipe González) y que tendrá que poder decidir. Hay que llamar las cosas por su nombre.

Queda la CUP, que se presenta bajo el nombre más amplio de CUP - Crida Constituent. A mi entender tiene la gran virtud de haber entendido que no se puede separar el eje nacional del eje social y es consecuente con ello. Sus representantes en el Parlament han realizado una excelente tarea, siendo David Fernández el diputado mejor valorado de todo el Parlament, pero también Quim Arrufat e Isabel Vallet han desarrollado una tarea excelente. Aún así tiene también algunos puntos débiles sobre los que deberían reflexionar.

Uno de ellos es su concepción excesivamente rígida de la limitación de mandatos. Sus diputados sólo pueden estar durante una legislatura. Considero la limitación en los cargos públicos una medida absolutamente necesaria y sana. Pero un sólo mandato es a todas luces insuficiente. En un primer mandato se empieza a conocer el funcionamiento de una institución, se aprende cómo trabajar de forma eficaz en ella y a partir de ella y se da uno o una a conocer ampliamente. Cuando ha acumulado esa experiencia y puede capitalizarla a favor de la causa y de la organización que la defiende, ya no puede renovar. ¿No sería mejor disponer de un segundo mandato? Y eso enlaza a mi entender con la concepción de la CUP que hay que trabajar a largo plazo, o como dirían algunos de sus miembros, “picar piedra”, haciendo un trabajo de hormiguita o como he oído en alguno de sus actos de “mosca cojonera”. En cierta medida es correcto ese planteamiento, que por otra parte parece contradecirse con su voluntad de aplicar la Declaración Unilateral de Independencia en un plazo corto y que, a mi entender no tiene suficientemente en cuenta la necesaria acumulación de fuerzas y de razones asumidas por una mayoría. Pero a menudo la historia no espera que las organizaciones estén preparadas y lo tengan todo previsto e imponen otros ritmos. Y hay que saber responder. Habría por supuesto otros aspectos interesantes a considerar, pero citaré para finalizar que en ocasiones una parte de esa organización se ha mostrado también excesivamente rígida y sectaria a la hora de llegar a acuerdos electorales con según que organizaciones de izquierdas, lo que restringe las posibilidades de la necesaria construcción de una amplia mayoría de las fuerzas que están por cambios profundos y que deben tener una vocación unitaria y alejada de sectarismos.

El debate sobre la izquierda o las fuerzas progresistas y de cambio sigue y seguirá siendo necesario después del 27-S.

17/09/2015

Artur Domingo i Barnils es historiador, estudioso de Gandhi y miembro de Procés Constituent

Notas

1/ Entendemos aquí por Estado español a los gobiernos del PP, PSOE, así como a los poderes judiciales, Tribunal Constitucional, y demás poderes del estado.

2/ Manuel Castells. “La confrontación” La Vanguardia, sábado 5 de setiembre de 2015.

3/ Esos sectores se amparan en la Constitución de 1978, como si ésta no se hubiera elaborado en unas condiciones históricas determinadas, bajo presión del ejército y el búnker franquista, y se tratara de unas “tablas de la ley” entregadas por la divinidad.

4/ En los años treinta del siglo pasado esa polémica la mantuvieron, entre otros, Andreu Nin y Joaquim Maurín respecto al caso de Catalunya.

5/ El concepto izquierdas-derechas resulta para algunos demasiado encorsetado e insuficiente en el mundo actual para explicar toda la dinámica de las sociedades. Sin entrar ahora en este debate, me parece una discusión interesante.



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