Grabar en formato PDF
elpais/opinión | Contra la indiferencia
La solidaridad en la crisis de la migración reforzará una idea de Europa más justa y democratizadora
10/09/2015 | Miguel Urban

A Europa le están sangrando las fronteras y la expresión más descarnada de esto es la crisis humanitaria de los refugiados sirios. Aunque pueda parecer lo contrario, no se trata éste de un fenómeno nuevo sino de un estado de cosas común en un sistema-mundo que alimenta conflictos geopolíticos, desigualdades y éxodos.

Los más de 20 000 migrantes muertos en los últimos 20 años intentando entrar en Europa en un mar Mediterráneo convertido en una gigantesca fosa común —una media de dos migrantes muertos al día, a los que hay que sumar los desaparecidos, cuyo número se desconoce— son la expresión más terrible y dramática de una política migratoria que, como han denunciado incansablemente las organizaciones sociales, poco o nada tiene que ver con el respeto a los derechos humanos. Son las víctimas de la xenofobia institucional, de un racismo de guante blanco, anónimo, legal, poco visible, pero constante. Son las consecuencias más dramáticas de una política que ha intentado convertir a Europa en una fortaleza. Un caldo de cultivo propicio al resurgimiento de las ultraderechas y al encumbramiento de líderes que hacen del repliegue identitario y de la cosificación y represión de los que llegan su principal capital político.

A pesar de que nos enfrentamos a uno de los movimientos migratorios más importantes desde la II Guerra Mundial, hemos de ser conscientes de que nuestras cifras de acogida son insignificantes en relación con aquellas de los países fronterizos con Siria e Irak. Desde el comienzo del conflicto sirio, Europa ha acogido a unos 300 000 refugiados, un 6% de los más de cinco millones que han huido del país, mientras que Líbano ha acogido a 1,2 millones de refugiados, a pesar de contar con una población de apenas 4,3 millones.

No hay mayor ’efecto llamada’ que la miseria y las bombas

Estos datos de la solidaridad de ciertos países de Oriente Próximo (que no todos) hacen parecer aún más inaceptables las declaraciones de algunos miembros de nuestro Gobierno, como Sáenz de Santamaría, quien, hace unos días, sostenía que la capacidad para acoger refugiados de España está “muy saturada”. O las del propio presidente Rajoy, quien, unos días después de afirmar que “una cosa es solidaridad y otra es solidaridad a cambio de nada”, se enmendaba ante la presión de la opinión pública declarando que “España no le va a negar el derecho al asilo a nadie (…) Nunca lo ha hecho”. Incluso el ministro del Interior, Fernández Díaz, ha seguido utilizando el tan manido argumento de que el sistema de cuotas de refugiados fomenta el efecto llamada. El mismo ministro responsable de la normalización de las devoluciones en caliente que la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados ha denunciado como una flagrante violación del derecho al asilo. ¿No sabe acaso que no hay mayor efecto llamada que la miseria y las bombas? Nuestra responsabilidad histórica en este momento, además de ofrecer refugio y garantías dignas a las poblaciones que huyen de escenarios catastróficos, consiste en reflexionar y actuar por fin sobre las causas que están detrás de los movimientos migratorios, comenzando por la revisión y refundación de la política exterior, comercial y de cooperación de la UE, y la de sus empresas transnacionales, corresponsables de la desesperación que viven millones de personas en el Sur.

La lenta, tardía e insuficiente reacción de los países e instituciones de la UE demuestra el modelo fallido de la Europa-fortaleza. Un modelo organizado en torno al rechazo al migrante y no a su acogida. En levantar vallas cada vez más altas, pero que siguen siendo saltadas, haciendo cundir la confusión en las instituciones.

Mientras tanto la red de ciudades-refugio, impulsada en el Estado español por gobiernos locales de candidaturas del cambio, es un paso más en esta reconstrucción de lo político desde abajo, avanzadilla del movimiento de ciudadanos que en los principales países de tránsito y recepción se han organizado para dar acogida a los refugiados. Tenemos que aprovechar este incipiente movimiento popular de solidaridad europeo a favor de los migrantes/refugiados como impulso democratizador para disputar una idea de Europa que apele a la justicia social como elemento rector de su política interior, exterior y comercial. Que cada cual tome partido porque, como decía Gramsci, la indiferencia es el peso muerto de la historia. Y hoy, más que nunca, la indiferencia es la forma más descarnada de tomar partido por la fatalidad.

10/09/2005

* Miguel Urbán es europarlamentario de Podemos.

http://elpais.com/elpais/2015/09/09/opinion/1441814456_557263.html



Facebook Twitter RSS

vientosur.info | Diseño y desarrollo en Spip por Freepress S. Coop. Mad.
 
Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual Los contenidos de texto, audio e imagen de esta web están bajo una licencia de Creative Commons