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Entrevista a Gilbert Achcar
“Seguimos en el proceso revolucionario inaugurado en 2011”
09/09/2015 | Julien Salingue

Invitado de la Universidad de Verano del NPA, el investigador Gilbert Achcar ha intervenido, con otras personas, en el taller titulado “ De la Primavera árabe al Estado Islámico, ¿qué queda del levantamiento árabe?”.

Cuatro años después de la caída de Ben Alí, ¿se puede seguir hablando, como hacías en tu libro
Le peuple veut
, de “levantamiento árabe”?

Ciertamente. El levantamiento árabe se refería al año 2011 que conoció seis levantamientos, así como movimientos sociales en la casi totalidad de los
países del conjunto arabófono. Pero desde el comienzo, he subrayado que este levantamiento era el comienzo de un proceso revolucionario de larga duración:
en esta óptica, el hecho de que a partir de 2013 la región haya entrado en una fase de contrarrevolución (en particular desde el cambio de orientación de
la situación en Siria, cuando Irán y sus aliados libanés e iraquíes salvaron al régimen Assad y le permitieron pasar a la contraofensiva) no suprime en
nada los fundamentos del proceso revolucionario, en particular el bloqueo socioeconómico.

Se ve claramente que la región sigue en plena ebullición con lo que ha ocurrido recientemente en Irak y Líbano, dos países que habían sido menos afectados
que otros por la onda de choque de 2011. En el curso de las últimas semanas, los dos países han conocido movilizaciones de masas alrededor de diferencias
que oponen “al pueblo”, en el sentido de 2011, contra los gobiernos, sobre la base de reivindicaciones sociales. Seguimos pues claramente en este proceso
revolucionario que fue inaugurado en 2011 y que, en mi opinión, va a proseguir por varios decenios, con alternancia de fases con dominante revolucionaria o
contrarrevolucionaria según la dialéctica propia a ese tipo de procesos.

¿Cuáles son los principales actores de la contrarrevolución?

La complejidad de la situación regional hace que no haya una contrarrevolución homogénea como se ha podido conocer en situaciones clásicas. Pensemos por
ejemplo en la Revolución francesa: cuando la Europa reaccionaria se coaligó contra ella con las fuerzas reaccionarias francesas, el campo de lo que se pudo
llamar el antiguo régimen era más bien homogéneo en su naturaleza. Sin embargo en el mundo árabe no está solo el antiguo régimen, aunque naturalmente él
sea la primera y la principal fuerza contrarrevolucionaria. Hay también oposiciones de tipo reaccionario al antiguo régimen que se han desarrollado en la
región, al comienzo como antídoto a la radicalización de la izquierda, un antídoto que ha sido casi en todas partes favorecido por el propio antiguo
régimen, aunque posteriormente, en numerosos países haya entrado en conflicto abierto y a veces sangriento con este antiguo régimen.

Tenemos pues, desde 2011, un proceso revolucionario expuesto a dos principales obstáculos, dos fuerzas contrarrevolucionarias: los regímenes que se trata
de derrocar, y las fuerzas islámicas que se plantean como alternativa reaccionaria a los regímenes. La ausencia o la debilidad organizativa del polo
revolucionario compuesto por el movimiento obrero y las fuerzas progresistas o, en su caso, su debilidad política, han dejado la puerta abierta a esta
competencia entre polos reaccionarios y al choque entre ellos, con un ascenso de los extremos en situaciones de guerra civil en Siria, Libia o Yemen, o
bajo una forma larvada, pero sin embargo brutal, en Bahréin y en Egipto.


¿Cómo calificarías la acción de los países occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, en la región? Algunos les atribuyen, en efecto, lo esencial,
cuando no la totalidad de las responsabilidades de la situación caótica actual, aunque sea a riesgo de caer en el complotismo…

Dejando de lado las teorías del complot que vienen a atribuir el propio levantamiento a los manejos de los Estados Unidos, teorías que están en general
fundadas en la visión fantasmagórica de unos Estados Unidos omnipotentes, está la idea extendida, incluso en ciertos sectores de la izquierda, de que los
Estados Unidos estarían alimentando el caos en Siria tras haberlo hecho en Libia. Es malinterpretar profundamente la política actual de la administración
Obama, cuya pusilanimidad se ve claramente en el tema sirio. Los Estados Unidos están desde 2011 en el punto más bajo de su hegemonía en la región desde el
apogeo de 1990-1991. Han perdido muchísimo terreno, en particular debido a la catástrofe que ha constituido Irak para su proyecto imperial. La obsesión
mayor de la administración Obama es preservar los aparatos estatales en la región y evitar precisamente que se instale una situación de caos como la que
Irak pudo conocer tras el desmantelamiento del Estado baasista por la ocupación de 2003.

Lo que ha podido hacer pensar que la estrategia estadounidense no había asimilado esta lección amarga, ha sido la intervención en Libia, pero esta
percepción ignora el hecho de que esta intervención intentaba tomar el control de la situación en ese país petrolero y negociar un compromiso con el
aparato de Estado, una parte del cual se había, por otra parte, sumado al campo de los insurrectos. Y desde este punto de vista, el resultado de la
intervención en Libia es otro desastre: el derrocamiento de Gadafi tal como se ha desarrollado ha sido para Washington un pesado fiasco, como lo ha
mostrado el desarrollo posterior de los acontecimientos. Las cosas han ido mucho más lejos de lo deseado, puesto que la OTAN ha asistido impotente al
desmantelameinto integral del Estado libio, que ha hecho de Libia un país sin Estado, sin “monopolio de la violencia física legítima”, con milicias rivales
que están hoy matándose las unas a las otras. En este sentido, se trata claramente de una segunda derrota después de la de Irak, lo que no han comprendido
los adeptos de la teoría del complot. Hoy, la obsesión de los Estados Unidos, incluso en Siria, es negociar y lograr llegar a compromisos entre los dos
polos de la contrarrevolución regional a fin de reestabilizar la situación restaurando o consolidando estados capaces de mantener el orden.


A largo plazo, en la medida en que no tiene en cuenta los fundamentos socioeconómicos del levantamiento, esta estrategia está condenada al fracaso…

Esta política de conciliación entre las dos fuerzas de la contrarrevolución ha tenido hasta ahora un solo éxito, en Túnez, con un gobierno de coalición
entre Ennahda y los restos del antiguo régimen, y hay intensas negociaciones en curso para compromisos de este tipo en Libia, Siria y también en Egipto y
en Yemen. El acuerdo nuclear con Irán se inscribe en la misma perspectiva.

Washington quiere reconciliar a todo esta “buena sociedad” que tiene en común una profunda hostilidad a las aspiraciones democráticas y sociales de la
“primavera árabe” de 2011. Pero a largo plazo, ¡es evidente que todo esto está condenado al fracaso! La alternativa se plantea entre dos términos: o bien
una salida positiva al proceso revolucionario, es decir una ruptura radical en los planos socioeconómico y político con la variante regional del
capitalismo, que permita a la región entrar en una nueva fase de desarrollo de larga duración; o bien lo que llamé hace unos años el “choque de las
barbaries”, con el desarrollo de síntomas de putrefacción política de los que el autodenominado “Estado Islámico” es hoy el ejemplo más destacado.

03/09/2015

Hebdo L´Anticapitaliste 301



http://www.npa2009.org/idees/monde-arabe-nous-sommes-toujours-dans-ce-processus-revolutionnaire-inaugure-en-2011

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR



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