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EHBildu y Podemos: ¿Asalto a los cielos o travesía en el desierto?
03/09/2015 | Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate

Debate

El artículo analiza el desempeño y las perspectivas electorales de EHBildu y Podemos en función de las estrategias políticas de ambas formaciones. Partiendo de matices y diferencias significativas, se defiende que ambas han optado fundamentalmente por el “asalto a los cielos”, tratando de alcanzar los resortes del gobierno en el corto plazo como medio para generar transformaciones, frente a una estrategia de mayor recorrido basada en la consolidación y refuerzo del poder popular. En ambos casos, esta opción de asalto a los cielos tiene bastantes posibilidades de no hacerse realidad, pudiendo convertirse en cambio en una “travesía del desierto” en la que se combina un notable peso institucional con cierta irrelevancia en términos de emancipación. Para evitar dicha travesía, se propone finalmente una reconsideración estratégica a partir de sendos procesos re-constituyentes, que permitan navegar la complejidad de la política desde nuevas claves.

Comenzamos este curso político con la mirada puesta en dos nuevas citas electorales (estatales a finales de año, al parlamento de Gasteiz en 2016). Estas cierran un largo ciclo que comenzó con los comicios europeos en mayo de 2014 y que continuó con las elecciones municipales, autonómicas y forales de la primavera pasada. Hemos vivido por tanto estos años -y vivimos todavía- en un estado de permanente campaña y análisis electoral, en el que parece imponerse el mero seguimiento numérico de votos y encuestas como la fórmula para entender nuestra realidad política.

Frente a esa dinámica tan extendida, este artículo pretende evaluar el desempeño y las perspectivas electorales de dos de las fuerzas de izquierda de mayor relevancia y recorrido en Euskal Herria y el Estado español (EHBildu y Podemos), pero desde el análisis de la relación entre votos y estimaciones, por un lado, y sus estrategias políticas, por el otro. De esta manera, se parte de la premisa de que sólo se puede realizar un buen balance del desarrollo y perspectivas de una formación si miramos sus resultados electorales en función de sus objetivos estratégicos (más o menos explícitos), esto es, de sus principales señas de identidad. Por supuesto, este análisis debe ser además completado por toda una serie de elementos históricos, sociológicos y políticos para ser riguroso, pero que, sí o sí, deben pasar por el filtro de la estrategia política como base para una reflexión sólida.

En este sentido, es necesario huir tanto de miradas gerenciales que recuentan votos, evalúan tendencias, y se afanan en la búsqueda de nuevos “nichos de mercado electoral”, como de enfoques voluntaristas en los que se destacan a discreción unos elementos u otros del desempeño de cada organización, en función del optimismo o pesimismo de cada quién, de sus intereses y deseos de ver el vaso medio lleno o medio vacío, pero sin mayor sustento argumental. Precisamente desde estas perspectivas gerencial y voluntarista (ambas complementarias en muchos análisis), podríamos destacar tanto la capacidad de EHBildu para consolidarse como la segunda fuerza en Euskal Herria en un contexto muy complicado para la izquierda europea, como su descenso en votos en las elecciones municipales y forales, a la vez que la hegemonía del PNV se reforzaba en un contexto de profunda crisis. Al mismo tiempo, podríamos poner el énfasis en la posibilidad de que Podemos sorpasse no sólo a Izquierda Unida sino también al PSOE -poniendo en riesgo el régimen del 78-, pero también en sentido contrario podríamos resaltar su evolución negativa desde las encuestas que le daban como primer partido en intención de voto hace sólo unos meses, hasta convertirse en tercera fuerza en las elecciones de mayo pasado, lejos por tanto de romper con el bipartidismo.

Ambos enfoques de análisis, en definitiva, representan miradas parciales que no nos ayudan a definir una fotografía política integral y equilibrada de ambas formaciones, ya que carecen de una referencia sobre la que sustentarse. Como ya se ha señalado, ese sustento reside en mi opinión en desentrañar las estrategias políticas, esto es, en sintetizar cuáles son los objetivos fundamentales, cuáles son los principales puntos de la agenda, qué concepción tienen de la acción y de la cultura política, y cómo entienden los procesos transformación, para posteriormente analizar su desempeño en función de estas claves. Veamos a continuación cuáles pudieran ser las principales características de sus estrategias políticas, en qué coinciden y en qué no, para posteriormente pasar a valorar sus perspectivas políticas.

Estrategias políticas: ¿Asalto a los cielos y/o construcción de poder popular?

Como ya hemos repetido previamente, entendemos por estrategia política los hitos, las principales características que definen la identidad de una organización: objetivos prioritarios, agenda, práctica y manera de entender la política. Por lo tanto, es importante discernir lo que es identitario y lo que no, lo que marca básicamente su accionar político y lo que es simplemente un elemento periférico.

En este sentido, dos consideraciones previas. En primer lugar, es necesario realizar una distinción entre retórica política (el discurso que se traslada a la sociedad) y la práctica política real, ya que ambos no tienen por qué coincidir. Esto es, no siempre va de la mano lo que se dice que se persigue y lo que en realidad marca la práctica política. Y no me refiero en este caso a los límites que impone el actual modelo de democracia de baja intensidad o la propia complejidad de todo proceso de emancipación -que por supuesto tienen una incidencia en el dislate entre discurso y acción-. No, me refiero concretamente a que el discurso puede ir para un lado –o para muchos lados-, mientras que los énfasis políticos reales tienen su propio camino, no siempre convergente con los caminos de la retórica. De esta manera, la estrategia política no es sólo un análisis del discurso –que también-, sino un análisis de los patrones de actuación, de las prioridades que se definen en la praxis. Y son estas prioridades, esas cestas donde fundamentalmente se ponen los huevos, quienes marcan la estrategia de una organización. Esto sin menoscabo de que también se coloquen huevos en otras cestas, pero de menor relevancia política y siempre de manera asimétrica y puntual, por lo que no definen su identidad política sino que se convierten en excepciones que confirman la regla.

Relacionado con esto, y como segunda consideración, es necesario tener en cuenta que, siguiendo como el símil anterior, es prácticamente imposible mantener una estrategia que cubra todos los frentes, esto es, que ponga huevos de manera simétrica en todos los cestos: luchar por la victoria electoral a corto plazo y a la vez por la hegemonía política en el largo; primar la vía institucional y a la vez tener una presencia firme en la calle; disputar y aliarse con partidos políticos y a su vez mantener agenda común con los movimientos sociales; plantear la lógica de poder a la vez que la de contrapoder; primar la eficacia en la organización a la vez que la participación, etc. Esta estrategia total puede formularse y defenderse retóricamente, pero es muy complicado que pueda llevarse a cabo, ya que al final es necesario optar y tratar de navegar en la complejidad de estas decisiones. Y, normalmente, todas las organizaciones políticas optan; también EHBildu y Podemos.

Partiendo por tanto de estas dos consideraciones, vamos a analizar someramente las estrategias políticas de ambas fuerzas contraponiendo precisamente dos tipologías fundamentales/1.

Por un lado, la estrategia que podríamos definir como la de “acumulación del mayor poder institucional en el menor tiempo posible” como vía para generar cambios estructurales. En este sentido, su agenda, su política de alianzas y su cultura y estructura organizativa se establecen al servicio del gran objetivo de conseguir en el corto plazo el mayor número posible de votos, a costa por tanto de otro tipo de metas a medio y largo plazo. Citando a Pablo Iglesias, se trataría de la estrategia de “asalto a los cielos”, de búsqueda de una victoria rápida y contundente que permita controlar los resortes institucionales para, de esta manera, posibilitar cambios profundos.

Por otro lado, y dentro de las muchas posibles, destacamos la estrategia política que plantea al partido como una herramienta más del tablero político en pos de la emancipación, y que sitúa su objetivo fundamental en la “construcción en el medio y largo plazo de poder popular”. A partir de esta apuesta prioritaria, se defiende una agenda política diversa, inclusiva y radical, construida colectivamente con otros agentes de forma dinámica, así como una práctica política basada en la pedagogía y en la participación, que mide su desempeño en términos de ampliación de los espacios emancipadores. En este sentido, se prima la elaboración colectiva, la formación política, la alianza con sujetos diversos más allá de los partidos y, en definitiva, los avances desde ya en la construcción de poder social alternativo, siendo las instituciones un instrumento para dicha pedagogía política y no fines en sí mismos.

Son por tanto estrategias con énfasis diferentes (tiempos, prioridades, alianzas, principios), que ponen huevos en cestos diferentes. Podemos encontrar en ambas tipologías huevos en los mismos cestos, pero los cestos que unos tienen repletos, los otras los tienen semivacíos. Es una cuestión de opción, y dicha opción tiene en todos los casos unos pros y unos contras, ya que no hay recetas únicas que resuelvan el desafío de navegar en la complejidad política. En este sentido, es obvio que la estrategia de “asalto a los cielos”parece más fácil de asimilar, es más evidente, más visible y evaluable, ya que se gana o no se gana, y tres son siempre más que dos y dos más que uno. Al contrario, una estrategia a largo plazo de construcción de poder popular es más compleja (¿Cuál es el tiempo idóneo de una estrategia de este tipo? ¿Cómo se miden los avances?).

En todo caso, el “asalto” tiene dos grandísimas complicaciones para una fuerza alternativa. En primer lugar, la misma posibilidad real de victoria, dadas las trampas que el propio sistema político impone, los ataques constantes de los medios de comunicación hegemónicos, las claves culturales y sociológicas de la ciudadanía, así como su percepción del momento político. En segundo lugar, e incluso si se alcanzara hipotéticamente la victoria, otro problema relevante sería la capacidad real de poner en marcha procesos de transformación desde los resortes institucionales, desde la distinción entre gobierno y poder, y desde las dinámicas, estructuras y medidas establecidas por el sistema para tener todo atado y bien atado (no hay más que analizar el caso griego, por ejemplo), sobre todo si se cuenta con mucho votante pero con poco cuerpo militante.

Por otro lado, la opción por la “construcción popular” tampoco está exenta de nudos significativos. Así, en primer lugar, destacamos la posibilidad de la existencia de techos de cristal al crecimiento de espacios y agendas emancipadoras desde el ámbito del contrapoder, si no existen espacios institucionales y formales que los faciliten. Además, y en segundo lugar, es importante tener en cuenta que una lógica de poder popular en función de agendas radicales, inclusivas y nítidas pudiera conducir, en el extremo, a posiciones puristas y esencialistas, que reniegan del desafío que supone navegar en la complejidad política, y que por tanto pudieran perder toda su capacidad de impacto, llegando incluso a apuntalar al propio sistema desde una lógica inmovilista y sectaria.

En esta mar compleja navega la política, y con toda seguridad también EHBildu y Podemos han reflexionado sobre este asunto y, como decimos, optado. Así, en mi opinión, y siendo muy consciente de las diferencias en lo que se refiere a orígenes, trayectorias, enfoques, propuestas y demás, ambas formaciones están actualmente defendiendo dos versiones diferentes -pero no tanto, como después explicaremos- de la misma estrategia política, que hemos denominado como “asalto a los cielos”.

De esta manera, las dos ponen especial énfasis en lo electoral-institucional como resorte de cambio; miden su desempeño y evolución en función de los votos obtenidos o en perspectiva; centran sus agendas políticas para atraer al mayor número de votantes posible; priman la batalla comunicativa para hacer su discurso más atractivo para el conjunto de la ciudadanía y obtener así un mayor espacio político; definen su cultura y estructura organizativa en función de la eficacia, en detrimento de la participación, de la formación y de las lógicas a largo plazo; y mantienen una relación no del todo naturalizada con los movimientos sociales, en ocasiones desde la consideración de estos como actores políticos de segunda división; desde una lógica extractiva de aprovechar momentos sociales álgidos; desde una separación muy categórica entre lo político y lo social; y desde relaciones más bien puntuales y no en base a procesos colectivos y a largo plazo.

Teniendo en cuenta estos puntos en común -a pesar de los necesarios matices-, veamos a continuación un somero análisis de cada formación política.

Comenzando por EHBildu, desde su exitosa irrupción en 2011 se priorizó la vía electoral e institucional como el espacio al que principalmente circunscribir su acción política, pensando que el abandono de la lucha armada por parte de ETA, la crisis profunda que vivimos y la descomposición del régimen español permitirían en un tiempo no demasiado largo ocupar un vasto espacio político, e incluso superar la hegemonía del PNV. A partir de esta premisa, se define una agenda interclasista, transversal, socialdemócrata y limitada fundamentalmente a dos puntos: “la soberanía como medio para el cambio social”, por un lado, y la apuesta por la resolución del conflicto vasco (paralizado estratégicamente por el gobierno del Reino de España), por el otro. Esta agenda marca su práctica política, que pretende el reconocimiento de la marca como una fuerza política seria, no radical ni especialmente confrontativa -en función de las coyunturas-, que puede llegar a acuerdos (como el de Kutxabank en 2011), y que traslade un mensaje válido para el conjunto de la sociedad (optando fundamentalmente por modular el mensaje en función del sentido común medio, frente a la apuesta por mantener un mensaje emancipador y hacer pedagogía con el mismo).

En esta clave pactista se producen los periódicos llamados públicos al PNV (para la conformación de lista unitaria para las elecciones estatales de 2011, o incluso para compartir espacios de gobierno si se apostara conjuntamente por la “vía vasca”, trasladando a Euskal Herria la alianza catalana CIU-ERC), que se completan dentro de una multipolar política de alianzas con llamados a ERC a sumarse a una candidatura colectiva para los comicios europeos de 2014, así como la valoración positiva a la actual propuesta de concurrir conjuntamente junto a otras fuerzas estatales de izquierda en una lista unitaria en Euskal Herria para las elecciones del próximo invierno. En realidad, esta estrategia de alianzas no es sino un indicador de una concepción bastante clásica de la política, en la que priman las respuestas coyunturales, la búsqueda del tono y mensaje idóneo más que la construcción de una verdadera estrategia política, la eficacia comunicativa a la participación, y todo ello aderezado por los límites que establece una coalición de partidos, cuyo sistema de cuotas impide la realización de prácticas cada vez más extendidas como por ejemplo la de primarias para elegir candidaturas.

Este podría ser, en mi opinión, el resumen de la estrategia política seguida por EHBildu en estos últimos cinco años. Por supuesto, sin menoscabo de que esta visión general se complete con actividades o procesos puntuales en los que sí se amplía la agenda (como en el caso de aspectos muy interesantes de la gestión de la Diputación Foral de Gipuzkoa), sí se trabaja en la calle, y sí se dan espacios de participación y formación, pero que no marcan el trasfondo de su identidad fundamental.

Por otro lado, Podemos despliega la versión 2.0 de esta misma estrategia, una versión quizá más explícita que en el caso de EHBildu (ya que se reconoce públicamente), y que a su vez incorpora algunas novedades significativas: en primer lugar, la claridad con la que se busca el centro político -¿o la centralidad?- así como una lógica de victoria en el corto plazo; en segundo lugar, la apuesta por la construcción de una agenda mínima, basada incluso en significantes vacíos que trasladen mensajes diáfanos para la sociedad -casta, los de abajo-; y en tercer lugar, una concepción de la política que mira menos al resto de partidos y más a la ciudadanía, abriendo algunos espacios de participación y decisión que alteran el concepto clásico de partido. En todo caso, y esto es importante tenerlo claro, Podemos no ha generado una revolución en la forma clásica de entender la política, sino que simplemente ha planteado una reforma -y en algunos casos mejora- de la misma estrategia política que definíamos como “asalto a los cielos”, y que está con mayor o menor éxito muy extendida entre todos los partidos de izquierda.

En este sentido, Podemos ha definido de manera explícita su objetivo estratégico de alcanzar los resortes del gobierno español en las próximas elecciones estatales de finales de año. Esta lógica de victoria electoral es parte de su ADN, ya incluso desde la valoración de sus resultados en los comicios europeos (5 europarlamentarios/as), en la que señalaron que no era ni mucho menos suficiente ya que habían nacido para ganar, no para generar espacios para la ciudadanía dentro el espectro político vigente. Así, esta meta concreta ha definido claramente su identidad y su estrategia. De esta manera, como ya hemos dicho, su agenda política está más centrada en significantes vacíos, en palabras que apelen a sentimientos, indignaciones y hartazgos, que a contenidos específicos. Estos por supuesto existen y se concretan en programas electorales y otros documentos, que han ido evolucionando hacia el centro (como se observa en sus propuestas sobre la deuda y la renta básica) buscando al ciudadano medio, también desde lógicas socialdemócratas, transversales (hasta incluir personas del ejército, de la guardia civil, etc.), y de superación del régimen del 78. Esta agenda marca su quehacer político -centrado en los medios de comunicación principalmente-, y que huye de la lógica izquierda-derecha y por tanto del discurso y simbología cultural clásicos de la izquierda.

Se plantea así la necesidad de generar una “nueva política”, entendida como confrontación entre “los de abajo y los de arriba”, definiendo de esta manera, y en su opinión, un terreno de juego más abierto de relación directa con la ciudanía, y en el que la vieja política no sabe moverse, acostumbrada fundamentalmente a relacionarse entre partidos y en espacios cerrados a las mayorías. Precisamente esta apelación al vínculo con la ciudadanía provoca que su política de alianzas haya sido la de evitar la suma de siglas, pero la realpolitik de pactos tras las elecciones municipales y autonómicas de la pasada primavera ha transformado la percepción de esta apuesta, ya que sin entrar en gobiernos se ha constatado un apoyo relativo al PSOE para desbancar al PP de ciertos gobiernos locales. Finalmente, y también referido a su concepción de la nueva política en base al vínculo ciudadano, han puesto en marcha tímidas apuestas por la participación (fundamentalmente virtual) a la hora de seleccionar candidaturas en primarias, realizar debates políticos abiertos, así como tomar decisiones de cierto calado. No obstante, esta apertura de puertas interna contrasta como una estructura organizativa pensada para ganar, en la que prima la eficacia y en donde se vislumbra una lógica muy centralista de impulso a la estrategia general en base a un número muy limitado de personas con gran legitimidad, mientras que los círculos sufren una crisis de identidad y de definición.

De esta manera, ambas formaciones comparten versiones de la misma estrategia (primacía electoral e institucional, agenda transversal de mínimos, relevancia de la comunicación y de lo coyuntural, estructuras organizativas pensadas en base a la eficacia, núcleo dirigente reducido, identidad centrada en la victoria rápida), con algunas diferencias (mayor claridad en el reconocimiento de su estrategia y mayores apuestas en favor de la participación -aunque en una versión muy limitada- en el caso de Podemos, no renuncia al discurso y simbología de izquierdas y un mayor peso militante relativo en el caso de EHBildu). Veamos a continuación qué implicaciones tiene esto en el análisis de las perspectivas de cada organización.

EHBildu y Podemos: desafíos y amenazas de optar por el asalto a los cielos

Versiones diferentes de la misma estrategia política, que marca en ambos casos una senda coherente entre objetivos, agendas, prácticas y culturas organizativas. Huevos que se ponen en unas cestas determinadas, huevos por tanto que no se ponen en otras. En este sentido, es importante valorar qué se consigue con la opción elegida (“asalto a los cielos”) y qué se desdeña (“construcción de poder popular”), cómo se ven los resultados y perspectivas electorales desde estas señas de identidad, y qué elementos sociológicos, históricos y políticos interactúan con votos y estrategias.

Comencemos por EHBildu. Destacamos en primer lugar tres elementos histórico-sociológicos que, en mi opinión, pudieran tener una relevancia especial a la hora de valorar la pertinencia de adoptar una estrategia u otra. La primera es que la afectación de la crisis sobre la sociedad vasca ha sido muy importante, pero menor en términos relativos que en el Estado español. Esto provoca que la tensión alternativa y la necesidad de cambio profundo no sea tan significativa, dándose el caso incluso de que el PNV ha conseguido desviar el hartazgo hacia el gobierno del PP e incluso al alemán, dentro de una Unión Europea crecientemente cuestionada. En definitiva, la sociedad vasca no parte en la actualidad de una sensación generalizada de descomposición, o al menos que esta afecta relativamente menos a las instituciones vascas y a sus “eternos moradores”, por lo que no hay un magma especialmente favorable a cambios estructurales. En segundo lugar, existe en una parte significativa de la sociedad vasca, tanto de derechas como de izquierdas, que vincula de una u otra manera a Sortu (principal partido dentro de EHBildu) con la violencia ejercida por ETA. Esta percepción, pese al explícito rechazo de EHBildu a todo tipo de violencia, limita las posibilidades de crecimiento electoral de esta formación, algo para lo que pudieran todavía pasar años incluso lustros. Finalmente, y en tercer lugar, la apuesta independentista de EHBildu no coincide con un momento social especialmente álgido en este sentido en Euskal Herria, con lo que esto puede suponer otro límite importante a dicho crecimiento, ya que habría sectores retraídos a un apoyo a una fuerza que prioriza este punto en su agenda.

Estas tres variables no coyunturales (no sensación de descomposición de las instituciones vascas; recelo respecto a Sortu de parte de la sociedad; tensión independentista en un punto templado) no hacen sino incidir en lo complicado de asaltar los cielos por parte de EHBildu, y parecieran acercarle más a la necesidad de una estrategia de participación y pedagogía para la construcción de poder popular en el medio y largo plazo. No obstante, esto no ha sido así y EHBildu ha sufrido, desde el punto de vista de su estrategia elegida, un lento pero progresivo desgaste en las sucesivas citas electorales. Así, desde el éxito obtenido en las elecciones celebradas en 2011 (municipales y forales en primavera, estatales en otoño), se produjo un estancamiento en las elecciones al parlamento de Gasteiz en 2012, que se ha mostrado más notable en las municipales y forales de 2015, y cuya tendencia negativa parece que no se alterará en las estatales de este mismo año.

Este descenso, que pudiera ser asumido con cierta naturalidad desde una perspectiva de construcción de poder popular (en base a una agenda más radical, que quizá reduce votos pero que fortalece músculo militante y simpatizante), no lo es desde la perspectiva de “asalto a los cielos”, ya que se ve cómo se va perdiendo peso específico y capacidad de incidencia, con lo que dicho asalto cada vez se constata más difícil y lejano. Además, la opción por la victoria rápida y su consecuente agenda de mínimos, política coyunturalista de alianzas y cultura organizativa pensada en la eficacia y no en la participación, generan un relativo desánimo en bases y simpatizantes, sobre todo aquellas que se sitúan más nítidamente en la izquierda.

De esta manera EHBildu, en su “asalto a los cielo”s, ha obtenido resultados importantes (segunda fuerza en Euskal Herria), pero se enfrenta a un PNV sólido (junto a sus aliados PSE y, si hiciera falta, el PP), que ha sabido fortalecerse incluso en la crisis; a unas bases menos ilusionadas y, en definitiva, a una falta de claridad de por dónde asaltar los cielos en estas condiciones. Pudiera ser en este sentido que su “asalto a los cielos” se transformara en una travesía del desierto, en la que contara con un relativo poder político e institucional -pero sin impacto notable, más que en el ámbito local-, insistiendo en un objetivo en el que no alcanza el éxito –a la espera de un golpe de suerte-, y a su vez no pone las bases para un asalto posterior en función de un sólido bloque de poder popular, e incluso al contrario, desilusiona al que ahora todavía mantiene.

Por otro lado, Podemos sí se enfrenta a una sociedad española con un grado mayor de hartazgo. No obstante, y en primer lugar, el poso de esta sensación de descomposición y de la necesidad de cambio puede no ser tan sólida como el de algunos países de América Latina –en cuyo espejo Podemos se mira, aunque cada vez más de reojo-, tras tres décadas de políticas neoliberales. Así, en el Estado español se está todavía en el shock de la pérdida progresiva de su exiguo “estado del bienestar”, y no siempre eso significa una apuesta por lo alternativo y lo por conocer. En segundo lugar, la derecha le ha devuelto con Ciudadanos la jugada de recoger indignaciones, de las agendas basadas en significantes vacíos y de la nueva política centrada en caras nuevas y cambios formales, frenando la cosecha de votos de Podemos frente al bipartidismo. En tercer lugar, la ofensiva del miedo orquestada desde los medios hegemónicos –algo que también ha sufrido EHBildu- genera una plaga constante de mentiras y medidas verdades que hace mella en los y las ciudadanas a la hora de plantearse entrar en lo desconocido frente a las opciones habituales.

Son tres tendencias importantes que hay que tener en cuenta a la hora de abordar el análisis de las perspectivas de Podemos. Así, esta formación ha pasado en pocos meses de ser la primera fuerza en intención directa de voto, a contentarse hoy con el papel de tercera fuerza, muy alejada de PP y PSOE. Esta posibilidad no es sólo estimativa, sino que se ha plasmado en los resultados de las elecciones municipales y autonómicas de mayo pasado, aunque se confía que el efecto Pablo Iglesias pudiera revertir esta situación. En este sentido, y pese a la desconfianza que debemos tener en las encuestas, Podemos podría enfrentarse ante un escenario en el que los cielos sigue ocupados por los mismos dioses de siempre (sean conservadores o social-liberales) y las expectativas generadas de victoria no se cumplen y se frustran.

Como en el caso de EHBildu, este escenario podría conllevar aparejado un peso político significativo (quizá de los mejores de la historia de la izquierda española), pero sin incidencia en la práctica de toma de poder institucional. Además Podemos, debido a su menor cuajo político, pudiera ser menos resiliente ante la nueva etapa de realpolitik posterior a las elecciones de invierno, ya que cuenta con menos cuadros que los partidos tradicionales de izquierda, y por tanto pudiera sufrir deslegitimación de manera más incisiva. En definitiva, hablamos también de un “asalto a los cielos” convertido en travesía en el desierto a la espera de un golpe de suerte, mientras que apenas se contribuye a la construcción de poder popular, y se consolidan quizá formas y contenidos de un partido clásico.

Ante ello, ¿Cuál es la mejor opción en estos momentos? En mi opinión, tanto por voluntad propia como por el choque con la realidad, ambas fuerzas políticas deberían transformar su estrategia política lo antes posible. Como ya hemos dicho, no hay opción óptima, pero sí creo conveniente que, ante estos escenarios, giren su accionar político hacia las claves de una estrategia de construcción de poder popular: elaboración colectiva de agendas; alianza horizontal con movimientos sociales; apuesta por fortalecer experiencias de poder popular alejadas del ámbito clásico de la política; formación política; y una política de comunicación desde la pedagogía y no desde la vacuidad. De esta manera pondrían su legitimidad, reconocimiento y recursos al servicio de una estrategia a medio y largo plazo, sin desmedro de alcanzar cotas de poder institucional al servicio de dicha estrategia, y sin ser subsumidos por las dinámicas cortoplacistas y simplistas de la realpolitik. Por poner algún ejemplo cercano, creo que algunas iniciativas de las CUP en Catalunya nos podrían dar algunas pistas: el uso de las instituciones con carácter instrumental y pedagógico, la renuncia a participar en las elecciones europeas por razones internas y por no darse las condiciones externas -saliendo de la exigente rueda electoral-, o su capacidad para mantener con gran coherencia su apuesta independentista y radical de izquierdas, sin alianzas extrañas y manteniendo un siempre complicado equilibrio.

Este viraje profundo de estrategias no evita los riesgos ya señalados respecto a la estrategia de construcción de poder popular, pero busca navegar la complejidad política desde nuevas bases más adecuadas a las realidades históricas, sociológicas y políticas de Euskal Herria y del Estado español. Exigiría por tanto procesos re-constituyentes de ambas formaciones, ya que supondrían cambios identitarios en lo referido a objetivos, agendas, prácticas y culturas, y eso sólo puede enfrentarse desde iniciativas de este tipo, que re-cuestionen sus pilares básicos y resitúen los huevos en otras cestas, periféricas, semiperiféricas e incluso vacías hoy en día.

En estos procesos re-constituyentes, y hablando específicamente sobre Euskal Herria, sería importante tomar en consideración que la unidad popular de las izquierdas parece la única vía para superar el actual statu quo. Así, más allá de la idoneidad o no del actual llamado a una confluencia electoral, es preciso avanzar en el camino de compartir acciones y procesos políticos, así como de tender puentes y buscar sinergias -en vez de construir diques, como algunos se empeñan en hacer-, que permitan construir agendas inclusivas en los que la capacidad de Euskal Herria a decidir libremente su futuro, así como la superación del modelo hegemónico actual, sean claves fundamentales. Y, sobre todo, hacerlo desde planteamientos alejados de la vieja política (tacticismo, coyunturalismo, electoralismo, corporativismo), y desde una perspectiva amplia e inclusiva, más allá de los partidos políticos, y desde un nuevo imaginario de lo que es la política.

En definitiva, no sabemos muy bien si la estrategia de “asalto a los cielos” defendida tanto por EHBildu como por Podemos alcanzará el éxito, pero no lo parece. Ante este escenario probable, sería positivo que ambas formaciones pusieran en marcha procesos re-constituyentes que transformaran su estrategia política evitando una larga travesía en el desierto, que combina poder institucional con irrelevancia política para la emancipación. Se trataría, en definitiva, de asumir que el poder popular es la mejor fórmula para, en el futuro, asaltar los cielos.

Notas

1/ Para conocer más en profundidad sobre las características de ambas tipologías de estrategia política, ver el artículo “Redefinir la política, prioridad estratégica para la izquierda”, disponible en: http://rebelion.org/noticia.php?id=185864

04/09/2015



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